lunes, 2 de diciembre de 2013

Independencia de Escocia: ¡hay que ser más audaces!

Yanis Varoufakis (SINPERMISO)

¿Por qué, contra las timoratas propuestas del Libro Blanco del Gobierno de Edimburgo, Escocia necesita su propia moneda? ¿Por qué su planteamiento independentista necesita ser más radical?

Los republicanos australianos se marcaron un célebre gol en propia puerta en los 90, cuando, en la precipitación por ganar un referéndum para la proclamación de la República, lanzaron al electorado una propuesta de “República minimalista”. Resueltos a calmar la aversión del elector medio al cambio constitucional “demasiado grande”, propusieron que nada cambiara, salvo que la Reina de Inglaterra sería substituida como Jefe de Estado en Australia. Desgraciadamente, no pensaron las cosas hasta el final.

El problema de una agenda constitucionalista mínima es que, aunque pueda sonar moderada, tiende a provocar una reacción en cadena de cuestiones que no pueden responderse ni adecuadamente ni de forma congruente con el “minimalismo” que se pretende. Resultado: el “minimalismo” puede muy fácilmente resultar decepcionante para los corazones y las mentes de los partidarios potenciales, sin llegar a atraerse, en cambio, el apoyo de quienes temen cualquier cambio.

En Australia, la primera cuestión incómoda que se planteó tras la propuesta de República. “minimalista” tenía que ver con el método de elección del Jefe de Estado. Una elección directa significaría, huelga decirlo, conferir al cargo de Jefe del Estado un poder que se consideraba incompatible con el papel severamente limitado del Gobernador General (el representante de la Reina en Australia). Para prevenir esa desviación del “minimalismo”, el Movimiento Republicano Australiano recomendó que el Jefe del Estado fuera elegido por el Parlamento. Sin embargo, esa perspectiva alejó a muchos republicanos. Ello es que se perdió el referéndum, aun cuando los sondeos de opinión apuntaban a una holgada mayoría que prefería la República a la conservación de la Monarquía. Lo cierto es que ningún monárquico cambió de campo a pesar de la oferta “minimalista”, mientras que muchos republicanos se quedaron en casa, descorazonados por la insuficiencia republicana de la República que se les proponía.

Alex Salmond y el Partido Nacional Escocés (PNE) están cometiendo exactamente el mismo error al proponer una independencia “minimalista” para Escocia. Empeñados en calmar los nervios del electorado y en mitigar los efectos económicos del voto “Sí”, el Libro Blanco que acaban de publicar “recomienda al Gobierno escocés mantener la Libra Esterlina como parte de una unión monetaria formal y cree que eso proporciona un marco fuerte y amplio para la post-independencia escocesa”. El claro mensaje a quienes puedan ver amenazados sus ahorros y su poder de compra en la Escocia post-independiente es este: “Nada cambiará, salvo que Escocia se verá liberada de Westminster y podrá practicar las políticas de justicia social que Inglaterra ha venido recortando progresivamente”. Desgraciadamente, lo mismo que en el caso de los republicanos australianos, el PNE no ha pensado las cosas hasta el final.

Porque la cuestión no es si el gobierno de Escocia será capaz de torcer el brazo de Inglaterra (tal vez bajo amenaza de desertar de la deuda pública inglesa) para poder permanecer en la zona monetaria de la Libra Esterlina. No es ese el debate que hay que tener. La cuestión real, que ya está aflorando, es si Escocia debería querer participar en el Banco de Inglaterra, según plantea el Libro Blanco reciente. La cuestión para el pueblo escocés es ésta: si la unión política debe preceder a una unión monetaria –como tan vivamente ha ilustrado la crisis de la Eurozona—, ¿tiene sentido querer preservar la unión monetaria antes de desmantelar la unión política? La respuesta es inequívocamente negativa, lo que convierte al Libro Blanco en un inesperado aliado del unionismo.

Supongamos por un momento que Londres se pliega a las exigencias escocesas y que los dos países participan en el Banco de Inglaterra, nombrando un cuerpo de gobierno de banqueros centrales ingleses y escoceses proporcional a sus respectivas poblaciones o a sus respectivos ingresos nacionales. Supongamos incluso que se cambiara el nombre, y pasara a llamarse Banco de Inglaterra y Escocia. Actualmente, y desde el desplome crediticio, el Banco de Inglaterra practica enérgicas políticas de flexibilización cuantitativa, sosteniendo a Westminster con abundantes compras de títulos emitidos por el Tesoro. Una vez empiece Escocia a emitir sus propios bonos, como debe hacer todo país independiente, la cuestión es: ¿cómo decidirá el Banco de Inglaterra y Escocia a la hora de comprar títulos ingleses y bonos escoceses? ¿Es una cuestión que hay que dejar a la discrecionalidad del comité del Banco, con mayoría inglesa, lo que convertiría a la política fiscal escocesa en un paripé? ¿O se propondrá una proporción fijada de antemano, lo que, una vez más, limitaría el margen escocés para una política fiscal independiente?

