viernes, 28 de noviembre de 2014

Petróleo y geopolítica: El carácter estratégico del "oro negro"

Eduardo Lucita (LA ARENA)

El precio del petróleo se ha derrumbado. Menor demanda, mantenimiento de la producción, retirada de capitales especulativos e intereses de las potencias, se combinan en esta caída. Lo que ratifica una vez más el papel que juega el "oro negro" en la geopolítica internacional.

El precio del barril de crudo Brent que cotiza en Londres cayó esta semana a 78 dólares, mientras que el WTI, que cotiza en Nueva York, lo hizo a 74 dólares. Estas bajas promedian el 30 por ciento en el último semestre. Venezuela uno de los países más afectados por esta caída intentó convocar de urgencia a los miembros de la OPEP (Organización de los Países Exportadores de Petróleo) pero estos rechazaron la propuesta a la espera de la reunión ya pautada para este jueves 27. Una reunión informal previa entre venezolanos, rusos, mexicanos y saudíes no logró ningún acuerdo para sostener los precios, lo que indica dificultades para alcanzar posiciones comunes en el cartel. No es ajeno a esto que las causas de este derrumbe de precios son económicas pero también políticas.

Debilidades de la economía mundial

El precio del petróleo siempre ha tenido oscilaciones más o menos duraderas, muchas de ellas por razones especulativas, pero en esta coyuntura hay razones que afectan la demanda. En una columna reciente "Señales de alarma en la economía global" hemos dado cuenta de esta debilidad, centrada en los antiguos centros de desarrollo, donde más avanzó el neoliberalismo. Son Estados Unidos (con un crecimiento muy lento), Europa (epicentro de la crisis y cuyo estancamiento está al borde de la recesión) o Japón (impotente para recuperar su economía desde hace más de una década ha caído nuevamente en recesión). Complementariamente las economías emergentes ya no parecen tener la capacidad de traccionar a la economía global como lo hicieran desde el 2008. China ha desacelerado su crecimiento mientras que Brasil e India son de los más afectados por la crisis.

Si algo faltara, Estados Unidos ha puesto fin a la política de estímulos monetarios -llamada de alivio cuantitativo- y la Reserva Federal podría subir las tasas de interés a mediados del próximo año por lo que los capitales especulativos salen de los mercados de los commodities. El ciclo de alzas de las materias primas y productos energéticos habría terminado y crecen las certezas de que el mundo ya no volverá a crecer como en la primera década de este siglo.

Producción creciente

Cuando a fines de julio pasado, luego de años de restricciones, un barco cargado con 400.000 barriles zarpaba del puerto de Galveston, Texas, rumbo a Corea del Sur -en lo que sería la primera exportación libre de petróleo en cuatro décadas en Estados Unidos- advertíamos sobre una nueva realidad. Que la explotación por métodos no convencionales estaba cambiando la matriz energética del imperio, con mayor participación del gas -rebaja sustantiva del costo energético para la industria- y generando excedentes de petróleo. Si las importaciones petroleras cubrían el 60 por ciento del consumo doméstico estadounidense en 2005 ahora ese porcentaje ha caído al 30 por ciento. Es que la producción norteamericana ha crecido un inesperado 80 por ciento desde el 2008, un aumento de 3,9 millones de barriles al día.

Además, productores que no forman parte de la OPEP han incrementado su producción, algo que también se verifica en Libia e Irak, no obstante su situación de guerras internas. En tanto que Arabia Saudita, el mayor productor del mundo no está jugando, como en otras oportunidades, el rol de regulador del precio internacional, sino que mantiene sus niveles de explotación. En síntesis que la demanda está creciendo menos que la oferta, por lo tanto derrumbe de los precios.

