lunes, 2 de diciembre de 2013

El ciudadano Kane // El ciudadano Fort

Alfredo Grande (APE)

Orson Welles filma en la década del 40 la que dicen es la mejor película en la historia del cine: “El Ciudadano”. Nominada a varios premios de la Academia de Hollywood, obtuvo al de mejor guión. Si bien el personaje del ciudadano Kane remite al magnate de las comunicaciones, Hearts, también tiene elementos autobiográficos del propio Welles. Ratificando que la historia se repite como grotesco, hace pocos días fallece el ciudadano Fort. Un personaje de ficción remite a una persona real, en el caso de Kane, y una persona real termina remitiendo a un personaje de ficción, en el caso de Fort.

Oponer ficción y realidad ya no es posible. No solamente porque la realidad virtual implica necesariamente la virtualización de la realidad. La prueba de realidad es lo único que nos permite diferenciar entre pensamiento y delirio, entre percepción y alucinación. El dilema es que la cultura represora anula, amputa, decapita, la prueba de realidad. El “miente, miente, miente, que algo quedará”, demostró ser demasiado acotado. No quedó algo: quedó todo. Y la mentira no es solamente lo opuesto a la verdad. Se puede mentir con la verdad. Se llaman mentiras piadosas. Que también pueden ser mentiras nada piadosas. Incluso profundamente crueles.

Desde el techo

Algunos llaman a esto “nacionalización de YPF” ocultando lo que luego aparece como “indemnización sin anestesia”. Si el kirchnerismo aparece como un relato, luego de la debacle política de las últimas elecciones, más allá que no haya sido una catástrofe electoral, el relato ahora es purísima ficción política. Como no hay prueba de realidad, porque sin ir mas cerca, tenemos cláusulas secretas en los acuerdos salvadores de la patria, lo ficcional ocupa comodamente el centro y el costado de todas las escenas. Es la diferencia entre el ciudadano Kane y el ciudadano Fort. La construcción de un imperio informático desde los cimientos no es lo mismo que un imperio informático se construya desde el techo.

Kane construyó lo que luego terminaría siendo su propia destrucción. Fort no construyó aquello que termina siendo también su destrucción, pero ni siquiera pudo saber, y nosotros menos, si por lo menos era propia. En Kane el deseo tiene la desmesura del genio. En Fort el mandato se impone aún cuando pretende ignorarlo. En Kane se hace evidente de que hay deseos que no pueden contenerse en una sola persona. El genio creador si no inventa los dispositivos necesarios que contengan y amplifiquen su llama, se consume en su propio fuego.

El ciudadano Fort no se consumió en el fuego del deseo propio, sino en el incendio sin control del mandato ajeno. Mandato del padre y luego mandato de lo ficcional. Ficciones que matan. Hasta el cuerpo dejó de pertenecerle, porque restituyó formas de una manera artificial y por los mandatos de la estética bizarra del mercado. Kane es una parábola siniestra que marca que una carencia primaria no puede ser compensada por abundancias secundarias. Kane al morir balbucea “Rosebud”. El nombre del trineo perdido. El nombre de una carencia primordial. Conocer el nombre de lo perdido no es lo mismo que encontrarlo, pero permite una añoranza y un recuerdo. Habilita una palabra que si bien no alcanza, es decir, no nos alcanza el objeto perdido, nos permite mirarlo desde alguna forma de la cercanía. Es como el olor de la flor que recuerda la flor.

Palabras

El ciudadano Fort no busca ninguna palabra adentro, porque desespera por escuchar palabras del afuera. Que lo miren aunque no pueda mirar a los que lo miran. Mirar focos de luz, cámaras, audios, no es lo mismo que mirar ojos que nos miran. Añorar un trineo no es lo mismo que alucinar un cuerpo. Construir una empresa no es lo que mismo que restituirse como empresa. No es lo mismo pintarse que tatuarse. No es lo mismo ponerse tacos que alargarse las piernas. El ciudadano Kane opera con desplazamientos, con metáforas, con despliegues hacia un afuera que conquista al transformarlo. Cuando muere, encuentran lo que él construyó.

El ciudadano Fort está enfermo de su propia realidad. Pensamiento y sentimiento que no pudo parar. Cuando muere, sólo se encuentra lo que ya estaba. Una fábrica de chocolate que su padre había fundado. Quizá haya tenida alguna noción de que ni siquiera ese cuerpo artificializado era propio. Su decisión final de cremarlo asi parece indicarlo. Decisión que, no podía haber sido de otra manera, tampoco fue respetada. O sea: el ciudadano Fort quiso entregar su cuerpo a las llamas del afuera que desintegraran, ahora sí, los mandatos crueles del adentro. Pero su cuerpo sigue allí, donde lo dejaron, cruel advertencia de que no podrá descansar en paz.

Rosebud

El ciudadano Kane tampoco, aunque el trineo entre los labios, el balbuceo de “rosebud”, pudo ser la caricia de la despedida final. La parábola que une los destinos del ciudadano Kane y el ciudadano Fort es un potente analizador de las diferentes herencias. La faraónica desmesura de un Kane deja las pirámides de un imperio. La pornográfica aventura de un Fort no deja nada. Un relato verdadero, el de Kane, no ahorra tristezas, dolores y agonías. Pero deja la alegría de haber sido, de haber deseado, de haberle intentado. Un relato ficcional, el de Fort, busca ahorrar tristeza, dolores y agonías. No se entera que la fama, además de ser puro cuento, es delirio y es alucinación. No aparece en televisión porque es famoso, sino que es famoso porque aparece en televisión. Y con un costo altísimo, pornográfico, cuyo fundante es la explotación que su empresa hace del trabajo asalariado y esclavo de obreras y obreros.

Cruel fundante que la farándula, ese carnaval del mundo que duele tanto, oculta porque de ese ocultamiento vive. El ciudadado Kane descubre, y en ese descubrimiento desmesurado, inventa, construye, amplifica. Llega incluso al extremo límite de su propio fundante erótico: rosebud.

El ciudadano Fort encubre. El encubrimiento desmesurado lo lleva a restituir su propia forma. Es Franskestein y es Muñeco. Autoengendramiento que en la pretensión ficcional de alejarlo de su origen, el conflicto con el padre, lo acerca y lo choca con su destino: nadie es padre de sí mismo. El mismo cuerpo que pretendió gerenciar como una empresa, lo traiciona cuando estalla en sangre.

Rostros verdaderos

El ciudadano Kane prolonga su cuerpo en la construcción de un palacio para todas las estaciones. El ciudadano Fort repliega su cuerpo hasta que se choca contra sí mismo. Son dos formas diferentes de ciudadanía. La de Kane, transforma la realidad, la interpela, la deconstruye y construye, la amplifica. No es un discurso ni un relato. Es una praxis pasional y loca. El ciudadano Fort restituye, simplifica, destruye, repliega. Es un relato vacío, vaciado, con cimientos en el techo, marca atroz del derrumbe. El ciudadano Kane cae. El ciudadano Fort colapsa. El ciudadano Kane seguramente es una de las formas de la derecha. La más sincera y auténtica. Individualista. Exitista. Tiránica. Despótica. El ciudadano Fort es una de las formas de la derecha mentirosa. Disfrazada de populismos mediáticos, masividades truchas, notoriedades berretas, famas mal conseguidas.

Es más fácil combatir al enemigo con su rostro deforme, que al enemigo oculto en la máscara atractiva y seductora. Tendremos que pasar del desalambrar que proponía Viglietti, al desenmascarar. Las máscaras nos hacer perder el tiempo y las ganas que necesitamos para el combate contra los rostros verdaderos.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.