lunes, 2 de diciembre de 2013

Los éxitos de Rusia en el mundo tienen un doble filo

Fiodor Lukiánov (RIA NOVOSTI)

A principios de otoño, parecía que la diplomacia de Rusia iba a perder en todos los frentes. Todos los esfuerzos de Moscú parecían inútiles: la intervención contra Siria parecía inminente, luego le tocaría a Irán. Urania se disponía a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE).

Pasados tres meses, Bashar Asad parece a salvo, con Irán se ha logrado un progreso diplomático sorprendente, y la cumbre de Vilna -ideada como triunfo y muestra de la atracción de la Europa Común, a la que se adherirían Ucrania y Armenia, ha sido un chasco para los líderes comunitarios. Rusia salió a primer plano, pero el protagonismo implica desafíos y riesgos.

¿Qué ha cambiado? Nada. Las circunstancias siguen siendo las mismas, los principales actores muestran las mismas posturas y el mismo peso.

Entonces, ¿por qué Moscú, que hace poco parecía el principal perdedor, hoy se convierte en el actor más hábil?

En un mundo donde nada está claro, donde no hay reglas que valgan y donde los viejos ejes se han perdido, el éxito depende de la fidelidad a los principios. No importa qué principios, lo importante es que sean firmes. No se trata de valores, sobre los que se apoya la UE, ni de una ideología al estilo de la URSS de antaño o de Estados Unidos ahora. Los principios de comportamiento son un sistema de ver el mundo, de cómo hay que comportarse para corresponder a sus leyes, a sus leyes escritas y a sus leyes fácticas.

A Rusia en general -y a la Rusia de Vladimir Putin en particular- la ven en el mundo como un país de política exterior arcaica, de herramientas obsoletas. Su ideología se basa en el principio de soberanía inamovible, que está por encima de la nueva moda de “defender” apelando al derecho de fuerzas exteriores a intervenir en los asuntos de un país si allí se infringen las normas humanitarias. Es por eso que Rusia, que respeta a la ONU y a sus instituciones, hace caso omiso de la resolución del Tribunal del Mar acerca del buque de Greenpeace. Rusia está convencida de que, digan lo que digan sobre los nuevos tipos de fuerza, la 'fuerza bruta' siempre ganará (más aún que por lo general ni siquiera hace falta usarla, basta con mostrar firmeza). Al final, como decía el clásico de la escuela del realismo político, Hans Morgenthau, las relaciones entre los países son una lucha constante por el poder y el prestigio. En unas condiciones de creciente caos se puede sobrevivir sólo apoyándose sobre unas bases sólidas. Puede ser un fundamento real, si lo hay, o, de lo contrario, inventado.

Los resultados muestran que esto funciona, ya que siendo fiel a sus principios, Rusia tiene mejores perspectivas que los demás protagonistas del acontecer internacional. La Unión Europea se apoya en ciertos valores, pero calibra con la misma herramienta distintas situaciones, desde la de Oriente Próximo y África del Norte hasta las de la Europa Oriental y el Cáucaso del Sur. Sin entrar en un análisis detallado de razones, podemos resumir que el resultado es el fiasco total. Europa apenas tiene peso en las regiones de Oriente Próximo, ni nada bueno consigue con los países de la antigua URSS, para los que la Unión Europea teóricamente tiene unas ventajas importantes. Estados Unidos prefiere una aproximación ideológica, calificando a cada parte en conflicto como “progresista” o “retrógrada”. Pero la realidad de Oriente Próximo es mucho más complicada y no encaja en moldes tan simples.

Como resultado de la política rusa vemos crecer la autoridad de Rusia, pero eso a su vez puede resultar una trampa, pues eleva las esperanzas.

La confusa política de Estados Unidos en Oriente Próximo y su intención de retirarse de allí y de reducir sus actividades en la zona conllevan la aparición de un vacío que, por costumbre, se supone que deberá ocupar Rusia. ¿ Y quién más es capaz de hacerlo? Los recuerdos del papel de la Unión Soviética en la región aún están muy vivos, y tampoco hay otros candidatos, ya que China huye de semejante responsabilidad.

La paradoja consiste en que Rusia no ha tenido ni tiene ganas de volver a esa zona del mundo como principal fuerza exterior. El objetivo de su política en relación a Siria era distinto y no está relacionado directamente con Oriente Próximo. Rusia buscó apuntalar el principio de cualquier intervención a fin de cambiar el régimen es inadmisible, por cuanto conduce a la destrucción total. Ahora, gracias a los errores ajenos, resulta que ha vuelto allá sin saber cómo aprovechar su éxito. Está claro que Rusia nada en contra de ampliar su cartera de contratos de armamentos, pero se trata de algo distinto, algo a gran escala, pero Rusia no está dispuesta a entrometerse en conflictos regionales que en muchos casos no tienen solución.

Lo de Ucrania parece ser distinto, ya que los intereses son claros y las apuestas son altas. Pero el ánimo de lucha se disipará, y Rusia sin saber qué hacer con su vecino. Al aplazar la asociación con Europa Ucrania no ha optado por Rusia. Ha vuelto a abstenerse en la elección para seguir sacando provecho ambas partes. Moscú puede emprender una ofensiva total para intentar atraer a Kiev con promesas, pero el riesgo de invertir mucho para obtener nada y tener que volver a empezar desde el principio es muy alto.

El movimiento de Ucrania hacia Occidente continuará independientemente de las cambiantes prioridades de las autoridades que gobiernen ese país.

Es extraño, pero las autoridades rusas entienden mejor que nadie la inestabilidad de nuestro mundo, y por esa razón actúan de manera más acertada. Al mismo tiempo, no saben qué hacer con los frutos de sus éxitos, ya que no tienen lo más importante: la idea de cómo ha de ser Rusia en el futuro, qué papel deberá desempeñar y qué prioridades la regirán.

Rusia tiene la visión necesaria para determinar la táctica correcta, pero le falta claridad en cuanto a sí misma, claridad imprescindible para contar con una estrategia. Y sin estrategia de poco valen las tácticas.

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