viernes, 21 de febrero de 2014

España: Por una vejez digna

Laura Zamarriego Maestre (CCS)

De las 400.000 personas mayores que viven en residencias en España, 150.000 lo hacen en malas o pésimas condiciones, según un informe del Consejo Superior del Poder Judicial. El concepto de vejez que se tiene en la sociedad actual fomenta una atención inadecuada hacia los mayores. Considerarlos inútiles, una carga que echarse a la espalda, es inmerecido además de erróneo. Aún les queda mucho que aportar. Para ello necesitan reconocer su valía, y eso no resultaría posible sin el apoyo social. Administraciones, residencias, organizaciones y cada uno de nosotros, a nivel individual, tenemos un compromiso con los mayores que no podemos obviar.

La salud es un pilar fundamental para envejecer con calidad de vida, pero también lo es la participación. Sin ella, las personas mayores se desvinculan del mundo. Este sentimiento de marginación y de soledad se intensifica cuando el mayor abandona su hogar porque la familia decide recurrir a una “residencia de ancianos”. Todos deseamos permanecer en nuestras casas hasta el final de nuestra vida, pero no siempre es viable. El traslado es duro, y unos cuidados apropiados, que a la vez promuevan su independencia, se convierten en algo esencial. Donde ellos sean protagonistas, por sus capacidades y no por sus carencias.

A ello se dedica el centro de día Saraiva, un modelo pionero en España, fundado por dos gerontólogos y emprendedores sociales en 2005. Su objetivo: que los integrantes se sientan “como en casa”. Lo consiguen mediante terapias individualizadas y la personalización del entorno, decorado incluso con sus propias pertenencias. Tienen en cuenta su biografía, su pasado, sus logros y sus anhelos, para adaptarse a las necesidades de cada uno. Aseguran que su pretensión es ofrecer calidad de vida y no meros servicios. Además de alejar el espacio del concepto sanitario. “Cuando viene una persona no le preguntamos qué enfermedades tiene. Vemos qué es lo que mantiene, qué es lo que le gusta y lo reforzamos”, señala Lucía Saborido, responsable del centro. “Es una visión positiva de la vejez. Nosotros no queremos que nadie se compadezca de ellos, queremos que la persona se mantenga tal y como es, el máximo tiempo posible”.

El modelo respaldado por Saraiva, conocido como “housing”, ya había sido impulsado desde los años 90 en los países nórdicos. La intención es desmontar el concepto de “residencia de ancianos” como ese lugar amargo, con paredes blancas de hospital, donde las esperanzas no se hacen hueco y los últimos años de vida se resumen a una resignada espera. Y es que la vejez, aunque conlleve una pérdida de capacidades físicas, también significa madurez, sabiduría y tiempo libre, que no perdido. Así como el enriquecimiento que supone toda esa experiencia transferida a la sociedad.

El cineasta sueco Ingmar Bergman dijo que envejecer era escalar una gran montaña: “Mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Aquí tenemos un papel clave los jóvenes. Para escuchar, aprender, compartir ilusiones y caer en la cuenta de que menospreciar a nuestros mayores es renunciar a nosotros mismos como personas que algún día tendrán 60, 70 u 80 años.

No podemos olvidar que, desde 1900, el conjunto de la población mayor de 65 años se ha multiplicado por ocho. Si sumamos los estragos de la crisis económica y los recortes sociales, deducimos que “urge un nuevo modelo de autonomía y de atención al mayor”, como denuncian desde el proyecto Saraiva.

“Hubiera sido impensable avanzar en un momento tan complicado como el actual sin la ayuda de nuestros mayores. Por eso, hoy más que nunca, somos nosotros los que tenemos que apoyarles y no permitir que ninguno se quede atrás”, sostiene Catalina Hoffmann, presidenta de la fundación que lleva su nombre y del Grupo Vitalia. No se trata sólo de devolverles el favor; es cuestión de justicia.

Laura Zamarriego Maestre es periodista.

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