viernes, 18 de enero de 2013

¿Fin del capitalismo? Nuevas formas de explotación, nuevas ideas para la lucha: Sembrando utopía

Colectivo de autores (1)

Próximamente aparecerá el libro que lleva por título “¿Fin del capitalismo? Nuevas formas de explotación, nuevas ideas para la lucha. Sembrando utopía”. Se trata de un conjunto de 14 ensayos de 10 autores diversos, de distintos países (Cuba, Venezuela, Argentina, España, Costa Rica, México, Estados Unidos), los cuales tienen un hilo conductor: son preguntas sobre la situación actual del capitalismo (¿está en crisis, agoniza, o está más fuerte que nunca?) y reflexiones sobre las nuevas ideas que se plantean para la lucha revolucionaria, haciendo un análisis crítico de lo que ha sido el socialismo hasta la fecha.

A modo de adelanto, presentamos aquí su Introducción y sus Conclusiones.

____________________

Introducción

Algunos años atrás, no muchos, parecía -o, al menos, muchos queríamos creerlo así- que el triunfo de la revolución socialista era inexorable. El mundo vivía un clima de ebullición social, política y cultural que permitía pensar en grandes transformaciones.

Entre las décadas del 60 y del 70 del siglo pasado, más allá de diferencias en sus proyectos a largo plazo, en sus aspiraciones e incluso en sus metodologías de acción, un amplio arco de protestas ante lo conocido y de ideas innovadoras y contestatarias barría en buena medida la sociedad global: radicalización de las luchas sindicales, profundización de las luchas anticoloniales y del movimiento tercermundista, estudiantes radicalizados por distintos lugares con el Mayo Francés de 1968 como bandera, aparición y radicalización de propuestas revolucionarias de vía armada, movimiento hippie anticonsumismo y antibélico, incluso dentro de la iglesia católica una Teología de la Liberación consustanciada con las causas de los oprimidos. Es decir, reivindicaciones de distinta índole y calibre (por los derechos de las mujeres, por la liberación sexual, por las minorías históricamente postergadas, por la defensa del medioambiente, etc.) que permitían entrever un panorama de profundas transformaciones a la vista.

Para los años 80 del siglo pasado, al menos un 25% de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas. La esperanza en un nuevo mundo, en un despertar de mayor justicia, no era quimérico: se estaba comenzando a realizar.

Hoy, tres o cuatro décadas después, el mundo presenta un panorama radicalmente distinto: la utopía de una sociedad más justa es denigrada por los poderes dominantes y presentada como rémora de un pasado que ya no podrá volver jamás. “El Socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el Infierno donde ya lo tienen”, es la expresión triunfante de ese capitalismo que, en estos momentos, pareciera sentirse intocable. Lo que se pensaba como un triunfo inminente algunos años atrás, parece que deberá seguir esperando por ahora. El sistema capitalista no está moribundo. Para decirlo con una frase más que pertinente en este contexto: “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, anónimo equivocadamente atribuido a José Zorrilla.

Las represiones brutales que siguieron a aquellos años de crecimiento de las propuestas contestatarias, los miles y miles de muertos, desaparecidos y torturados que se sucedieron en cataratas durante las últimas décadas del siglo XX en los países del Sur con la declaración de la emblemática Margaret Tatcher “no hay alternativas” como telón de fondo cuando se imponían los planes de capitalismo salvaje eufemísticamente conocido como neoliberalismo, el miedo que todo ello dejó impregnado, son los elementos que configuran nuestro actual estado de cosas, que sin ninguna duda es de desmovilización, de parálisis, de desorganización en términos de lucha de clases. Lo cual no quiere decir que la historia está terminada. La historia continúa, y la reacción ante el estado de injusticia de base (que por cierto no ha cambiado) sigue presente.

Ahí están nuevas protestas y movilizaciones sociales recorriendo el mundo, quizá no con idénticos referentes a los que se levantaban décadas atrás, pero siempre en pie de lucha reaccionando a las mismas injusticias históricas, con la aparición incluso de nuevos frentes y nuevos sujetos: las reivindicaciones étnicas, de género, de identidad sexual, las luchas por territorios ancestrales de los pueblos originarios, el movimiento ecologista, los empobrecidos del sistema de toda laya (el “pobretariado”, como lo llamara Frei Betto). Hoy día, según estimaciones fidedignas, aproximadamente el 60% de la población económicamente activa del mundo labora en condiciones de informalidad, en la calle, por su cuenta (que no es lo mismo que “microempresario”, para utilizar ese engañoso eufemismo actualmente a la moda), sin protecciones, sin sindicalización, sin seguro de salud, sin aporte jubilatorio, peor de lo que se estaba décadas atrás, ganando menos y dedicando más tiempo y/o esfuerzo a su jornada laboral.

“El amo tiembla aterrorizado delante del esclavo porque sabe que, inexorablemente, tiene sus días contados”, podría decirse con una frase de cuño hegeliano. Eso es cierto, al menos en términos teóricos: el sistema sabe que conlleva en sus entrañas el germen de su propia destrucción. La lucha de clases está ahí, y la posibilidad que las masas oprimidas alguna vez despierten, abran los ojos y revolucionen todo (¡como ya lo han hecho varias veces en la historia!), está presente día a día, minuto a minuto. Por eso y no por otra cosa los mecanismos de control del sistema están perpetuamente activados, mejorándose de continuo. Pero hay que reconocer que hoy, en este momento, este combate (combate que es sólo un momento de una larga guerra) no lo viene ganando el campo popular. Hoy, caído el muro de Berlín y tras él el sueño de un mundo más justo, el gran capital sale fortalecido. El capitalismo como sistema, aunque le tenga terror a la posibilidad de estas “explosiones” de los desposeídos, sabe cada vez más cómo controlar. ¡Y sin lugar a dudas, controla muy bien! La esencia misma del capitalismo actual (al menos el por así decir “tradicional”: el estadounidense, el europeo, el japonés, el capitalismo pobre del Tercer Mundo; algo distinto quizá es el caso chino) se inclina cada vez más a controlar lo logrado, a prever y evitar posibles desestabilizaciones. En otros términos: es cada vez más sumamente conservador. De ahí que buena parte de su energía la dedica al mantenimiento del orden establecido, al control social. El neoliberalismo, que es una estrategia económica sin dudas, puede entenderse en ese sentido como una gran jugada política, que retrotrae las cosas a décadas atrás y sienta bases para varias generaciones: hoy día aterroriza tanto la posibilidad de ser desaparecido y torturado como la de perder el trabajo. La cultura light dominante es la expresión de esa re-ideologización: “no piense y sea feliz”.

No otra cosa que control social es todo el inmenso aparataje superestructural que cada vez más viene perfilándose en el sistema: un sistema-mundo basado en forma creciente en la industria militar, en las tecnologías de avanzada ligadas a las comunicaciones -sutil forma de control; de hecho hoy día transitamos lo que los estrategas de la primera potencia mundial llaman “guerra de cuarta generación” (Lind, 1989)-; control basado en el manejo planetario de las masas, en las industrias de la muerte (los principales rubros del quehacer humano actual están ligados a las mafias del ámbito financiero-especulativo (¿por qué no llamarlo usura?), a la producción y venta de armas así como de los narcóticos, al control social en su más amplio sentido.

El capitalismo actual, si bien en su raíz continúa siendo el mismo que estudiaron los clásicos de la economía política en la Inglaterra del siglo XVIII o XIX (Adam Smith, David Ricardo, Thomas Maltus, John Stuart Mill), así como también Marx, es decir: un sistema basado exclusivamente en la obtención de lucro, ha ido sufriendo importantes mutaciones en su dinámica. El actual modelo tampoco es el que pudo estudiar Lenin a principios del siglo XX, cuando ya se perfilaba la importancia creciente del capital financiero, pero aún con potencias imperiales enfrentadas mortalmente entre sí. El capitalismo actual se basa crecientemente en la especulación (mundo de las finanzas como nunca antes en la historia), en el primado absoluto de capitales de orden global que ya han dejado atrás el Estado-nación moderno, en la destrucción como negocio (industria de la guerra, consumismo voraz que lleva a la incontenible catástrofe medioambiental, sistema que excluye cada vez más población en vez de integrarla), en la concentración de riquezas en forma inversamente proporcional al volumen de lo producido y del crecimiento poblacional. Si hoy alguien dijera que los grandes capitales pueden tener hipótesis de mediano plazo en donde se elimina buena parte de las grandes masas planetarias, donde el trabajo va siendo casi totalmente automatizado, y donde el planeta Tierra puede comenzar a ser prescindible (con vida en islas interplanetarias para grupos “escogidos”), ello no parecería de vuelo especulativo, pura ciencia-ficción. Por el contrario, los escenarios que se van dibujando en el sistema-mundo, más que pensar en un acercamiento de los beneficios del desarrollo científico-técnico para el grueso de la población mundial dejan ver un retroceso ético fenomenal: vale más la propiedad privada que la vida humana, vale más el lucro que cualquier valor “espiritual”. ¿Cómo, si no, entre los negocios más dinámicos de la actualidad podrían encontrarse las guerras y las drogas ilegales?

El capitalismo chino, segunda economía a escala planetaria y siempre en ascenso, aún en plena crisis financiera de los grandes centros capitalistas históricos, de momento no muestra abiertamente estas características mafiosas. No abiertamente, valga aclarar, pero sí las tiene también. Hay diversos grupos mafiosos que desde las reformas de Deng Xiaoping, con el oxígeno capitalista gozan de buena salud, como: las triadas chinas (de gran importancia en los talleres de textil de las Zonas Económicas Especiales, donde hacen tratos con los capitalistas no chinos y tienden a meter su negocio mediante ellos en Europa, por ejemplo). Seríamos quizá algo ilusos si pensamos que ello se debe a una ética socialista que aún perduraría en el dominante Partido Comunista que sigue manejando los hilos políticos del país. En todo caso responde a momentos históricos: la revolución industrial inglesa de los siglos XVIII y XIX, China recién ahora la está pasando, al modo chino por supuesto, con sus peculiaridades tan propias (la sabiduría y la prudencia ante todo). Queda entonces el interrogante de hacia dónde se dirigirá ese proyecto. Pero lo que es descarnadamente evidente es que el capitalismo ya envejecido se mueve cada vez más como un capo mafioso, como un “viejo mañoso”, pleno de ardides y tretas sucias. Las guerras y las drogas ilegales son hoy una savia vital, y los dineros que todo eso genera alimentan las respetables bolsas de comercio que marcan el rumbo de la economía mundial al tiempo que se esconden en mafiosos paraísos fiscales intocables. En ese sentido, la enfermedad estructural define al capitalismo actual y no hay diferencias con el de siempre.

Si el negocio de la muerte se ha entronizado de esa manera, si lo que duplica fortunas inconmensurables a velocidad de nanotecnología es la constante en los circuitos financieros internacionales, si en una simple operación bursátil se fabrican cantidades astronómicas de dinero que no tienen luego un sustento material real, si el capitalismo en su fase de hiper-desarrollo del siglo XXI se representa con paraísos fiscales donde lo único que cuenta son números en una cuenta de banco sin correspondencia con una producción tangible, si destruir países para posteriormente reconstruirlos está pasando a ser uno de los grandes negocios, si lo que más se encuentra a la vuelta de cada esquina son drogas ilegales como un nuevo producto de consumo masivo mercadeado con los mismos criterios y tecnologías con que se ofrece cualquier otra mercadería legal, todo esto demuestra que como sistema el capitalismo no tiene salida.

