viernes, 25 de julio de 2014

Así no es la muerte

Alfredo Grande (APE)

En el año 2011 estrené mi unipersonal “Así no es la Vida”. Respuesta artística y política a una comedia que se hizo célebre: “Así es la Vida” que estrenara el recordado actor Enrique Muiño. El título de la versión original era, mucho antes de la profecía del fin de la historia, un mandato de mansedumbre y resignación, cristiana y de las otras. Es así. La vida es así. Y si es de una manera, no puede ser de otra.

“Casas más, casas menos, igualito que en Santiago…¿En qué matrimonio no hay peleas?” Los credos del sometimiento a los destinos inevitables no brillan pero tienen una desmesurada presencia. En el tango “Adiós Muchachos”, por muchos considerado “mufa”, un verso reza: “Adiós muchachos ya me voy y me resigno contra el destino nadie la talla”.

Al destino nadie puede enfrentarlo y aunque dicen que nadie muere en las vísperas, nada fácil es saber cuando llegan. Intenté en mi Unipersonal perforar este mandato de la cultura represora. Y escribí que “así no es la vida”. En su desenlace afirmaba que “solamente rechazando la vida por mandato podemos vivir la vida por deseo”.

“Perdóname querido Alberto Cortez pero cuando un amigo se va,
no deja un espacio vacío. Hay recuerdos muy profundos que nos
dejan siempre unidos. Un amigo nunca del todo se va y aunque
estemos muy dolidos, lo seguimos encontrando, en diferentes
caminos”.
(aforismo implicado. A.G.)

El “Así es la vida” es un mandato cultural, político, afectivo, moral y mortal. Acota el placer a no llenarse de culpa. Acota el placer a impedir el displacer. Paraíso de cobardes que buscan la seguridad total en los diferentes oasis que el consumismo propone. Para ellos la inseguridad es el mal absoluto. El hambre, la miseria, las pestes, los exterminios, son los costos sociales y los daños colaterales de los interminables ajustes. Para la cultura represora, la vida es así.

Si quisiéramos escribir un Manifiesto por una Cultura no Represora, creo que debería incluir este profundo deseo: la vida no es como la cultura represora nos dice que debe ser. Pero la cultura represora no sólo va por más, sino que va por todo. También nos dice cómo debe ser la muerte. Para la cultura represora, morir es descansar en paz. Claro: la paz de los cementerios. En la muerte, el pastor te asegura que nada te faltará. Paradoja cruel. Nada puede faltarte cuando nada necesitas. Ni deseas.

La paradoja queda evidenciada cuando aquéllos que fueron condenados a morir en vida, retornan como muertos en vida. Intentan recuperar aquello que les fue arrebatado cuando los obligaron a doblegarse porque así es la vida. Es como si dijeran: Así no es la vida pero tampoco así es la muerte. No descansamos ni estamos en paz. Si el peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, como escribió Carlos Marx, esta pesadilla es un analizador que los mandatos de la cultura represora pueden ser perforados.

*****

Puedo aceptar que esté muerto
Lo que me resulta imposible de
aceptar es que no esté vivo.
(aforismo implicado. A.G.)

La inmortalidad no es de los dioses. La inmortalidad es de los hombres y las mujeres que desafían a los dioses. Los dioses que se han construido para enfrentar los temores son un remedio siempre peor que cualquier enfermedad. Los dioses siempre tienen sed, como escribió Anatole France. Y hambre. Y ansias de absoluto poder. Poder concentrado en pocos para desposeer de poder a muchos.

Aquéllos que se atreven a sostener que Así no es la vida, construyen colectivos. Que son grupos con una estrategia de poder. Y esa estrategia es combatir a todas la formas de la cultura represora. Con la convicción de nuestros sueños posibles. Los triunfos de los espartacos que enfrentaron al César, deben ser barridos, ignorados, bastardeados. Sus recuerdos bloqueados. Descuartizados como lo fue el cuerpo del gigante Tupac Amaru.

Nuestro derecho y nuestro placer será siempre juntar el rompecabezas, el rompecuerpo y el rompemente. La cultura represora rompe y tritura. La cultura no represora con las partes desparramadas, como los arqueólogos, reconstruyen la totalidad. Fósiles de ideas, de proyectos, de afectos, de militancias, de utopías, son recuperadas en forma transgeneracional.

Cada militante y activista de la cultura no represora será un arqueólogo empedernido. Su aforismo implicado: “cuenta nueva, sin borrón”. Sólo la cultura represora borronea y borra para vendernos cuentas viejas como novedades de última generación. He conocido a muchos de estos arqueólogos de la esperanza.

Con algunos he formado colectivos fraternos, solidarios. Alianza fraterna que se sostiene en la cooperación. “Uno para todos y todos para uno”, como sostenían los mosqueteros que enfrentaban al detestable cardenal. Alejandro Dumas lo contó con belleza. Pero jamás “Uno con el Todo”. Porque entonces los dioses de la sed insaciable terminan con toda forma de diversidad, de multiplicidad, de “poli versos”, para entronizar el “uni verso”. Una única verdad para una única realidad. Reina la Unidad, sometiendo a todas las formas de unión.

*****

He podido cooperar con muchos de estos arqueólogos transhumantes, visionarios, poetas locos, artistas despiadados, científicos irrespetuosos, guerrilleros embriagados de todos los corajes. No estuve con muchos, pero gracias a los pocos con los que estuve, entendí que así no es la vida. Que hay muchas formas de entender la vida y entonces, necesaria y dulcemente, hay muchas formas de entender la muerte. Si el grito de la bestialidad falangista proclamaba “¡Viva la Muerte!, habrá que inventar otro grito. El dolor, la angustia, la permanente tristeza, la alegría de haber sido y el dolor de ya no ser, podrán acompañarnos.

No nos molestará esa compañía ni tampoco tomaremos psicofármacos cuando quieran convencernos de que estamos deprimidos. Y mucho menos distraídos, como advirtiera Facundo Cabral. Estamos sostenidos. Estamos unidos. Somos eslabones de una cadena de unión que se prolonga hasta el infinito.

Rosa Luxemburgo también nos enseñó esto. Son los demás los que nos prolongan en infinitos actuales. Que nadie se atreva a decirnos que nuestros muertos descansan en paz. No habrá paz sin justicia y no habrá descanso hasta la victoria final.

(En el recuerdo eterno de Sergio Etxeberri)

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.