jueves, 2 de enero de 2014

Fin de ciclo kirchnerista… ¿y después qué?

Martín Kalos (ANRED)

La frase, instalada -como otras veces en la última década- desde los medios hegemónicos, de un “fin de ciclo” kirchnerista presenta una especie de falsa promesa al resto de la sociedad. Por un lado, porque una salida del “kirchnerismo puro” del gobierno no necesariamente implica un cambio de fondo en las políticas socioeconómicas aplicadas, sino correcciones en torno a un modelo que (incluso con la caja disminuida) continúa generando oportunidades de apropiarse de renta y ganancias para un sinnúmero de capitalistas. Por el otro, porque aún no se perfila con claridad quién sería la figura que podría vencer al kirchnerismo en las urnas en 2015, siendo el “candidato del establishment” hoy una persona surgida del mismo espacio peronista.

¿Cuál es el estado actual de la economía kirchnerista? Un crecimiento moderado, tras el estancamiento de mediados de 2012, con un sector industrial poco dinámico. El nivel de empleo se encuentra prácticamente estable desde 2008, en un nivel (6,8%) alto en comparación con cualquier período de la historia argentina previo a 1990; lo mismo ocurre con la indigencia y la pobreza. Los subsidios a servicios públicos (sobre todo en CABA y en menor medida en otras grandes ciudades) han alcanzado un techo y ponen en peligro la sustentabilidad de las finanzas públicas. Los planes sociales, salarios públicos y jubilaciones mantienen dinámicas disímiles respecto de la inflación, pero en cualquier caso se encuentran lejos de poder garantizar una calidad de vida digna para esas familias. La inflación es el mayor riesgo para los trabajadores en general y para los sectores más vulnerables en particular. Por eso, una mayor devaluación o una suba de tarifas (que favorecen a sectores del empresariado argentino) son políticas que nos perjudican marcadamente.

En definitiva, para la mayor parte de la población (trabajadores precarizados y desempleados en general), el problema más acuciante no pasa por los reclamos más mediáticos contra subas impositivas o el cepo cambiario; sino por la falta de creación de puestos de trabajo (mucho menos, de calidad) y la inflación que come nuestros ingresos.

Los herederos del modelo y los cambios en el Gabinete Nacional

El kirchnerismo pretendió con razón destacar el hecho de que son la fuerza que más votos sacó (7,5 millones en todo el país) y que mantuvo sus bancas en Senado y Diputados y su capacidad para aprobar leyes. Sin embargo, la merma de votos fue marcada, alejándolo de las preferencias electorales de la población argentina. Surge entonces el eterno problema de la sucesión en el peronismo, donde todxs empiezan a buscar dónde estará el próximo detentor del poder político. Ni siquiera se trata sólo de CFK: la mayoría de los Gobernadores tampoco pueden presentarse a una reelección (Scioli, Capitanich, Urribarri, Jorge, Beder Herrera, Pérez, Closs, Gioja y Alperovich; además de Macri y Ríos). Así pues, cada Diputado va a negociar su voto en leyes clave, cada Intendente va a cuidar más sus votos propios que a su Gobernador, cada Gobernador buscará garantizar su continuidad en otro puesto. Por eso esta situación es distinta a la derrota de 2009, cuando había una salida kirchnerista (había reelección y en todo caso vivía Néstor Kirchner para suceder a Cristina); hoy resta instalar una opción continuadora de la actual dinámica de poder.