Pero el capitalismo no está en crisis terminal. Convive estructuralmente con crisis de superproducción, desde siempre, y hasta ahora ha podido sortearlas todas; así surgió el keynesianismo (hoy, quizá, con un keynesianismo latinoamericano, como los diversos proyectos de “capitalismo con rostro humano” de la región); o incluso ahí están las guerras como válvulas de escape, siempre listas para servir a la estabilidad del sistema. Estos nuevos negocios de la muerte son una buena salida para darle más aire fresco. Lo trágico, lo terriblemente patético es que el sistema cada vez más se independiza de la gente y cobra vida propia, terminando por premiar el que las cuentas cierren, sin importar para ello la vida de millones y millones de “prescindibles”, de “población sobrante”, población “no viable”. Ello es lo que autoriza, una vez más, a ver en el capitalismo el principal problema para la humanidad. Esto es definitorio: si un sistema puede llegar a eliminar gente porque “no son negocio”, porque consumen demasiados recursos naturales (comida y agua dulce, por ejemplo) y no así bienes industriales (es lo que sucede con toda la población del Sur), si es concebible que se haya inventado el virus de inmunodeficiencia humana VIH -tal como se ha denunciado insistentemente- como un modo de “limpiar” el continente africano para dejar el campo expedito a las grandes compañías que necesitan los recursos naturales allí existentes (minerales estratégicos, petróleo, biodiversidad, agua dulce), si un sistema puede necesitar siempre una cantidad de guerras y de consumidores cautivos de tóxicos innecesarios, ello no hace sino reforzar la lucha contra ese sistema mismo, por injusto, por atroz y sanguinario. Porque, lisa y llanamente, ese sistema es el gran problema de la humanidad, pues no permite solucionar cuestiones básicas que hoy día sí son posibles de solucionar con la tecnología que disponemos, tales como el hambre, la salud, la educación básica.

Quizá podría pensarse que el sistema actual se volvió “loco”…, pero es ése el sistema con el que tenemos que vérnosla. Y en realidad, sopesadamente vistas las cosas, no hay ninguna “locura” en juego. Hay, eso sí, límites infranqueables. El sistema se retroalimenta a sí mismo de su mismo combustible: lo que lo pone en marcha y alienta es el afán de lucro, y eso puede terminar siendo su tumba; pero no puede cambiar. Si se modifica, deja de ser capitalista. Un capitalismo de rostro humano, atemperado en su voracidad y en su frenética busca de ganancia a toda costa, es posible limitadamente, sólo en algunas islas perdidas, suponiendo siempre la explotación inmisericorde de los más. El sistema, en tanto sistema-mundo de alcance planetario y absolutamente interconectado, no admite cambios reales sino sólo parches cosméticos (la socialdemocracia, por ejemplo). Por eso, en tanto sistema -estando más allá de voluntades subjetivas- no puede detenerse, y como máquina desbocada sigue tragando seres humanos y destrozando la naturaleza para optimizar su tasa de ganancia, aunque eso elimine en forma creciente seres humanos y se enfrente en forma autodestructiva a la casa común de todos, el mismo planeta.

Por eso mismo, también, se hace imprescindible conocerlo en su más mínimo detalle, analizarlo, desmenuzarlo. Eso es lo que pretenden los materiales que conforman el presente texto: un análisis profundo de las actuales características del sistema como un todo.

Los textos aquí presentados no son -ni lo pretenden, en modo alguno- análisis económicos en sentido estricto; por supuesto, presuponen una lectura del fenómeno económico como trasfondo (léase: lucha de clases como motor de la historia, ley del valor, plusvalía), pero pretenden ser, ante todo, análisis políticos. En otros términos: ¿cómo se mueve el sistema capitalista actual? ¿Cuáles son sus notas distintivas? ¿Se alteró algo de lo denunciado en El Capital decimonónico? ¿Cómo y en qué sentido cambió? ¿Por qué el actual capitalismo se apoya en el parasitismo de los monumentales capitales financieros globales que se desplazan por toda la faz de la Tierra con velocidad vertiginosa? ¿Por qué la producción y tráfico de drogas ilegales, por ejemplo, ocupa un lugar de tanta preeminencia actualmente? El “imperio”, como categoría aislada (Hardt, Negri, 2001), no termina de explicar, y mucho menos de otorgar herramientas válidas, para plantear vías reales de acción en pos de la transformación. ¿Hay imperios o hay capitales globales? ¿Es posible hoy una nueva guerra de proporciones mundiales, quizá con armamento nuclear? ¿Está el mundo globalizado por los capitales supranacionales, o sigue habiendo rivalidades inter-imperialistas? ¿Cómo pararse ante los escenarios de nuevas guerras planetarias desde el campo popular?

Todo esto, retomando las primeras experiencias socialistas del siglo XX, e incluso el llamado “socialismo del Siglo XXI” -concepto muy discutible, por cierto- nos debe llevar a plantear críticamente la posibilidad (o imposibilidad) de socialismo en un solo país.

En definitiva, preguntas todas que nos apuntan a la cuestión de fondo: ante estas nuevas caras de la explotación, ¿cómo proponer alternativas? Ante el dominio fenomenal de los capitales globales, las bombas inteligentes, los mecanismos de detección satelital y las neurociencias al servicio de los poderes, ¿cómo es posible seguir pensando en la utopía de un mundo de mayor justicia? En ese caso, entonces: -pregunta fundamental de lo que pretende ser nuestro aporte- ¿qué hacer?

Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo enfocar la lucha revolucionaria; de esa manera, parafraseando el título de la novela del ruso Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 110 años después, la misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer? Es decir: qué hacer para cambiar el actual estado de cosas.

Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores”, la situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al hambre como una de sus principales causas de muerte; mundo en el que el negocio más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que mencionábamos come más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo en el que es más importante seguir acumulando ese fetiche llamado dinero, aunque el planeta se torne inhabitable por la contaminación ambiental que esa misma acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser cambiado, transformado, porque así, no va más.

Entonces, una vez más surge la pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras reacciones al sistema capitalista dieron como resultado, ya en el siglo XX, algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente, fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia del socialismo quedó sepultada, más allá del aire triunfalista con que la derecha actual, post Guerra Fría, presenta las cosas. Quizá habría que considerarlas como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían siglos después. Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez, en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó que… aún era muy prematuro para opinar. Fuera de la posible humorada, que seguramente sólo un chino con 5.000 años de historia a sus espaldas puede hacer, hay ahí una verdad incontrastable: los procesos sociales van lento, exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del presente pasaron varias, muchas centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas. Las primeras experiencias socialistas -la rusa, la china, la cubana- son apenas pequeños movimientos en la historia. No ha pasado aún un siglo de la Revolución Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos seguir planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello significa que la historia continúa aún.

El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder, demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas: caída la experiencia de socialismo soviético y revertida la revolución china con su tránsito al capitalismo (o “socialismo de mercado” al menos), los referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado. Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios “democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto” vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”: de Marx (el fundador del socialismo científico) pasamos a Marc’s (métodos alternativos de resolución de conflictos).

La idea de transformación radical, de revolución político-social, no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de vida no mejoran para las grandes mayorías. Aunque cada vez hay más ingenios tecnológicos pululando por el mundo que supuestamente deberían hacer la vida más agradable, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la Guerra Fría -quizá una esperanza ingenua-, siguen siendo el pan nuestro de cada día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en vez de disminuir, crece.

Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín, símbolo de una caída mucho más grande, y el retroceso sufrido en las condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas, sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen a partir del pensamiento labrado por Marx, puntal infaltable en el pensamiento revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son, pero la ideología dominante así lo presenta.

Hoy, producto de ese sofisticado trabajo superestructural del sistema, es más fácil movilizar a grandes masas por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por hoy no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano, que se creyó el germen transformador por excelencia -de acuerdo a la apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX- hoy está en retirada. Los nuevos sujetos contestatarios -movimientos sociales varios, campesinos, luchas étnicas, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá- no terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista parecen destinadas hoy a ser piezas de museo, salvo excepciones puntuales, como el movimiento naxalita en la India. ¿Quién levantaría la lucha armada en la actualidad como vía para el cambio social cuando la tendencia es buscar salidas negociadas y deponer las armas?

Sin embargo, en el medio de esa nebulosa siguen surgiendo protestas, voces críticas. Es decir: sigue habiendo esperanzas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso para nuestra especie?

El solo hecho de seguir planteándonos todo esto muestra que la utopía no está muerta. Puede estar golpeada, maltrecha, aturdida. Pero no muerta. Los materiales que aquí ofrecemos intentan ser un llamado a mantener viva esa esperanza. Si “sembramos utopía”, tal como quisimos ponerle de sub-título al presente libro, es porque esperamos que la misma madure, florezca, fructifique y dé como resultado algo menos injusto que el actual sistema que, aunque quisiera -y por supuesto no quiere- no puede superar su asimetría estructural.

Es por eso que, aún pasando este mal momento, el socialismo sigue siendo una esperanza abierta. La utopía nos sigue esperando.

____________________

A modo de conclusión

Dicho todo lo anterior (trece exposiciones con lujo de detalles) resultaría ocioso repetir que el sistema capitalista no ofrece solución a los grandes problemas históricos de la humanidad. Esto ya es más que sabido. La cuestión básica estriba en cómo nos planteamos su transformación.

Ya ha habido varios intentos para llevar adelante esa monumental empresa en el transcurso del siglo XX. No se puede decir que los mismos fracasaron estrepitosamente; no, de ningún modo. Con dificultades, con muchos más problemas de los que hubiera sido deseable, se consiguieron resultados encomiables. Si se miden con el rasero capitalista basado en la acumulación del fetiche mercancía y la teoría del valor, por supuesto que esas sociedades no se “desarrollaron”; pero está claro que los socialismos realmente existentes se encaminaron a otra cosa y no a repetir el modelo del capitalismo. Si de medirlas se trata, definitivamente hay que apelar a otras categorías. Lo que se buscó en esas experiencias tiene que ver básicamente con la dignificación del ser humano, con desarrollar sus potencialidades, con la promoción de valores más ricos que la acumulación de objetos apuntando, por el contrario, hacia la solidaridad, al espíritu colectivo, al darle vuelo a la creatividad y la inventiva.

Quizá esas primeras experiencias, de las que sin dudas podemos y debemos formular una sana crítica constructiva, son un primer paso: con las dificultades del caso quedó demostrado que sí se puede ir más allá de una sociedad basada en la exclusiva búsqueda de lucro personal/empresarial. Los logros en ese sentido están a la vista: en esas sociedades, más allá de la artera publicidad capitalista, no se pasa hambre, la población se educa, no existe la violencia demencial de los modelos de libre mercado, existe una nueva idea de la dignidad. Si hoy muchas de esas experiencias se revirtieron o se pervirtieron, eso debe llamar a una serena reflexión sobre qué significa hacer una revolución. Pero no hay nada más demostrativo de los logros obtenidos como el hecho que, por inmensa mayoría, en los países donde existieron modelos socialistas, al día de hoy, con la llegada del capitalismo salvaje y luego de pasado el furor de la novedad de las “cuentas de colores” de los fascinantes shopping centers, las poblaciones añoran los tiempos idos. Ahora, al igual que en cualquier país capitalista, allí comer, educarse, tener salud y seguridad social es un lujo; el socialismo, aún con sus errores, enseñó que la dignidad no tiene precio.

La titánica tarea de revolucionar el sistema conocido implica un cambio fenomenal: es la construcción de un parteaguas en la historia, es el inicio de una sociedad que, alcanzado un nivel de productividad mucho más alto que otros estados históricos de desarrollo anteriores, puede empezar a pensar realmente en el bien común, en el colectivo, en la especie humana como un todo. Eso es el socialismo. Obviamente, un proyecto fenomenal. Haciendo nuestras las palabras de Marx que poníamos en el epígrafe del libro: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.”

Establecer una nueva sociedad: ahí está la clave. No es reformar, maquillar, disimular algo viejo dando la sensación de un superficial cambio cosmético. Estamos hablando de una transformación profunda, enorme. Por supuesto, eso es algo monumentalmente difícil. Es refundar la humanidad. Y eso, la experiencia lo mostró, no es algo que se logra por decreto, en poco tiempo, sólo con buena voluntad a partir de ideas renovadoras, con una vanguardia que intenta dinamizar un proceso y empuja. Cambiar el curso de la historia implica transformar de raíz el sujeto que somos. Para el caso: transformar a millones y millones de seres humanos. Eso no es imposible, pero sí sumamente complejo. Unas pocas generaciones, tal como efectivamente sucedió en esas primeras experiencias, sólo pueden servir para comenzar a dimensionar la magnitud de la empresa con la que nos enfrentamos. ¡Es un reto fenomenal!

