jueves, 2 de enero de 2014

A 9 años de Cromañón, una reivindicación a la juventud

AGENCIA WALSH

Reproducimos un artículo que nos envió Santiago Morales, sobreviviente de Cromañón. Santiago es hermano de Martín, sobreviviente, y de Sofía, fallecida en la masacre. Estudia sociología.

Buenos Aires, 30 de diciembre de 2013.

Santiago Morales

Vamos a hablar de la dignidad y de la muerte. Mientras -como dijera el poeta cubano- te convido a creerme cuando digo futuro.

Existe un discurso impuesto tanto por el Estado y sus instituciones, como por los sectores minoritarios que toman las grandes decisiones que afectan a las mayorías, así como por los medios de comunicación. Lo que hace es criminalizar a la juventud, construir una imagen de los jóvenes en tanto grupo social sospechoso. Hacer del joven alguien sospechoso es impedir que sea socialmente apto para la política, para la participación social, para la asunción de responsabilidades sociales y políticas… es hacer de la juventud un grupo social en el cual nada se puede confiar, en quienes no vale la pena creer…

Según estos discursos, ser joven hoy es no tener proyecto de vida, es no buscar otra cosa que “la joda”, “el reviente”… es la droga, el alcohol, el delito, la irresponsabilidad, el desacato a la autoridad, el libertinaje, la vagancia. Según dicen los mismos, ser joven hoy es ser un sujeto peligroso, de quien “por las dudas” hay que desconfiar. En esa lógica, los asesinados y sobrevivientes de Cromañón eran unos “descontrolados e inconscientes” que, de alguna manera, se la buscaron.

Lo que estos discursos ocultan, lo que no dicen intencionalmente, es de la precarización laboral de los jóvenes, de la falta de condiciones de posibilidad para trabajar en dignidad, del desempleo; de lo que no hablan es de la discriminación que sufren sea por clase social, por color de piel, por la ropa que usen, o por los modos de comunicarse que tengan; de lo que no hablan es de la paupérrima calidad educativa que tienen a su alcance; de lo que no hablan es de la represión policial ilegal a los jóvenes, ni de los asesinatos policiales -casos gatillo fácil- ni de los hostigamientos policiales para que los jóvenes delincan; de lo que no hablan es de los negociados millonarios entre el poder estatal, el poder de policía y el poder económico que pactan para difundir el consumismo, y favorecer el delito joven y el consumo excesivo de sustancias; no hablan de los negociados con el narcotráfico productor de muerte; etc. Son discursos que hablan de unas cosas y no de otras… ¿sospechoso? Para nosotros sí.

Entonces, nos preguntamos, ¿a los jóvenes se nos ha prohibido todo, salvo resignarnos? ¿Cómo seguimos permitiendo que ciertos sujetos se atribuyan el derecho de quitar derechos? Tal vez, como planteara E. Galeano -y me recordara hace poco una compañera entrañable-, “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. En realidad, hemos sido demasiado respetuosos… porque una sola vida que se nos va es suficiente para que salgamos a gritar rebeldía hasta hacer tronar las estrellas.

Ahora bien, ¿por qué se habla tanto de la juventud sin preguntarse por la adultez? Como si los jóvenes naciéramos de repollos. Preocuparnos por los jóvenes, porque están en peligro, tiene que llevarnos necesariamente a repreguntarnos como sociedad qué les pasa a los adultos… Porque los adultos sí son peligrosos… por supuesto, no todos.

Que la juventud sea peligrosa fundamenta que sea prescindible de las grandes decisiones económicas, políticas y sociales que nos han de afectar, así como otros sectores sociales son excluidos de igual manera (niños, ancianos, indígenas, inmensos sectores de mujeres y de trabajadores del campo y la ciudad). Tal cosa no es azarosa, para nada; es una definición política de los sectores dominantes de la sociedad. Es que la participación humana es a la vez -sin lugar a dudas- cuestión de poder y cuestiona el poder establecido. De manera que quienes buscan hacer del joven alguien peligroso, alguien digno de temer y/o alguien irresponsable, están buscando -ocultamente- excluirlos del mundo de la política y de la participación social. Quienes buscan eso pretenden imposibilitar la renovación humana, impedir soñar otros mundos posibles… quienes buscan hacer del joven alguien peligroso, pretenden imponer la reproducción del status qúo establecido, con sus injusticias y desigualdades desgarradoras. Porque –como le escuché decir a A. Morlachetti- cada persona que viene al mundo, viene a renovar la condición humana. Y así, un país que criminaliza a su juventud es un país que aniquila su más tierno porvenir.

Denunciamos esto como una práctica criminal que el Estado permite, garantiza y vehiculiza, y que condena a nuestros jóvenes a la exclusión política y social, a la estigmatización generalizada, y a la muerte. Cromañón fue y es una clara expresión de esto.

La juventud en Latinoamérica representa el 25% o 30% de la población total, es decir, una de cada cuatro personas es joven -según datos de la OIJ-. Por tanto, que no sean aptos para la participación política y social no solo es privarnos de la contribución que los jóvenes pueden hacer en razón de lo que viven y sienten, sino que es, también, seguir condenando al silencio social a vastos sectores de la población… y seguir negando a la juventud como portadora de creatividad y pensamiento productivo. Pese a todo esto, y contrarrestando el peso de estos discursos nefastos, según una reciente encuesta realizada por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Organización Iberoamericana de Juventud (OIJ), los jóvenes en América latina son optimistas respecto de su futuro: cerca del 70 % de ellos cree que su situación en cinco años va a ser mejor que ahora (ver lanación.com del 29-12-13).

Nuestros jóvenes aman y ríen, trabajan y estudian, hacen política y crean, y creen en utopías, en mundos distintos a éste, que -evidentemente- no está a la altura de sus sueños. Y dicen, de hecho, si no crees en mis ojos, cree en la angustia de un grito.

Los jóvenes de Cromañón han entregado su vida de manera heroica buscando salvar la de otros, sin esperar nada a cambio. Algunos sobrevivieron, otros no. ¿Qué otro nombre tiene la dignidad?

A 9 años de Cromañón, con absoluta convicción, decimos Nunca Más Cromañón, que no se repita.

Sin embargo, Cromañón no ha dejado de pasar. Y el Cromañón brasilero nos demuestra que la construcción debe ser desde la raíz, porque no es un problema solo de Argentina.

Por los que están, por los que no están y por los que vendrán, tenemos que luchar para crear el mundo que queremos.

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