jueves, 28 de noviembre de 2013

Ñancufil, un diamante de potrero

Silvana Melo (APE)

Los cortos le quedan largos. Casi hasta los tobillos. Corre y el pelo se eleva y baja, como un par de alas negras y tupidas. Es mínimo, Claudio Ñancufil. Ocho años y no despega un metro del piso. El video casero, editado para que se luzca, tiene más de un millón de reproducciones. El hace rabonas, sombreritos, la pisa, gambetea, mira hacia adelante y le pega al arco como si fuera la final de la Champion League. Pero es un potrero de la Patagonia. Su piel amarronada trae el desgaste ancestral de las ventiscas y el ardor de la nieve. Claudio Ñancufil es mapuche por color y por historia. Por viento y por identidad. Guarda en su cuerpo minúsculo las crónicas de resistencia de seis siglos. Las que se celebran los 29 de abril, para ponerles fecha a los héroes y heroínas que aguantaron la invasión española. Ahora la colonia lo mira con ojos de codicia. El no es el oro de los cerros que enloquecía a Pizarro. El es el diamante negro que guarda en sus piernitas el tesoro potencial de millones de euros.

La invasión, seis siglos después, llega sutil, con camiseta madrileña y catalana. A disputarse un pedacito de futuro morocho que quién sabe si será presente alguna vez. Pero por las dudas la empresa española Sueños Comunicación ya se aseguró los derechos federativos de Claudio. Mapuche, de pelo chuzo y negro. Pero ingresando ya en los oropeles de la mercancía. “Después de la Navidades, ’Claudito’ va a probar con estos tres equipos españoles (El Real, el Barca y el Espanyol) y, a partir de ahí, veremos qué nos ofrece cada uno de ellos”, dijo frotándose las manos Lolo Otero. Su representante español. Pero como la demanda encarece el producto, Lolo dejó en claro que “no cierro ninguna puerta, e Inglaterra también puede ser un gran destino para el jugador”. Cómo imaginarlo en el Chelsea o en el Manchester, donde no existe la ñ y su apellido será mutilado para siempre.

Polizones y hacinados

Desde América Latina y desde Africa centenares, miles de niños y adolescentes son embarcados con los últimos ahorros de sus padres, polizones en la sala de máquinas de los barcos, hacinados en las pateras, alucinados por cazadores de talentos que los abandonan debajo de los puentes o en pensiones de migrantes a la primera lesión o cuando no se transforman de inmediato en cracks. Convertirse en Messi, Tévez, Samuel Eto´o o Didier Drogbá, firmar contratos millonarios, ser venerado y salvar su vida, la de su familia y la de clubes y representantes vampíricos que se alimentarán de su sangre mientras la tenga y después, solo. Anémico y en abandono.

Este diciembre Claudio Ñancufil pasará la última navidad de inocencia en Bariloche. Se sorprenderá con la llegada de un Papá Noel abrigadísimo cuando hace calor. Y en enero, en el invierno feroz de Barcelona, probará las sobras de las castañas del año nuevo. Ya su vida será otra. Lejos del Martín Guemes, donde todos lo celebran, será uno más. Anónimo pequeño mapuche de nombre con Ñ inicial. Con un par de piernas que ya son ajenas. Sin la libertad de pelarse las rodillas porque ya no le pertenecen. Lejos, muy lejos del barrio Nueva Esperanza donde es Claudito. Para ser el Messi de las nieves. Tratado con hormonas para que crezca. A medida del primer mundo. Transplantado de su páramo infinito a una maceta en un balcón lujoso. No te vayas a romper, Ñancufil. No te vayas a dejar la magia en la estepa patagónica. No te vayas a romper.

Viejos a los 16

Juan Pablo Meneses desnuda impiadosamente en el libro “Niños futbolistas” el derrotero de pibes que a “los 12 años tienen representantes volcados en lucrar con las contrataciones y que a los 16 años son considerados viejos. Lo que está pasando hoy delante de nuestras narices y sin que nos demos cuenta es que estamos viviendo una nueva colonización, donde el oro es la carne tierna del jugador". El escritor chileno no duda en hablar de “compra venta de niños” y retrata “las presiones que sufren por parte de sus padres, la indiferencia de sus representantes que los tratan como mercancía y las peleas entre los clubes por cobrar porcentajes de las transferencias”. Los chicos firman su primer contrato en plena niñez y si a los 16 no son Ronaldinho o Messi “son considerados viejos por la industria”. ¿Elige Claudio Ñancufil dejar la Patagonia? ¿Elige Claudio Ñancufil un reciclaje de su identidad? ¿Elige Claudio Ñancufil convertirse en un producto manufacturado por Lolo Otero y Sueños Comunicación? ¿Pudo elegir algo Claudio Ñancufil?.