¿Para dónde va la sucesión? Dentro del kirchnerismo, un gran candidato continúa siendo Scioli, que finalmente se la jugó a ser “el heredero”, en parte por el surgimiento de Massa que se llevó votos conservadores que podía buscar captar él. Su problema será gobernar la Provincia de Buenos Aires en los próximos años, con una oposición que en conjunto tendría mayoría tanto en Senado como en Diputados de la Legislatura provincial; y habiendo perdido o estando en riesgo sus alianzas con buena parte de los intendentes. Pero en la interna con el ala progresista del kirchnerismo, ésta comenzó a impulsar las figuras de Urribarri y Capitanich: ambos con una línea más digerible para el progresismo (más allá de sus múltiples rasgos conservadores), con poder en sus respectivos territorios, peronistas y más amigables para la burguesía que opera en Argentina. En esta disputa, Capitanich pica en punta al ser el designado por CFK para liderar la gestión del Gobierno Nacional, visibilizándolo en todo el país y permitiéndole mostrar una agenda cargada del “diálogo” y la “capacidad de gestión” que tanto demanda el sentido común de la clase media argentina. Las chances de Capitanich de suceder en la Presidencia a CFK dependen crucialmente de la habilidad con la que muestre logros y oculte fracasos en su gestión como Jefe de Gabinete. En cualquier caso, instalar una figura que pueda competirle a Scioli le permitirá al kirchnerismo cuando menos negociar para sostener gente propia en los espacios de poder cuando CFK deje de ser Presidenta. Cuánta continuidad pueda haber entre “el modelo” actual liderado por CFK y un eventual gobierno de Capitanich depende sin duda del análisis que se haga del modelo. En este sentido, es clave la articulación que el Jefe de Gabinete tenga con Kicillof en el futuro próximo, para hacer propias las medidas económicas que éste adopte y garantizar entonces su continuidad.

Los cambios en el Gabinete en efecto muestran una intención de recuperar iniciativa política por parte del kirchnerismo, ante la pérdida de poder político y las restricciones económicas. El ascenso de Axel Kicillof a decidir la política económica de aquí en más es una búsqueda de mayor raciocinio. CFK seguirá siendo quien otorgue el visto bueno final a cualquier medida, imposibilitando pensar en políticas transgresoras de lo que han sido las líneas generales de su Presidencia.

Seguramente Kicillof intentará desandar gradualmente el cepo cambiario (sin poder desarmarlo del todo, pero dotándolo de alguna racionalidad como pretendió tener inicialmente), recomponer las Reservas Internacionales (a partir de un mayor endeudamiento con organismos internacionales y de la inversión extranjera directa) para así evadir por más tiempo los temores de una devaluación abrupta; corregir la manipulación de la inflación por parte del INDEC; fomentar cadenas de competitividad que reimpulsen ciertas economías regionales y a los sectores ya definidos como clave por su gestión hasta ahora en el Ministerio; recortar subsidios a los sectores más privilegiados (retomando la idea anunciada hace menos de dos años y prácticamente no aplicada) y comenzar una recomposición de las tarifas (con impacto sobre el poder adquisitivo de nuestros salarios e ingresos como trabajadores); y avalando una devaluación mayor del peso.

Tiene como contrapartida un interés cada vez más explícito de multinacionales por invertir en Argentina, si se da respuesta a los problemas cambiarios que impiden a esas empresas hoy apropiarse de ganancias. A la vez, el Gobierno ya intentó fijar un techo salarial del 20% para las negociaciones paritarias de este año; echó mano a los títulos públicos de la ANSES para reducir la presión devaluacionista; e impulsó la media sanción del Código Civil reformado que constituye un retroceso para nuestras luchas como trabajadores y un quiebre con su base laica, progresista o feminista, dejando de lado cualquier esperanza que pudieran tener en una profundización por izquierda del modelo kirchnerista.