Ahora bien: estas reflexiones nos llevan hacia consideraciones que van más allá de la intención original de esta obra; nos obligan a repensar el sentido último de lo que significa la revolución socialista. ¿Por qué no funcionaron como se esperaba las primeras revoluciones socialistas del silgo XX? ¿Por qué, después de varias décadas, cayeron, o se revirtieron? ¿Acaso no es posible entonces tomarse en serio lo de transformar la historia, crear un “hombre nuevo”, dejar atrás la prehistoria apegada a las luchas en torno a la propiedad privada? Reflexiones, por cierto, que son imprescindibles para acometer la construcción del cambio en ciernes. La idea de base es que sí es posible; si no, ni siquiera nos lo estaríamos planteando. La pasión que nos alienta es que la utopía es posible. De lo que se trata ahora es cómo darle forma, cómo sembrarla para que germine.

Pero lo que pretendemos con esta colección de ensayos que aquí presentamos no apunta a reflexionar sobre esto precisamente: busca, en todo caso, plantear cómo está el capitalismo actual, y qué podemos hacer para lograr su transformación. Es decir: cómo colapsar el actual sistema, cómo impactar, cómo vencerle.

Dicho así, pareciera que aquí se dan recetas, guías de acción, un “manual” para hacer la revolución. ¡Ojalá se pudiera disponer de eso! Sin embargo, ello es absolutamente imposible; es más: está reñido con la ética socialista misma, con la idea de una verdadera transformación. Más allá de poder pensar dificultades comunes e intentar sacar conclusiones de los errores cometidos y de las luchas libradas, si algo define la experiencia humana es su complejidad, su alto grado de imprevisibilidad (pese a que exista una ciencia social -de derecha- que intenta anticiparse y controlarla), su dosis de irracionalidad incluso. Vista en sentido histórico, más allá de saber que las guerras son disputas a muerte por el poder: ¿es racional la guerra en términos de especie humana, o justamente atenta contra ella? Todos sabemos que fumar puede producir cáncer, pero seguimos fumando. ¿Cómo entender la racionalidad entonces? Se abre ahí una imperiosa necesidad de reformularnos cuestiones básicas, desde el materialismo histórico y desde las ciencias sociales que fueron apareciendo en el transcurso del siglo XX, luego que Marx formulara las líneas fundamentales de este andamiaje conceptual.

Por ejemplo, la cuestión del poder como eje que dinamiza buena parte de las relaciones interhumanas (las conocidas al menos, las que se basan y presuponen la propiedad privada), es un tema que desde la izquierda tradicionalmente no se ha considerado en toda su complejidad, lo cual no deja de ser una agenda pendiente de gran importancia. ¿Por qué vemos que se repiten muchas veces similares errores en la construcción de alternativas anticapitalistas? ¿Estamos en la izquierda inmunizados ante los juegos del poder, o ello debería replantearse con mayor altura crítica? ¿Por qué un camarada dirigente de ayer puede transformarse tan fácilmente en un magnate?

Así sea sólo un ejemplo este tema del poder -no pequeño, por cierto- son muchas las tareas de revisión crítica que nos esperan para potenciar las estrategias revolucionarias, hoy por hoy bastante alicaídas. Los materiales aquí ofrecidos no son “manuales”; son preguntas críticas. No más. Pero tampoco: nada menos. ¿Cómo nos planteamos el tema del poder? ¿Qué hay de las actuales mezquindades y flaquezas que nos constituyen? (Dicho en otros términos: ¿por qué es posible revertir revoluciones socialistas victoriosas?) ¿Cómo se construye el “hombre nuevo” del socialismo? Sólo decir esto y ya vemos la necesidad de la autocrítica: ¿“hombre” como sinónimo de humanidad? ¿No se nos filtra ahí un arrogante prejuicio machista? Dicho sea de paso: en el presente libro sólo varones publican; ¿arrogante prejuicio machista de quien seleccionó los textos? De eso se trata entonces: “no de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.” La autocrítica permanente debe ser una clave vital. Pero en lo humano no se puede establecer aquello de “borrón y cuenta nueva”: construimos el socialismo con la materia prima que somos. Ahí estriba una dificultad enorme, y por tanto, el reto es mayúsculo. De todos modos “dificultad”, nunca, en ningún momento histórico y en ninguna lengua significa “imposibilidad”.

Sin dudas es mucho más fácil preguntar críticamente y desarmar lo establecido que proponer cosas nuevas. Esa es una dialéctica humana: es más fácil destruir que construir. En ese sentido, resulta más simple constituirnos en críticos implacables del capitalismo (pues obviamente hay muchísimo por demoler ahí) que proponerle alternativas válidas, posibles, efectivas, que realmente sirvan para edificar algo nuevo. Si fuera tan fácil aportar soluciones, el mundo sería distinto. Pero siendo auténticamente socráticos en nuestro proceder, podríamos decir que en el hecho de preguntar/criticar lo conocido anida ya el germen de la respuesta, o sea, la solución al problema planteado. Por tanto, vale (¡y mucho!) preguntarnos acerca de los límites del capitalismo, del actual y de sus raíces históricas, porque a partir de ese interrogante se podrán ir construyendo las respuestas, los caminos alternativos.

Está claro que el libro en su conjunto, que es eminentemente una colección de reflexiones políticas, es un ejercicio académico-intelectual y no una propuesta de acción concreta. En verdad, nunca pretendimos esto último; y por supuesto no creemos haber contribuido mucho en ese sentido. Pero sí podemos dejar algunas preguntas en el nivel de lo que los autores aquí reunidos pueden aportar: consideraciones críticas sobre aspectos teóricos que ojalá permitan iluminar un poco más la práctica concreta. Sin tenerle miedo a la teoría, podemos repetir con Einstein que “no hay nada más práctico que una buena teoría en el momento oportuno”.

¿Cómo hacer la revolución socialista entonces? La publicación, en todo caso, dice más lo que no se debe hacer que los pasos concretos a seguir. Quizá es poco, pero no deja de ser importante considerarlo: hablar de los límites y los errores nos da ya un primer marco. Presentémoslo en forma de preguntas:

¿Es posible construir el socialismo en un solo país hoy día? Quizá podría ser factible tomar el poder a nivel nacional, desplazar al gobierno de turno en forma revolucionaria y establecerse como nuevo grupo gobernante con un planteo de izquierda, pero eso no significa necesariamente una transformación en términos de relaciones de fuerza como clase de los trabajadores y oprimidos. Además, dado el grado de complejidad en el proceso de globalización y la interdependencia de todo el planeta, es imposible construir una isla de socialismo con posibilidades reales de sostenimiento a largo plazo. En ese sentido los planteos revolucionarios deben apuntar a pensar en bloques, espacios regionales. La idea de Estado-nación entró en crisis y hay que revisarla críticamente desde las propuestas de izquierda. El ejemplo de los distintos socialismos que se intentaron construir en el transcurso del siglo XX, o el socialismo bolivariano actual, nos da alguna pista al respecto: se pueden comenzar procesos muy interesantes, fecundos, imprescindibles incluso; pero eso es un preámbulo del socialismo. De todos modos, todo ello no debe inmovilizarnos y hacernos pensar en que hay que abandonar las luchas nacionales. De momento nuestra unidad de acción son espacios nacionales, y ahí debemos trabajar, planteándonos todos estos problemas como los nuevos retos.

¿Cómo dar luchas globales desde lo micro? No hay más alternativa que esa: las luchas son siempre en el espacio local, pequeño: en la comunidad, en el sindicato, en las reivindicaciones sectoriales. Pero toda lucha debe tener como perspectiva final un nivel más amplio, entendiendo que lo local es articula, en definitiva, con lo planetario. Hoy día hay que buscar sumar descontentos, acumular fuerzas de los numerosísimos golpeados/explotados/excluidos del sistema. Ese trabajo de hormiga de juntar descontentos se hace en el nivel micro; aprovechando la globalización que impera, el desafío es sumar esos descontentos puntuales y locales en esfuerzos globales, macros. El Foro Social Mundial fue (es) un intento en ese sentido. quizá no prosperó como herramienta real de lucha, pero a partir de ello hay que estudiar el fenómeno y ver cómo impulsar alternativas realmente viables que consideren el estado actual del mundo como aldea global.

¿Es necesaria una vanguardia? Viejo problema en la izquierda, no resuelto, y probablemente que no admite “una” solución única. Vanguardia no debe ser partido único. Sin lugar a dudas que el puro espontaneísmo tiene límites muy cercanos: es, en todo caso, pura reacción visceral, más propia de los procesos colectivos de muchedumbres desarticuladas (pensemos en un linchamiento por ejemplo) que de acciones planificadas, con direccionalidad política, que buscan motorizar proyectos claros. Por supuesto que la reacción espontánea existe, y puede jugar un papel muy importante en la historia; pero la historia tiene líneas maestras que alguien traza, que no son casuales. Es más: hoy día existe toda una parafernalia de ciencias (¿éticamente las podremos seguir llamando así?) que tienen como objetivo manejar, controlar, trazas escenarios a futuro y lograr que grandes masas de población actúen conforme a lo planificado. Por supuesto, están siempre al servicio de los poderes de turno. Desde la izquierda no planteamos “manejar” las masas, pero sí trazar líneas para que se den cambios en el sistema. Eso, en definitiva, es la política revolucionaria: tener proyectos a futuro en el que las grandes mayorías jueguen el papel protagónico para transformar el actual estado de explotación e injusticia. Dejando librado todo al puro voluntarismo, al espontaneísmo popular, no se irá muy lejos: es preciso tener claro un proyecto. Esa claridad es la que debe aportar la vanguardia. Ahora bien: es difícil establecer quién juega ese papel. Los partidos de izquierda tradicionales con su estructura vertical, militar en algunos casos, son cuestionables. El liderazgo de una sola persona, más allá de su carisma, puede dar como resultado el nada deseable culto a la personalidad que ya hemos conocido en más de una ocasión, quitándole real protagonismo a las clases explotadas. En todo caso hay que pensar en vanguardias con dirección colegiada, siempre en diálogo permanente con las masas.

¿Quién es hoy el sujeto de la revolución? Las nuevas modalidades del capitalismo globalizado presentan nuevos paisajes sociales; el proletariado industrial urbano, considerado como el núcleo revolucionario por excelencia para la revolución socialista, está hoy diezmado. O vendido por sindicatos corruptos cooptados por la clase dominante, o desmovilizado por contrataciones laborales en absoluta precariedad que lo dejan en situación de indefensión, la clase obrera como tal ha retrocedido en su papel histórico, acorralándosela y anestesiándola (para eso, además, están las nuevas tecnologías de control: medios de comunicación masivos, nuevas religiones fundamentalistas, deporte profesional que inunda la vida cotidiana). Por supuesto sigue siendo la principal creadora de plusvalor a partir de su trabajo, pero hoy día la arquitectura del sistema, sin cambiar en su sustancia, ha tenido modificaciones importantes. Numéricamente, incluso, no está en crecimiento; la desocupación o subocupación -derivados naturales del capitalismo, más aún en esta fase de hiper robotización y automatización de los procesos productivos, de deslocalización y de primado del capital financiero-especulativo- han hecho del proletariado industrial una minoría entre la masa de explotados. Los explotados/excluidos del sistema, globalmente considerado, crecen: campesinos sin tierra que en muchos casos marchan a las ciudades, subocupados y desocupados, poblaciones originarias cada vez más marginadas o excluidas por un modelo de desarrollo que no las incluye, migrantes del Sur hacia el Norte, empobrecidos por la crisis estructural, jóvenes sin futuro, constituyen los sectores más golpeados por el capitalismo. Los obreros industriales, tanto en el capitalismo central como en el periférico, en ese mar de desesperación pueden considerarse afortunados, pues tienen salario fijo (eso, hoy día, ya se presenta como un lujo). Todo ello, por tanto, cambia el panorama social y político: hoy día el fermento revolucionario se nutre en muy buena medida de todo ese subproletariado de trabajadores precarizados e informales, de población “sobrante” en la lógica del sistema. Y además entran en escena con fuerza creciente otros actores (otros descontentos, diríamos) como las mujeres, históricamente marginadas y que ahora levantan reivindicaciones específicas, los pueblos originarios, las juventudes, que pasan a ser igualmente fermentos de cambio. Por todo ello, el motor de la revolución socialista hoy ya no es sólo el proletariado industrial: es la masa de trabajadores y golpeados por el sistema. Los grupos más beligerantes de estas últimas décadas han sido, justamente, grupos indígenas, campesinos sin tierra, desocupados urbanos, “marginales” del sistema, en sentido amplio. Es preciso redefinir con precisión el actual sujeto revolucionario, pero sin dudas hay ahí otro desafío que debemos asumir con ética revolucionaria.

