sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Por quién votar mañana en Chile?

Ernesto Carmona (especial para ARGENPRESS.info)

Mañana serán las elecciones presidenciales en Chile. La pregunta no es quién ganará, ya que es archi-seguro que la elegida será Michelle Bachelet, sino cuán baja será la participación electoral, o sea, la abstención.

Según el Servicio Electoral (Servel), el electorado chileno es de 13,6 millones de ciudadanos mayores de 18 años habilitados para sufragar. Según analistas electorales, como Alfonso Nebolo, y otras fuentes, a ese universo hay que restarle 1,6 millones de electores fallecidos o mayores de 110 años de edad, en otras palabras, también presuntos difuntos o físicamente imposibilitados para hacer filas y sufragar, suponiendo que estuvieran interesados en hacerlo.

Ese universo reducido a 12 millones de electores, disminuiría en otro millón de chilenos con derecho voto que viven en el exterior y difícilmente vendrán a sufragar. Incluso, algunas de esas personas ya “no existen”, como Sebastián Edwards, quien escribió [el 26-10-2013] (1): “Hace unas semanas -nadie sabe muy bien cuándo- fui borrado de los padrones electorales. Con el click del mouse de la computadora, el Servicio Electoral (Servel) decidió negarme el derecho a voto. Mis expectativas y anhelos fueron obliterados en un dos por tres. Y lo peor es que, según me dicen abogados ilustres, no hay apelación. Me negaron el derecho a voto y por más que alegue, no me lo van a restituir para que alcance a votar en las elecciones venideras”.

Con Edwards incluido, los chilenos del exterior que, por angas o por mangas no vendrían a votar, ascenderían a otro millón de ciudadanos que no votan. Entonces, basándose en el “censo de excelencia 2012” (que está en tela de juicio), los electores potenciales reales, el verdadero padrón electoral, ascendería -más o menos- a 11 millones.

Bueno, según estos números, los electores de la primera vuelta del 17 de noviembre (6.576.948 votantes), representarían el 59,8% del “padrón real”, y no el 48,6% del “padrón Servel” de 13.573.088 electores. “Nunca segundas partes fueron buenas”, asegura un viejo refrán chileno, y las segundas vueltas electorales tampoco, porque siempre votó menos gente que en la primera, desde que existe el balotaje desde 1990.

La excepción fue la segunda vuelta de enero 2000, cuando Ricardo Lagos derrotó por estrecho margen a Joaquín Lavín (51,31% vs 48,69%), entre 7.326.753 electores, un poquitín más (0,076%) que los 7.271. 584 votos de la primera vuelta 1989. Esa segunda vuelta tuvo más electores que los 7.251.933 votantes del Plebiscito que defenestró a Pinochet en 1988.

Abstención, primera mayoría

Lo que más inquieta a los analistas, observadores, diplomáticos, periodistas y gente de a pie todavía interesada en la política, no es ¿quién ganará?, sino ¿cuál será la participación?

Algunos observadores internacionales comparan a Chile con una “ejemplar democracia madura”, consolidada, tipo países europeos OCDE, pensando en Finlandia o Dinamarca, donde “donde nada malo puede ocurrir” y las presidenciales no despiertan las pasiones que en países de América Latina, por ejemplo México, Honduras, Argentina, Ecuador y, por supuesto, Venezuela.

La diferencia, que nadie toma en cuenta en el análisis, es que en esos países europeos OCDE no existe tanto apartheid socio-económico y político como en Chile, tanta desigualdad de ingresos, desprotección de beneficios de la sociedad para el ciudadano común, ni tanta marginalidad económica disfrazada de prosperidad con endeudamiento para sostener la vida, además del control político empresarial perpetuo en asuntos como “flexibilidad laboral”, basada en la filosofía de “cuando doy trabajo yo pago y fijo las condiciones, horarios y precios de la mano de obra” (salarios bajos sin contrato de trabajo, o “empleo precario”, pero con buen “reflejo” estadístico en las cifras macro del empleo, que presentan al subempleo como “trabajo pleno”).

En los años 60 y 70 Chile fue quizás el país más politizado de América Latina, dejando de lado a Cuba, por supuesto, pero hoy la actitud subjetiva del chileno medio ante la contienda electoral podría adjetivarse con términos como “desinterés”, “indiferencia”, “abulia”. En otras palabras, “no me va ni me viene, voy a seguir ganando lo mismo, voy a continuar fregado”).

Época de escepticismo

Bachelet utilizó un término mucho más apropiado para calificar este fenómeno. En su último acto de cierre de campaña, el jueves en el Estadio Nacional, ante un magro auditorio de 4.000 a 5.000 personas según sus partidarios, llamó, exhortó, insto, convocó, etc., a votar para derrotar al “escepticismo” (el acto final de su contrincante Evelyn Matthei fue todavía más escuálido). Y esa palabra “escepticismo” es mucho más apropiada para definir el estado de ánimo reinante en buena parte de la ciudadanía frente a estas elecciones. “Al fin y al cabo, yo voy a seguir igual, seguiré ganando lo mismo”, “tengo que rascarme con mis propias uñas para ‘resolverme’”, y variaciones de esa filosofía del individualismo emprendedor instaurada y fortalecida en Chile por 17 años de dictadura y cultivada con esmero y lucrativos ejemplos prácticos de ciertos líderes en más de 20 años de “democracia” neoliberal, pero con reglas, leyes electorales y Constitución de dictadura.

