martes, 7 de octubre de 2014

Facciones de Africa camino a unirse al EI

Diego Minuti (ANSA)

El ingreso prepotente del Estado Islámico en el escenario internacional también genera una brecha en el norte de Africa, donde dos de las formaciones jihadistas más activas, Ansar al Sharja tunecina y Al Qaeda en el Maghreb Islámico (Aqmi), podrían aliarse para luego confluir en la "criatura" de Abou Bakr Al-Baghdadi.

El diseñador de esta evolución hasta hace pocos meses impensable es Abou Iyadh, líder de Ansar al Sharja, que, fugitivo desde octubre de 2012, cuando encabezó el ataque sangriento a la embajada de Estados Unidos en Túnez, le propuso al emir Abdelmalek Droukdel, jefe de Aqmi, aliarse y "ponerse a las órdenes" (según un audio que circular en los sitios islamistas) del autoproclamado califa al Baghdadi.

Al momento, por parte de Droukdel - que no ama las declaraciones, ni tanto menos los videos - no ha habido respuestas, pero, aunque fuera negativa, poco quitaría al impacto emocional que trae consigo la iniciativa de Iyadh.

Hasta hoy el emir de Aqmi ha operado en la huella de la matriz al Qaeda, pero con resultados objetivamente marginales respecto a las intenciones y, sobre todo, a la potencialidad de las fuerzas a su mando.

A él, los jefes de algunas falanges le han cuestionado una prudencia excesiva en el actuar, prefiriendo despegarse o, como en el caso del sanguinario Moctar Belmoctar, hacerse expulsar. Si la propuesta de Ansar al Sharja tunecina (sólo homónima a la libia) llegara a buen puerto, todo el escenario del terrorismo en Africa del Norte se trastornaría, porque una de las premisas de la propuesta de Iyadh es unir las fuerzas para dirigirlas contra Argelia (hipótesis de no fácil ejecución) y Túnez (hoy indudablemente el "bocado" más fácil).

Abou Iyadh ya dio los primeros pasos en tal sentido, declarándose hace unos días "aliado" del Estado Islámico y preconizando la creación de un califato también en Túnez.

Al momento, la escasez de las fuerzas que dispone, no más de 500 milicianos, no da factibilidad excesiva a sus objetivos belicosos, pero una alianza eventual con Aqmi y una ayuda concreta del EI lo haría más factible.

A la espera, Abou Iyahd, en un campo de Libia, entrena a nuevos combatientes, listos a cruzar las fronteras con Túnez y también a alinearse con unas de las milicias islamistas que combaten al debilísimo gobierno de Tripoli.

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