lunes, 14 de julio de 2014

Zoológico financiero: Jaulas de Wall Street

Pablo Bilsky (REDACCIÓN ROSARIO)

Buitres de Wall Street, lobos de Wall Street, cuervos de Wall Street. Los animales no merecen ludibrio. Los tipos que caminan por aquí, con trajes y zapatos puntudos pese al severo sol y los 30 grados, son los servidores de seres humanos que, desde las sombras, baten récords en avaricia y acumulación de riquezas. La Justicia les soba el lomo. Pero el miedo los condena, y ellos encierran el edificio que los identifica tras rejas, guardias, policías, militares, y otros tantos especimenes de la raza vigilante.

La Bolsa de Nueva York luce cada vez más lejos de la gente, incluso de los propios estadounidenses. Al menos de algunos, de aquellos que viven de su trabajo y no del sudor de los otros, y ya empiezan a sufrir las consecuencias de la especulación desbocada, sin reglas, que caracteriza a esta etapa del capitalismo, cada vez más financiero.

La Bolsa está lejos de sí misma, custodiada, encerrada. En sentido figurado y en sentido estricto, físico. Es que es un miedo físico el que se huele por estas calles militarizadas, custodiadas y enrejadas.

El tour al interior de la Bolsa solía ser una experiencia interesante, para curiosos de estómago fuerte, años atrás. Los visitantes observaban desde un balcón vidriado la “ronda”: una coreografía de empleaditos narcotizados, apenas explicable, una danza, una forma de embriaguez y fruición de cuerpos y papeles y cables y pantallas. Acaso un ritual en honor a un Dios que no se nombra, porque hay otro Dios que sí se nombra y le sirve de pantalla. Ahora esa rara Iglesia está cerrada al público.

El nombre de la calle, al sur de Manhattan, tiene una larga historia. Cuando esta isla estaba habitada por europeos en ese sector, en el siglo XVII, una pared de madera y lodo marcaba el límite norte del pequeño poblado, por entonces llamado Nueva Ámsterdam. Con esa pared, los colonos holandeses pretendían prevenirse de los ataques de los pueblos originarios que habitaban el lugar, especialmente los lenape. Luego los lenape, junto a otros pueblos, fueron exterminados y se terminó el peligro, pero el nombre quedó. Y el miedo, un día, regresó.

Hacia fines del siglo XVIII, dice la leyenda, existía un árbol cerca de la pared. Allí se reunían a “comerciar” usureros, intermediaros financieros y especuladores. Y hoy, tanto tiempo después, mucho de aquello permanece, y flota todavía por el aire del sur de Manhattan, como un fantasma del pasado y del presente.

La pared de hoy está formada por una densa masa de lodo, policías, soldados, guardias privados, custodios de civil, y aparatos detectores: los vigilantes no humanos. El miedo también permanece, más allá de los siglos, más allá del pueblo lenape.

Tras las vallas y las rejas humanas se podían ver este viernes un par de Ferraris, un equipo de filmación de una serie y detrás, muy detrás, el estólido edificio de la Bolsa de Valores de Nueva York, conocida como NYSE, según su sigla en inglés.

No resulta evidente entender qué Dios, el oculto o el oficial, o qué espectáculo arroba a los turistas con ojos electrónicos que se arremolinan por la zona. Pero hay algo allí que atrae a muchos. Cada vez desde más lejos, pero las miradas arrobadas siguen allí. Como en Times Square, esa esquina, más al norte de la isla, llena de luces y publicidades hechas de luces, donde incluso instalaron una tribuna. Unas gradas, sí, casi siempre repletas, desde las que se ven anuncios comerciales, y luces, muchas luces cegadoras.

Tampoco resulta evidente el sudor bajo los trajes de los operadores de Wall Street. Los que caminan por estas calles, expuestos al sol, los atentados y la admiración de los turistas, son pequeños empleados. Sus jefes y amos se ocultan, son casi inmateriales. Habitan un mundo otro. Se mueven en autos deformados que llaman “limo”. No se ven por estas calles. Como no se ve el sudor bajo los trajes, ni se huele, disimulado por finos perfumes. Sí son evidentes el miedo, el uso del miedo, la prepotencia, la sumisión.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.