viernes, 15 de noviembre de 2013

La sociedad salteña y el voto al Partido Obrero

Daniel Escotorin (especial para ARGENPRESS.info)

La espectacular elección realizada por el Partido Obrero (PO) en la provincia de Salta ha desatado todo tipo de análisis, comentarios, pronósticos, entrevistas. El Partido Obrero está de moda, pero no pasajera; por lo menos en Salta desde su llegada a cargos legislativos en el año 2001 el PO transitó una constante senda de instalación y permanencia. No es un mérito menor en una provincia como Salta, cuya imagen al resto del país transmite un reflejo de conservadurismo, tradicionalismo sustentado por la identidad religiosa principalmente. ¿Imagen real o artificialmente construida y sostenida para mantener un orden inmutable? En esta aparente sociedad que semeja al “pueblo blanco” de Serrat, la izquierda sacudió el orden político y tal como un hormiguero al que se lo pateó, todos salieron desbandados en busca de un orden que tal como se proyecta el futuro inmediato, no volverá a ser como hasta hoy.

No se puede explicar el fenómeno de la izquierda en Salta sin analizarlo en el plano del contexto nacional y también del histórico: espacio y tiempo. En el espacial, o sea, en contexto de la etapa política nacional, no es un fenómeno aislado. Forma parte del proceso iniciado tras la crisis general del 2001, cuya expresión en lo político fue la crisis de representación. El quiebre entre la sociedad y particularmente las clases populares y su representación política hegemonizada por las variantes del peronismo y el radicalismo dejó un vacío de impensadas probabilidades de reemplazo o recomposición. El pejotismo con su variante progresista pos-neoliberal kirchnerista intentó resituarse en el centro del esquema político, si lo logró fue de manera efímera, en tanto pudo reencauzar el sistema político dentro de los márgenes y las necesidades capitalistas con un derrame obligado de recursos a las víctimas del neoliberalismo de los noventa, pero sin cuestionar el poder de las clases dominantes, mas bien contribuyendo a la recomposición de sus grupos o fracciones buscando un equilibrio interno entre estos.

La parafernalia mediática que elabora, sostiene y difunde el discurso oficialista, “el relato”, al decir de la militancia K, no alcanza para disimular lo acotado e insuficiente de sus políticas sociales de “derrame”, no de redistribución de la riqueza interna. Entonces los números estadísticos económicos y sociales se dan de cabeza con los números de las urnas. Algo ha dejado de funcionar y el esquema se ha roto. La recuperación del debate político tras la debacle del 2001 a pesar de sus vaivenes sirvió al espacio progresista, de centroizquierda e izquierda y fue allí donde el PO hizo un anclaje que le permite situarse hoy como un espacio visible en el campo político a pesar de su aun escasa representación parlamentaria. No solo el PO, otros partidos y fuerzas se insertaron y forman parte de la discusión actual. En todo caso que algunos de ellos no la hayan sabido aprovechar es otro tema.

El Partido Obrero se convierte en novedad en octubre del 2001, elecciones legislativas provincial y nacional; el malestar general se traduce en múltiples formas: el voto en blanco es una de ellas, votar al PO es otra, es el voto castigo. Mete un diputado provincial, desde entonces están siempre presentes, pero ya como una fuerza sólida e identificada por el ciudadano, ya no es el voto castigo.

Globalización y democracia a la izquierda

El “fenómeno” del PO tiene múltiples causas y factores. Podemos identificar algunas de ellas: a) el neoliberalismo b) 30 años de democracia c) su permanencia inmutable y sistemática d) el voto electrónico.

a) El modelo neoliberal (J.C. Romero 1996 – 2007) logró el efecto de globalizar a la provincia. La reestructuración económica dejó consecuencias nefastas en lo social, pero la transformó culturalmente. Salta entró en la Globalización y esto implicó una fractura en un sistema social ya vetusto; ese choque no significa una quiebre total, sino la convivencia conflictiva de lo “tradicional” con lo “moderno”. Sumado a esto el efecto de un modelo basado en la híper oferta de consumo a la par de la pauperización general de la calidad de vida, aumentó el inconformismo de amplias capas sociales a las que el repetitivo discurso y el reciclado permanente de la dirigencia pejotista ya no le daba, ni le interesaba dar respuestas. Esto pone en cuestión un elemento muy interesante, ese que sostiene el sambenito de “Salta es una provincia conservadora”, como si esto fuese una cualidad genética de herencia biológica. El cuestionamiento a este principio parte de dos fundamentos: el conservadurismo es un ideal propio de una parte de las clases dirigentes provincial, su interés en perpetuar este principio encontró en diversos sectores, a veces involuntarios, voceros que de tanto repetirlo nos terminamos convenciendo de que lo somos. La Historia de Salta se encarga de desmentir esta idea. El otro parte de un prejuicio propio del positivismo liberal: relaciona a la religión con lo conservador, por lo tanto siendo los salteños “muy” católicos, son conservadores. Segunda falacia, la dinámica de los procesos sociales y los cambios de mentalidad, aunque lentos y por esto imperceptibles, ocurren y etapas como la de los noventa (globalización – neoliberalismo) dejan sus huellas. ¿Cuántos votantes del PO participan de las procesiones del Milagro, de la Virgen de Urkupiña u otras celebraciones religiosas?

