viernes, 9 de mayo de 2014

Mariana en seis ciudades

Laureano Barrera y Josefina López Mac Kenzie (OTROS CÍRCULOS)

De la militancia en Junín a víctima del terrorismo de Estado y caso en el juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en la ESMA.

1.Ensenada

Hay que escurrirse de ahí según lo planeado: las botas ya retumban, trepan la medianera y revientan puertas y ventanas. Los recién casados saltan al patio, se incorporan y corren. ¡Va granada! ¡Va granada!, gritan para engañar al enemigo, sin darse vuelta. Sus sombras trepidan por el patio. Ganar la calle trasera, como la ganan, es toda una suerte. Que además venga un auto, como viene, es un milagro. Le apuntan al conductor, lo hacen bajar y arrancan. Días más tarde pondrán las llaves en la guantera y le avisarán dónde quedó estacionado.

Se extingue octubre de 1976 en el Gran La Plata, la cresta de la represión. Mirta “Mimí” Dithurbide y Roald “Boogy” Montes han escapado por una fracción de segundo. Un mes más tarde, el 22 de noviembre, las mismas fuerzas conjuntas los asesinarán junto a otros cuatro militantes de Montoneros reunidos en una casa de las periferias. Pero esta noche de cacería frustrada en 123 entre 33 y 34, Ensenada, sólo logran robarles un recorte de diario con la foto de Horacio, novio de Mimí enla adolescencia, basquetbolista en Bahía Blanca, y una carta. Fechada el 8 de septiembre del ’76 tal vez en Mar del Plata para Boogy y Mimí, una caligrafía redonda y metódica dice así:

Queridos compañeros: los extraño mucho; los recuerdo permanentemente, sobre todo la cantidad de cosas que construimos juntos y que nos dan tanta fuerza para seguir. Yo acá estoy, en mi nuevo destino, con nuevos compañeros con los que me voy integrando día a día. Todavía no he empezado a funcionar, lo haré en estos días (…).

Cristina, hermana de Mimí, relee 37 años más tarde esa cursiva de maestra que una jauría robó de un ropero en Ensenada y un servicio de inteligencia archivó en fojas estrictamente secretas y confidenciales. Habla del Gordo—su compañero fusilado—, de la esperanza, el amor y la muerte. Con ese papel en su poder, los represores salieron a cazar el nombre que lo firma: Mariana.

2.Junín

Es jueves a la mañana y llueve en Junín, la ciudad donde el 4 de julio de 1951 nació Azucena Victorina Buono renegando de su nombre.

—Era morocha y alta, atractiva, muy segura de sí misma —dice Héctor Pellizzi en la cocina de su casa, mientras sorbe de un café de higo.

A Susy —como pedía que la llamaran— la conoció cuando era la única mujer de la mesa chica de la Juventud Peronista local. Pellizzi militaba en la Jotapé de Vedia, un pueblito cercano, y la veía en las reuniones interzonales donde también estaba su novio y mentor político, Benigno Gutiérrez, un cuadro de la Federación Universitaria por la Revolución Nacional (FURN) que estudiaba Ciencias Económicas en La Plata. Era morocha, diamantina y bella, y medía entre 12 y 15 centímetros más que él, retacón, grueso como un pitbull y con un bigote espeso de sicario mexicano. Cuando caminaban de la mano por el bulevar San Martín de Junín, ella se encorvaba apenas para disimular tal sobrante. Se casaron en 1974 con dos celebraciones: una en Junín, con arroz y marcha nupcial, y la más discreta en una pensión de La Plata.

En 1971, Susy, egresada como maestra del Normal, fundó con el sacerdote ortodoxo Felipe Mohamed el jardín Tribilín, para chicos de villas miseria, y lo dirigió ad honorem.

—Acá no está más —se apura a decir el sucesor de Mohamed, que ahora rumia el último bocado del almuerzo en el zaguán del templo; atrás funcionó el jardín. Le pide a Oscar Farías, ex director municipal de Derechos Humanos, que le acerque papeles si quieren incrustar en la vereda —su vereda— una baldosa que la nombre, porque él no la conoció.

En marzo de 1973, el peronismo en Junín era un hervidero.

—Soñaban los pibes —dice Oscar Bozzini, 84 años, parado al fondo del garaje diminuto que hace 40 les abrió a unos 15 jóvenes que querían asaltar el cielo con cucharas de madera. La mirada se le pierde en recuerdos sombríos.

—Muchos de ellos abrazaron la militancia rebelándose a sus familias conservadoras —completa. Y después calla.

El 8 de marzo se hicieron dos cierres de campaña. El del Pejota con los gremios se hizo acá, en el centro, y fue muy poca gente, evoca Pellizzi, así que Oscar Venini, el candidato a intendente, y los concejales, se vinieron al que hicimos en el barrio Evita.

