miércoles, 17 de diciembre de 2014

Condenas

Claudia Rafael (APE)

La voz del juez ordenó: “condenado a 10 años y ocho meses de prisión” por “homicidio agravado por el uso de arma de fuego”. No necesitaba el juez en lo criminal Carlos Paulino Pagliere (h) aclarar que Emanuel estaba condenado. A él –como a la mayoría de todos sus hermanos- le asestaron la condena mucho antes de berrear o ensayar sus primeros pasos. Siempre fue uno más en el medio de la banda de “los Tatitas”, el mote con el que se estigmatizó desde pequeños a los hermanos Vera. Hoy –según se lee en la fundamentación de la sentencia- Emanuel forma parte (aunque en el barrio cuentan que ya no) de “la banda de los Tinki Bibi”, un grupo de pertenencia territorial de pibes de barrios anclados en los márgenes de Olavarría a la que se le adjudican violencias profundas.

Ya el destino de Emanuel no es –como fue otras veces- el instituto cerrado de menores Leopoldo Lugones. Sus 18 marcaron el límite y cuando salga de esos vertederos a los que se arrojan a los desechables, será un hombre cercano a los 30 años. “Emanuel es hermano de diez más y está entre los más chicos. Tiene por lo menos un hermano preso (el que una vez se rompió todo cuando se cayó de la tribuna de Racing) y otro que se suicidó porque se enamoró y no lo quisieron. Todos en Olavarría lo vieron crecer. De muy chiquilín, muy flaquito, mínimo. En banda por la calle, ofreciéndose a barrer veredas por dos pesos, robándose golosinas de los kioscos, creciendo como sus hermanos, a la sombra del mito temible de Los Tatitas. La gente de a pie y las oficinas del Estado les huyeron y los estigmatizaron. Los dejaron libres en su destrucción. Los pusieron de espaldas contra las paredes para la requisa policial. Los metieron a patadas en los patrulleros”, decía “La vida y la muerte, la misma estafa”, nota publicada por APe en enero de 2013.

Ahora es su hermano Cristian, de 16 ó 17, el que duerme los fines de semana en el Lugones, mientras él deambulará entre Sierra Chica, Alvear o Barker, quién sabe. El Lugones, instituto carcelario cerrado que porta el nombre del poeta oscuro y poblado de infiernos (el padre de Polo, comisario creador de la picana eléctrica y el abuelo de Pirí, desaparecida en la dictadura) marcará sobre la historia y la piel de Cristian las mismas llagas perversas que antes dejó sobre Emanuel. Y que más temprano había dejado sobre otros de los hermanos.

No. Se equivocaba el juez Carlos Paulino Pagliere (h) cuando anunciaba en juicio abreviado que Emanuel carga desde ahora con una condena de 10 años y ocho meses. Porque hubo otros jueces antes, incluso antes de que se escucharan en la tierra sus primeros vagidos, que le espetaron condenas mucho más largas que lo arrinconaran a un destino marcado.

Están plagadas de emanueles las calles, las esquinas, las cárceles a cielo abierto que constituyen las villas –las que ahora se parecen tanto a cementerios a cielo abierto-. Pibes que pugnan por irrumpir en ese mundo de matar porque saben que tienen espadas que penden sobre sus cabezas que les arrancarán el respiro de una sola tajada.

De una u otra manera, son ejército. Dentro y fuera de las rejas. Con esa efímera libertad de transitar con un arma que sea capaz de romper el mundo, con una montaña de pasta base en el cerebro, con una mochila de hambre o de miedo, con un mosaico de abandonos o una elevada torre desde la que no vislumbrarán jamás ningún horizonte que los salve.

Porque son los emanueles los perfectos objetos activos de las políticas carcelarias. Zygmunt Bauman –sociólogo y filósofo polaco- habló de la cárcel (para adultos o para jóvenes) como “la fábrica de la inmovilidad”. Es decir, los perfectos engranajes diseñados para arrojar a los excedentes, a los supernumerarios, a la basura que ya no es concebida siquiera como humanamente reciclable sino que es únicamente digna del descarte. “Desechamos lo sobrante del modo más radical y efectivo: lo hacemos invisible no mirándolo o impensable no pensando en ello. Sólo nos preocupa cuando se quiebran las rutinarias defensas elementales y fallan las precauciones”, escribió Bauman.

Emanuel ahora será por diez años y ocho meses convenientemente invisible e impensable. Tanto como lo fue Diego Iván Borjas, con sus 17 años, hasta que el fuego y la muerte lo devolvieron por un rato a la visibilidad y al pensamiento. Más allá de lo que pueda aportar la febril imaginación, nadie sabe cómo vivió Diego Iván Borjas. Se sabe, apenas, que “venía portándose mal” (sic Lidia González, directora del instituto Luis Agote). Que fue “irrespetuoso” con un adulto. Que tal vez miró hoscamente. O que pensó en hacer desaparecer a ese entero infierno carcelario con un par de pases mágicos. Y volar por los aires la crueldad, el encierro, la oscuridad del aislamiento y a cada uno de los adultos que le marcó en la frente la palabra “irrecuperable”. Diego Iván Borjas, con sus 17 años y su sanción a cuestas, se quemó el 80 por ciento de su cuerpo y murió varias horas después en el Instituto del Quemado. Entonces salió en algún diario, en la televisión. Hablaron de él en las radios. Jamás se podría haber imaginado a sí mismo en los titulares de un diario en internet. Casi ninguno dijo su nombre pero era de él de quien hablaban. En tres o cuatro párrafos quedó agotada su historia desde la perspectiva de interés mediático. Si lo hubiesen dejado, si no hubiera muerto antes, quizás hubiera sonreído, como sonrió Víctor, el chico protagonista de la película 7 Cajas, cuando finalmente –malherido y desde el hospital- se pudo ver en una pantalla de televisión. Qué importaba que fuera simplemente en el contexto de un tiroteo de verdad, con heridos de carne y hueso, con sangre real y con disparos salidos de un arma de fuego y no de juguete. Víctor, que se parece a tantos chicos de verdad pero no lo era, simplemente sonrió.

Y él tal vez también hubiera dibujado una sonrisa si no hubiese estado en un rincón olvidado del aislamiento carcelario, en el Instituto de Menores Luis Agote, donde estalló en fuego el colchón que le fue devorando la piel hasta morir.

Las infancias tienen una diversidad tan honda que ni siquiera se reconocen. Hay infancias que no son destino. O que son destino cortito. Con un final trágico. Que ni siquiera le acortó el dolor. El suyo, como el de tantas infancias desperdigadas por la crueldad, tuvo una agonía de muchas horas.

Igual que Emanuel, más allá de lo que digan los juzgados y tribunales, Diego Iván Borjas estaba condenado desde hacía años. Tal vez, desde el mismo día en que la modernidad selló un pacto perverso que demarcó el límite entre los de adentro y los de afuera.

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