viernes, 12 de diciembre de 2014

Alemania desciende al Maelström populista

Àngel Ferrero (LA MAREA)

El presidente de la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) -el partido hermano de los cristianodemócratas en ese Land-, Horst Seehofer, es un hombre de ocurrencias. Suya es la idea, por ejemplo, de introducir un impuesto especial en las autovías destinado exclusivamente a los automóviles que no tengan matrícula alemana. Esta propuesta, que Seehofer hizo pública durante la campaña de las pasadas elecciones generales y que fue rápidamente considerada como una boutade, acabó aterrizando en el despacho del Ministerio de Transporte y ya se espera empezar a recaudarlo a partir de 2016, si la Comisión Europea y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea no lo consideran antes contrario a los acuerdos de la UE.

Si el “PKW-Maut”, como se conoce esta iniciativa en Alemania, ha sido aprobado por el gobierno -debió pensar Seehofer-, ¿por qué no ir más lejos? El pasado fin de semana la agencia de noticias dpa informaba de una moción que se presentará en su congreso el próximo fin de semana que contiene el siguiente texto: “Quien quiera establecerse [en Baviera] deberá hablar alemán, tanto en público como con su familia” (sic). Como ocurrió con el “PKW-Maut”, esta extravagante iniciativa -¿cómo podría vigilarse el cumplimiento de una ley así?- ha sido objeto de burla, pero también de preocupación. “Es una intrusión absurda en la vida privada de las personas”, declaró la portavoz de política de integración del Partido Socialdemócrata, Arif Tasdelen. “¿Por qué debería un matrimonio de ingenieros estadounidenses que vive en Baviera no poder seguir hablando inglés en su casa? ¿Por qué un hostelero italiano no debería poder hablar en su lengua materna?”. Desde las páginas del Tageszeitung, Deniz Yücel se preguntaba si una ley de este tipo no abarcaría también las cabeceras de prensa en otros idiomas, que van desde el turco y el árabe hasta el ruso o el hebreo. “En cualquier caso, no se trata de si estas vulgaridades acaban implementándose. Este discurso permanente es suficiente para formular un nuevo ideal de germanidad. […] En el fondo descansa la idea de una sociedad homogénea, en la que los inmigrantes tienen que integrarse. Pero una sociedad capitalista moderna no es homogénea“, escribe Yücel.

Que se lo pregunten a Aylin Arabaci-Pfab. Su caso quedó recogido la semana pasada por el semanario Der Freitag. Esta alemana de origen turco y de confesión musulmana fue elegida presidenta de la CDU de Waghäusel, un municipio de 20.000 habitantes cerca de Karlsruhe. 16 meses después de su nombramiento tuvo que abandonar el cargo. Lo hizo por las intrigas del partido para apartarla del puesto y tras haber recibido una avalancha de correos electrónicos con mensajes como “puta turca”, “el nuestro es un partido cristiano” y “¿cuándo te deportarán de una vez?”.

El ‘Tea party’ alemán

Además de esta peculiar propuesta, la CSU también propone privar de las ayudas sociales a los inmigrantes que supuestamente abusen de ellas. A comienzos de noviembre el Tribunal de Justicia de la UE avaló la decisión de Alemania de retirar las ayudas a los ciudadanos comunitarios que viajen al país con el único objetivo de beneficiarse de estas prestaciones sociales y sin buscar trabajo. Hay quien cree -y motivos desde luego no les faltan- que este giro populista de la CSU tiene como objetivo bloquear el ascenso de la formacion euroescéptica y antiinmigración Alternativa para Alemania (AfD), que en las pasadas elecciones en Sajonia, Turingia y Brandeburgo obtuvo un 9,7%, un 10,6% y un 12,2% respectivamente.

A medida que empeoran los pronósticos económicos para Alemania se enrarece la atmósfera social en el país. El espectro de un veloz ascenso de la extrema derecha, como ha ocurrido en Francia o en Grecia, y que aquí tiene su expresión política en el neonazi NPD, se cree definitivamente conjurado. No sólo su historia reciente (el nazismo) y la más reciente (el neonazismo inmediatamente posterior a la Reunificación), se cree, así lo impide, sino la escasa influencia del propio NPD, un partido por el momento marginal y sin lustre, fuertemente vigilado por los servicios secretos, que tienen infiltrado -y según algunos hasta instrumentalizado- al partido.

Sin embargo, el martilleante discurso triunfalista y con acentos chovinistas de los medios de comunicación desde el comienzo de la eurocrisis, cuando Alemania parecía ser un islote de estabilidad económica en medio de un continente que se hundía inexorablemente en la recesión, “la locomotora de Europa” y “la campeona mundial en exportaciones” a un mismo tiempo, ha creado el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de un Tea party alemán. La culpa de todo no es de los alemanes, sino de los demás, y dependiendo a quién se pregunte, ésos son la Unión Europea, los inmigrantes o, más específicamente, los inmigrantes musulmanes. Las manifestaciones contra los asilos para refugiados se multiplicaron en 2014 y una manifestación organizada en Dresde por Pegida -cuyas siglas en alemán significan “Patriotas europeos contra la islamización de Occidente”- congregó a 6.000 personas el pasado 24 de diciembre. Aunque en actos como éstos también hace acto de presencia el NPD, su composición es bastante más heterogénea, lo cual da a entender que se trata de un fenómeno bastante más amplio que no se circunscribe a los habituales círculos neofascistas.

Alemania ya tiene en definitiva su Tea party. Nacido en las facultades de Economía de las universidades alemanas y fermentado en las cervecerías bávaras. El terreno es fértil. Quizá no esté lejos el día en que la CSU proponga recuperar aquel cartel que llamó la atención de Walter Benjamin en la década de los treinta del siglo pasado: “Alemanes, bebed cerveza alemana”.

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