—Había como 4.000 personas, y qué te digo: el discurso final lo dio ella.

En Junín todos lo recuerdan épico. Al día siguiente, el periódico radical Democracia publicó dos fotos de Susy. Una la muestra apasionada, con los brazos en alto. Su padre, Antonio, ex ferroviario y antiperonista, periodista allí igual que un tío, tuvo que soportar por un buen tiempo que la Redacción entera lo saludara emulando aquel gesto ardiente que había capturado el fotógrafo.

3.La Plata

Después de las elecciones, Susy se mudó a La Plata. Cursó Filosofía y Letras y guardó un perfil discreto en la FURN de Humanidades. Pellizzi, biógrafo de los desaparecidos de Junín desde que volvió del exilio, contó en El orden de las tumbas que trabajó en el Ministerio de Hacienda bonaerense y enseñó en Ensenada. Allí donde tres octubres después robarán de un ropero su carta de amor.

Vivió con el Gordo en una pensión por la cancha de Estudiantes y siguió militando hasta que en el ocaso de 1973 Montoneros destinó a Benigno en Bahía Blanca para armar un frente universitario. Quizá Susy haya vuelto a La Plata antes que su carta, ya no como alumna de Letras sino como aspirante montonera en la clandestinidad.

4.Bahía Blanca – Mar del Plata

Una urbe agitada al sur bonaerense y un nombre para militar: Mariana. Pellizzi la vio por última vez la noche de Reyes del ’75 en Junín, adonde solía viajar en esa fecha por el cumpleaños de su ahijado, Leonardo. Eran unos diez en la chopería Pim Pum, de Jean Jaures y Rivadavia, celebrando el reparto de juguetes en el barrio San Jorge. Mariana abrió su bolso de hilo, sacó un aerosol, cruzó la calle hasta el viejo paredón del ferrocarril y plasmó una frase revolucionaria. Pellizzi no recuerda cuál, ni importa. Era una militante de tiempo completo, recalca, y sus ojos enfocan el café.

Bahía fue pronto el vértigo del Ejército asediando al tembladeral revolucionario anudado allí. En el verano del ’76, Mariana y el Gordo alquilaron con dos parejas jóvenes un chalecito alpino en el barrio Los Troncos de Mar del Plata. Recién casados, Boogy y Mimí ocuparon la mejor suite. Chiche —Miguel Ángel Tierno— y Malena —Graciela Toncovich— duermen abajo. Las nenas, al altillo: un sueño con dos camitas cerca del techo y ventana al pinar. Son Alejandra Santucho Ginder —hija de compañeros que han debido desperdigarse de Bahía— y María del Cielo Tailmitte —hija de Malena—, que nunca habían pisado una casa así y aún atesoran ese verano asombroso y agridulce. No habrá otro para ninguna de las parejas.

—Reconstruirla a Mariana me reconstruye un poquito a mí —se conmueve por mail, desde Viedma, Cielo, y recrea la dulzura y la belleza de Mariana.

—¡Seguir juntando pedacitos! —escribe desde Bahía Alejandra, y evoca ese pelo negro derramándose en la espalda de Mariana, que les contaba cuentos; él, Benigno, “nuestro Chino”, les jugaba adivinanzas.

Alejandra también cree recordar o sentir que la pareja deseaba un bebé. Y la carta robada lo confirmará: “Yo siento que cada pibe que va naciendo es un poco el hijo que nosotros no pudimos tener”.

Un día antes del invierno del ’76 fusilaron a Benigno en General Paz 237 de Bahía. El día anterior se habían llevado de ahí a Zulma Matzkin, primero a atormentarla en La Escuelita y luego a fraguar con su cuerpo una muerte en exteriores: fue en otra casa militante, Catriel 321, donde había vivido Mariana, como contará su cursiva laboriosa. Que agregará: “Mi corazón y todo mi amor es de ustedes y de Bahía”. Esa carta será su única huella entre Bahía y el final.

—Los masacraron—resume Susana Matzkin, hermana de Zulma, pura estridencia su pelo y su voz, y la curiosidad visceral de “hasta el último detalle de todo”. Dice que Mariana es a veces la evocación movediza, casi mítica, de muchos bahienses. Y hace cuentas con pistas desparramadas por acá y allá, con vida o sin ella.

