martes, 7 de octubre de 2014

El “Veraz” infantil

Mónica Coronado (MDZOL)

Escuelas que ¿seleccionan, excluyen, rotulan? Aquí, una interesante columna sobre prácticas de “selección” de niños y niñas para el ingreso a Nivel Inicial.

El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.

Pablo Neruda.

Vivir en un zapato

Supongamos que un conjunto de escuelas privadas, algunas de ellas subsidiadas y confesionales, es decir sostenidas económicamente en su mayor parte por todos los ciudadanos y con ideales religiosos, deciden tomar “evaluaciones” de ingreso a los niños y niñas que van a ir al Nivel Inicial, el jardín de infantes. Niños y niñas de 3 o 4 años, pasando el cedazo.

Para cumplir con este requisito, los padres que optan por este tipo de instituciones (debido a muy diversas razones, que no viene al caso poner en cuestión) deben desembolsar cierta cantidad de dinero a profesionales que se ocupan de evaluarlos y confeccionar sus informes, que bien pueden aportar en la comprensión de los procesos de desarrollo de sus hijos. Pero ese no es el problema, es para qué se piden en estas escuelas y qué se hace con esos informes.

Dicen que es para “prevenir”, para “conocer” a los niños y detectar a tiempo la existencia de alguna problemática. De nada sirve comentarles que hay mucho escrito sobre las estrategias “preventivas” que son edulcoradas versiones de procesos de vigilancia y control, pero ¿a quién le importa?

Cuando se les pregunta ¿se selecciona, se discrimina, se rotula?, se muestran más que ofendidos y sacan a relucir su chapa de instituciones privadas, que aparentemente pueden poner sus propias reglas, como si la educación no fuera un bien público y social.

Sus buenas intenciones -que tan bien quedan en la ornamentación del discurso-, van empedrando un camino que se puede ver nítidamente en los instructivos que esas mismas escuelas entregan a los padres cuando van a inscribir a sus hijos. Como para botón basta muestra, a modo de ejemplo, releo el que una de estas entrega a los padres, que se titula certificado de aptitud para la inscripción. Allí se requieren algunos datos y se solicita que se presente un “certificado médico” emitido por el pediatra donde se deje constancia “expresa (literal)” (las palabras aparecen así, subrayadas y entre paréntesis) que el niño no tiene antecedentes de que no hay dificultades en la adquisición de pautas del desarrollo. Como si este libre deuda no fuera suficiente, se pide, además, otros exámenes, uno de ellos un exhaustivo psicodiagnóstico, de “funcionamiento cognitivo” y otros, indicando las diversas técnicas específicas, -una de las cuales no existe- y un familiograma, para que no queden dudas, vaya a saber para qué, sobre la composición familiar de esos niños. Desde cuándo un niño tiene que demostrar que es “apto” para ser inscripto, más allá de que esa información pese o no en el momento de decidir quienes ingresan y quiénes no.

Dame la patita…

En otros casos, es posible que no se pida un informe y la “evaluación” se haga en la escuela. Así, muchos padres angustiados arrastran a sus estresados niños de 3 o 4 años a entrevistas, individuales o grupales, que los ponen en contextos desconocidos, en los cuales se les hacen preguntas que no saben o pueden responder en ese momento, ante un profesional con el cual no han entablado ningún vínculo, para luego no saber qué fue lo que sucedió o qué “resultados” obtuvieron sus niños.

Cabe aclarar que hay escuelas que si hacen algún tipo de valoración del desarrollo, es posterior al ingreso, ya que estando el niño “dentro” se despeja cualquier duda respecto a la posible existencia de un filtro. Hacerse cargo del niño o niña, tal cual llega a la escuela, se llama inclusión, simplemente. No es una opción, ni una graciosa concesión o un “favor” que hace la escuela, es un deber, una obligación ineludible.

Al contrario, como exigencia previa al ingreso, como condición para inscribirlos, digamos que es una práctica que se presta, cuanto menos, a la sospecha, sea como sea que la presenten en sociedad y como la “vendan” a los padres-clientes. Despierta razonables suspicacias, porque son, cuanto menos, inoportunas y causan mucha preocupación al quedar justamente en el puente entre la postulación y el ingreso. No hay que ser muy astuto para suponer que los padres que reciben una respuesta de no admisión entienden que en la misma puede haber gravitado el resultado de esta evaluación.

