viernes, 20 de septiembre de 2013

Siria reanima la gran diplomacia

Fiodor Lukiánov (RIA NOVOSTI)

Hace mucho que no veíamos la gran diplomacia. Es algo que sólo sucede cuando todo gira en torno a grandes conceptos: la guerra y la paz.

La gran diplomacia son esas duras negociaciones políticas, ese tira y afloja durante el cual a alguien, en medio de la carrera contrarreloj, de súbito le surge una idea increíble que permite neutralizar las minas escondidas en el camino hacia el acuerdo. La reunión de Ginebra entre el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov; y el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, sobre las armas químicas sirias es de esta categoría.

Algo semejante ocurrió en primavera de 1999, cuando el G8 debatía cómo poner fin a la guerra de la OTAN contra Yugoslavia. Pero entonces, en líneas generales el desenlace estaba predeterminado: el predominio político-militar de Occidente y su convicción de que estaba en lo cierto no dejaban la mínima oportunidad a Belgrado y lo único que se discutía eran las condiciones de su capitulación.

Ahora la situación es diferente: Rusia es más fuerte, Europa está sumida en sus propios problemas e incluso Estados Unidos parece estar cansado y harto de las guerras. Sus instintos son los de antes pero el poderío ya no es el mismo.

Es por eso que la propuesta de Rusia a todos les vino bien.

Kerry y Lavrov estaban satisfechos, pero por delante queda el pulso principal. Entre las condiciones marco se menciona el capítulo 7 de la Carta de la ONU sobre la aplicación de sanciones y de la fuerza militar contra el país que incumpla los acuerdos para mantener o restablecer la paz. Hasta ahora Moscú rechazó todo lo que pudiera implicar este paso, conforme al cual cualquier desviación (hasta no premeditada y condicionada por las circunstancias) respecto al plan acordado sirva de razón para aplicar sanciones e incluso para una intervención armada.

La actualidad política abunda de ejemplos de diferentes interpretaciones, que a menudo dependen de las antipatías mutuas y de las resoluciones de la ONU promovidas por los países líderes.

Si algo falla esta vez, toda la irritación de Occidente -que ahora tiene que buscar consensos en vez de dictar condiciones- desembocará en un nuevo ultimátum.

Y esto indignará a la parte rusa.

Pero ni siquiera el éxito de la resolución sobre las armas químicas borrará la principal disonancia entre Rusia y Estados Unidos, que viene a ser la diferencia de enfoques respecto a por qué Siria lleva ya tres años en llamas.

Esto quiere decir que aún es pronto para cantar victoria de la diplomacia.

Cierto es que nos encontramos en el umbral de una nueva época.

La propuesta de Rusia surtió efecto porque promete solucionar el dilema de cómo evitar una guerra que nadie quiere -basta con ver las estadísticas de la opinión pública en Estados Unidos y Europa-, pero sin perder la cara. A partir de los noventa (cuando nació la idea de intervención humanitaria como sinónimo de guerra justa), los países líderes comenzaron a pensar que para resolver los conflictos en otros países hace falta una intervención militar.

Es decir, lo que había que hacer era ayudar a los “buenos” en vez de buscar consensos. Pero semejante vía de solución es cada vez más cuestionable, pues los resultados no favorecen su credibilidad.

Es así como de pronto el mundo vuelve a entender la necesidad de la diplomacia, una diplomacia que supone un trabajo de verdad, a cargo de profesionales, que buscan salida de los callejones sin salida y generan nuevas ideas conjuntas para prever y esquivar todos los escollos.

Y cuanto menor es la confianza entre las partes, tanto más importa amarrar todos los cabos por evitar las diferencias de interpretaciones, capaces no sólo de minar el proceso sino incluso de desatar una crisis mucho más grave.

Estamos en la época del renacimiento de la gran diplomacia.

Se habló mucho sobre el mundo multipolar, a veces con esperanza y otras con preocupación.

Ya está aquí. Estados Unidos se ha convencido de que es imposible gobernar el mundo a solas, su población está cansada del papel de dominación global y ya no expresa entusiasmo alguno por la expansión exterior.

Aparecen cada vez más protagonistas que intentan ejercer influencia pero cuyas ambiciones con frecuencia no se apoyan en aptitudes ni habilidades reales para ejercerla.

Es evidente que los tiempos de soluciones fáciles han quedado atrás y hoy ya es imposible imponerle a alguien una idea.

Y es que tampoco hay quién la imponga: como ha demostrado el caso sirio nadie tiene la palanca de presión necesaria.

Es curioso que esta nueva etapa vuelva a ser impulsada por Moscú y Washington, aunque hace tiempo que el orden bipolar se haya perdido en el olvido. Ahora que hace falta un verdadero arte diplomático más la voluntad para garantizar la realización de los acuerdos alcanzados, resulta que como antes Rusia y Estados Unidos no tienen iguales.

Europa, dividida y sumida en sus problemas, se aparta a la periferia. China prefiere como siempre seguir a la sombra. Las nuevas 'estrellas', India y Brasil, carecen de experiencia de gran política y no saben cómo tratar semejantes retos. Los protagonistas de la zona de conflicto (como Arabia Saudí, Turquía e Irán) están de hecho involucrados en él y la alta diplomacia queda fuera de su alcance.

Las decisiones vuelven a estar en manos del Kremlin y de la Casa Blanca. Pero ahora Rusia y Estados Unidos ya no podrán como antes tomar decisiones y buscar resoluciones por el resto del mundo.

Aunque de momento no tengan más remedio que seguir haciéndolo.

Fiódor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa. Director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios de Estados Unidos, Europa y China. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

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