¿Cuáles deben ser en la actualidad las formas de lucha? Las que se pueda, simplemente. Insistamos mucho en esto: ¡no hay manual para hacer la revolución! La Comuna de París, allá por el lejano 1871, fue una fuente inspiradora, y de allí Marx y Engels tomaron importantísimas enseñanzas. Es a partir de esa experiencia que surge la idea de “dictadura del proletariado”, en tanto gobierno revolucionario de los trabajadores como constructores de un nuevo orden. Después de los socialismos realmente existentes y de todas las luchas del pasado siglo se abren interrogantes para plantearnos esa noble y titánica tarea de hacer parir una nueva sociedad: ¿cómo hacerlo en concreto? Pregunta válida no sólo para ver cómo empezar a construir esa sociedad nueva a partir del día en que se toma la casa de gobierno sino también para ver cómo llegar a esa toma, punto de arranque primario. Ya hemos dicho que la tarea de construir la sociedad nueva es complejísima y necesita de la autocrítica como una herramienta toral. Ahora bien: la pregunta -quizá más pedestre, más limitada y puntual- que se pretende el hilo conductor del presente libro es ¿qué hacer para estar en condiciones de comenzar esa construcción? Dicho en otros términos: ¿cómo se desaloja a la actual clase dominante y se toma su Estado (el Estado nunca es de todos, es el mecanismo de dominación de la clase dominante) para comenzar a construir algo nuevo? ¿Se puede repetir hoy -metafóricamente hablando- la toma del Palacio de Invierno de la Rusia de 1917? ¿O hay que pensar en una movilización popular con palos y machetes que, acompañando a su vanguardia armada, pueda desalojar al gobernante de turno como sucedió en la Nicaragua de 1979? ¿Constituyen los procesos democráticos -dentro de los límites infranqueables de las democracias burguesas- de Chile con Allende, o la actual Revolución Bolivariana en Venezuela, con Chávez a la cabeza, modelos de transiciones al socialismo? ¿Cuáles son sus límites? ¿Se puede apostar hoy por movimientos armados, cuando vemos, por ejemplo, que todas las guerrillas en Latinoamérica o ya han depuesto las armas, o están próximas a hacerlo? ¿Se puede revolucionar la sociedad y construir el socialismo con el “mandar desobedeciendo”, como pretende el movimiento zapatista? ¿Hay que participar en los marcos de la democracia representativa para ganar espacios desde allí? Dado que no hay manual para esto, la respuesta debería ser amplia y ver como válidas todas esas alternativas. “Válidas” no significa ni infalibles ni seguras; son, en todo caso, pasos a seguir. ¿Hoy es pertinente levantar la lucha armada? Pertinente, quizá sí, como de hecho puede suceder en algunos puntos del planeta (el movimiento naxalita en la India, por ejemplo), pero no está clara su real posibilidad de triunfo, dadas las tecnologías militares sofisticadas con que el sistema cuenta para defenderse. En definitiva, golpeado como está hoy el campo popular, desarticulado y sin propuestas claras, muchos pueden ser los caminos para comenzar a construir alternativas. Queda claro que no hay “una” vía; distintas formas pueden ser pertinentes. Quizá los movimientos populares amplios, los frentes, la unión de descontentos y la potenciación de rebeldías comunes pueden ser útiles en un momento. La presunta pureza doctrinaria de las vanguardias quizá hoy no nos sirva.

En realidad estas no son conclusiones en sentido estricto. Todo el libro, a través de sus diferentes textos, es una invitación a profundizar estos debates, a enriquecerlos y darles vida. Si algún valor puede tener todo este esfuerzo es aportar un modesto grano de arena más en una búsqueda interminable. De lo que sí podemos estar absolutamente seguros es que esa utopía vale la pena. El mundo de ninguna manera puede ser una suma de “triunfadores” y “desechables”, por lo que esa búsqueda está abierta, invitándonos a zambullirnos en ella. Cerremos con una frase del poeta Antonio Machado totalmente oportuna para el caso: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.
(1) Colectivo de autores: 1) Amado, Oscar, 2) Borges, Edgar, 3) Colussi, Marcelo, 4) Corbière, Emilio, 5) Cuevas Molina, Rafael, 6) Fontes, Anthony, 7) Illescas Martínez, Jon E. (Jon Juanma), 8) López y Rivas, Gilberto, 9) Mora Ramírez, Andrés y 10) Perdomo Aguilera, Alejandro L.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Los pueblos originarios de Canadá vuelven por sus derechos

Mario R. Fernández (especial para ARGENPRESS.info)

Una vez más los aborígenes en Canadá protestan contra el gobierno, esta vez el gobierno liderado por Stephen Harper. Desde la invasión de los europeos a estos territorios, hace más de 400 años, los pueblos aborígenes vienen sufriendo los más aborrecibles abusos de parte de los "civilizados" occidentales, siempre tratando de cubrir, de esconder, sus abusos a lo largo de todo el continente americano donde han hecho verdaderos genocidios y han saqueado sin distinción a todos los pueblos aborígenes -incluidas, por supuesto, los Pueblos Originarios (First Nations) canadienses-. Pero todas estas injusticias en contra de estos pueblos no han ocurrido sin que estos resistieran, una lucha sostenida a lo largo de su historia.

Muchos gobiernos de turno han llegado con diferentes planes en contra de los Pueblos Originarios en Canadá sin duda por más de un siglo. Entre los más recientes figuran los planes del gobierno “progresista” de Pierre Trudeau que en 1969 produce los llamados Papeles Blancos sobre la Política India (White Papers on Indian Policy) que terminan siendo abandonados, seguidos en la década de los 80s por un plan similar del gobierno conservador de Brian Mulroney cuyos planes también terminaron siendo rechazados. Ambos planes tienen complicaciones jurídicas muy profundas, pero no es por estas complicaciones jurídicas que son eliminados sino por otros costos que estos planes implican. Como el más reciente plan de Harper, estos planes tienen características comunes: asimilación o eliminación del concepto de Nación frente a los gobiernos provinciales, federal y a la sociedad canadiense toda, terminar con la protección y los derechos que la constitución canadiense otorga a los Pueblos Originarios -su soberanía territorial convertida en municipios, sus reservas en tierras vendibles, la destrucción de sus tradiciones, historia y tratados firmados con la sociedad blanca.

Esta vez, el movimiento de resistencia ha comenzado con un grupo de mujeres aborígenes en la provincia de Saskatchewan -mujeres que tratan de informar a sus hermanos y hermanas sobre las consecuencias de la nueva ley federal, en especial de la ley C-45 que no es sino una nueva forma de ataque a sus tierras y a sus derechos de agua en sus territorios todos, derechos que aplican dentro de la propia Ley de los blancos. Este llamado de protesta ha empezado a despertar al país todo a través del movimiento que ellos llaman "Idle No More" (Ya No Más Pasivos) protestas no sólo por los asuntos de sus territorios sino también por otras reivindicaciones, otras injusticias, como la falta de compromiso de la justicia para averiguar lo que ha sucedido con cientos de mujeres aborígenes asesinadas o desaparecidas, o la negligencia del gobierno federal de proveer documentación sobre las iglesias canadienses involucradas en las escuelas residenciales o internados en donde miles de niños y niñas aborígenes sufrieron horrendos abusos físicos, sicológicos y sexuales de parte de sus “educadores” con la complicidad de las autoridades y de la sociedad canadiense de entonces. Y por supuesto un poner fin a la tolerancia de los Pueblos Originarios a la práctica del gobiernos de tomar decisiones sin consultarlos, de no cumplir con la entrega de fondos de vivienda y de infraestructura aprobados por gobiernos anteriores y de continuar con tantas políticas injustas y tanta iniquidad.

El movimiento ha ido tomando fuerza a partir del 11 de diciembre, fecha en que la jefa (Chief) Theresa Spence comienza una huelga de hambre en Ottawa. Esta mujer valerosa de la tribu Attawapiskat, pequeño territorio ubicado en un desolado lugar en el norte de la provincia de Ontario, con su huelga ha despertado la atención de su pueblo y para mediados de diciembre las protestas se extendieron, para el 21 de ese mes hubo masivas manifestaciones en más de 25 ciudades del Canadá, manifestaciones que contaron con el apoyo de muchos canadienses no aborígenes ni mestizos, incluyendo ecologistas, luchadores por la defensa de los derechos humanos y grupos y partidos de izquierda como el Quebec solidaire.          

Aunque este movimiento ha sido y es una noticia relevante diaria en los medios canadienses, Stephen Harper con su habitual arrogancia se ha mantenido indiferente negándole importancia, estrategia habitual en él. Harper sólo se pronuncia sobre asuntos corporativos, políticas de agresividad externa y su agenda sobre desmantelamiento del sistema del bienestar social. Pero, no le quedo alternativa más que dejar de ignorar la situación y tratar de dialogar con el jefe de los Pueblos Originarios Chief Shawn Atleo. A esa reunión, sin embargo, muchos jefes se negaron a asistir, incluyendo a Theresa Spence. El impacto del movimiento puede cobrarle a Harper algún precio político, razón que explica el cambio de actitud del Primer Ministro hoy fingiendo disposición a escuchar. Mientras tanto el jefe Atleo, por razones de salud, ha dejado temporalmente sus responsabilidades.

El movimiento de protesta continúa, aunque no podamos predecir cómo ha de terminar se están dando acciones de lucha, cortes de caminos y vías ferroviarias, que crean un espacio para que el gobierno haga uso de la fuerza, siempre una posibilidad. Agentes políticos del gobierno y de la oposición intervienen para desarticular el movimiento acercándose a algunos jefes para persuadirlos de que detengan y controlen las protestas. Por otro parte hay que destacar que el descontento con muchos de sus jefes en las comunidades originarias es real, se los acusa de negligencia, personalismo y oportunismo. En las últimas décadas, y favorecido por el acercamiento de muchas tribus involucradas en gestiones empresariales de servicios, casinos, y recreación, jefes y administradores se han hecho vulnerables a la corrupción reinante en el mundo de los negocios -común al resto de la sociedad canadiense-.

Las mujeres aborígenes, sin embargo, no se han beneficiado de este proceso sino que han sufrido personalmente la falta de recursos, el abuso y las consecuencias de políticas nefastas imbricadas con el machismo en la sociedad canadiense general y en sus comunidades y hogares. Cada lucha de los movimientos de protesta de los aborígenes en Canadá enfrenta no sólo sus propias debilidades sino también la actitud hostil de la mayoría de los canadienses, incluidos los medios de comunicación que no pierden oportunidad de desacreditarlos culpándolos de su pobreza, los problemas sociales, de salud y disfuncionalidad familiar que muchos padecen. Hostilidad, y racismo, que trata de justificar un pasado y un presente de opresión y saqueo en contra de los Pueblos Originarios y que nunca ha sido totalmente cuestionada por la mayoría de la sociedad canadiense y sus instituciones políticas, sociales y jurídicas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Entrevista a Guillermo Almeyra, editorialista internacional de La Jornada (México): Todos los gobiernos han desconocido los derechos y la cultura de los pueblos indígenas

Mario Hernandez (especial para ARGENPRESS.info)
.

