viernes, 28 de noviembre de 2014

Fronteras del miedo

Lilia Veloz (especial para ARGENPRESS.info)

La tan discutida pena de muerte es ley sólo en contados países y aplicada por excepción, luego de larguísimos procesos, con derecho a apelación. En el caso del inmigrante suele ser sumaria. ¿Qué tribunal sería capaz de juzgarlo y condenarlo?. ¿Cuál sería el delito invocado?. ¿El intento de huir de la miseria?. ¿Quién no buscaría hacerlo?. Así como el anhelo del preso es conseguir su libertad y bregar por ella, el hambriento arriesga su vida por obtener comida.

Inmersos en la vorágine de la cotidianeidad y superficialidad de la vida moderna, la mayoría estamos ajenos a los dramas que, en este mismo instante, sufren millones de seres humanos, que han dejado atrás sus raíces y que, después de exponerse a innumerables peligros en su travesía, encuentra barreras infranqueables a su llegada al país que pensó lo acogería. Jamás imaginó que sería tratado como un criminal, pero se le encarcela, humilla, viola, deporta o se le asesina.

Informes aduaneros del norte mediterráneo, coinciden que en el último mes, 100 mil africanos y árabes del Medio Oriente, fueron detenidos por la policía fronteriza de países del sur europeo, cuando surcaban sus aguas territoriales, intentando desembarcar en sus costas. Sólo el fin de semana último, habrían sido apresados ochocientos, obra de los esbirros de la Frontex empresa privada contratada por la Unión Europea para que aplique sus programas, antes llamado Mare Nostrum y ahora Tritón.

Los africanos pobres, inmensa mayoría, cuyo continente viene siendo saqueado desde hace siglos por las potencias coloniales y las mega-corporaciones transnacionales, emigran hacia Europa. Incontables son ya las personas perecidas en naufragios durante su travesía por el Mediterráneo y el Adriático. Algunos rematados a balazos antes de llegar a la costa.

El enfrentamiento bélico por disputas territoriales, ya sea por las riquezas naturales o por ubicación estratégica, así como las olas migratorias, producidas por guerras o por hambre, son las dos razones principales por las que se han levantado muros y vallas a lo largo de la historia, todas cimentadas sobre el miedo, el egoísmo, la discriminación y la ambición de poder.

Curiosamente, la mayoría de ellos, y son más de cuarenta, están situados en el hemisferio norte. La suma de sus extensiones alcanza 30 mil kilómetros, es decir, el equivalente a los dos tercios del Ecuador, dividiendo a la tierra entre norte y sur, clara consecuencia de las pronunciadas desigualdades sociales en aumento entre los países capitalistas, lo que provocan la masiva y creciente ola migratoria desde los pueblos del sur hacia el norte.

Hay señales alusivas a que un alto porcentaje de españoles han olvidado que desde fines del Siglo XIX y la mitad del XX, miles de europeos y de connacionales, se vieron obligados a emigrar por razones económicas y políticas hacia América Latina. Hoy, ese drama está retornando, forzado por un lado, por la decadencia de las potencias occidentales y estimulado por las auspiciosas políticas sociales inclusivas que operan en varios países de Suramérica.

Los últimos gobiernos de España, han infamado sus fronteras con vallados de hasta siete metros de altura, armados con cuchillas en su cima. Melilla, 1998, 11 kms., y Ceuta, 2011, 8 kms. No hay dudas sobre los propósitos de estos límites de muerte y, en esa abyección, el reino de Madrid está acompañado por la monarquía marroquí, uno de los regímenes más represivos del mundo arabo-africano.

Esa alianza se cristalizó en 1976, en el mal llamado Sahara Español, cuando las tropas franquistas evacuaron esa colonia, con los principales yacimientos mundiales de fosfato y 1.200 kilómetros de rica pesca sobre el Atlántico, pasándole la posta al ejército de Hassan II, cuyo sucesor en el reinado ha levantado ocho muros que totalizan 2.720 kms y mantiene secuestrado al pueblo saharaui, con cientos de presos políticos, burlándose del reconocimiento diplomático de 80 países a la República Arabe Saharui Democrática y de las resoluciones de la ONU a favor de convocar un plebiscito de autodeterminación.

La Isla de Nicosia, la capital de Chipre, está partida en dos desde 1981, por un muro edificado bajo la tutela de Naciones Unidas, después de la invasión de Turquía, en 1974.

Asia es el continente donde se concentra el mayor número de muros. Poca información trasciende de la realidad que allí sucede, producto de los regímenes totalitarios que imperan sobre esas densas poblaciones que malviven en condiciones paupérrimas. Los naufragios frecuentes de emigrantes en el Indico, hacen suponer que el Infierno de Dante no es lo peor.