Una oposición por derecha fragmentada, con más ganas que armado para disputar

Sergio Massa logró instalarse como la cara más visible del desarticulado entramado opositor. Sus alianzas le permitieron captar el armado territorial peronista en muchos municipios, cosa que nadie había logrado disputar desde el afianzamiento kirchnerista en el Gobierno Nacional. Un primer punto será ver qué logra articular en alianzas fuera del territorio bonaerense, para poder aspirar al cargo presidencial. Pero además Massa se enfrenta ahora a dos años de exposición. Es el elegido por la burguesía para “mantener el modelo” pero con una reducción del salario real (vía devaluación y/o estancamiento-recesión) que transfiera riqueza e ingresos a la burguesía agroindustrial. Pese a que logró hacer una campaña electoral evitando confrontaciones y definiciones (salvo en el final y con temas que él eligió), ahora va a ser escrutado minuciosamente; ganará visibilidad nacional pero perderá votos de quienes lo eligieron “por opositor a CFK” antes que por conocerlo. Por su parte, Cobos se ubica como el gran presidenciable dentro de la UCR, que además se recompuso como partido nacional aunque con graves problemas para instalar opciones propias en distritos grandes como CABA. Macri sigue sin poder consolidar una estructura partidaria que le permita ser presidenciable por sí solo; pero sí sumó fichas para negociar ser parte de una fórmula presidencial. Ahora el PRO tiene una mayor bancada, consolidando su supremacía en votos en CABA y con un armado moderado en algunas provincias (aunque aún basado demasiado en votos a celebridades y no lo suficiente en construcción territorial). Binner ganó nuevamente en Santa Fe pero aliado a la UCR: no puede proyectarse a nivel nacional, sus aliados se desdibujaron, y no supo ser el líder de la oposición que prometió ser tras salir segundo en las elecciones presidenciales en 2011.

La izquierda que se presentó a elecciones

El FIT realizó una campaña espectacular en términos de despliegue militante y de spots audiovisuales, sabiendo aprovechar los recursos que le dio en estas últimas dos elecciones la reforma electoral (con dinero y “espacios cedidos por la Dirección Nacional Electoral” en radio y TV). En estas propagandas supieron interpelar el discurso común con consignas de carácter fuertemente reivindicativo, con planteos de campaña acertados como que “los legisladores ganen igual que una maestra”. Sin embargo, no hubo un planteo orientado a convocar a la participación popular. Se continúa así la tradición partido-céntrica, que no apuesta a fondo por la auto-organización de la clase trabajadora; tampoco se incluyó en la campaña mediática un eje explícitamente anticapitalista, que visibilizase las contradicciones del sistema.

Así, en pos de (acertadamente) sostener reivindicaciones concretas y mostrarse como una alternativa concreta de poder hoy, el FIT dejó de lado por completo los planteos ideológicos y económicos que apuntan a la superación del capitalismo y a la organización de los trabajadores y el pueblo en asambleas, sindicatos y movimientos sociales para construir su propio destino. En ese sentido, hay un claro contraste con las campañas desarrolladas por Camino Popular por un lado y Autodeterminación y Libertad por el otro. En el primer caso, su alianza con un sector de centroizquierda que ha tenido un largo derrotero de alianzas con sectores de la burguesía le impidió desarrollar una campaña anticapitalista. En el segundo, la falta de una construcción que permita visibilizar alguna figura distinta a Luis Zamora fue compensada con una campaña con consignas que llamaban a la participación y la democracia directa.

La explosión en votos del FIT responde entonces a virtudes propias (un excelente uso propagandístico de los espacios audiovisuales, la continuidad del frente electoral constituido hace dos años forzado por la reforma electoral y la implementación de la PASO, el trabajo militante de décadas en numerosos territorios en todo el país, la invisibilización durante la campaña electoral de las peleas internas entre los tres partidos que lo componen y que salen a la luz en cada territorio entre elecciones) y a cuestiones coyunturales. En un contexto de polarización entre el Gobierno Nacional (cuya base política empieza a mostrar signos de descomposición) y el conjunto de la oposición, el FIT se demarcó con claridad de las políticas pro-patronales y anti-trabajadores que tiene el kirchnerismo. Esto le permitió captar votos que habitualmente iban a espacios de centroizquierda hoy desdibujados por alianzas sumamente cambiantes en el tiempo, rejuntes ideológicos que sólo pueden entenderse con el fin de obtener más votos en base a sumar figuritas “taquilleras”. Desde ya, todo esto no podría ser posible sin el trabajo persistente y acumulativo de sus partidos (más allá de las diferencias programáticas y de estilo que tienen).

Logran así recuperar el nivel máximo alcanzado por la izquierda en cuanto a votos en una elección, con la particularidad de que el más elevado piso electoral para sortear las PASO consolidó casi todos los votos en un solo frente electoral - el FIT -, además de AyL en CABA. Es el regreso de Diputados de izquierda al Congreso de la Nación, desde los monobloques en que se dividieron los Diputados que habían ingresado por AyL hace una década.

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