miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014: Espadas de Damocles sobre la Unión Europea

Richard Ruíz Julién (PL)

Muchos especialistas aseguran que la Unión Europea (UE) cerró 2014 en las horas más bajas de su historia y, aunque esa afirmación puede aún ser polémica, hasta algo apocalíptica, no deja de contener una verdad interesante y perturbadora.

El organismo, lejos de sus objetivos iniciales, atraviesa una "crisis existencial" como proyecto político, económico y social, sobre todo en el segundo aspecto, al valorar los últimos seis años (2008-2014).

Problemas como el elevado desempleo, la deuda, la inmigración y el auge de partidos políticos de extrema derecha desempolvaron en los últimos 12 meses los defectos de una UE cuestionada en su viabilidad, madurez y capacidad para lidiar con temas internacionales relevantes.

Entre los aspectos más importantes relacionados con la UE en 2014, es válido comenzar por la cumbre entre el bloque y China, celebrada en marzo.

La cita destacó, al centrarse en aspectos relacionados con el comercio, la necesidad estratégica que ambas potencias conceden a sus relaciones económicas y financieras, y la interdependencia forjada en un sistema internacional cada vez más multipolar.

Como cuestión abordada allí con mayor énfasis, estuvo la cooperación sobre la paz y la seguridad internacionales, de acuerdo con los retos más acuciantes en política internacional, como la crisis ucraniana y el fortalecimiento del poderío militar de Rusia.

Otro de los aspectos que más caló durante 2014 en las entrañas del proyecto europeo fue, precisamente, la guerra civil en el este de Ucrania, iniciada en abril.

Lo acontecido en esa nación es, según comentarios difundidos en la prensa internacional, una nueva evidencia de la falta de visión estratégica de la UE y de sus dificultades para relacionarse con la Federación de Rusia.

Muy cuestionado fue, además, el papel ejercido en la crisis por la entonces alta representante de Política Exterior, Catherine Ashton, a pesar de algunos intentos sin demasiado éxito, como, por ejemplo, sus mediaciones en París con motivo de la reunión sobre el Líbano en marzo.

De otra parte, el euroescepticismo se disparó notablemente, con el incremento de declaraciones públicas de algunos de los 28 países miembros acerca de salir de la UE.

Para acentuar ese proceso, descollaron las migraciones descontroladas, los recortes fiscales o la complicada burocracia "bruselen", como algunos analistas denominan al conglomerado legislativo de la organización.

El euro continúa como una de las manzanas de la discordia, de la más recurrente en los debates sobre la pertinencia de mantener a la UE, al menos, con todas las naciones que en la actualidad la componen.

Algunos investigadores políticos cuestionan también a la organización como lo que es, o intenta ser, en esencia: un proyecto económico capaz de promover la estabilidad, el crecimiento y la competitividad internacionales, al generar bienestar mediante una integración económica.

Dentro de este punto destacan, en particular, tanto el mercado interior y la unión monetaria, como un conjunto de políticas comunes en materia de comercio, agricultura y energía.

Algunos medios se encargaron, por otra parte, de desviar la atención sobre la crisis real, al afirmar que en 2014 se fortalecieron las perspectivas económicas de la UE.

Según los indicadores principales, el crecimiento del PIB cobraría impulso a corto plazo y se facilitarían las condiciones para una recuperación sostenida a medio término.

Pero nunca mencionaron la persistencia de diferencias de crecimiento entre países con mejores resultados y los que todavía mantienen dificultades.

Tampoco destacaron el carácter insostenible e incierto a largo plazo del crecimiento económico, descrito por muchos como incipiente y basado en políticas privatizadoras, de reducción del gasto público.

Los graves errores en la gestión de la política económica casi colocan a la UE al borde de una tercera recesión auto infligida, destacó recientemente un análisis presentado en el diario español El País.

Alemania insistió en la austeridad sin paliativos y en las reformas a rajatabla, aunque eso agravara los males de Europa.

Los problemas se acumularon: el paro siguió en máximos en toda la UE, la inflación está en mínimos y la banca no terminó de recuperarse, mientras que la crisis volvió a Grecia, la cual pretende salir de su programa de rescate sin más ayudas, añadió el artículo de El País.

En octubre, la canciller federal alemana, Angela Merkel, insistió en que solo con la consolidación fiscal, con las reformas estructurales, volverá un crecimiento sostenible.

Para reforzar sus argumentos, puso como ejemplo a España, Irlanda y Portugal.

Sin embargo, los "éxitos" que la gobernante germana atribuye a españoles, irlandeses y portugueses chocan con los datos estadísticos.

España sigue con crecimiento e inflación en el entorno del cero por ciento, el paro laboral en el 25 y la deuda pública en el ciento por ciento del Producto Interno Bruto.

En medio de tal situación, se observa el ascenso de partidos que militan contra el poder de Bruselas, identificados con la extrema derecha, además de la pérdida de credibilidad de la socialdemocracia.

Formaciones políticas como el euroescéptico Partido por la Independencia del Reino Unido, entre otros, ganaron a finales de mayo bancadas en el Parlamento Europeo, lo cual permite avizorarlo como una hipotética tercera fuerza con capacidad real de entorpecer la construcción continental.

Incluso, el propio gobierno británico declaró su intención de convocar a referéndum sobre su permanencia en la UE, si los conservadores vuelven a ganar las elecciones, previstas para mayo de 2015.

La asunción del luxemburgués Jean-Claude Juncker como Presidente de la Comisión Europea y de la italiana Federica Mogherini como jefa de la diplomacia en noviembre, todavía tiene mucho camino por delante y el éxito de sus gestiones dependerá de si logran definir una estrategia de futuro.

La tarea es doblemente difícil porque la UE no puede apartarse de su estrecha relación con Estados Unidos y de la óptica occidental sobre la soberanía, la democracia, la ciudadanía y el nacionalismo.

Ello limita, desde múltiples dimensiones, la voluntad política, si existiera, y la interpretación correcta de la crisis actual.

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