Mario Hernandez (MH): Le damos la bienvenida en 2013 a Guillermo Almeyra. Quería apelar a tu conocimiento en materia de política internacional en relación a un tema que abordé el miércoles pasado sobre la situación de la Araucanía chilena. He recibido información que ha habido una reunión de líderes de la comunidad mapuche y legisladores que han expresado su descontento con la mesa de diálogo auspiciada por el gobierno chileno por considerar que sigue la lógica policial para enfrentar los problemas históricos que tiene esa región.

Guillermo Almeyra (GA): El problema central de la Araucanía es que todos los gobiernos, sin excepción, desde el democristiano Frei cuando comenzó con la reforma agraria, incluso Salvador Allende, por no hablar de Pinochet y los otros, han desconocido las exigencias y la cultura de los pueblos indígenas.
No les han reconocido autonomía. Incluso los proyectos más generosos de reforma agraria destruían la comunidad porque atribuían la propiedad privada a un pueblo que practica una agricultura colectiva y redistribuye la tierra según el tamaño de la familia, las tradiciones y las necesidades. Han desconocido el problema agrario favoreciendo a los terratenientes y el gran capital y manteniendo a los indígenas como una sub-especie humana, con asistencialismo en el mejor de los casos. Este es el problema.
Ante la rebelión y la protesta porque les quitan territorio para hacer hidroeléctricas y por las detenciones, incluso movimientos que van más allá y le queman la casa a un terrateniente, el gobierno responde con una ley antiterrorista en vez de hacerlo con la autonomía y el reconocimiento de los derechos en la mesa de negociaciones.

Doscientos mil indígenas aislados no bastan aunque consigan movilizar 50.000 personas

MH: ¿En qué medida podemos vincular estos hechos con la situación en México donde el 21 de diciembre, cuando algunos alentaban el fin del mundo, resultó en la presencia de 50.000 zapatistas en distintas localidades de Chiapas?

GA: En México también hay un desconocimiento, incluso legal, de los derechos de los pueblos indígenas. Les han reconocido formalmente algunos derechos culturales, a hablar su propia lengua, por ejemplo, pero ni las propiedades ni el uso de los bienes comunes ni su cultura e incluso no los han incorporado a la Constitución.
En un momento determinado el EZLN organizó la llamada Marcha de la Tierra, con el apoyo importante de un partido de centroizquierda, hoy más bien de centro, el PRD, que favoreció incluso que entraran al Parlamento. Pedían la incorporación a la Constitución, el reconocimiento de los acuerdos firmados por el gobierno mexicano y de los derechos plenos del mundo indígena. No pedían nada más que dejar de ser ciudadanos de segunda para ser mexicanos. No pedían nada particular, simplemente que cesase la discriminación y fueran considerados iguales, es decir, una reforma democrática, positiva, de una ampliación de los derechos constitucionales para el pueblo indígena que representan, las 56 etnias que hay en México, el 15% de la población.
Se lo negaron. Entonces, se encerraron en sí mismos y ahora a 19 años del levantamiento de 1994 vuelven a desfilar pacíficamente por las calles más o menos la misma cantidad de gente que lo hizo hace casi 20 años en protesta contra la discriminación contra los indígenas.
Han mantenido una fuerza organizada, lo cual no es poco, a pesar de la emigración, de la miseria, del bloqueo, de los atentados diarios contra las comunidades. Eso es lo positivo.
Hay que tener en cuenta que una cosa son las comunidades indígenas zapatistas en Chiapas, otra cosa son las comunidades indígenas en el resto del país y otra las comunidades zapatistas no indígena y que no pertenecen al EZLN como en el estado de Guerrero donde están formando policías comunitarias armadas con miles de voluntarios, refrendados por asambleas donde eligen sus autoridades militares. La comunidad mantiene a la familia porque no les pagan sueldos y agarran a los delincuentes como ya lo han hecho con 47 personas ligadas al narco y los juzgan en tribunales populares. Hay un proceso de auto-organización frente al poder que disputa quién tiene la legalidad.
Es muy importante. No son indígenas chiapanecos, no son del EZLN, son mestizos, campesinos, también algunos indígenas, pero no mayas.
Hay un problema latente que es poner un signo = entre los indígenas. No tienen una única representación política. Un sector de los indígenas de Chiapas, unos 200.000, está organizado en el EZLN, de los cuales habrá unos 2000 armados, cuyo dirigente es Marcos, pero la gran mayoría de los indígenas chiapanecos desgraciadamente no están organizados, en general votan por el PRI y los otros partidos. Los indígenas del resto del país simpatizan con la lucha zapatista, pero no forman una sola organización.
No se puede poner un signo = entre todo el movimiento indígena y el EZLN, es decir, los indígenas auto-organizados en sus comunidades y Marcos que tampoco es un indígena sino un mestizo que se fue a Chiapas a militar desde hace más de 20 años.
El problema es complejo. Muchos intelectuales o gente mal informada a escala internacional, ponen este signo =, y cada cosa que diga Marcos para bien o mal, se le atribuye a todos los indígenas de México. Eso no es así. Las comunidades zapatistas han resistido estos 20 años como lo hicieron 500 años antes, del mismo modo que han resistido los trabajadores mestizos y el movimiento campesino en México porque la lucha de clases subsiste independientemente de si está organizada o no, si se tiene o no una dirección concreta. Eso es muy importante porque es la condición sine qua non para recuperar posiciones, para poder avanzar y hacer cumplir las reivindicaciones democráticas elementales de los indígenas que se consideran mexicanos y quieren el cambio de la Constitución, no un cambio de sistema, pero sí uno que les permita resolver o frenar, por lo menos, la ofensiva contra ellos por parte de los terratenientes y un gobierno de masacradores como el actual.
Doscientos mil indígenas aislados no bastan aunque consigan mover 50.000 personas, lo cual es muy importante en una movilización pacífica. Necesitan alianzas a escala nacional, hacer acuerdos con otros sectores populares sobre algunos puntos comunes, los derechos indígenas, la libertad de todos los presos sociales y políticos, la reincorporación de las decenas de miles de trabajadores industriales despedidos como los 40.000 electricistas, la plena vigencia de las leyes laborales, la defensa del petróleo nacional que el gobierno quiere privatizar, precio sostén a los productos campesinos, el fin de la guerra sucia de un sector del capital, del narcotráfico junto con el gobierno, la auto-organización de los trabajadores para asegurar su defensa frente al narcotráfico. Ayer aparecieron ocho personas degolladas en un solo lugar.
No es solo una lucha entre narcotraficantes, que por otra parte están en el gobierno y las fuerzas supuestamente antinarco, que ejercen el terror sobre el conjunto del pueblo y matan también a campesinos y dirigentes populares que se les oponen.
Hay que hacer un programa común que vaya más allá de las reivindicaciones puramente indígenas. Les hacen muy flaco favor a los indígenas del EZLN los que simplemente aplauden sin el menor aporte real y sin un pensamiento crítico cada uno de las cosas que dice Marcos porque esa no es la salida.
El problema de los qom es de todos los demócratas y trabajadores de la Argentina

MH: Quisiera cerrar esta nota con un comentario sobre la situación que vive la etnia qom en nuestro país que ha sufrido el asesinato de varios de sus miembros en Formosa y Chaco.

GA: Los indígenas no están incorporados plenamente a la vida capitalista. Están subsumidos, dominados por la vida capitalista. Tienen que comprar sus bienes en el mercado, vender su fuerza de trabajo. Están incorporados pero no plenamente. Mantienen sus comunidades y sus formas de vida, lo que les da una capacidad de resistencia pero si se quedan encerrados en su pequeñísima comunidad y en el mantenimiento de lo tradicional no van a poder ni siquiera asegurar eso.
El problema de los qom es de todos los demócratas y trabajadores de la Argentina. No se puede tolerar que se mate una persona solo porque es indígena y quiere mantener su independencia frente a los terratenientes. No se pueden tolerar los asesinatos policiales encubiertos como accidentes de tránsito con motos. ¡Qué casualidad que los que siempre se mueren son los de la misma familia que resiste! Es una barbaridad.
Los derechos de los qom son los de todos nosotros. La defensa de los qom es una obligación moral que tenemos todos. A su vez, los qom no pueden quedar encerrados en defender sus derechos, tienen que incorporarlos a un cambio social donde no haya más desigualdad ni étnica ni religiosa ni de sexo o inclinación sexual, de nada. Luchar en una perspectiva más amplia.
Esa es la gran tragedia del pueblo indígena que resiste pero no ofrece alternativas aunque muchas veces no puede porque no están en condiciones para poder hacerlo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Argentina: Anatomía del kirchnerismo (Parte II)

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

Entre paros y cacerolazos

El marco económico que facilitó el surgimiento del kirchnerismo ya no es tan favorable. El estancamiento del PBI, el freno en la creación de empleo y la aceleración de la inflación ilustran más los límites del modelo que las adversidades internacionales. En el 2013 habrá una recuperación, pero sin la intensidad del rebote que sucedió al bajón del 2009. Es improbable el retorno al intenso crecimiento que hubo en el período de superávit fiscal, alto tipo de cambio y estabilidad de precios.

El intervencionismo neo-desarrollista persiste, pero con iniciativas poco efectivas y muy tardías. La expropiación parcial de YPF se concretó con la depredación del subsuelo ya consumada y la pesificación de la economía comenzó con los dólares ya fugados. El gobierno mantiene la prioridad de impulsar el consumo, pero sin revertir la parálisis de la inversión. Multiplica, además, el gasto público sin introducir la reforma impositiva requerida para solventar esas erogaciones.

Estas contradicciones explican la reaparición de tendencias al ajuste, que el oficialismo presenta como simples correctivos de sintonía fina. Las jubilaciones continúan postergadas y resurge el propósito de fijar estrictos techos a los aumentos salariales. Perón transitó por un camino semejante en 1955 (Congreso de la Productividad) y en 1973 (Pacto Social).

Es evidente que cualquier medida en esa dirección acentuaría la enorme desigualdad social que afloró en los connatos de saqueo de Navidad. Estas tensiones nunca se aproximaron a la explosión de hambruna de 1989 o el 2001 y esta vez fueron nítidamente incentivadas por los punteros de la oposición justicialista. Pero con simples denuncias de conspiración, el gobierno cierra los ojos ante la realidad de los marginados que sufren el hacinamiento, la precarización del empleo y el tormento del transporte, mientras receptan una obscena publicidad que convoca al hiperconsumo.

El oficialismo sabe que su capacidad para lidiar con las tensiones en aumento depende de la autoridad presidencial. Por eso buscó durante el 2012 afianzar esa preeminencia con numerosas campañas. Reactivó especialmente la demanda por Malvinas con mayor sostén latinoamericano, retomando un problema de interés nacional. Pero difunde verdades a medias. Su acertada denuncia del colonialismo no se extendió a los florecientes negocios mineros y petroleros de las compañías inglesas, que operan dentro del territorio argentino.

CFK utiliza el enorme activo electoral que obtuvo al demoler a sus adversarios de la oposición derechista. Consiguió una diferencia de votos que supera los récords de Perón. El kirchnerismo logró el reconocimiento simultáneo de varios sectores sociales. Aprobación de los industriales por los subsidios, de las clases medias por el consumo, de los obreros por la recuperación de los salarios, de los ruralistas por la reconciliación con agro-sojeros y del progresismo por los derechos democráticos. También recepta la sensación colectiva de desahogo, que sucedió al fin de la pesadilla vivida durante el colapso de la convertibilidad.

