lunes, 2 de diciembre de 2013

“Ser intelectual es dirigir”

Andrés Sarlengo (CONTRAPUNTOS, especial para ARGENPRESS.info)

Eduardo Sartelli es Doctor en Historia y docente en las universidades de Buenos Aires y La Plata. Es autor –entre otras obras- de La Cajita Infeliz. Por eso es otro de los elegidos para reflexionar sobre el rol de los intelectuales a lo largo de la historia y el presente.

Osvaldo Bayer en el prólogo de la 4ta edición del mencionado libro es categórico: “Entonces, ¿quién domina? El poder económico. No nos mintamos con esto de que vivimos en una democracia. Es nada más que elegir entre dos o tres partidos según cuál tiene más slogans en televisión. Dice el libro: “El desconocimiento de la totalidad es la clave de todo el asunto”. Entonces, hay que estudiar cómo se mueve nuestra sociedad democrática capitalista, para entender quién tiene el poder (1)”.

Indefectiblemente, esa es una de las cuestiones principales: quiénes nos dominan y cómo lo hacen.

Sartelli responde sobre tales y esenciales problemáticas en la siguiente entrevista para CONTRAPUNTOS porque “la realidad no se ve a simple vista” (1).

• ¿Cómo definiría a un intelectual en estos tiempos “posmodernos y/o líquidos”?

• S= Un intelectual es lo mismo hoy que ayer: un elemento de dirección. En toda sociedad de clases, lo primero que se separa es la función de dirección de la de ejecución. En eso consiste, en ultimísima instancia, el poder: en dirigir el trabajo ajeno. El poder comienza como una función social, la función de dirección. De allí la supremacía que en todas las sociedades de clase se otorga a las cualidades intelectuales. De allí la supremacía del cerebro (o del corazón) frente a la mano. De allí el desprecio al trabajo manual. Ser intelectual es dirigir. Los intelectuales ejercen la función de dirección. Dirección técnica, dirección política, dirección moral. En un comienzo, todas ellas se encuentran reunidas en la misma persona: el jefe dirige los trabajos de cosecha, irrigación, etc., regula las relaciones entre los miembros y entre la comunidad y el exterior y establece las normas de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto, de las jerarquías necesarias que bajan del cielo mismo como tabúes, mitos y dioses. El propio desarrollo social obliga al desdoblamiento de funciones y la incorporación de nuevas capas sociales al cumplimiento de las mismas.
Existen diversas formas de dirección. Dirección técnica: toda clase requiere especialistas en sus diferentes funciones, desde las militares a las industriales. Es la primera dirección que se desglosa y da lugar a las figuras del guerrero, el ingeniero y el escriba. La segunda es la dirección política: un cuerpo especializado que ejerce la dirección de las relaciones que vertebran el poder a lo largo de toda la sociedad, pero en particular entre la clase dominante y la dominada: el político, el tribuno, el sindicalista. Entran aquí desde el presidente de los Estados Unidos hasta la manzanera duhaldista, desde el santo rey de Francia hasta Hugo Moyano. El último desdoblamiento construye aquellas figuras más cercanas al sentido común sobre el intelectual y que corresponden a la dirección moral: el cura, el periodista, el filósofo. Si la primera es una dirección de personas a través de cosas, si la segunda es la dirección de personas a través de personas, la tercera es la dirección de personas a través de ideas.
Así como se distribuyen las funciones de dirección, los intelectuales se ordenan en jerarquías, desde aquellos que parecen más descolgados del mundo material (filósofos, jerarquías religiosas) hasta los que habitan los lugares más prosaicos (maestros, punteros de barrio, gerentes de local de McDonald’s). Lo que caracteriza a los más encumbrados, a los que Gramsci llama “orgánicos”, es su capacidad para “pensar” (dirigir) los problemas más generales de una clase. Son “la reserva moral”, como Ernesto Sabato. O los que “realmente saben”, como Cavallo. O los que “tienen la manija verdadera”, como Duhalde. Cuando todas esas cualidades se juntan en un solo individuo, estamos frente a un portento histórico, un verdadero “padre de la patria”. Cualidades que en la Argentina pocos pudieron ejercer indiscutidamente: Rosas, Irigoyen, Perón, Roca.
Lo que caracteriza a la situación actual no es ninguna “liquidez” sino la fragilidad de la hegemonía burguesa junto con la debilidad de la política obrera. Carente de toda promesa a cumplir, dada la crisis rampante que se abate sobre el mundo, la burguesía no puede generar consensos poderosos, lo que se refleja en la incapacidad de sus intelectuales para actuar como dirección, sobre todo “moral”: no hay lugar para los Kennedy, los Gandhi, los Aron. Al mismo tiempo, la clase obrera no tiene todavía la energía suficiente como para postularse como salida a la crisis, de modo que tampoco tenemos Sartres, Guevaras o Marcuses.

• ¿Qué ha pasado con los intelectuales en estos años que se preocupan poco por el mundo de los trabajadores y los sectores populares?