5.Capital Federal

Justo acá, en Sánchez de Bustamante 731, frente al Club Defensores de Almagro, a unos metros de donde estaba el bar BanZai y pegado a este albergue transitorio que entonces ya existía, estacionó un Falcon borravino el 11 de enero de 1977. Se descolgaron tres de sus cinco ocupantes. Llevaban pistolas, sobaqueras, tal vez granadas: un arsenal en disfraces de civil. El operativo lo comandó Juan Carlos Rolón y lo acompañaron al menos García Velazco, Cavallo, Whamond, Suárez, Pérez y Weber. Era el sucio Grupo de Tareas 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Ricardo Cavallo se ha quedado mudo con las manos al volante. Es fornido; tiene pelo largo. Atrás está Juan Gaspari, encapuchado, esposado, con los pies encadenados. Ha sido torturado en la Esma el día entero. En el 9°A duermen su mujer, Mónica Jáuregui, sus hijos bebés (Emiliano Miguel y Arturo Benigno) y Azucena. Susy. Mariana. Tiene 25 años y no tendrá otro verano.

Whamond le ordena al secuestrado tocar el portero con cualquier mentira: supone que doce horas de electricidad pasando por su cuerpo han vuelto más dócil a Gaspari. Pero se niega y la balacera se desata.

Informarán lo de siempre: enfrentamiento con dos subversivos armados hasta los dientes. Pero las autopsias revelaron que Mariana tenía deflagración de pólvora en el paladar: la remataron con un arma dentro de la boca. Ahora Azucena —del 9º a una morgue judicial y al cementerio de la Chacarita con nombre falso por orden del coronel del GT 3.3/2 Roberto Roualdes— es uno de los 789 casos del tercer tramo de la causa Esma, que juzga a 68 represores.

—Una cree que ya pasó, pero no—dice María Rosa Buono. Atiende el teléfono siempre. Acaba de testificar en el juicio por su hermana, cuyo rastro perdió, como Pellizzi, esa noche de Reyes, aunque dos años más tarde —seis días antes de morir— la llamó desde algún teléfono para saludar a su ahijado. Rosa volvió a saber de Susy en 2001, por Alejandro Inchaurregui. Ese año, el Equipo Argentino de Antropología Forense la identificó en la Chacarita y el nombre cierto, la vida breve y la muerte injusta de ese NN se iluminaron de a fogonazos.

Ahora suena el mismo portero que Gaspari rehusó tocar y sale el encargado, uniforme caqui y llaves repicando en el cinturón: el 9°A, que estuvo una década tomado, está en venta. Es luminoso. Tiene un living ínfimo de parquet, deshecho. Quedan restos de una persiana y un balde con la brocha usada. Por la puerta ventana que da al corazón de manzana Susy veía el mercado del Abasto; ahora se ven dos monoblocks. Frente a la cama donde salvaron a los bebés, sobre una pared rosa viejo hay un póster de Justin Beaver. Y otro, de Casi Justicia Social, la nueva formación de Callejeros, cuelga en el pasillo que conecta cocina y baño.

En la fachada del edificio antiguo de balcones con rejas finas y pocos aires acondicionados hubo poco más de un año una placa en memoria de los hechos. Era de cartón. Una noche la profanaron.

6.Otra vez Junín

Sigue siendo jueves y lloviendo, ahora fino y más copioso.

—Era una mujer extraordinaria. Esa sí que era política de verdad —dice el Lechuza. Tiene más de 60 años, cabeza rapada y voz aflautada. No ha leído de Marx ni Foucault pero sabe que hace cuatro décadas los pendejos de la Jotapé ayudaron a levantar su casa modesta, una de las 130 del barrio San Jorge.

El Fiat Duna de Pellizzi avanza por el lodazal que se tornó San Jorge. A la vuelta de lo del Lechuza, un mural pintado homenajea a Susy y sus compañeros. La estrella federal de ocho puntas y una hilera de ladrillos que escriben “Jotapé”. Una mujer de blanco y un niño con un balde de lata. Una procesión de imberbes pidiendo un mundo mejor. Y un planeador, al fondo, deja una martingala celeste y blanca que reza: Patricio Griffin, Pedro y Carlos Lablunda, Daniel Cormick, Oscar Bozzini, Ignacio Álvarez, Rosa Marcheto, Amelia Medina. Y primero que todos: Susana Buono. Mariana.

Los autores
Este trabajo fue finalista del primer concurso de crónicas organizado por el Espacio Memoria y Derechos Humanos, a diez años de la recuperación del predio donde funcionó el mayor centro clandestino de detención de la Argentina, la Escuela de Mecánica de la Armada
Laureano Barrera es periodista y docente, se desempeña en la actualidad en InfoJusNoticias, trabajó en Abuelas de Plaza de Mayo e integra el equipo periodístico de la revista La Pulseada.
Josefina López Mac Kenzie es periodista y traductora, se desempeña como secretaria de Redacción de la revista La Pulseada y editora de Otros Círculos, y trabaja en el equipo de Justicia por Crímenes de Lesa Humanidad de la Comisión Provincial por la Memoria.

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