viernes, 1 de agosto de 2014

Megacausa La Perla: Secuelas permanentes y daños colaterales

Katy García (PRENSA RED)

Con las declaraciones de Luis Alberto Viale, Libertad Elvira Basso, José Luis Machado y Daniel Alfredo Barrionuevo suman 340 los testigos que ya declararon desde que se inició la etapa testimonial. La tortura y sus efectos atraviesan aún hoy la vida de los sobrevivientes.

En la sala de audiencias del TOF1, el Tribunal escuchó cuatro testimonios relacionados con los expedientes Maffei y Barreiro que integran la megacausa La Perla. Se investigan delitos de lesa humanidad ocurridos en los campos de concentración La Perla, La Ribera y el D2.

Uno de los testimonios más conmovedores fue brindado por el médico pediatra Daniel Barrionuevo secuestrado junto a Martín Quiroga el 20 de marzo de 1976 en la vía pública. Ambos cursaban la carrera de medicina y vivían en el barrio Alberdi. Era sábado. “Veníamos de almorzar y nos estaban esperando en nuestra casa de 9 de julio al 1836, unos 10 o 12 hombres, vestidos de civil, en autos Ford Falcon no identificados”, le explicó al Tribunal. Los llevaron rumbo al D2.

Él iba en el asiento de atrás. Y su amigo en otro auto. Dirigía el operativo un hombre robusto de polera verde quien tenía en su poder su carnet de la biblioteca de la facultad de medicina.

El bolso

En el D2 le mostraron un bolso Adidas con panfletos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Era suyo y tenía escritos sus datos personales en un bolsillo externo. Se lo había prestado a Carlos López, un amigo y compañero del servicio de hemoterapia del hospital Tránsito Cáceres de Allende. El interrogatorio se focalizó en el paradero de López y de personas que no conocía. Con los métodos habituales utilizados por este centro de detención clandestina le aplicaron torturas para obtener esos datos. Primero fueron golpes y luego mojarrita. “Me pusieron una bolsa en la cabeza. Sentí que me explotaba el corazón”, expresó dando cuenta cómo lo afectó la asfixia.

El fiscal Facundo Trotta lo interrumpe preguntándole sobre su militancia. Afirmó que era cristiano y que en aquél momento simpatizaba con el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Y que fue a dos o tres charlas informativas realizadas en el hospital Rawson. Y agregó que trabajaba en las villas de emergencia de la zona.

Ruleta rusa

Prosigue con el relato cuyos pasajes dejan al descubierto momentos de alto estrés. “Estaba en un banco de cemento, solo, me hicieron la ruleta rusa y golpearon. Se reían”, recordó y acotó que luego fue trasladado a otro lugar que por la descripción podría ser El Tranvía donde escuchó voces y cuchicheos.

Pero lo que más lo impactó fue escuchar a una chica que lloraba y pedía que la dejaran en paz. “Aparentemente la estaban violando, y era una persona educada porque no los insultaba. Me hizo muy mal hasta el día de hoy no poder ayudarla. Lo han hecho como dos horas y después, no la escuché más”, manifestó. No sabe si pasaron minutos u horas.

 Padrenuestro…

El testigo recordó que al otro día lo llevaron a otra oficina, grande, donde había unos cuatro hombres y una mujer lo interrogó. “Decía que me había visto hablando en la facultad de arquitectura y yo le decía que no”. Luego ella pidió que le retiraran la venda y le advirtió que si no hablaba lo tendrían que fusilar. Y le hicieron el simulacro de un fusilamiento. Lo pusieron contra la pared. “Yo rezaba el padrenuestro que estás en los cielos…fue lo más fuerte que me pasó en la vida. Sentí los gatillos y no sé si hubo un tiro en la pared. Creo que me desmayé”, describió. No recordó que pasó luego en ese momento ni ahora.

Lo volvieron al banco. Le anunciaron que estaba su padre y si quería que le trajera algo. Hasta ese momento no había comido ni ido al baño. Pidió comida. Comió sin ver. Luego lo llevaron a “un patio de baldosas rojas y una persona le preguntó:

-¿Te pegaron mucho?

-Sí, usted me pegó” -le respondió. Era el mismo que comandó el secuestro. Y ordenó que lo fotografiaran.

Le tomaron la fotografía clásica de frente y perfil cuya copia fue mostrada en el recinto. Además, la querellante de Abuelas de Plaza de Mayo, María Teresa Sánchez, le informó que en la causa Vanella consta en un acta su liberación firmada por autoridades de la D2 y la suya. Allí están las rúbricas de un oficial ayudante y de Carlos Telleldín.

Lo dejaron en libertad el lunes por la tarde. Salieron por la puerta que da a la calle Independencia y se fueron caminando con su amigo al que también dejaron libre y a su padre.

