jueves, 18 de septiembre de 2014

Una nueva coalición con el mismo objetivo: derribar al gobierno en Siria

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

La nueva coalición anunciada por el presidente de Estados Unidos Barack Obama, para iniciar la erradicación del grupo terrorista que opera bajo la fachada del “Estado Islámico en Iraq y países del Sham”, (DAESH, en el acrónimo Árabe), con presencia fuerte en Irak y Siria, obliga a un esfuerzo extraordinario para encontrar una línea argumental y ver si existe coherencia en un proceso aún inexplicable. Siria lleva más de tres años de guerra contra el terrorismo, enfrentando la intervención de una coalición de países similar a la propuesta hace una semana por el gobierno de Estados Unidos. En esta nueva coalición asumirían un rol importante Arabia Saudí, Turquía, Israel, el mismo Estados Unidos, miembros connotados de la Liga Árabe, y asimismo países líderes miembros de la comunidad Europea y la OTAN.

La paradoja, propia de una realidad caótica en política internacional y sin dirección conocida, consiste en que los miembros de esta nueva coalición multinacional que intenta erradicar al DAESH, todavía mantienen el plan de derrocar al presidente Bashar Al Assad. Este plan ha sido la vertiente alimentadora de fondos y apoyo político para su prolongación por más de tres años. Se articuló un plan para derrocar un gobierno y destruir la institucionalidad de una nación porque no era aliada a un polo de poder, a continuación se diezma a un estado y se propaga la inestabilidad en la región.

Un objetivo central de la nueva coalición y que permanece relativamente velado al ojo público consiste en corregir la falla principal de no haber podido derrocar al presidente en Siria, y así encontrarle sentido a una guerra artificialmente prolongada.

Los miembros de esta nueva coalición que ha recibido críticas y advertencias de medios que lideran opinión como The New York Times y The Guardian, también de miembros del congreso en Estados Unidos, son los sostenedores principales del objetivo de derrocar el gobierno en Siria con un plan bélico descontrolado y que hizo prosperar al terrorismo.

Faltaba el invento de esta nueva coalición de países con la estrategia integrada para derrotar al DAESH. Quizás sea la última escala de un viaje lleno de equivocaciones e innumerables víctimas y no cabe la menor duda que el objetivo principal es el mismo de siempre: derrocar al presidente Bashar Al Assad. Fred Hof que asesoró al Departamento de Estado entre 2009 y 2012 sobre el tema Siria, en la publicación The New Republic (Septiembre 2014), recomienda desalojar al presidente Sirio como se hizo con el primer ministro iraquí Nouri al Maliki. Este objetivo casi se hace explícito en la “estrategia integrada” para combatir a los grupos terroristas que operan en Irak y Siria, cuando el presidente Obama señala en varias oportunidades de que “el problema principal reside en el gobierno del presidente de Siria Bashar Al Assad”.

El resultado de la operación fallida de derrocar al gobierno en Siria, ha derivado en millones de refugiados y desplazados y un número de muertos que se acerca a las cifras de la ocupación de 10 años en Irak. El papel de las corporaciones transnacionales y la institucionalidad que las respaldan, no escapa a la responsabilidad de haber contribuido al actual estado de situación en Siria, especialmente en la batalla corporativa por posicionarse en zonas estratégicas. El modelo de estados de excepción estará siempre incubándose para que los países de la Alianza Transatlántica consoliden el proyecto de formar un “gran medio oriente” previsible y controlable, para los criterios de globalidad sólo manejables desde el mundo corporativo del capital transnacional.

Al observar el tema de Siria, la contracción analítica exhibe un binarismo de una lucha entre buenos y malos que es patética. Los medios acoplados al intento de destrucción del estado Sirio comparten esa responsabilidad de hacer del simplismo comunicacional una agresión al sentido común. En el fondo no son medios de información pública independiente, sino que forman parte del aparato operacional de ese gran capital internacional corporativo que ha movido los hilos en forma negligente para derrocar un gobierno que ha enfrentado al terrorismo alimentado por ese mismo capital.

Con esta nueva coalición, Estados Unidos y la Alianza Transatlántica están haciendo funcionar la única política exterior que conocen y practican: el poderío unilateral. La multipolaridad, muchas veces anunciada desde el sueño teórico de centristas, social demócratas seducidos por el gran capital, e izquierdistas con devaneos por su ambición de poder, nuevamente es avasallada por el principio de la supremacía a toda costa y de que ningún poder similar al de la Unión Soviética se le ponga al frente al gran capital transnacional que reside y se maneja desde la Alianza Transatlántica liderada por Estados Unidos.

Esta política de predominio único, está reflejada en un episodio de 2004, simple en la apariencia pero contundente en su contenido, con la ocupación en Irak en su segundo año y experimentando un violento rechazo. El secretario de defensa Donald Rumsfeld dirigía unas palabras a la Guardia Nacional en Tennessee. Frente al reclamo de que “el blindaje en los vehículos era de mala calidad”, el organizador de la invasión a Irak le responde con la sequedad y pragmatismo que le caracterizaban: “Uno va a la guerra con el ejército que se tiene”. La frase cobra sentido al interpretar la política exterior de Estados Unidos post 11 de septiembre 2001, con el hito de los atentados terroristas.

“Hay que hacer funcionar la política exterior que se tiene”, y la nueva coalición anunciada por el presidente Barack Obama entra en el dictado de Rumsfeld. Richard Nixon poco antes de fallecer apuntó al núcleo de esa política en una frase que dejó una estela y de la cual la bonhomía de Obama del comienzo - si la hubo, hay que aclarar - no se puede liberar: “Estados Unidos debe liderar”, (1994). Si la condición de ese liderazgo era proceder en forma unilateral nunca se especificó y comenzaron nuevos problemas para Estados Unidos y el resto del planeta.

¿Eliminar al DAESH si al final no se derroca a Assad? Esta situación es considerablemente más compleja que despachar del poder a Talibanes en Afganistán y a Hussein en Irak. Derrocar al presidente sirio tiene ramificaciones en la región complejísimas de descifrar y, si ha resistido casi cuatro años, se debe a factores cualitativamente más políticos y profundos de los que se anticiparon, más allá del apoyo de Rusia e Irán.

La próxima Asamblea General de Naciones Unidas debería alterar la rutina habitual en el organismo que ha impedido encontrar un acuerdo urgente y de implementación inmediata para detener el plan de derrocar al actual gobierno en Siria. Entidad a la cual, el gobierno de Estados Unidos especialmente debería concederle por propio decoro, el respeto que se merece por haber demostrado una heroica estabilidad además de consistencia en el verdadero combate al terrorismo y a los fundamentalismos de todo tipo.

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