Tóxica ternura

Lo peor es que estas lógicas de exclusión, instaladas en el ingreso, persisten, y si el niño, cuando ya es alumno, no responde a las expectativas institucionales o presenta alguna dificultad, los padres corren el riesgo de ser eyectados con sus niños “imperfectos”, a otras escuelas privadas más permeables, o, generalmente al sector estatal, que no pone un código de barras en la frente de los niños para ver si pasan el control de calidad.

Algunas escuelas citan a los padres -valiéndose de los informes de profesionales que ellos mismos han pagado, de una evaluación a menudo descontextualizada o de un problema que emerge en la escolarización- para empaquetarlos con un discurso almibarado, supuestamente amoroso y básicamente ponzoñoso en que le dicen “esta escuela no es para su hijo/a”. Con las “mejores intenciones” y gestos transidos por la caridad, se sacan de encima a niños que no dan en el promedio, “difíciles”, “inmaduros”, “con problemas”, que no caben en el estándar o desafían a las instituciones a cambiar, total siempre hay repuestos, es decir, otros postulantes para cubrir el espacio.

De hecho, hay muchos padres que ruegan al profesional que hace estos informes que omita cualquier dato “negativo” que pueda obstaculizar su ingreso a la escuela elegida o dejarle una marca que opere como rótulo. Asimismo aquellos que luego de un informe, que pueda tener algún dato insatisfactorio, van a otro profesional que “pase por alto” esos “detalles” que tiene el niño que lo pueden alejar de la meta deseada: ingresar precisamente a esa escuela.

Los padres no suelen denunciar a estas escuelas, en parte, porque no creen en el sistema y, también, porque se quedan atrapados en la duda sobre sus propios hijos y sus capacidades, derrotados por el sistema y desesperados por encontrar vacante para sus pequeñuelos, que parecen haber sido arrojados por el despeñadero social. Cómo quejarse cuando han sido amorosa y preventivamente “no admitidos”; amablemente y cariñosamente “invitados”, a retirar a sus hijos de la escuela cuando tienen un problema; dulcemente enviados a otro establecimiento escolar “más abierto”.

Inocencias e intereses

Muchos años de profesión, me han hecho perder la ingenuidad y veo en estas prácticas un dispositivo más o menos explícito de selección que montan las escuelas que tienen demasiados postulantes y pueden decir este sí y este no. Estas prácticas de selección siempre se encubren con bizarros dialectos sociopedagicos hechos para la ocasión o con piadosas recomendaciones para el “bien del niño”, que no resisten una perspectiva crítica.

Lamentablemente sobreabundan hoy las líneas teóricas que proporcionan a la infancia, en singular, un molde en el cual deben caber los múltiples niños, ya quietos, atentos sumisos y obedientes; en las que se monta un mercado de intervenciones y de patologizaciones; niños que no son niños sino “cerebros” que aprenden, infancias que tienen sus poblaciones en riesgo, para multiplicar como panes y peces las discapacidades, las medicaciones, las actuaciones profesionales. También escuelas que consideran que hay un único “tipo” de niño al que vale la pena educar.

¿Hasta donde se puede ignorar las muchas formas de ser niño, la increíble plasticidad del desarrollo infantil, sus enormes potencialidades, sus asombrosas respuestas cuando se encuentran en contextos enriquecedores y hospitalarios, sus sorprendentes posibilidades de superación (más que la pesadez y densidad de sus “déficits”); sus necesidades y lo que es más importante y parece trivial para esta gente: sus derechos?

Los niños y niñas no se desarrollan como un ejército, todos al mismo paso; los niños no son semejantes como manzanas en un cajón de frutas; los niños no presentan “marcas” de su contexto, de su historia, de sus luchas, sino configuraciones dinámicas, flexibles y abiertas al aprendizaje. Cada uno de ellos y ellas es singular, y esta singularidad no puede ser atrapada por todos los informes detallados, exhaustivos y explícitos que se pidan para “conocerlos”. Para conocer a un chiquito de tres o cuatro años, hay que convivir con él, jugar, crear, conversar y, sobre todo, creer. Para educarlos hay que ofrecerles oportunidades, no barreras, alojarlos y generar prácticas de hospitalidad, no pruebas y medidas.

Creo que se deben revisar críticamente cualquier dispositivo de selección, encubierto o manifiesto: y que el Estado debe tomar con seriedad las denuncias planteadas y controlar estrictamente estas prácticas, revisando las condiciones de ingreso de estas escuelas, mucho más las que tienen subsidio, que deben dejar de autodefinirse y de ser consideradas como empresas que pueden ejercer un “derecho de admisión”.

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