Visiones geopolíticas

Históricamente el destino de la producción de Medio Oriente eran Estados Unidos y Europa, ahora el 50 por ciento de esa va a China y el sudeste asiático. Si las proyecciones de la AIE (Asociación Internacional de Energía) se cumplen Estados Unidos alcanzaría el autoabastecimiento en el cercano 2035, si no antes, lo que implica romper su dependencia con los proveedores tradicionales, incluido Venezuela. Sus prioridades estratégicas se centrarían entonces en Asia, también en Irán.

Tal vez esta sea la razón de porqué Arabia Saudita mantiene su nivel de producción prefiriendo perder precio pero mantener mercados. Es que un precio del orden de los 80 dólares el barril condicionaría la producción no convencional en Estados Unidos, cuyos costos son más elevados y no podrían competir internacionalmente. También podría dejar de lado a otros competidores como Rusia, Angola y Venezuela -recordar que hasta antes del 2008 el 14 por ciento del consumo americano era abastecido por la República Bolivariana- y presionaría a Irán, su enemigo histórico -son chiitas y los saudíes sunnitas-. Todos estos países necesitan valores que van desde los 95 a los 130 dólares el barril.

Pero hay también otros intereses. Un precio bajo desestabiliza aún más las economías de Venezuela -sus ingresos dependen en un 95 por ciento de sus exportaciones petroleras-, de Rusia -que atraviesa una crisis económica y fuga de capitales-, e Irán -en crisis luego de décadas de sanciones económicas y aislamiento por su programa nuclear-. En todos estos países no se trata de los costos de producción sino de sus fuertes desequilibrios fiscales.

A Estados Unidos la baja del precio internacional del petróleo le puede complicar la explotación por métodos no convencionales en los pozos menos rentables, pero al mismo tiempo le permite redoblar su presión para forzar un cambio de régimen en Venezuela, algo en lo que hasta ahora ha fracasado. O para intentar controlar los avances de Rusia que ha regresado al centro de la escena mundial cuando logró bloquear los intentos de ataque militar de la flota americana en Siria y con sus movimientos en Ucrania -por los que fue sancionada económicamente- y su retorno, con China, en América latina, el patio trasero del imperio.

Otros impactos

En Irán, luego de los acuerdos alcanzados en el Consejo de Seguridad + Alemania (el llamado "Grupo de los seis") por su programa nuclear, había comenzado un proceso de apertura que ahora parece trabado. El ahogo económico que puede significar el nuevo precio del barril podría forzar una aceleración de esa apertura dada la crisis económica-social en que se encuentra. No es un dato menor, Irán posee las reservas comprobadas más importantes luego de Arabia Saudita y Venezuela; su industria automotriz es la de mayor dimensión en la región; dispone de una mano de obra muy calificada y de un sistema educativo avanzado. Para las grandes potencias puede ser una nueva fuente de acumulación de capitales en un mundo que tiene fuertes excedentes de capital líquido.

El impacto en América latina se hará sentir en los países exportadores, los ya mencionados Venezuela y México, también Ecuador. No sería el caso de Argentina y Brasil que toda su producción y sus proyectos están más relacionados con el consumo interno. En nuestro país reducirá las erogaciones por la importación de energía y no hay claridad todavía si puede incidir en las futuras inversiones sobre Vaca Muerta, probablemente alejará a las pequeñas empresas pero no a las grandes multinacionales.

Para muchos analistas la globalización se habría completado con el tríptico reincorporación de Irán al mercado mundial, fin del monopolio estatal del petróleo mexicano y el acuerdo de libre comercio entre el Nafta y la UE. La contrapartida no es otra que las desigualdades sociales crecientes, el aumento de las tendencias belicistas y xenófobas, los conflictos interreligiosos y los nacionalismos reaccionarios. Todas expresiones que en realidad esconden disputas de poder y luchas por la hegemonía en el mundo.

El petróleo ha jugado un papel muchas veces decisivo en el damero internacional. Todo indica lo está jugando nuevamente en el marco de una crisis mundial que está lejos de resolverse.

Eduardo Lucita es integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda.

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