viernes, 21 de marzo de 2014

Entierro de la niñez

Mariano González Vilas (APE)
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“…Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños.
Los hechos, que se burlan de ese derecho,
imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana… “
Eduardo Galeano

Fue un día más como tantos otros. El mundo rodaba mecánicamente, el sol se incendiaba antes de tiempo y la lluvia se dibujaba lejana como un recuerdo inalcanzable. Los de arriba seguían siendo islas, mientras abajo se enlazaban raíces. Nada había de extraño, el olvido seguía siendo un verdugo sin pasión y la esperanza, ceniza gris de viejas brasas, era lo único que abundaba por aquellas tierras. Nada nuevo. De lejos una melodía sin tiempo sonaba y la sombra del algarrobo era un seco aunque útil manantial donde todos se agolpaban.

Nadie presintió el cambio. No cambió los pantalones cortos por los largos, un trapo viejo hizo de juez para cubrir a tanta moral ajena. No usó zapatos; sintió sobre sus pies cada herida de su tierra. No hubo herméticos símbolos hablando en sueños, ningún ave mensajera prefiguró el cambio en su canto, no hubo causalidades ni nocturnos designios del chamán. Pero él lo supo. Y salió al encuentro por entre el ramerío del monte. Un silbido lejano le endulzaba los pasos, y las mismas ramas que laceraban sus pieles le protegían del despiadado sol; algunas caricias duelen y ciertos golpes son pequeños escudos.

Nadie se percató tampoco a su regreso del monte, mientras volvía como de muy lejos con el paso cansino. Fijó la vista en el ranchito que lo miraba como con los ojos nostálgicos. Escrutó madera por madera el rostro de su rancho, lo vio tan claro que creyó estar contemplando al quebracho que le dio a luz y la tierra que lo engendró. Siguió avanzando sin quitar la vista de su casa. Nadie lo miró en su larga marcha. Nadie notó el cambio. Pero él lo sabía. Lo supo desde esa mañana cuando dejó atrás la sombra del palo santo, mientras masticaba la bronca de siglos. Lo supo con más certeza esa misma tarde, mientras el mundo giraba indiferente y él le empataba al calor chupando un mate frío. Sólo salió para recordar lo que ya nunca más sería; regresó con la noche, cuando la luna empezaba a asfixiar los últimos colores del día que pendían de un hilo naranja en el horizonte arenoso. Llegó al ranchito pero ahora siendo un hombre prematuro, enterró al viejo niño entre los arbustos del monte. Supo del amor y la tristeza. Caminó unos pasos más hacia el rancho, se quitó del hombro la mochila que días atrás había sido albergue de libros e ilusiones de su pequeña hermana; y antes de sentarse a contemplar el ritual del fuego y la noche, antes de ser hijo y hermano; padre y marido, abrió la mochila rosada y sacó de sus entrañas las dos palomas que habrían de alimentar a los suyos. Se sentó sobre unas viejas maderas y sintió sobre sus hombros el cansancio de otro día. Igual y distinto.

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