• S=Como se ha dicho, hay intelectuales burgueses e intelectuales proletarios. Los burgueses se han preocupado mucho de los trabajadores: detrás de “problemas” como la “inseguridad”, la “marginalidad”, la “inestabilidad política”, el “terrorismo internacional”, la “pobreza” o el “hambre”, el “narcotráfico”, la burguesía ha producido una enorme masa de conocimiento sobre la clase obrera. Por el contrario, los intelectuales revolucionarios han estado más lejos de estas preocupaciones. La razón se deriva de la respuesta anterior: la burguesía no consigue controlar una situación social que la desborda permanentemente y que se le aparece como peligro que no puede conjurar porque la crisis le quita recursos y magnifica los problemas. Por eso todas sus preocupaciones son básicamente negativas y sus propuestas casi siempre puramente represivas. Los intelectuales ligados a la clase obrera recién ahora comienzan a recuperarse de la derrota histórica que sufrieron, junto con la clase obrera, durante los años ’70 y ’80. Recién ahora comienza un proceso de reconstitución y rearmado intelectual que intenta revertir la depresión que se abatió sobre ellos durante los ’90, década de la caída del muro, de las incertezas, época en la que, para decirlo en palabras de Eduardo Galeano, el intelectual marxista se sentía como “un niño perdido en la tormenta”. Todavía tiene mucho para andar, sobre todo para sacar a la teoría revolucionaria de la confusión actual provocada por la emergencia de los bonapartismos latinoamericanos y su supuesto “izquierdismo” (Chávez, Evo, Kirchner).

• ¿Ve que los sindicatos y las organizaciones populares apuestan por la formación política-teórica?

• S=Sí, de alguna manera todos necesitan alguna dirección, es decir, alguna forma de organización mental del mundo y una guía para la acción. Lo que sucede es que esa formación política y teórica está dominada por el nacionalismo, el campesinismo y el reformismo. Es decir, predomina la conciencia burguesa.

• ¿Cómo graficaría o resumiría los dispositivos de promoción y extensión de las ideas dominantes? ¿Los intelectuales del establishment no cumplen un papel clave en esa tarea?

• S=Esos dispositivos siguen siendo los mismos que hace décadas: la escuela, la familia, los medios de comunicación, etc. Lo que ha cambiado, como se ha dicho más arriba, es el dominio del reformismo, identificado con el populismo en América Latina. Este cambio ha provocado un cambio en el tipo de intelectual burgués dominante, que ya no es el viejo intelectual orgánico de derecha, sino el “progresista” con lenguaje marxistoide.

• Como docente: ¿se forman sujetos críticos en las universidades o institutos terciarios?

• S=Sí. Lo que hay que preguntarse es “críticos” de qué. Ser “crítico” no significa nada. Hay un pensamiento e intelectuales críticos de derecha, la crítica no es propiedad exclusiva de la izquierda. Hoy por hoy el pensamiento “crítico” dominante es el “progresismo” al estilo Carta Abierta, es decir, una crítica que no se sale de los marcos del sistema capitalista.

• No es casualidad que la Ley de Educación Superior siga siendo la misma de los ‘90...

• S=No, porque obedece a una necesidad de la burguesía de largo plazo: adecuar la educación a las necesidades de una clase obrera degradada en el proceso productivo. La nueva tecnología ha introducido la gran industria en dominios antes propios de una clase obrera manual más educada. Los procesos degradados, es decir, que no requieren mayores conocimientos, no requieren tampoco mayor educación, razón por la cual no es necesario elevar el nivel sino bajarlo. Por otra parte, una enorme masa de desocupados y población sobrante que crece con la crisis tampoco necesita educación, lo que le permite a la burguesía ahorrarse plusvalía en una tarea ahora innecesaria. La escuela se vuelve un elemento de simple contención social pero no un lugar donde se imparten conocimientos.

• ¿Qué historias, historiadores y visiones desean ser borradas por las historias predominantes?

• S=La historia que pone en primer plano la contradicción de clase, la que muestra que todos los problemas existentes se entienden desde una perspectiva clasista, materialista e histórica. Esa censura se ejerce no sólo desde la derecha, sino en particular hoy desde el progresismo.

• ¿Cómo pararse frente a un mundo hipermédiatico, audiovisual y no perder la mirada crítica?

• S=Partiendo siempre desde una mirada de clase: ¿esto que se me ofrece, qué tiene de bueno para los intereses generales de la clase obrera, es decir, para la eliminación de la explotación? Por otro lado, recordar que la crítica no tiene valor en sí misma sino por aquello a lo que apunta. Una “mirada crítica” desde un punto de vista proletario tiene que apuntar siempre al socialismo: ¿esto que me ofrecen, en qué sentido es compatible con una sociedad sin explotación? Desde ese ángulo, se trata de rechazar todo lo que no sea compatible con la crítica socialista del mundo.

• ¿Qué intelectuales uno nunca podría dejar de consultar (leer) para comprender la Argentina y el mundo de hoy?

• S=Depende qué es lo que quiera comprender. Uno estaría tentado de aconsejar que se lea principalmente a autores marxistas, pero en realidad, el problema no es a quién se lee sino cómo se lo lee. Creo que el mejor consejo sería: lea todo lo que pueda y le parezca útil, teniendo en cuenta lo que hemos dicho en las ocho respuestas anteriores.

Sartelli –en definitiva- es terminante. Como un breve viajecito marxista entre 9 preguntas. Y no se puede ser el mismo después de leer semejantes contestaciones.

“O frenamos esta carrera hacia la muerte o no habrá más futuro para la especie humana”, sentencia el también escritor de Patrones en la ruta.

O capitalismo o democracia.

De nosotros depende.

Nota:
1) La Cajita Infeliz. Un viaje marxista a través del capitalismo. Ediciones r y r. Mayo 2013.

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