b) Es indudable que los golpes de Estado representan claros retrocesos en todos los aspectos de la vida de una sociedad. La parálisis de las instituciones republicanas y democráticas, la inercia política ya por censura, prohibición y el miedo impuesto dejan secuelas en la conciencia social. Ponerse de pie, volver a andar, recuperarse de ese estancamiento llevó a la sociedad argentina duros, sinuosos treinta años. Si la explosión del 2001 puede interpretarse como el fin de la etapa del miedo y la desmovilización heredada desde 1983, la década siguiente es la etapa de la madurez política de la sociedad argentina. Entonces esa continuidad de tres décadas fue de aprendizaje ininterrumpido, empezando desde cero. La dictadura de 1976-1983 representó un quiebre en la sociedad argentina, una reestructuración que dejó como saldo la fractura de la solidaridad social, inmovilidad, entre otras secuelas. El lento proceso de recomposición se ve hoy en la diversidad política y en la búsqueda del electorado de nuevas expresiones de representación.

c) Allí, en el caso de Salta, aparece la oferta política del trotskismo como una expresión sincera y ciertamente transparente. Aparece por su permanencia en estos treinta años, hay que decirlo es un premio a su constancia (aun con sus vicios y defectos que existen pero no es materia de este nota). Del voto castigo pasó a una visión social de oposición real, será desafío ahora mostrarse como alternativa democrática de recambio del poder político.

d) Se suma a esto la implementación del voto electrónico. ¿Efecto indeseado? El hartazgo del votante frente a las interminables boletas, listas, sublemas, colectoras, etc., que ofrece el PJ se expresó en la máquina que ante la incertidumbre, temor o las ganas de simplificar su decisión lo llevó a desechar a estos y optar por lo ya conocido, simple y directo que es elegir a listas como el PO u otras. El voto por derecha (Olmedo, Romero, Durand Cornejo, etc.) también existe pero la opción por izquierda es un reflejo de esa búsqueda novedosa y madura.

Perspectivas

¿Qué puede suceder de ahora en mas en Salta? Propongo hipótesis, dado que todo es potencial en materia política. En primer lugar, la crisis de representación abierta a partir del 2001 entra en una nueva etapa, esta es la de recomposición y reconfiguración. Lo primero porque el sistema político recuperó su normalidad funcional, los partidos políticos (ley electoral mediante) volvieron a ocupar el rol que el sistema demo liberal les asigna. Lo segundo porque el esquema de representación bipartidista fracasó y el multipartidismo asoma como una realidad tangible en el sistema. Esto implica que el radicalismo (antiguo representante de las clases medias) y el peronismo (de las clases populares) licuaron sus bases sociales, se descompusieron en diversos nuevos partidos que permitió la aparición de nuevos otros. Esto no niega la posibilidad de polarizaciones en elecciones presidenciales o de gobernadores provinciales, incluso sobre la base de alianzas panradicales y panpejotistas, pero la tendencia es hacia la apertura. Es un proceso abierto.

En Salta, las sucesivas cuatro elecciones de este año marcaron esta tendencia capitalizada por el PO. De allí aparece un escenario a futuro muy interesante: hay vida política por fuera del PJ, sin desconocer su poder y capacidad de llegada a las mayorías (recordemos además que el fenómeno del Partido Obrero se focalizó en Salta capital). En segundo lugar, esta apertura tiene el carácter excepcional de estar orientada hacia la izquierda, o sea, así como el PO rompió el monopolio del pejotismo, ambos no tienen aun, ni ya, la vaca atada. Pero la visibilidad política mediática del trotskismo permitirá poner en la discusión política pública una agenda por izquierda y esto necesariamente abrirá el campo a otras expresiones de la izquierda, la centroizquierda, el progresismo, etc.

Esta agenda nutrida también por los otros actores de la franja izquierda política y social de la provincia articuladas sin pretensiones de una unidad inmediata ni siquiera parcial, será un salto cualitativo excepcional en el discurso democrático: el eje representación-participación, nuevas formas de movilización y demandas, equidad – distribución podrán llegar a ser los nuevos ejes no ya discutidos y procesados al interior de las organizaciones, sino volcadas de lleno a una sociedad cuya primera demanda se orientó a lo novedoso, a espacios inexplorados en estos treinta años de democracia, pero existentes en otros tiempos, en otras memorias.

¿Cómo va a reaccionar el PJ frente a este dilema? Un corrimiento hacia la izquierda es improbable. Aceitada máquina electoral, pragmática, donde sus dirigentes se adaptan con total facilidad al discurso vencedor interno pero que apenas toleraron el reformismo kirchnerista, en vista al reacomodamiento nacional todo parece indicar que volverán a sus fuentes conservadoras. No parece nada ilógico, de hecho ya (re)aparecieron consignas macartistas en las vísperas de las últimas elecciones. La paridad entre las distintas fuerzas en Capital marca el carácter de la disputa que se avecina: los partidos de derecha, izquierda y el panpejotismo se reparten un 30% de los votos cada uno. He ahí el desafío y la posibilidad de cambio en manos de la sociedad y de quienes expresan esa alternativa. El futuro es hoy un campo abierto.

Daniel Escotorin es Historiador – periodista.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.