martes, 13 de mayo de 2014

España. Trabajadores pobres: Cuando el empleo no es un seguro de vida

Juan Antonio Cañero (LA MAREA)

“Yo me alegro sobre todo por la gente que ya tiene un trabajo, que cotiza a la Seguridad [Social] y ya han salido del paro, aunque evidentemente aún queda mucho por hacer”. Mariano Rajoy se mostró “animado y esperanzado ante el futuro” en la entrevista que compartió con Pepa Bueno para la Cadena SER el pasado 6 de mayo. El presidente aseguró que cuando acabe su legislatura el paro será menor que cuando juró su cargo y marcó 2014 como el año en el que se produciría el cambio de los recortes al crecimiento. “No se puede ser un optimista absurdo, pero tampoco un cenizo”, asintió el jefe del Gobierno.

Rajoy basaba su visión en el dato de que febrero fue el primer mes de toda la crisis en el que no solo cayeron los demandantes de empleo en el antiguo INEM, sino que también aumentaron las afiliaciones a la Seguridad Social. Esta tendencia se ha repetido en los meses de marzo y abril, siendo el sector de la hostelería el que principalmente ha tirado del carro.

La mejora en las cifras de empleo también han sido animadas por el cambio que han experimentado los nuevos contratos que se realizan, en los que gana peso el trabajo temporal (de una duración determinada) y el parcial (menor a las ocho horas de trabajo diarias), además de la iniciativa del autoempleo. La alegría y esperanza que Rajoy tiene por la creación de empleo se vuelve color cenizo, gris, si observamos cuáles son las condiciones sociales a las que aboca este modelo basado en el trabajo precario.

Desde el inicio de la crisis son cada vez más los estudiosos que están relacionando los conceptos de trabajo y pobreza, dos palabras que parecían antagónicas durante décadas y décadas. Los trabajadores pobres se pueden definir de dos formas, una basada en la estadística como hace Eurostat, que considera “trabajadores en riesgo de pobreza” a aquellos que tienen una renta disponible igual o menor al 60% de la renta mediana nacional. De una forma más amplia podríamos decir también que un trabajador pobre es aquel que con el fruto de su trabajo no puede asegurar que tendrá los recursos suficientes para tener una vida social plena (alimentación, sanidad, un mínimo de ocio, etc.).

En 2012, último año para el que Eurostat dispone de datos, un 12,3% de los trabajadores estaban en riesgo de pobreza. La media de la UE de los 15 se situaba en un 8,8% mostrando la disparidad entre países del norte como Alemania y su 7,7%, y el Sur, donde Grecia tenía a un 15% de sus trabajadores en riesgo de caer en la pobreza.

El estallido de la crisis y la gestión que han hecho los Gobiernos de PSOE y PP han elevado el porcentaje de trabajadores que no tienen aseguradas sus condiciones de vida, aunque, por desgracia, la tasa de trabajadores pobres era ya alta en 2004 (10,8%), todavía en la fase de crecimiento que permitió la burbuja de la construcción. Este hecho nos indica que la cuestión de la pobreza laboral no se debe a circunstancia de coyuntura, de turbulencias económicas, sino que está más enraizada en el funcionamiento del sistema.

“Normalmente la pobreza se estudia como un fenómeno exógeno, independiente del funcionamiento normal del capitalismo. Se suele presentar como el resultado de un fallo de gestión, algo que está ahí y sobre lo que nos podemos preguntar cómo es y cómo hacerlo desaparecer pero no por qué existe, y sobre todo, por qué se constituye en un rasgo típico del capitalismo”. Estas líneas forman parte del artículo que los economistas Nacho Álvarez y Bibiana Medialdea publicaron en la revista Viento Sur allá por 2005, cuando todavía el tema de la pobreza no había saltado a la palestra mediática pero sí a muchos hogares, que no necesitaron la crisis para tener dificultades en cuadrar sus cuentas.

A pesar del carácter estructural de la pobreza en general y la pobreza laboral en concreto, Álvarez y Medialdea reconocen en declaraciones actuales para La Marea que la forma como se está haciendo frente a la crisis desde el Gobierno está agravando la situación. Para Nacho Álvarez el peso de los recortes está recayendo fundamentalmente en las diferentes formas de salario, tanto directo (lo que pagan por trabajar), como indirecto (sanidad, educación, etc.) y también sobre las pensiones, que son un salario en diferido.

