viernes, 29 de noviembre de 2013

La hospitalidad, más allá de la tierra y la sangre

Wooldy Edson Louidor (especial para ARGENPRESS.info)

Nuestra región de América Latina y el Caribe sigue mostrando su opción por el criterio de la tierra (derecho de la tierra) para el otorgamiento de la nacionalidad. “Somos de donde nacimos”: parecer ser el grito que se articula desde el Río Bravo hasta la Patagonia.

Es una paradoja de la historia porque, en los tiempos de la colonia, la “marca de la tierra”, es decir el hecho de haber nacido fuera de la metrópoli, se consideraba como motivo para discriminar a los hijos de los mismos colonizadores y aún más a los criollos.

Pero hoy día, el criterio de la tierra es reivindicado con vehemencia en nuestra región, principalmente para luchar contra la apatridia.

El actual caso de la República Dominicana, cuyo Tribunal Constitucional adoptó el pasado 23 de septiembre la Sentencia 168-03 que desnacionaliza a todos los Dominicanos nacidos de padres extranjeros irregulares, principalmente a cerca de 200.000 Dominicanos de ascendencia haitiana, muestra con elocuencia que el criterio de la tierra debe ser mantenido y defendido para evitar la apatridia y las violaciones de derechos humanos contra toda una población.

El repudio generalizado y unánime que provocó esta sentencia en los gobiernos y las sociedades de la región y en todos los organismos regionales (OEA, CARICOM, por ejemplo) indica también claramente que no estamos dispuestos a retroceder hacia el derecho de la sangre y otros criterios distintos a los reconocidos por el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH).

“La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su Preámbulo. La humanidad es una familia vinculada no por lazos de sangre sino por principios universales.

Vale subrayar que el criterio de la sangre sigue perviviendo en nuestra región: el hecho de haber nacido en la misma tierra nunca ha sido motivo suficiente para gozar de los mismos privilegios y derechos. Por ejemplo, América Latina y el Caribe continúan siendo la región más desigual del mundo, con una gran concentración de riquezas en manos de unos pocos y con grandes poblaciones afroamericanas, indígenas, migrantes, campesinas sumidas en la pobreza y la exclusión.

Ante este dilema entre la sangre y la tierra, la hospitalidad es parte de la solución porque nos lleva a ver al otro como un ser humano igual a nosotros, independientemente de su lugar de nacimiento, su origen étnico y su nacionalidad. Y a entender que tiene derecho a ser otro y que su alteridad aporta a la construcción de la sociedad y la región.

Más allá de la sangre, la tierra y otros criterios adoptados por las Constituciones y autoridades nacionales, está el ser humano, con su dignidad en cuanto ser humano y sus derechos fundamentales.

Cuando está ausente el principio de la hospitalidad, se puede incluso tomar decisiones conformes al derecho del país (legales) y basadas en la soberanía nacional (políticamente correctas), pero que resultan ser injustas e inhumanas, tal como sucede con la sentencia del Tribunal constitucional dominicano. O, que en la práctica, no llevan a reducir la desigualdad y a devolver la dignidad a grandes poblaciones históricamente excluidas, como es el caso de los afros y los indígenas.

La tierra nos pertenece a todos y todas; deberíamos poder gozar del derecho a ser acogidos como seres humanos más allá de las fronteras de la sangre, los orígenes, los límites territoriales y otras consideraciones políticas, legales y de seguridad.

Wooldy Edson Louidor es Coordinador regional de comunicación del SJR LAC.

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