miércoles, 4 de junio de 2014

Todos somos del Club de París

Silvana Melo (APE)

La felicidad ya no es una utopía en desgarro. Porque nosotros pertenecemos a un club. A un club emplazado en una ciudad soñada. Que sólo vemos en los libros o en una película de Woody Allen que habla de su medianoche. Y que la niñez de este lado, la ajena incluso al descarte de los privilegios, a veces no conoce ni de nombre.

Somos, nosotros, del Club de París. No del Porvenir ni de Sacachispas. Somos y acordamos. Con una alfombra roja extendida por Bayer, Pfizer, Barrick, Monsanto, Dow Química, Syngenta. Que “se movieron por interés propio pero también empujadas por el gobierno nacional”, según la nota en Página 12 que firma David Cufré. Y que con hondo patriotismo, las mencionadas conseguirán un “horizonte de mejores condiciones de financiamiento para inversiones en minería, hidrocarburos y otros”. Somos del Club de París. De la mano de “actores principales que han permanecido al margen de la escena pública”, nada menos que “grandes empresas de los países acreedores que vienen haciendo buenos negocios en el país”.

Buenísimos negocios de acreedores en un país en el que inventan la semilla, la transgenetizan y crean el veneno para matarle las malezas. Y venden todo, en pack, para que el 60% de la tierra del país sea de su siembra. Y de su veneno. Entre otras cosas.

Un país donde ganan por goleada, en un país donde a la defensa le falta calcio en los huesos y le sobra plomo, donde los gurises se crían entre el glifosato y el cianuro de las super compañías que nos abren las puertas doradas del Club de París para que los niños crean en los reyes transgénicos y olviden por un rato que serán presa de caza de la policía y descubran que son tan argentinos como publicita la Barrick que ella misma es.

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En Entre Ríos, los maestros denuncian al Estado por no controlar a las empresas que gestionan los comedores escolares. Que fueron tercerizados, legado ya cultural del neoliberalismo. Empresas para quienes el alimento es mercancía y los niños son cajas para llenar. El Estado “es el principal responsable del hambre de los niños. No controla la tercerización de comedores escolares y permite que los chicos -porque son pobres- sigan pasando hambre en la escuela”, dice Alejandra Gervasoni desde la Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos (AGMER). “No alcanza a 50 gramos la diminuta porción de carne que se incorpora al plato de comida de los chicos que concurren a los comedores. Salta a la vista que alguien se queda con lo que pertenece a los estómagos de la niñez”. El pan que engrosa el desayuno suele estar duro (Gervasoni se pregunta en qué estación se bajó el pan fresco, que no llegó al andén de la infancia pequeña de las escuelas).

Y relata una jornada de la escuela 190º Obispo Gelabert y Crespo, de Paraná: desayunan, almuerzan y meriendan 200 niños diariamente. “Hace años que la cocina espera ser reparada; meses que el termo tanque espera para que lo coloquen; los docentes les ponen el cuerpo a los niños que padecen cotidianamente hambre, frío, tiros, enfermedades, desprotección”.

Niños que no son socios del Club de París.

Ni pisaron su alfombra roja.

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Josefa Fernández tenía 65 años y era catamarqueña. La encontraron en el paraje El Algarrobal, vencida por el frío. Estaba a la intemperie, entre los arbustos de Tinogasta. Unos días antes, Jesús Mamaní había muerto de frío en Fiambalá. Tenía 75 años y había sido enfermero. Lo encontraron a la vera del río.

Tan lejos de París. Y del Club.

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Desde que el Gobernador decretó la emergencia en seguridad en la Provincia de Buenos Aires, los muertos son 39. El informe habla de “68 delincuentes heridos y 39 abatidos”. No hay una guerra por acá. Y tantas veces delincuentes son los que disparan de un lado y del otro. Son 39 muertos por los que nadie preguntará. Nadie reclamará. Ni revisará su nivel de criminalidad ni medirá su calidad de ejecutable o no. Son 39 muertos que proyectados en el año serán 290.

Que no pertenecen al Club de París.

Ni pisaron su alfombra roja.

Ni gozan del aval de Syngenta.

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Nadie pagó por la muerte de José Rivero, envenenado por la piel, sólo por jugar con tierra tóxica cerca de los tomatales en Lavalle, Corrientes. Tenía apenas cuatro años. Como Nicolás Arévalo. Que también murió después de ver caer a sus perros bajo el veneno que babean los aviones.

La soja en proceso de transgénesis ocupa el 60% del área sembrada del país. Son 20 millones de los 35 millones de hectáreas cultivadas. 400 millones de litros de agrotóxicos se utilizan en cada campaña. Las malezas caen fulminadas. Y los pájaros y los peces. Y los niños, que también son malezas para las empresas de países acreedores que llegan a hacerse la sudamérica a este sur. Y a hacernos socios honorarios del Club de París.

Para que se pague con alegría hasta la última moneda, hasta la última gota de sangre adeudada desde la dictadura, desde Rivadavia, desde la agonía del siglo XIX, hasta la última gota de sangre ilegítima y fraudulenta. Que la patria es feliz en su nuevo club. Y coca cola nos dibuja la nacionalidad celeste y blanca.

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