La fundación Primero de Mayo de CCOO publicó en 2012 un estudio titulado Trabajadores pobres y empobrecimiento en España (1) en el que, como Álvarez y Medialdea, señalaban a la reforma laboral como una de las palancas que aumentaría el número de trabajadores pobres en los siguientes años. Concretamente sus autores apuntaban que la reforma traería los siguientes efectos: “desregulación e individualización de las relaciones laborales, el incremento de la discrecionalidad empresarial a través de la reforma de la Negociación Colectiva, el abaratamiento del despido y la menor tutela jurídica”. Un ejemplo de la pérdida de poder de negociación de los trabajadores para pedir unas buenas condiciones en su empleo es la reducción de los convenios laborales, que pasaron de 6.016 en 2007 a 1.824 en 2013, según los datos del Ministerio de Empleo.

Otra consecuencia de la reforma laboral, es el aumento de los contratos a tiempo parcial, un objetivo que se marcó la propia Fátima Bañez en la rueda de prensa posterior a la aprobación de la nueva ley. Al recurrir de nuevo a Eurostat se comprueba que este tipo de contratación va de la mano del aumento de la precariedad. Si la tasa general de trabajadores en riesgo de pobreza en España era del 15% en 2012, para los que tenían un trabajo a tiempo parcial el riesgo se extendía hasta cubrir al 18,8%.

Los trabajadores por cuenta propia, que se vienen conociendo como “emprendedores”, son uno de los grupos que más contribuyen al aumento de la filiación en la Seguridad Social y que a la vez sufre más la precariedad en el trabajo. Según el informe de CCOO anteriormente citado, el 40% de ellos estaba en 2012 en riesgo de caer en una situación de pobreza. Nacho Álvarez defiende que el aumento del número de autónomos no responde al “espíritu de negocio” sino que “es una estrategia de supervivencia de muchos asalariados que se ven obligados a iniciar pequeños negocios para buscarse la vida tras un despido o, peor aún, a trabajar para sus antiguos o nuevos empleadores pero bajo normativa mercantil en lugar de laboral”. “Pretender que esa es una vía para la salida de la crisis no es más que propaganda oficial”, sentencia Bibiaba Medialdea.

Tanto Medialdea como Álvarez contradicen al Gobierno cuando éste defiende que el mayor crecimiento del PIB de la economía española traerá de la mano la solución del alto desempleo. Estos economistas sostienen que a pesar de que haya un leve crecimiento, como muestra el INE, la economía seguirá teniendo un comportamiento recesivo por los altos niveles de deuda y por la insuficiencia de demanda (derivada en parte de la precariedad del trabajo). “No sólo es importante salir de la crisis y que se cree empleo, también es muy importante en qué condiciones se sale, es decir, qué tipo de empleo se crea”, asegura Álvarez. “Estamos comprobando que de esta crisis estamos saliendo con un cambio muy profundo en la correlación de fuerza sociales y con un nuevo modelo económico basado en la ausencia de derechos laborales y sociales”, sentencia el economista.

La muestra de que no hay ninguna relación mecánica entre crecimiento y creación de un empleo que asegure condiciones de vida dignas está en que el número de trabajadores pobres de España ya era elevado en la etapa de crecimiento de principio del siglo XXI. También ocurrió lo mismo, incluso con anterioridad en el tiempo, en las economías anglosajonas.

Por cuatro duros, cómo (no apañárselas en Estados Unidos) de Capitán Swing, 2014, es el relato de Barbara Ehrenreich, una reconocida ensayista y activista social estadounidense que también a principios del nuevo milenio dejó la comodidad de su despacho para sumergirse en el modo de vida de esa gente que servía desayunos, limpiaban hogares y enceraban coches a cambio de 5 dólares la hora más propinas. Caravanas convertidas en la residencia habitual, compaginar dos trabajos para no poder pagar ni las facturas, comidas ultracalóricas para hacer creer al estómago que está más lleno… se convirtió en la realidad de millones de trabajadores en Estados Unidos. Esta situación planea ahora sobre los trabajadores de una Europa en la que la fuerza sindical y los servicios sociales que ofrecía Estado del Bienestar han dejado de ser un paraguas contra la pobreza a fuerza de recortes.

1) http://www.1mayo.ccoo.es/nova/files/1018/Estudio56.pdf

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