Saqueo y dolor extremo

A los meses y cuando ya se había producido el Golpe volvieron. “Fue el 6 o 7 de julio”, precisó. Llegaron al mismo domicilio y les robaron todo incluida una guitarra que le pertenecía y toda la ropa. Allí vivían ocho estudiantes sanjuaninos. El miedo los invadió y se volvieron a su provincia. Cursaba cuarto año de medicina. Quiroga no volvió. “Se puso una verdulería”, comentó. Al año siguiente puso vencer el temor, regresó, terminó la carrera y luego se especializó en pediatría.

Durante el testimonio se mostró tenso y con el llanto contenido. “Al dolor extremo uno lo guarda en una caja” dijo con la voz entrecortada. De esa experiencia le quedaron secuelas permanentes como la claustrofobia y las pesadillas relacionadas con la falta de aire y el encierro.

Sobre el final agradeció al Tribunal la oportunidad de poder expresarse. “En aquel momento estuve ante otro Tribunal nefasto –dijo aludiendo al simulacro-, el que destrozó mi vida, donde me juzgaron, me condenaron y se arrogaron el derecho a la vida. Hoy tengo mis diplomas colgados en el escritorio. Al que más quiero es al de médico. Perseguido, seguido, pude terminar mi carrera. (…)Esto en mí cierra algo que estuvo abierto durante 38 años y les agradezco a ustedes ese derecho”, expresó, aliviado.

Por los techos

José Luis Machado, tenía entre 14 y 15 años cuando “los ruidos y la invasión de personas saltando en los techos” lo despertaron. Desde su habitación, con el televisor encendido, atinó a esconderse “debajo de la cama”. Estaba solo en su domicilio de Barrio Matienzo.

En el departamento del fondo propiedad de sus padres vivía una pareja. Se trataba de Humberto Caffani, hijo del dueño de una óptica ubicada en la avenida Julio A Roca.

La pareja fue sacada por los fondos y “nunca supimos nada de nada, nunca se habló del tema”, dijo el testigo quien manifestó además que era la primera vez que declaraba ante un tribunal y que lo había sorprendido la citación.

Pesadilla

Luis Alberto Viale relató que los últimos días de enero de 1977 fue detenido junto a su padre en un operativo que realizaba la policía provincial. Les pidieron los documentos, los mostraron, pero igual los llevaron al Campo de la Ribera donde permanecieron 10 días. Ninguno tenía militancia política. ”Yo deduje que estaban buscando a mi hermano, que tenía pedido de captura porque era miembro del ERP”, manifestó.

Junto a cuatro prisioneros fueron subidos a un camión maniatados con destino incierto. Tras largas horas de terror donde violaron a una mujer los bajaron y quitaron las ataduras. “Nos hacen tomarnos de los hombros a los cinco. Era un yuyal, nos hicieron caminar 30 metros y sentarnos en ronda. Hubo un silencio de unos larguísimos segundos”, contó. El encargado del operativo les dijo que esperaran que se fuera el camión. Así lo hicieron. “Cuando escuchamos la marcha, no supimos qué hacer. Hasta que uno empezó a sacarse la venda. Nos abrazamos entre todos y empezamos a llorar”, rememoró.

No sabían dónde estaban. Caminaron un largo rato hasta que dieron con un kiosco de madera. El hombre que lo atendía luego de escuchar la historia les informó que estaban en la zona de Camino a San Carlos y los ayudó con dinero para que pudieran llegar al centro. “No son los primeros que veo en estas condiciones”, les expresó.

El testigo manifestó que durante muchos años vivió con miedo y lamentó que su padre pasara por esta experiencia. ”Yo tuve la suerte de tener la contención afectiva de mi familia y luego en democracia la contención del Estado. Eso me permitió continuar con mi vida”, señaló.

Una de sus hermanas, María Elma permanece desaparecida. Junto a su madre criaron a sus dos hijas. “Las cuidamos con todo el cariño y afecto que teníamos. De ella no supimos más nada, sólo apareció un nombre muy parecido en la lista de Scilingo, en los vuelos de la muerte. Después, vino la resignación”, dijo en clave reflexiva.

Escrito en la pared

calabozos

También testimonió Libertad Elvira Basso, secuestrada de su domicilio de barrio Alta Córdoba, en octubre de 1975. Integraba el Grupo de Scout. Estaba dando clases a dos alumnos particulares cuando irrumpe la patota. “Tenemos a una de las máximas dirigentes de Montoneros”, dijo por radio uno de los captores. En presencia de los niños la golpearon y vendaron. Enviaron a los chicos a sus casas y a ella la condujeron a D2, donde estuvo un día.

Contó que a través de un corrimiento de la venda leyó en la pared “Aquí estuvieron los hermanos Chabrol”. Un día después la liberaron junto a otra víctima.

Tras el Golpe, la fueron a buscar otra vez. “Con mi hermano nos encerramos en un cuarto de la casa y bloqueamos la puerta con muebles. Escuchamos que la patota intentaba abrir el picaporte”, contó. Afortunadamente el dueño de casa los convenció de que no había nadie. Durante 30 años no se habló del tema.

La audiencia pasó a un cuarto intermedio hasta el próximo martes a las 9:30. Todo ciudadano mayor de edad puede presenciar el juicio. Solo se requiere la presentación del DNI.

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