Además, cuando la actual política monetaria “no-convencional” llegue a su fin, con intereses que vuelvan a los niveles “normales”, ¿cómo se llegará a esa decisión “reductora”? Los gobernadores ingleses votarán siempre a favor de tipos de interés más elevados, conforme a una economía que, con base en Londres, tiende a crear burbujas inmobiliarias y financieras. A diferencia del comité de gobierno del Banco Central Europeo, en donde ningún país puede disponer jamás de mayoría absoluta, en el comité de gobierno de un futuro Banco de Inglaterra y Escocia los gobernadores escoceses se hallarán siempre en minoría, con el resultado de que los tipos de interés acordados serían siempre demasiado altos para la economía escocesa. Restringido artificialmente así el crecimiento escocés, la política fiscal de Escocia tendrá que seguir siendo contractiva para poder satisfacer los límites de déficit y de deuda fijados por la Unión Europea, si es que el compromiso del Libro Blanco de seguir siendo parte de Europa ha de ser respetado. Sin Banco Central propio para sostener sus bonos, el gobierno escocés se verá constantemente amenazado por los rendimientos al alza de sus títulos; un escenario que pinta muy mal para una nación sedienta de soberanía nacional.

Luego está la cuestión del sector bancario. El nuevo Gobernador del Banco de Inglaterra, el señor Mark Carney, acaba de dejar claro que no tiene el menor problema con la idea de una City financiera de Londres en expansión, ni siquiera con la perspectiva de que los activos del sector bancario inglés lleguen a representar nueve veces el ingreso nacional británico. ¿Querrá una Escocia independiente seguir atada al mástil de esta mega-nave financiarizada, y por lo mismo, inestable? ¿Qué grado de influencia puede esperar tener Edimburgo en la evolución de un sector bancario inglés que se está desacoplando a toda velocidad de la economía real de la unión monetaria del Reino Unido? Poco menos que ninguna, digo yo.

Huelga decir que el problema con los bancos tiene doble dirección. ¿Quién querrá recapitalizar un banco escocés post-independencia en caso de una futura crisis bancaria, posiblemente causada por la City de Londres? No puede esperarse razonablemente del Tesoro inglés que se haga cargo de la factura, mientras que, con toda probabilidad, Edimburgo no dispondrá de capacidad suficiente para hacerlo, no al menos sin que sus propios bonos terminen como hicieron los irlandeses en 2010. En cuyo caso, un pisoteado primer ministro escocés tendrá que ir a Londres, gorra pedigüeña en mano, componiendo una figura entre Brian Cowen y George Papandreu.

Nada de lo dicho hasta ahora debe entenderse como un argumento contra la independencia de Escocia. Son sólo razones que explican que el tipo de independencia “minimalista” propuesta por el Gobierno escocés en su Libro Blanco es un completo fracaso, tanto para mover al pueblo escocés a votar por la independencia, cuanto para, si se gana el referéndum, promover una verdadera independencia. Escocia debe afrontar las cosas de cara y perder el miedo a instituir su propia moneda. El hecho de que, a causa de un accidente histórico, sigan existiendo Libras escocesas en circulación hace mas simple el desacoplamiento monetario. Edimburgo debería declarar su intención de crear un Banco Nacional Escocés con un comité provisional de gobierno que ligara la nueva moneada a la Libra esterlina antes de permitir –una vez estabilizados los movimientos transfronterizos de capitales— que la Libra escocesa flote libremente y las autoridades monetarias escocesas fijen unos tipos de interés acordes con los objetivos escoceses de inflación. Todo eso puede hacerse unilateralmente, sin necesidad de intimidar a Londres o de mendigar su permiso. Entretanto, pueden comenzar las negociaciones reales sobre la distribución de las cargas dimanantes de la deuda nacional del Reino Unido, así como sobre la crucial cuestión de las jurisdicciones bancarias.

A medida que se acerca el referéndum, el pueblo de Escocia tiene que decidir si la actual unión política con Inglaterra y Gales resulta congruente con sus aspiraciones. Para un espectador foráneo, parecería perfectamente razonable que decidieran que no es ese el caso y que no quisieran seguir siendo parte de una unión política históricamente tan cargada con una nación mucho más grande que, en las tres últimas décadas, se ha desviado de lo que otrora fuera una agenda de justicia social comúnmente compartida. Sin embargo, el Gobierno escocés debería comprender que esas aspiraciones están pésimamente servidas por su Libro Blanco “minimalista”. Debería aprender lo más rápidamente posible las lecciones que los republicanos australianos recibieron en su día del modo más amargo..

Yanis Varoufakis es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Actualmente enseña en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su último libro, El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, acaba de ser publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012.

Traducción: Casiopea Altisench

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