jueves, 5 de septiembre de 2013

Thalía, la muerte por sífilis y la justicia tan injusta

Claudia Rafael (APE)

Algún día el Estado será llevado con un par de esposas hasta el gran banquillo. Tres o cuatro querubes lo custodiarán hasta allí. Cantarán canciones que respirarán alivio. Un jurado serafín se mirará a los ojos y sabrá claramente, sin libros ni códigos espurios, cuál será la condena. Ya no más esclavitudes. Ya no más criminalizaciones. Ya no más olvidos abandónicos. Ni tampoco dedos que señalarán hasta el hartazgo.

Johana Devia tiene 20 años. La Justicia elevó hacia ella su brazo acusador. Le marcó los días y las noches. La desnudó ante el mundo. Le gritó una y mil veces asesina de niños. Se preguntó dónde dejó Johana el incuestionable instinto maternal cuando decidió golpear a su niña y además, contagiarle una enfermedad venérea. La estigmatizó desde la prensa connivente. Le regaló tapas de diarios. Minutos y horas de canales y radios de su provincia. La imputó en el territorio de los hombres de las leyes y las sentencias de “lesiones y contagio a sabiendas de enfermedad venérea” de Thalía, su beba de cuatro meses. Y cuando la niña murió de paro cardiorrespiratorio el fiscal Julio Rivero le amplió la imputación a homicidio calificado por el vínculo. Porque los ojos de la justicia, amparados en la Ley N° 12.331 de Profilaxis, de 1936, determinaron que contagió a su bebé concientemente. Que decidió hacerlo, quizás cargada de rabia porque el padre no quiso darle el apellido. O tal vez porque, para la mirada del fiscal, los pobres de toda pobreza –abandonados hasta el hartazgo por cada uno de los estamentos del Estado- descargan sus iras amasadas en sus niños y niñas. Porque Johana, como María Ovando, cargarán de por vida con el sanbenito de la culpa que el Estado les donó con oropeles. Porque como pecado irredimible, hay una cuota de sus culpas que no la borran los sobreseimientos tribunalicios. Queda ahí, en la garganta, como punzante angustia atravesada para todos los días. Porque hay dolores que quedan cincelados para siempre aunque la Justicia atine a maquillar un perdón que no siente.

Johana vive con su mamá en una casita del norte de Río Cuarto. Arrinconada a los márgenes. Donde el olvido social estructura los días. Alguna vez osó pedir ayuda económica por tevé, en esas desnudeces que tanto placer generan en ciertos medios. Con su beba, la que llevaba su apellido, llegó entre los brazos al Hospital San Antonio de Padua. Era 21 de julio. La pequeña Thalía tenía fracturas en los brazos. Y los estudios médicos determinaron que padecía de sífilis. Ergo: había sido golpeada y -cómo dudarlo señor fiscal- su mamá había determinado transmitirle adrede una enfermedad venérea. La Justicia, el Estado, han sido vastamente entrenados para no dudar. Si es una historia de manual, pensaron. Las escenas se sucedieron velozmente: Johana llegó con Thalía, de brazos fracturados y enferma de sífilis; los médicos denunciaron “el caso”; la policía informó al fiscal Julio Rivero y –para cerrar el círculo perfecto- Johana fue detenida y rápidamente imputada. Primero por las lesiones y contagio y luego, por homicidio.

“Por más que la Justicia reconozca el error, por más que se haya dado cuenta y diga que no tuve nada que ver y por más que me sobresea; con lo que me hizo, me condenó para siempre”, dijo la chica después. Cuando el mismo fiscal Rivero tuvo que reconocer que todo había sido un error. Que la abuela, de 42 años, no había cometido criminal “abandono de persona” de su nieta. Que el “comportamiento despreocupado” que se le había adjudicado a Johana eran –ni más ni menos- producto de la criminalización de la pobreza. Que la autopsia determinó que las fracturas de la pequeña Thalía eran producto de la fragilidad ósea que le provocó la sífilis. Bastaría hacer un vuelo rasante por las antiquísimas teorías precolombinas. Aquellas que condujeron al hallazgo de esqueletos con lesiones óseas de aparente origen sifilítico en asentamientos neolíticos.

Cada año nace un millar de bebés con sífilis en Argentina. Y en América latina, es la infección congénita más importante: concentra el 25% de los 12 millones de nuevos casos anuales en el mundo.

Sin embargo, la Justicia eligió a Johana como trofeo. La expuso. La castigó simbólicamente. La llevó a la picota de las madres condenadoras de hijo. Como a María Ovando a la que enjuició por el crimen de su pequeña Carolina, de tres años. A ella que deambuló con su niña en brazos por kilómetros y más kilómetros hasta que el cuerpecito se fue endureciendo de pura hambre vieja y desnutrición enquistada. A María, que con sus manos cansadas de picapedrera cavó un pocito en la tierra para darle sepultura.

La Justicia tomó a Johana como botín, igual que a Librada Figueredo, más de una década atrás. Que estuvo presa dos años hasta que un tribunal la liberó de culpa y cargo y simplemente le dijo: señora, puede volver a su casa. Pero que la tuvo como rehén en sus manos y tras las rejas porque su José, de dos años y medio y Silvia, de tan solo un año se le murieron por desnutrición como cientos y cientos de niños misioneros. Usted hizo abandono de persona seguido de muerte y agravado por el vínculo, le había gritado la Justicia en la cara.

Algún día el Estado será llevado con un par de esposas hasta el gran banquillo. Tres o cuatro querubes lo custodiarán hasta allí. Cantarán canciones que respirarán alivio. Un jurado serafín se mirará a los ojos y sabrá claramente, sin libros ni códigos espurios, cuál será la condena.

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