martes, 19 de noviembre de 2013

Tapiz persa para Israel

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)    

Aunque era previsible que en algún momento, Irán desandaría el camino que lo llevó a una aguda confrontación con occidente, seguramente nadie calculó que sería tan pronto ni de un modo tan explicito. Como suele suceder, las razones para el cambio de énfasis son multifactoriales.

Casi 40 años de tensión interna y externa, a los que se suma la vigencia de un estilo de vida basado en la fe y contrario al sentido común, pueden haber erosionado el respaldo al modelo de estado teocrático que somete a una sociedad que disfrutó del laicismo y que cuenta con el más alto estándar de vida y el nivel educacional más elevado del Medio Oriente (después de Israel) a un régimen que, cosa rara, intenta combinar cierta democracia y pluralismo político, con la vigencia de la Sharia o ley islámica.

Además, es obvio que los efectos de las sanciones motivadas por un proyecto nuclear de dudosa eficacia y que consume enormes recursos, limitan las exportaciones que generan el dinero para gastos de Estado y restan recursos para satisfacer las necesidades sociales de un país con 80 millones de habitantes, han facilitado el avance hacía un enfoque más pragmático.

La coyuntura electoral dio a la jerarquía religiosa/estatal que ocupa la cúspide de la clase política irania, la oportunidad para permitir que se expresara la voluntad popular y sin aspavientos ni tensiones, sustituir la administración de Ahmadineyad, por un gobernante más moderado y pragmático como Hassan Rohaní.

Es preciso anotar que, a pesar de las condicionantes que impone el poder de los ayatolas y la presencia del Consejo de los Guardianes de la Revolución, el sistema político iraní es con el de Israel los únicos países de la región donde la democracia electoral funciona con razonable eficacia. Dígase lo que se diga, dentro y fuera de Persia, Hassan Rohaní resultó electo en unos comicios limpios por 18, 6 millones de votos. Ningún gobernante del Medio Oriente o África del Norte puede exhibir semejante legitimidad.

Aunque como suele ocurrir debido al secretismo que rigen en las zonas más conflictivas de las relaciones internacionales, no se conocen los detalles del entendimiento que días atrás pareció estar listo y que fue frustrado por la marcha atrás del canciller francés Laurent Fabius que, según se dice, reaccionó ante presiones del primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu, el proceso no está detenido.

Es probable que la ralentización del acercamiento entre Irán y occidente que impidió lograr un acuerdo respecto al programa nuclear iranio y el levantamiento de las sanciones que pesan sobre el estado persa, además del chantaje de Israel a Francia, se deba a una lectura errónea de los imperios que pueden confundir la determinación iraní con una claudicación, cosa que no está ocurriendo.

Tal vez las potencias del G5+1 traten de exigir más de los que Irán estaría dispuesto a conceder. “El enriquecimiento de uranio -ha dicho el presidente Rohaní- es una línea roja…” El asunto que seguramente figura en la base del acuerdo son los porcentajes a que la purificación del mineral puede llegar. Hasta hoy Irán lo logra al 20 por ciento, mientras que para fabricar una bomba atómica debe llegarse al 90. Según Israel es más complejo y detectable el tramo ya recorrido de cero a 20 % que de 20 a 90 por ciento.

Con un magnifico tapiz persa, Irán puede haber cubierto una maniobra de alta escuela que además de resolver sus problemas crea otros para Israel. En el arreglo atómico puesto sobre la mesa, el único perdedor potencial es el Estado judío; no porque Irán tenga armas atómicas sino porque no las tendrá. La renuncia persa, pudiera contribuir a que se abran espacios al criterio de que nadie las posea. Aunque remota la posibilidad de un Medio Oriente desnuclearizado es una opción. Allá nos vemos.

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