Pero este sólido respaldo no estabilizó al kirchnerismo, que enfrentó en el año pasado numerosos momentos de debilidad y desorientación. Contrapesó ese deterioro con la masiva conmemoración del 9 D y el acto de retorno de la Fragata, mientras continúa construyendo su base de sustentación. Ese cimiento se nutre de funcionarios (La Campora), movimientos sociales (Evita, Tupac Amaru), núcleos intelectuales (Carta Abierta), estructuras de comunicación (6- 7- 8), agrupaciones sectoriales (Gelbard-empresarios) y aliados políticos (Nuevo Encuentro).

En las elecciones del 2013 el gobierno testeará las posibilidades de intentar la re-reelección o en su defecto designar un sucesor, reproduciendo los mecanismos utilizados por Lula con Dilma. Las internas primarias y obligatorias le sirvieron en el 2011 para retomar el control de los aparatos y las candidaturas. Ahora probará qué grado de independencia consiguió del Justicialismo o con qué nivel de resignación debe aceptar la futura jefatura de Scioli.

Pero en los últimos meses se ha verificado también el resurgimiento de la derecha, que logró reunir el 8 N una multitud comparable a las marchas de Blumberg y los agro-sojeros. Reaparecieron las demandas conservadoras con cuestionamientos al control de cambios y a la restricción de las importaciones, junto a exigencias de corte del gasto social y críticas a la relación oficial con Fidel y Chávez.

Con la humilde petición de “ser escuchados” los manifestantes exhibieron un programa neoliberal, que los ubica en las antípodas de la actitud adoptada por la clase media en el 2001. Ya no golpean las puertas de los bancos, ni se solidarizan con los desamparados. Los caceroleros tienen dificultades de representación política, pero demuestran gran capacidad para impulsar la agenda derechista.

Afortunadamente irrumpió un contrapeso a esos planteos con el paro del 20 N. La primera huelga general bajo el kirchnerismo contó con el apoyo espontáneo de los trabajadores. El gobierno atribuyó el éxito de la medida a la disuasión creada por los piquetes, pero no explicó por qué razón esos cortes lograron tanta efectividad. El secreto simplemente radicó en la escasa concurrencia laboral que generó la voluntad de protestar. El malhumor social contra el impuesto al salario se verificó también en la alta incidencia lograda por el paro en los gremios que boicotearon la medida.

La clase trabajadora volvió a recuperar protagonismo y comienzan a insinuarse parecidos con la época de Ubaldini frente a Alfonsín o la UOM frente a Isabel. El gobierno ha quedado afectado por su propia estrategia de atomizar las centrales gremiales. Al debilitar la autoridad de los burócratas, facilita el renacimiento del sindicalismo combativo que actúa en las bases.

Pero este nuevo polo de resistencia social puede frustrarse si continúa el vaciamiento que generan Moyano y Michelli al sumar caceroleros, ruralistas y hombres de la partidocracia a las movilizaciones de protesta. La escasa concurrencia que tuvo el acto del 19 D ilustra cómo ese cambalache destruye la credibilidad de los reclamos populares.

Viejas y nuevas decepciones

Los intelectuales kirchneristas provenientes del peronismo tradicional consideran que los logros del gobierno superan todo lo conocido, luego de “rescatar al país de una crisis terminal”. Divorcian este resultado del contexto internacional favorable, de la cirugía que introdujo el colapso económico y de las conquistas que impuso la rebelión del 2001. Simplemente atribuyen al peronismo un don natural para reconstruir a la Argentina de sus periódicos descalabros. (5)

Con esa generalización evitan definir qué tipo de peronismo prevalece en la actualidad. Esa identidad incluye a Evita e Isabel, a John William Cooke y López Rega o a Cámpora y Menem. Suelen presentar estas diferencias como simples matices de un movimiento que imaginan equivalente a la condición nacional. Ocultan las experiencias justicialistas de terrorismo estatal (1974-75) y neoliberalismo (década del 90) y resaltan la ingobernabilidad imperante en los mandatos de la UCR.

La preeminencia del peronismo genera creencias de inexorabilidad semejantes a las vigentes en otros países de prolongada gestión unipartidaria (Suecia entre 1937 y 1976, Japón desde 1945 hasta los 90, México durante siete décadas). Lo único cierto es que el peronismo acumula una experiencia de simbiosis con el estado, que facilita su reciclaje.

Pero las expectativas de eternización omiten la profunda mutación registrada en la relación de ese movimiento con los trabajadores. La devoción de los años 50 y el entusiasmo de los 70 se diluyeron con las frustraciones creadas por Isabel y Menem. El kirchnerismo intuye esta fractura y busca desembarazarse de esas impresentables herencias.

Por el contrario las cúpulas del PJ y la CGT consideran oportuno retomar las fuentes e impugnan la “traición del gobierno a la doctrina peronista”. Pero en el mejor de los casos, esa invocación suscita indiferencia. Para el grueso de la población rememora la corrupción de Barrionuevo, las barras bravas del Momo Venegas, los remedios truchos de Zanola y la buena vida del criminal Pedraza.

La mayoría de los intelectuales kirchneristas comparten el distanciamiento oficial de la estructura justicialista y reivindican el nuevo sustento progresista del oficialismo. Ponderan ante todo la reconstrucción del estado con políticas que limitan los excesos del mercado. (6)

Pero ocultan quiénes han sido los principales beneficiarios de ese intervencionismo. Basta revisar los niveles de rentabilidad que tuvieron las grandes empresas en la última década para conocer a esos ganadores. La propia presidenta reconoció, por ejemplo, que las utilidades remitidas al exterior han superado en el último decenio los promedios del período precedente.

Para algunos teóricos, el carácter populista de la gestión actual constituye uno de sus grandes méritos. Rechazan la connotación peyorativa de ese término y lo identifican con el sostén de un liderazgo, que canaliza demandas mayoritarias por vías informales. (7)

Pero con esta rehabilitación se justifica también el control ejercido desde arriba, para contener la radicalización de los oprimidos. Fue exactamente lo que hizo Kirchner al principio de su mandato con el manejo de los planes sociales.

Las caracterizaciones elogiosas del populismo incluyen numerosas indefiniciones, para presentarlo como modalidad política abierta a cualquier desemboque. Con ese pragmático criterio se ajusta la evaluación del gobierno a lo requerido por cada coyuntura, soslayando contradicciones y capitulaciones.

Las nuevas teorías ya no ponderan genéricamente el protagonismo del pueblo. Resaltan más bien la capacidad del populismo para articular las demandas de actores sociales diferenciados. Pero la naturaleza clasista de esos conglomerados continúa omitida. Ricos y pobres, acaudalados y marginados, explotadores y explotados son colocados en un mismo campo de intereses convergentes. Cristina es vista - al igual que Perón en el pasado- como la síntesis de ese empalme poli-clasista. Pero olvidan que si esa comunión permitiera disolver los antagonismos sociales, CFK gobernaría sin los arbitrajes que erosionan su gestión.

El progresismo K también supone que las contradicciones del proyecto en curso serán manejables, si el gobierno refuerza su transversalidad pos-peronista (8). Pero esta evolución socialdemócrata también extingue los resabios contestatarios de la tradición nacionalista y empuja al kirchnerismo hacia la órbita de partidos convencionales que el progresismo cuestiona. Muchos militantes esperan evitar ese resultado “profundizando el modelo”, con medidas igualitarias de redistribución del ingreso. (9)

Pero olvidan que esa inequidad es intrínsecamente recreada por la acumulación capitalista y que el kirchnerismo se amolda a esa exigencia, adoptando medidas pro-empresariales a costa de los ingresos populares. La ley de ART diseñada por la UIA, la reapertura del canje exigida por los fondos buitres, el congelamiento de jubilaciones demandado por los acreedores o la devastación del subsuelo impuesto por las compañías mineras son las evidencias más recientes de ese curso.

Estas medidas son frecuentemente presentadas como el precio a pagar en la “batalla contra las corporaciones”. Pero se acepta delegar en el gobierno la potestad para establecer quién es el enemigo o el aliado de cada momento. Clarín, Techint y Cirigliano son los adversarios de esta coyuntura, mientras otros grupos se enriquecen a todo vapor.

El progresismo K sigue la hoja de ruta que diseña el Ejecutivo. Por esta razón es crítico de ciertas corporaciones y benevolente con otras, mientras la desigualdad se perpetúa al compás de la reproducción capitalista.

¿Solo dos campos?

Los sectores más progresistas del kirchnerismo justifican la reconstrucción del viejo estado, señalando que “era lo máximo factible en ese momento”. Consideran que el gobierno “se ubica a la izquierda de la sociedad” y estiman que dentro de esa administración se libra una disputa entre proyectos radicalizados y conservadores. Propugnan inclinar la balanza hacia el primer curso, resaltando que el oficialismo tiende a optar por esa dirección, en los momentos de conflicto con la derecha. (10)

Los defensores de este enfoque destacan acertadamente que el poder no se reduce al gobierno y que existe un contexto favorable para la obtención de conquistas. Pero olvidan que esos logros no pueden consolidarse si son concedidos desde arriba, sofocando las resistencias que emergen en forma independiente. El progresismo K carece de esa autonomía y promueve la subordinación a las directivas de CFK.

Por eso votaron la ley anti-terrorista, aceptan la mega-minería, avalaron el negocio de los concesionarios ferroviarios, se opusieron al paro del 20 de noviembre, cuestionan la lucha contra el impuesto a los salarios, ocultan la postergación de los jubilados y silencian el atropello de la nueva ley de ART. Su proclamada intención de radicalizar el gobierno no incluye ninguna batalla en los terrenos que exigiría ese avance.

Lo mismo ocurre con las alianzas que exige el Ejecutivo. Cierran los ojos ante los acuerdos con los gobernadores derechistas, incluso frente a los personajes que sintetizan lo peor del menemismo (como Carlos Soria). Actualmente afrontan la dura perspectiva de aceptar la regresiva candidatura de Scioli.

Habitualmente justifican esas capitulaciones con el argumento del “mal menor”, olvidando que las pequeñas resignaciones conducen a convalidar las desgracias mayores. Suelen afirmar “hay dos bandos y corresponde tomar partido”, como si todo el escenario nacional se redujera a los conflictos entre el oficialismo y la derecha no gubernamental. Esta simplificación oculta las coincidencias de ambos sectores en muchas áreas y olvida que la restrictiva división en dos campos sólo prevalece en las coyunturas de agudo enfrentamiento. Lo habitual es la existencia de muchas opciones.

También resaltan la necesidad de “avanzar desde adentro” con “críticas constructivas” y alertan contra la utilización reaccionaria de las objeciones al gobierno. Pero lo que favorece a la derecha no son las críticas, sino la perpetuación del capitalismo. El progresismo K soslaya este tema, porque confía en la elasticidad de este sistema para absorber mejoras sociales, bajo el timón de un gobierno reformista.

Algunos autores consideran que el kirchnerismo está recreando los viejos intentos de síntesis entre el peronismo y la izquierda (11). Esta convergencia quedó abruptamente bloqueada en el pasado por los reflejos conservadores del justicialismo, ante situaciones de radicalización popular o coyunturas económicas críticas. No hay ningún indicio en la trayectoria de Cristina dentro del PJ o en Santa Cruz que sugiera modificaciones en ese patrón de comportamiento.

La convergencia actualmente imaginada con la izquierda dista mucho de los intentos anteriores. En los años 60 o 70 muchos sectores del peronismo adoptaban conductas revolucionarias e incorporaban aspectos del marxismo a sus doctrinas. Por el contrario, los vestigios actuales de Cooke, la JP o Montoneros que sobrevuelan la superficie kirchnerista son puramente conmemorativos.

Es cierto que existe un ponderable rescate cultural de los valores e ideales de esa época y una reapropiación del lenguaje contestatario del peronismo, que irrumpió en la resistencia como un “hecho maldito del país burgués”. Esta tradición se observa, por ejemplo, en la orgullosa reivindicación de pertenecer a una “mierda oficialista”. Pero en lo sustancial existe un abismo entre la expectativa anti-capitalista que tenía el peronismo de izquierda y la resignación pro-capitalista que domina en el kirchnerismo.

