jueves, 24 de julio de 2014

Ya viene la paz con todos sus horrores o el post-conflicto colombiano

Alberto Pinzón Sánchez (especial para ARGENPRESS.info)

Dicen que JM Marroquín, el presidente conservador de aquel entonces, que aparece en la foto, cuando en octubre de 1902 previó la derrota del general Uribe-Uribe, los radicales liberales y el final de la guerra de los mil días, protocolizada en el acuerdo la Hacienda Neerlandia (ubicada en Macondo) sentenció con su cinismo habitual esta afortunada frase que dejó al desnudo la ruina social de aquel terrible “post-conflicto” colombiano, así: El ascenso del cauchero general Rafael Reyes a la una dictadura eleccionaria de 5 años. Veintiún 21 años más de corrupta, hambreadora y clerical hegemonía del partido Conservador. La amputación de Panamá con los 20 millones de dólares de indemnización que le pagó el gobierno de los EEUU al gobierno colombiano. El crimen de Estado del derrotado general Uribe-Uribe. Las masacres de los bananeros y braceros del rio Magdalena y, la consolidación definitiva del régimen brutal y violento del latifundismo señorial arropado con un manto de “modernura” capitalista, ya ligado definitivamente con la economía y el gobierno estadounidense.

Cuando en 1896, diez años después de promulgada la Constitución clerical y ultra-reaccionaria de Rafael Núñez, que inauguró los 44 años en total de la llamada “hegemonía conservadora”; el sanguinario y bestial gamonal Leocadio Mendieta, personaje de la impactante novela “en noviembre llega el arzobispo” de Héctor Rojas Herazo, se aparece en el insolado y desesperanzado pueblo costeño de Cedrón (al otro lado de la Ciénaga de Macondo) el general Rafael Reyes cuyo retrato preside la alcaldía de Cedrón, acababa de ganar la guerra civil de 1895 y pelechaba con sus negocios de exportación agrícola a Inglaterra y EEUU que le darían ingreso a la clase dominante (oligarquía) de Colombia y lo convertirían en uno de sus mejores y eficientes dirigentes a futuro.

Rojas Herazo, contemporáneo y amigo personal muy cercano de García Márquez, ganó un concurso literario en 1967 que dio a conocer su novela “en noviembre llega el arzobispo”. Desafortunadamente, ese mismo año apareció también editada “cien años de soledad” que inexplicablemente opacó esta obra, y permitió a la Curia colombiana, atenta a cualquier crítica o blasfemia en su contra, silenciar por un tiempo, la que posteriormente sería catalogado como una novela fundamental de la literatura colombiana; complemento ineludible e inseparable del maravilloso universo García-Marquiano e indispensable para comprender a cabalidad la desolación, la tristeza, la desesperanza angustiosa, el miedo y los horrores que contenían la frase cínica del Presidente J M Marroquín sobre aquel post-conflicto, compartido, vivenciado y sufrido por la generación de ambos escritores.

Acallada en Colombia el arzobispo de Rojas Herazo, les correspondió a críticos de otros países hacer la reseña literaria a las escasas ediciones que se sucedieron, claro que sin conocer la aterradora realidad histórica de Colombia que la inspiró y que allí se pinta (recordemos que el autor además de novelista era poeta y pintor), entonces fue fácil decir que el personaje central del relato era el feroz gamonal y empresario Leocadio Mendieta, o el miedo absurdo que este infundía, o el mismo polvoriento y desdichado pueblo del Cedrón, o la llegada al pueblo del tan esperado arzobispo quien vendría a solucionar todas las afugias o angustias existenciales allí padecidas.

Cuando en efecto, “en noviembre llega el arzobispo” el tema central es una compleja pintura literaria de aquella opresora situación histórica de la Colombia surgida después de la guerra de los mil días, condensada en el desesperado pueblo de Cedrón (simétrico a Macondo) realizada en un castellano exquisito y depurado de profunda raíz colombiana, donde múltiples personajes y acontecimientos se suceden en planos y tiempos diferentes y cada escena en una historia en sí misma; todo lo cual la ha convertido en una obra insuperable de la literatura castellana complementaria e indispensable, lo repito, de la obra de García Márquez.

Pues para decirlo en breve; no hay en Colombia un relato condensado mejor de la realidad social (con sus relaciones sociales y hasta productivas) de aquel bárbaro régimen señorial latifundista de la costa caribe, surgido en 1902 de la derrota del radicalismo liberal de Uribe-Uribe en la guerra de los mil días.

Hoy Colombia se prepara para otro post-conflicto: El de la superación del histórico y septuagenario conflicto social armado interno actual, y aunque otras circunstancias económicas, sociales e internacionales lo determinan e influyen, también para decirlo resumido; el problema del Poder surgido de la posesión de la tierra aún no se ha resuelto de manera democrática y satisfactoria en Colombia, persistiendo aún como un lastre originario casi imposible de superar.

Y así mismo, como en el postconflicto de los mil días, otros gamonales sanguinarios y brutales calcos de Leocadio Mendieta y sus macheteros, que tienen sus dominios y empresas agrícolas en las llanuras de la costa caribe (cercanos a Macondo y a Cedrón) renovados por el capital financiero trasnacional legal e ilegal; se preparan activamente con todos los medios posibles para impedir esa superación y, continuar conservando sus fértiles y ubérrimas Haciendas de privilegios alambrados, anunciando que “se avecina otra paz con todos sus horrores”, desesperanzas y miedos, y posiblemente la repetición de la misma fatalidad ineludible de otros cien años de soledad para Colombia. Y lo más triste, sin que existan ya ni Rojas Herazo ni García Márquez para contarlo.

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