En resumidas cuentas, Bachelet ganó la primera vuelta con 3.070.012 votos, un 46,7% de los 6.576.948 electores que concurrieron a votar, que a su vez expresan el 48,6% del padrón electoral Servel, de 13,6 millones votantes. Pero el 46,7%, del 48,6% de participación real, es decir, de esos 6.576.948 electores, representa al 22,7% de los 13,6 millones, según la aritmética. Y el 22,0% de Matthei, 1.622.666 votos, sería en rigor el 11,9% de esos 13,6 millones de “electores Servel”.

Adoptando el universo real “no-Servel”, de analistas tipo Nebolo (11 millones de electores), estos guarismos de participación mejorarían: Bachelet obtuvo en primera vuelta la adhesión del 27,9% de los supuestos electores “realmente existentes” y Matthei, el 14,7%. Si esos resultados se reprodujeran en esta segunda vuelta, el nuevo gobierno de Chile no tendría una gran legitimidad. La despolitización es de tal envergadura que la incógnita clave es ¿cuántos votarán el domingo? This is the question.

¿Participación = rating?

El último debate Bachellet vs Matthei, que más bien fue una charla de señoritas bien educadas, alcanzó el 43,5% de rating. Ésa puede ser una muestra del “voto duro” de los dos sectores, la derecha dura (Alianza por Chile) y la derecha blanda (Concertación-Nueva Mayoría). En números serían 5,916 millones de electores del “padrón Servel”, o 4,785 millones del universo electoral razonablemente jibarizado por analistas como Nebolo. Pudiera ser que el llamado voto duro” tampoco se dedique mucho a mirar TV porque ya decidió hace rato por quién votar.

Los izquierdistas extra -e incluso algunos ex intra- Concertación-Nueva Mayoría (C-NM) tienen el dilema shakespeareano de to go, or not to go… a votar, ir o no a votar, y contribuir o no a legitimar la minoría de cogollos y cúpulas políticas que gobiernan desde el “bipartidismo binominal”, tratan de copar por dentro los movimientos sociales asumiendo sus banderas, formulan promesas de campaña distintas a las políticas neoliberales de sus gobiernos anteriores y seguirán decidiendo por todos pero con baja aceptación ciudadana, según todas las encuestas, más ahora que el PC se incorporó a la C-NM, mientras líderes estudiantiles relevantes se han convertido en diputados de un sistema político que combatieron.

Las aspiraciones de la sociedad chilena parecen haberse desplazado hacia la izquierda, más o menos desde las movilizaciones estudiantiles de 2011, pero una izquierda real todavía no existe como fuerza política electoral y concurre a las elecciones fragmentada. Para el lenguaje mediático de la derecha representada por la Alianza, la “izquierda” es la C-NM, sobre todo ahora que el PC ingresó a ese bloque. La situación se parece mucho a la de EEUU, donde los izquierdistas llamados “liberales” no crecen porque siempre terminan votando por “el mal menor” que simbolizan los demócratas, ilusionados por un Obama o un Clinton. O a la España actual, donde los PSOE y los franquistas del Partido Popular se alternan en el poder.

Muchos electores dicen “no queda otra que votar por el mal menor” ó “hay que aceptar lo que hay”. “Sobre ‘el mal menor’, prefiero en este caso al enemigo sin antifaz, porque es el que permite hacer avances y porque en la práctica, no ha sido peor que el ‘amienemigo’ o ‘eneamigo’”, dijo Ruth Kries, chilena residente en Alemania, viuda de Hernán Henríquez Aravena, médico detenido-desaparecido en la zona de Temuco, cuyo caso continúa en total impunidad desde hace 40 años.

“Pero ya está claro que la dama ganará”, añadió Kries. “Si hay menos votantes, puede que se sienta un poquito dudosa acerca de su apoyo en la población y escuche al Pepe Grillo (la voz de la conciencia, o la voz del pueblo o de los pobres o de la mayoría) que quizás lleva chiquitito y escondido en un pliegue de su chaqueta”.

Bueno, y ése es el gran dilema de mañana. Votar por Bachelet, además de contribuir a la legitimidad de su elección, también significa cerrarle el paso, o ayudar a evitar un repunte “milagroso” de Evelyn Matthei, pinochetista de tomo y lomo disfrazada ahora de demócrata populista, dispensadora de promesas de toda clase de bonos y subsidios clientelares sin financiamiento claro para los llamados “sectores vulnerables”, o sea, los pobres de Chile. Ése es el dilema que estamos enfrentando muchos entre quienes mañana concurramos a las urnas.

Ernesto Carmona, periodista y escritor chileno.

Referencias:
1) http://voces.latercera.com/2013/10/26/sebastian-edwards/chile-una-democracia-coja/

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