Ninguna modalidad de socialismo tiene cabida en este espacio. A diferencia de Chávez o Evo, CFK rechaza explícitamente la vieja aspiración de una Patria Socialista y la nueva apuesta por el socialismo del siglo XXI. Este posicionamiento ideológico indica límites infranqueables, que el progresismo K prefiere ignorar.

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Ver también:
- Argentina: Anatomía del kirchnerismo (Parte I)
http://www.argenpress.info/2013/01/argentina-anatomia-del-kirchnerismo.html

Notas:
5) Coscia Jorge, “El kirchnerismo expresa lo mejor del peronismo”tn.com.ar/6-11-2012 O´Donnel Pacho. “La historia rescatará al actual gobierno” www.elsolquilmes.com.ar, 8-10-2012
6) Felleti Roberto, “El abandono de la dependencia” La Nación 26-2-2012.
7) Laclau Ernesto, “La real izquierda es el kirchnerismo”, Página 12, 2-10-2011.
8) Feinmann José Pablo, “La más habilitada para que el peronismo deje de ser peronismo es Cristina”, Clarín, 27-12-2011. Laclau Ernesto, “Los medios se han transformado en el principal partido opositor”, Página 12, 14-10-2012. Laclau Ernesto, “Discurso, antagonismo y hegemonía en la construcción de identidades políticas”, Tres pensamientos políticos, UBA Sociales publicaciones, Buenos Aires 2010, (pag 41-70)
9) Jozami Eduardo, “Bajo el signo de la igualdad”, Página 12, 15-1-2012.
10) Estas tesis son postuladas por Martín Sabatella, Carlos Heller y Luis D´Elia. Algunos intelectuales de este espacio se han reunido en torno al grupo Argumentos. Grimson Alejandro, “Más argumentos para el debate” argumentos12.blogspot.com/2012, 16-1-2012.
11) Anguita Eduardo, “Izquierda y peronismo: los 70 y el presente”, tiempo.infonews.com, 22-2-2012.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Argentina: Fondos buitre y discurso K

Héctor Giuliano

El discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en relación al problema de la deuda pública que vive la Argentina por momentos parece surrealista: según varias de sus exposiciones recientes los Fondos Buitre (FB) quieren llevar al país a un nuevo default (con lo cual se quedarían sin cobrar) pero ella dice que no va a permitir que esto suceda y que le seguirá pagando a ultranza a los acreedores, como hasta ahora.

En realidad este planteo – interpretándolo muy benévolamente - querría transmitir dos cosas diferentes: a) por un lado, que la administración Kirchner está empeñada en cumplir religiosamente los servicios de deuda con los acreedores privados (especialmente los que ingresaron en el Megacanje Kirchner-Lavagna de 2005-2010) y con los organismos multilaterales de crédito (OMC, básicamente BID y Banco Mundial), demostrando su voluntad pagadora de la deuda externa; y b) por otro lado, que está dispuesta a resistir el pago a los FB, como forma aleccionadora contra los excesos de la especulación financiera y transformándose ella en algo así como una “heroína” de la Deuda en lucha contra los FB.

Este comportamiento implica que el gobierno piensa que la “buena letra” o cumplimiento con la mayoría de los acreedores performing (los tenedores de deuda regularizada) le garantizaría o ayudaría para no tener que aceptar los reclamos de los holdouts.

De esta manera, al reiterar su vocación de pago de los servicios de la deuda, el gobierno alejaría el fantasma del default y confía así en ser ayudado a rechazar exitosamente las exigencias de los tenedores de bonos que no entraron en el Megacanje de 2005 (los holdouts) pese a las recientes sentencias desfavorables para la Argentina del juez Griesa y de la Cámara de Apelaciones de Nueva York.

En este trabajo vamos a evaluar la realidad de esta tesitura gubernamental.

Una teoria del default tecnico

La palabra “default” significa “incumplimiento” y equivale a “cesación de pagos”. Esta condición de default, desde un punto de vista técnico, se cumple cuando el deudor no paga en tiempo y forma alguno de los servicios de la deuda contraída (capital y/o intereses).

Según la presidenta los FB estarían buscando este default técnico para cobrar los derivados que han comprado bajo la forma de seguros contra default.

Se trata de los Credit Default Swaps (CDS) – contratos de Permuta de incumplimiento crediticio – que son instrumentos de operaciones financieras, muy especulativos por cierto, que pueden tomar los tenedores de bonos (públicos y privados) para cubrirse frente a riesgos de no pago por parte del deudor (en este caso, el gobierno argentino).

Esto es, que el FB – por ejemplo, el fondo NML Elliot (de Paul Singer) – paralelamente a su pleito contra nuestro país como holdout reclamante, según el gobierno Kirchner estaría haciendo “apuestas” más especulativas todavía para lucrar no ya con el pago argentino sino con el cobro de los CDS.

Y decimos “más especulativas todavía” porque, por definición, todo FB hace su negocio básico comprando bonos-basura a una ínfima parte de su valor y canjeándolos luego por un valor mayor, muy superior al de compra, al reclamarlo al deudor del título.

Esta regla rige para todos los FB: la mayoría que ya entró en los canjes 2005-2010 y la minoría que está pleiteando contra la Argentina para recibir el 100 % del valor nominal, sin quita (a diferencia de los que sí entraron en el canje).

Pero todos son FB, aunque con diferente grado temeridad. Por ende, cuando la presidenta denuncia a los FB no se refiere a los FB en general sino sólo a esa minoría de fondos especulativos – como Dart, NML Elliot y otros – que todavía no han realizado su negocio especulativo (como ya lo hizo la mayoría), sino que han abierto juicios contra la Argentina esperando lograr un mayor margen de ganancia adicional.

Esto es importante tenerlo presente porque forma parte del discurso incompleto de la administración Kirchner y, además, porque actúa como distractivo del problema central que – independientemente del probable juego especulativo de esos FB – lo concreto es que la Argentina está acumulando sentencias judiciales en su contra en los tribunales de Nueva York a las cuales, de una u otra forma y temprano o tarde, tendrá que hacerles frente.

Dicho con otras palabras: que el problema de estos fallos no reside en discutir sobre las maniobras o intenciones de los FB sino en el hecho concreto que el juez Griesa y la Cámara de Apelaciones de Nueva York – en su respaldo – han dictaminado que los FB reclamantes tienen razón, que ellos tienen derecho a cobrar y la Argentina la obligación de pagarles, y que lo único que falta es ponerse de acuerdo en los detalles de la forma de pago e importe de base (que tampoco es cosa menor) ... y empezar a pagar.

De allí el problema de la interpretación de la regla del pari passu o tratamiento equitativo de todos los acreedores que se le impone a nuestro país y que, por el momento, ha quedado diferido hasta la audiencia del 27.2.2013; pero que se complica especialmente no sólo por el arrastre de condiciones pasadas sino también por la existencia de nuevas cláusulas incorporadas en el Megacanje Kirchner-Lavagna de 2005.

Claves del megacanje 2005

El gran engaño que se ha hecho y se sigue haciendo a la opinión pública es presentar el Megacanje 2005 como un supuesto “éxito” de negociación y consiguiente forma de resolución de la crisis de deuda argentina cuando, en los hechos, ese megacanje (como todos los anteriores) ha fracasado y el país está afrontando las consecuencias.

Pero para entender esto hay que desagregar tres puntos: 1. Cuáles fueron los verdaderos números del canje, 2. Cuál el perfil de vencimientos resultante, y 3. Cuáles las nuevas condiciones pactadas.

1. Los números del megacanje Kirchner-Lavagna

Después de la declaración del default por el gobierno Rodríguez Saá a fines de Diciembre de 2001 nuestro país no efectuó pagos a bonistas por los títulos públicos en su poder hasta el arreglo de mediados de 2005, al que se llegó sobre la base de la oferta de Dubai, EAU, hecha a los tenedores de bonos en Setiembre de 2003.

Según los datos oficiales, el Megacanje Kirchner-Lavagna de 2005 abarcó un total de bonos elegibles por casi 82.000 MD (81.800), de los que aceptaron el canje bonistas que tenían en su poder unos 62.300, es decir, el 76 % de ese monto.

Contra esos 62.300 MD rescatados, la administración Kirchner emitió bonos nuevos por valor de 35.300 MD, de modo que la quita global promedio fue del 43.3 % (27.000 MD de quita sobre el principal canjeado); no del 66 % como dijo el gobierno.

Pero esta quita, a su vez, se compensaba con el compromiso argentino de pagos adicionales a los acreedores por los Valores Ligados al PBI (VLPBI), creados para este canje y que sumarían unos 31.000 MD.

Los VLPBI se fijaron como un plus del 48 % sobre valor canjeado - casi la mitad – dado como “regalo” para mejorar la oferta, de modo que cada bono rescatado de Valor Nominal (VN) 100 tenía una quita que lo dejaba en 57 pero un adicional por cupones PBI de 48, que llevaba el nuevo importe a 105; lo que significaba que el tenedor que aceptaba el Megacanje 2005 lo hacía por un valor constante superior al de los bonos entregados, no existiendo por lo tanto quita práctica.

Además, una parte de los intereses devengados – por un total de aproximadamente 12.000 MD – se capitalizaban por anatocismo durante el decenio 2005-2014, por lo que la tasa de interés real se incrementaba en proporción al aumento de esos intereses convertidos en capital.

La tasa de interés promedio del Megacanje 2005 – equivalente entre las tres opciones dadas (Par, Descuento y Cuasi-Par) - fue del 8.28 %, una tasa muy elevada en dólares en relación al mercado internacional (entonces, aproximadamente el doble).

En el caso de la deuda reestructurada en pesos – hoy equivalente en total a unos 36.500 MD – se aceptó una indexación del capital por CER-Coeficiente de Estabilización de Referencia, que replica el IPC-Índice de Precios Consumidor.

La manipulación del IPC por parte del INDEC a partir de 2007 se explicaría, en gran medida, por la necesidad de contener los efectos de la inflación sobre este tipo de títulos indexados; lo que fue denunciado por los acreedores como una forma de “default encubierto”.

Con la suspensión transitoria de la Ley “cerrojo” 26.017 en 2010 – que permitió la reapertura del canje - los totales acumulados se han amplificado lógicamente en relación a estos números originales del 2005.

A la fecha, el 93 % de los 82.000 MD de Bonos Elegibles ya habría entrado al canje por bonos nuevos. Por lo tanto, unos 76.000 MD serían deuda performing o regularizada y los 6.000 restantes estarían en poder de los holdouts (a los que hay que sumar por lo menos otros 5.000 MD por intereses acumulados).

En síntesis, el Megacanje Kirchner-Lavagna de 2005 no supuso una disminución real sino un aumento (un importante aumento) de la deuda pública porque el país salió con más deuda de la que entró al canje.

Lo que pasa es que el gobierno no computa la Deuda no Registrada por los tres conceptos citados: Capitalización de Intereses, Indexación de Deuda en Pesos y Cupones PBI, que en conjunto pasarían los 50.000 MD.

Y el último concepto – los VLPBI – ha devenido precisamente uno de los factores de desequilibrio más graves que provocan el actual déficit fiscal a través del perfil de vencimientos de la deuda.

2. Megacanje y perfil de vencimientos

Este punto va a requerir una explicación más corta que el anterior pero no por ello menos importante.

Ocurre que los tiempos de descongestión de los servicios de la deuda que se habrían logrado como producto del Megacanje 2005 - llevando los vencimientos de capital a 30, 35 y 42 años de plazo – quedaron desdibujados en la práctica financiera por la existencia de las otras obligaciones citadas pero particularmente por la influencia del ritmo de crecimiento del PBI argentino en los VLPBI (paradójicamente, un coeficiente de aumento nominal superior al real debido a la incidencia de una alta inflación).

Como los pagos de los VLPBI son proporcionales al aumento del PBI (el 5 % del excedente sobre un nivel de 3.25 %) y acumulativos desde el año base 2005, las sumas a ser abonadas han venido incrementándose en forma relevante y, consecuentemente, los términos de pago se han venido acortando.