El chileno Alexis Sánchez se crió en medio del desierto de Atacama. "¡Voy a jugar en el mejor equipo del mundo!", decía mientras pateaba entre las minas y los salitrales. Tenía once años y en Tocopilla (rincón maligno en quechua y mapuche) era complicado salir de la pobreza. Su madre, soltera, trabajaba todo el día como limpiadora de pescado en la caleta. O como empleada doméstica. Todo para darles de comer a Alexis (que lavaba coches) y a sus tres hermanos. Hace un año Barcelona pagó 35 millones de euros por él.

Carlos Tévez nació y creció en Fuerte Apache. La piel escaldada del cuello hacia abajo por un accidente, la vida marcada por la marginalidad y la pobreza extrema. Pudo haber sido uno más en la crónica roja. Diego Maradona es un pibe de costillas al aire y cara sucia cuando en blanco y negro, junto a una red agujereada en Fiorito dice que su sueño es ganar el mundial. Samuel Eto´o tenía once años cuando terminó bajo un puente de París. Había salido de Camerún buscando una tierra donde existiera el futuro. Y pudiera salvar la vida de su madre. Ezequiel Lavezzi salía de los entrenamientos de San Lorenzo y cazaba palomas en el bajo Flores. Los almuerzos eran escasos en esos tiempos.

Claudio Ñancufil entrena desde los cuatro años. Dice Meneses que “los chicos son conscientes de que el fútbol los puede sacar de la pobreza y esa consciencia hace que lo vivan como un trabajo. Algunos padres tienen todas las fichas puestas en sus hijos”. En 2007 más de treinta africanos que soñaban con un futuro brillante fueron abandonados en las calles del mundo prometido. Tenían entre 16 y 18 años y llegaban de Costa de Marfil. Querían ser Didier Drogbá. Sus padres habían invertido 450 euros (quitados a la supervivencia) para que un agente los colocara en equipos europeos. Quedaron abandonados en Malí, hacinados en una habitación, en pésimas condiciones y con escaso alimento.

En las calles

Yannick Abéga tenía 13 años cuando salió de Camerún camino de España. Soñaba con el Real Madrid, donde brilló Eto´o. Un agente español, un contrato, pruebas que no resultaron, abandono y olvido. La FIFA tiene normativas clarísimas y transgredidas con notoria facilidad: se prohíbe toda transferencia internacional de menores. Generalmente, los chicos firman contratos con la alteración de su edad. O bien lo hacen sus padres o tutores.

"No estamos hablando de un burgués que a los veinte años toma su mochila y dice 'me voy a recorrer el mundo, a ver cómo me va', sino de chicos que no tienen ni para comer y cuyo objetivo consiste, no en jugar en el Barcelona, sino en comprarse la comida de la noche", dice la periodista Mónica Maristain, autora de “El club de los 100 latinos”. Para ella es paradigmática la historia del mexicano Carlos Salcido: al morir su madre intentó emigrar como indocumentado a EEUU tres veces. Y no lo consiguió. "Fue carpintero, lavador de autos, obrero de una fábrica sopladora de vidrio y por su cabeza jamás pasó la idea de convertirse en futbolista profesional". Un profesor lo invitó a jugar al fútbol y él respondió “no, ni madres, yo necesito comer”. Pero le preguntó si con eso se podía ganar dinero. Entonces decidió hacerlo con la misma pasión con la que soplaba vidrio. “Hoy es campeón de Holanda”, dice Maristain.

Unos 20.000 chicos y adolescentes africanos han sido abandonados por sus representantes en las capitales europeas. Viven en las calles. En España hay unos 80.000 africanos menores de 25 años. Sólo 29 de ellos juegan en primera división. Aun los que llegan a la fama y a la riqueza, deben soportar el racismo y el desprecio, las bananas arrojadas en los estadios y las máscaras de monos en las hinchadas.

“Si mucha gente se mata en una patera ¿cómo van a resistirse a la invitación de un blanco bien vestido que te promete que vas a ser una estrella del fútbol?”, se pregunta Miguel Alcantud, director de “Diamantes negros”, que se estrena en estos días en España.

Las historias de Eto´o o de Messi son gotas en el desierto. Y son decenas de miles los anonimatos engañados en sus pueblos con promesas doradas “y abandonados como basura cuando se lesionaron o dejaron de interesar. Es la historia más cruda del capitalismo, en versión futbolística”, dice Alcantud.

¿Será Claudio Ñancufil una gota en el desierto? ¿Elige a los ocho abandonar su infancia en los valles ripiosos? ¿Quién será Ñancufil en unos años? ¿Mercadería de lujo en vidriera? ¿Desecho del sistema? ¿Se divertirá Ñancufil? ¿Jugará? ¿Será feliz?.

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