La muralla china, la más larga del mundo hasta ahora, con seis mil kilómetros, es objeto de admiración y peregrinaje turístico. Construida en el siglo III AC, costó la vida de cientos de miles de campesinos, con la finalidad de detener las invasiones mongólicas.

La zona de Medio Oriente, rica en combustibles fósiles y privilegiada posición geográfica entre Oriente y Occidente, es víctima de invasiones, destrucción y muerte, causando la emigración masiva de la población civil hacia territorios vecinos, en condiciones de extrema fragilidad, expuestos al hambre, la esclavitud, tráfico de personas y enfermedades de todo tipo. Sin futuro y sin presente.

Israel es un pésimo alumno de las lecciones que imparten los hechos históricos y, en cambio, muy buen aprendiz de los horrores nazis. Víctimas del holocausto hitleriano, junto a gitanos, comunistas y otros millones de seres humanos, desde su fundación como Estado en 1948 por Naciones Unidas, practica un atropello ignominioso contra el pueblo palestino, con la intención de borrarlo del mapa para ocupar su territorio.

Sabra y Chatila, en 1982, y el reciente aplastamiento de Gaza, son crímenes de lesa humanidad, por los cuales el sionismo continúa sin rendir cuentas, a pesar del repudio internacional creciente y las reiteradas condenas de Naciones Unidas.

Estados Unidos, en su frontera con México, inició en 1994 la construcción de un muro y vallados que hoy alcanza 3.360 kms., enarbolando la lucha contra el contrabando de armas, tráfico de drogas y la masa inmigratoria. A juzgar por las noticias, el negocio de los materiales bélicos y los estupefacientes sigue robusto y floreciente. En cambio, la suerte de los emigrantes es cada día más trágica, con decenas de miles muertos en el intento de franquear la frontera o, una vez logrado, en el Desierto de Arizona.

Las comparaciones, a veces, son necesarias. En 28 años de la existencia del muro de Berlín, murieron 240 personas. En el 2006, y a 17 años de la caída de esa otra vergüenza, el Senado norteamericano aprobó por 83 votos a favor y 19 en contra, la ampliación de su muro inicial en 1.400 kms. Ese vallado, equipado con todo tipo de sofisticada infraestructura e instrumentos de detección, igual es incapaz de detener el flujo migratorio que es más preocupante aún porque ha cambiado la composición humana de esa migración, y ya no son más los “espaldas mojadas”, sino niños, adolescentes y jóvenes centroamericanos los que, huyendo de la miseria, las drogas y las maras, asaltan las fronteras por decenas de miles.

Una vez que pisan suelo norteamericano, son detenidos y llevados a centros de acogida, verdaderos infiernos donde la violación, los castigos físicos y sicológicos es la norma por parte de los propietarios privados contratados por el gobierno, que cometen toda clase de bajezas durante el largo tiempo que emplean las autoridades para decidir si los expulsa o los acepta. El mes pasado había más de 50 mil niños hacinados, esperando esa decisión.

Entre unos 11 millones en situación ilegal, sólo de Honduras habría 15 mil buscando trabajo y mejores condiciones de vida, así como el reencuentro con familiares de los cuales están separados desde hace años, en una situación de desarraigo y de sistemática destrucción familiar. Un reciente decreto del Presidente Obama, autorizando que los ilegales regularicen su situación, quizás remiende parcialmente ese horror.

Es cierto, se celebra los 25 años de la caída del muro de Berlín, pero aún queda por derribar el equivalente a otros doscientos cincuenta. El 9 de noviembre se conmemoró el 25 aniversario de su caída. Durante 28 años, 115 kilómetros habían separado, como un hachazo, al pueblo alemán. El hecho, de profundo simbolismo, fue conmemorado con actos festivos en el sitio donde los bloques de cemento que otrora lo constituyeron son ahora telones de fondo donde felizmente se plasma expresiones artísticas que sustituyen la monotonía del gris, por una explosión de colores.

Ese día, y muchos más, antes y después, los medios de comunicación, tanto orales como escritos y televisivos, dedicaron la mayor parte de sus espacios para recordar la destrucción de la muralla. Mucho más que una barrera física, el muro materializó las diferencias ideológicas de las dos Alemania, y también de dos mundo, olvidando que las ideas no se encarcelan ni por murallones, barrotes y represión.

Fronteras de piedra y miedo, que tratan de tener, sin lograrlo, a la gente hambrienta, que avanza desde el sur al norte y de este a oeste, como hormigas legionarias, en un torrente incontenible que presagia violentos estallidos sociales.

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