Por otra parte, el aumento de pagos por servicios de capital e intereses y la toma de nueva deuda, unido al mayor peso de los desembolsos por interés debido al fin de las capitalizaciones y el aumento de los pagos de VLPBI, han venido determinando un estrangulamiento relativo por la concentración de los desembolsos y por el aumento de los montos de deuda total.

De hecho, pese al discurso oficial que habla de un supuesto “des-endeudamiento” la deuda pública argentina sigue aumentando y lo hace a un ritmo de 11.000-12.000 MD por año.

Los vencimientos de capital – que se renuevan íntegramente a su vencimiento - y los pagos de intereses – que se abonan en efectivo, lo mismo que los VLPBI - son crecientes en el trienio 2013-2015.

Por ende, el Megacanje 2005-2010 no ha solucionado el problema de la concentración dentro del perfil de vencimientos de la deuda pública argentina.

3. Las condiciones del megacanje 2005

En línea con lo dicho en los dos puntos anteriores, cabe analizar el agravamiento producido específicamente por las nuevas condiciones pactadas en la reestructuración Kirchner-Lavagna de 2005-2010.

Las principales y más graves cláusulas conexas aceptadas por la actual administración con el Megacanje 2005 - que afectan y potencian cualquier derrota legal argentina ante los tribunales de Nueva York – son:

1. Las ya conocidas cláusulas de Prórroga de Jurisdicción ante Tribunales Extranjeros – tanto para sentencia como para ejecución – y de Renuncia a oponer la Inmunidad Soberana.

2. La Cláusula del Acreedor más favorecido, que establece que si nuestro país concediese, después del Megacanje 2005, condiciones más favorables a otros acreedores, está obligado a concederle las mismas ventajas a todos los que ya entraron en el canje (que son el 93 % de los 82.000 MD de Bonos Elegibles).

3. La Cláusula Cross Default o de Incumplimiento Cruzado, que establece que la falta de cumplimiento con un acreedor se considera automáticamente extendida a todos los acreedores, generalizando así un nuevo default.

Las dos citadas en el punto 1 son prácticamente las mismas cláusulas que nuestro país ha venido suscribiendo en materia de Deuda Externa desde el Proceso Militar hasta la fecha y que la actual administración ha reproducido en la misma forma.

Las dos siguientes (2 y 3), en cambio, serían peores aún porque fueron incorporadas por la administración Kirchner - no constituyen “herencia” recibida de gobiernos anteriores - y tendrían efectos devastadores en caso de ser aplicadas a partir de los fallos adversos en Nueva York.

Es aquí donde el discurso kirchnerista se torna más inconsistente, tanto en las informaciones oficiales del Ministerio de Economía (MECON) como particularmente en los discursos de la presidenta.

Cristina Kirchner y el discurso de la fragata

En los dos capítulos anteriores hemos tratado de resumir el subtema del default técnico y del contexto del Megacanje 2005 en que el mismo se inscribe.

Cabe ahora volver sobre lo planteado al inicio de esta nota, en cuanto analizar la consistencia o no del discurso presidencial en relación a esta nueva crisis de deuda que vive el país, pero que el gobierno no reconoce públicamente como tal y en el que tanto la oposición política como los grandes medios de comunicación (sean oficialistas u opositores) son cómplices del encubrimiento.

Cuesta un poco entender la lógica gubernamental frente aseveraciones que no solamente no coinciden sino que están contrapuestas a la realidad.

Y para fundamentar esto que decimos vamos a tomar tres ideas-eje que la presidenta Cristina Kirchner – reiterando, por otra parte, declaraciones suyas anteriores – vuelve a plantear en su discurso del 9.1.2013 en ocasión del retorno de la fragata Libertad (citado en la nota 1).

a) Des-endeudamiento y deuda intra-Estado

Dijo allí la presidenta – por enésima vez – que el país se está des-endeudando cuando ello no es cierto: la deuda pública sigue aumentando y lo hace a un ritmo de 11.000-12.000 MD por año.

Con un agravante: que la presidenta enfatiza que “venimos haciendo honor a esa deuda con nuestro propio trabajo y esfuerzo, sin pedirle un peso a nadie.”

Esta expresión – aparte de ratificar la “vocación pagadora” de este gobierno – pone al descubierto una interpretación inaceptable de la Deuda intra-Estado, que constituye más de la mitad de la deuda pública total (es el 51 % sobre el saldo de deuda de 194.000 MD al 30.6.2012).

Porque esa deuda, tomada sistemática y compulsivamente con las agencias del Sector Público – fundamentalmente ANSES, Banco Central (BCRA) y Banco Nación (BNA) – es deuda que se pide prestado pero hay que devolver, como cualquier otra deuda:

- El dinero del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES no es plata propia del Estado sino plata de los jubilados administrada por el gobierno. Por ende, no son fondos que no le han sido prestados al Tesoro, como si esa deuda con el organismo no existiese, sino dinero que se debe devolver, en tiempo y forma, para que la ANSES cumpla con sus fines previsionales. Con el agravante que por prestar ese dinero al gobierno, para que el gobierno a su vez pague deuda con terceros – es decir, para que el Fisco haga transferencia y no extinción de obligaciones – la ANSES incumple las actualizaciones jubilatorias legales del 82 % móvil y dilata el cumplimiento de los juicios por reclamos jubilatorios; mientras desfinancia el fondo de garantía de las prestaciones futuras.

- El dinero que el gobierno saca del BCRA tampoco le es propio sino prestado y lo tiene que devolver. Tanto las divisas que se toman de las Reservas Internacionales (RI) como el dinero que se emite para dar Adelantos al Tesoro – ambos, para pagar deuda con terceros – no son libres ni gratuitos para el Estado: las reservas se compran con deuda cuasi-fiscal (Lebac/Nobac) al costo del 15-16 % de interés anual y la impresión de billetes para financiar el gasto público por deuda y otros conceptos presiona igualmente sobre la inflación. Estrictamente hablando, las RI del BCRA (lo mismo que los fondos de la ANSES) no son del gobierno sino del Estado, para atender las necesidades totales de la Balanza de Pagos y no sólo o prioritariamente la atención del pago de la Deuda Externa. Las Letras Intransferibles a 10 años de plazo que la Tesorería le entrega al BCRA a cambio de sus divisas bajan así la calidad de los activos del banco porque no hay garantía que esas divisas sean devueltas y ello afecta entonces su Patrimonio. El BCRA, en realidad, ya no lleva a cabo una Política de Acumulación sino de Reposición de Reservas, que vive retro-alimentando y aumentando a costa de mayores deudas y mayor impresión de dinero.

- El BNA tiene – según datos al primer cuatrimestre de 2012 – aproximadamente un tercio o más de su cartera de créditos y títulos prestados al gobierno, con lo que también desnaturaliza la función esencial – que es dar préstamos al sistema productivo – y aumenta su riesgo como banco.

En síntesis: no es cierto que la Argentina se esté des-endeudando y no es cierto que el gobierno esté pagando sistemáticamente deuda “sin pedirle un peso a nadie”. Se trata de una peligrosa forma de razonamiento en manos de un gobierno que no tiene capacidad de repago demostrada.

b) La deuda del gobierno Kirchner

En otro párrafo destacado del discurso de referencia, la presidenta dijo que “en estos años... hemos honrado la deuda que otros contrajeron y que reestructuramos logrando la quita más importante de la historia...”.

Esta aseveración contiene dos inexactitudes flagrantes, a las cuales ya hicimos mención antes (en este mismo trabajo): 1. No es cierto que la deuda pública que hoy se está pagando corresponda sólo a obligaciones contraídas por otras administraciones, y 2. No es cierto que se haya obtenido la quita más grande de la historia argentina porque ni siquiera se ha obtenido quita neta de la deuda reestructurada en 2005-2010.

Por lo tanto, no es válido decir que todas las deudas que se pagan no son del actual gobierno porque sí las hay y en magnitudes relevantes; y tampoco es válido decir que el Megacanje Kirchner-Lavagna obtuvo la quita más grande de la historia, porque no la tuvo, con el agravante que tampoco hubo quita neta.

Por último, cabe observar que la presidenta – como ya es usual en todos sus discursos – enfatiza el empleo de la palabra “honrar” para referirse a la deuda pública argentina, una deuda que tiene origen probadamente ilegítimo, que fue contraída a través de un mecanismo de irregularidades sistemáticas y de corrupción financiero-política; y que esta administración (como todas las anteriores) no quiere investigar pese a la evidencia cierta de los delitos así cometidos contra los intereses del Estado Argentino.

Pese a sus intentos de diferenciación semántica en otros campos es notable que la presidenta utilice aquí, en materia de deuda, el mismo concepto neo-liberal tradicional de “honrar las deudas” que ha presidido la lógica de servidumbre del Sistema de la Deuda Pública a lo largo de toda la Historia Argentina.

c) La deuda como cosa del pasado

Una tercera observación sobre el falso enfoque conceptual que trasluce el discurso de la presidenta – que es común a la posición general que viene sosteniendo el oficialismo y a la postura cómplice tanto de los grandes partidos de oposición con representación parlamentaria como de los grandes medios de comunicación del establishment – es el de presentar el problema de la deuda como una cosa superada del pasado.

El uso de la falsa expresión “nos estamos des-endeudando”, el ocultamiento ante la opinión pública de que la deuda sigue aumentando en todos los ámbitos del Estado, la permanente referencia a un Megacanje 2005-2010 supuestamente exitoso pero que ha fracasado en la práctica y cuyos efectos se están aguantando con Deuda Intra-Estado a costa de desfinanciar a la ANSES, descapitalizar al BCRA y desviar fondos de sus destinos específicos en las Agencias del Estado, la constante referencia a una “batalla” contra los FB que están pleiteando contra la Argentina (no a la mayoría de los FB, que son los que ya entraron haciendo su negocio especulativo con el Megacanje Kirchner-Lavagna), el cumplimiento escrupuloso de los servicios de la deuda y la reiterada invocación a seguirla “honrando”, todo ello constituye la demostración fáctica de una administración adscripta al Sistema de la Deuda Pública, cualquiera sea lo que se diga en los discursos “para la galería”.

El oficialismo, en coincidencia con los principales sectores involucrados en este sistema de la Deuda, trata de vender la imagen que la Deuda es un problema del pasado, que “la cosa está ahora bajo control”, que nos estamos “des-endeudando”, que la ilegitimidad de la deuda está hoy fuera de discusión y que la actual administración no piensa siquiera plantear el tema ni investigar la deuda, que se soslaya como condicionante total y absoluto de todo lo que pasa en la Argentina en materia de Finanzas Públicas y Política Económica.

Notablemente, en este planteo de fondo coinciden tanto los defensores del gobierno, de discurso populista, como los exponentes del Neo-liberalismo, tan criticado por las autoridades pero muy respetuoso, discreto y hasta elogioso de la gestión de deuda del gobierno K.

Es parte del Gatopardismo de la Deuda: fingir que las cosas cambian para que todo siga igual.

En conclusión:

Los jueces internacionales ya han comenzado a fallar “en serie” contra la Argentina en materia de deuda y las presiones externas se acentúan sobre el gobierno Kirchner: fallos de los Tribunales de Nueva York, demandas en el CIADI, instancias forzosas ante el Tribunal del Mar por el caso de la fragata Libertad, presiones del lobby de los FB ante el gobierno norteamericano y presiones de la administración Obama por los reclamos en el CIADI, negociaciones bajo presión sobre la deuda externa con los países del Club de París, condicionamientos crecientes de los préstamos por las nuevas deudas de las Empresas del Estado (con YPF a la cabeza), negociaciones extra-judiciales con holdouts, aumento de la dependencia financiera de los grandes bancos locales y uso en gran escala de la Deuda intra-Estado para sostener y seguir aumentando el sistema del endeudamiento.

El gobierno K trata de presentar el problema de la deuda como acotado a los FB pero el problema no son los FB, el problema es la Deuda.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.