viernes, 26 de diciembre de 2014

Cuba y Estados Unidos frente a una decisión inestable

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

La mayor parte de las reacciones sobre el futuro establecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, tienen el sello del paroxismo. La intensidad de la carga ideológica y emocional acumulada por detractores y apologistas del sistema cubano al socialismo, hará más difícil dilucidar la diversidad de escenarios en el futuro de Cuba.

El paso diplomático dado por ambas naciones, desactiva en principio, el intervencionismo unilateral a que Estados Unidos se sentía con el derecho a utilizar por razones de seguridad estratégica y constituye en sí mismo un cambio de régimen en el tipo de relacionamiento, aunque no altera el régimen del bloqueo.

Para Estados Unidos compactar zonas de control es una prioridad estratégica y Cuba ha sido un territorio que representa un tipo de autonomía disfuncional a ese esquema de control. Ahora ha dejado de representar ese foco de atención especial con el paso diplomático establecido. Una relación bilateral oficial y más completa, aleja la posibilidad de la intervención militar directa. Éste fue el rasgo principal de la agenda pendiente de la mayor parte de las administraciones tanto republicanas, como demócratas y que Barack Obama ha tomado la decisión de colocarlo en el último vagón de una política exterior que necesita con urgencia de un reacondicionamiento, léase en Siria, Irak, Afganistán e Irán.

Sin embargo, la situación de una transición gradual en un futuro cercano, no es en ningún caso estable. El ejercicio de tesis sobre transiciones de un sistema de tipo socialista, hacia uno menos socialista con incrustaciones importantes de mercado capitalista, que se pueda aplicar en Cuba, tiene una espada de Damocles de vencer un candidato republicano en la contienda presidencial en 2016. La medida recién adoptada puede revertirse sin ningún elemento que lo impida. El cambio en las relaciones entre ambas naciones, que ha provocado tanta algarabía, podría volver a fojas cero con la misma carga de sorpresa, con relaciones diplomáticas suspendidas y un regreso inmediato al mismo nivel de tensión que ha prevalecido en más de medio siglo.

El plan del partido republicano, además de mantener indefinidamente el bloqueo, ha consistido en persistir con el derrocamiento del gobierno cubano sin descartar una intervención militar. Es así que augurar el fin de la guerra fría en esta región o en otras, por esta medida de la administración de Barack Obama, es entrar en la zona eufórica del análisis. La guerra fría es una cultura muy difícil de desentrañar. Habita como una forma de combatir al enemigo del capitalismo, porque el socialismo no cayó del cielo, lo produce el propio sistema.

Yoani Sánchez, la activista cubana, en un reciente The New York Times aparece con un artículo cuyo foco es "la traición de Raúl Castro a los militantes y partidarios del gobierno”. Es el reflejo de esa tensión acumulada que incita al desencanto y que puede terminar en violencia. En la misma cuerda, Ted Cruz y Marco Rubio, los legisladores estadounidenses de origen cubano, consideran que el presidente Barack Obama también traicionó al anticastrismo y que está ayudando a "la perpetuación del régimen". Para esta interpretación, solo existe el régimen castrista y una masa de cubanos aplastados sin una expresión que indique de la existencia de personas que piensan, y forman nación.

En los detractores del sistema socialista adoptado en Cuba, se minimiza la capacidad de la población para formar un cuerpo político protagónico. Se les atribuye a los habitantes de la isla una capacidad de absorción de dificultades, pero no se le asigna ningún atributo político. Se descarta que el proceso político cubano sea algo más que un cuerpo de elites en la lucha por el poder.

Mientras se asienta esta medida de establecer relaciones con Estados Unidos, Cuba continuará siendo un campo de batalla ideológico cuya intensidad irá en aumento mientras Obama esté en la presidencia. Desde esta perspectiva, algunas opiniones que invitan a preparar bayonetas políticas para la revancha contra el comunismo, no contribuyen a desatar esas cualidades humanas acumuladas en Cuba para hacerse cargo de una transición. Todo indica que acelerar este proceso, sólo generará un daño innecesario debido a la fortaleza estructural del gobierno cubano y la organicidad dispersa en los disidentes.

Esta incertidumbre es atractiva cuando se aplica el análisis con mediana racionalidad. Sin embargo, el gran escollo surge cuando el asunto, que se supone estrictamente político, se transforma en una preocupación emocional de reacciones para soluciones inmediatas, donde predomina el factor de la tensión acumulada por más de cinco décadas. Se tiende a privilegiar en el análisis aspectos que terminan siendo una distorsión.

El primero se refiere a un sistema político de un nivel centralizado y personalizado como que el funcionamiento del mismo residiera en la figura de un líder máximo y que no hubiera un sistema. Sucedió con China y Vietnam: pasaron los líderes y el esquema continuó. Y si bien Cuba no está en Asia, hay bases comparables, principalmente, porque el gran peso se lo ha llevado un capital humano formado en tres estructuras esenciales: partido de gobierno, estado y ejército.

El segundo aspecto consiste en que al no haber sistema no habría generación de recambio. Francisco Wong-Díaz, en un trabajo para el Pentágono (2006), señalaba los posibles escenarios, todos centrados en la ausencia de un sistema político. Es decir, “si Fidel y Raúl están vivos y con facultades mentales para dirigir, el régimen continúa. Sin ellos, colapsa. Lo que existiría es una lucha entre elites del poder, separadas por su proclividad a Fidel o Raúl”. Wong-Díaz afirma que “fidelismo y castrismo” no es una ideología. Lo más probable es que el legado político se convierta en el tradicional estilo latinoamericano de la política del control autoritario o de poderes civiles débiles a merced del poder militar. Y agrega: “Es preferible un gobierno autoritario que el colapso total del Estado”.

El hecho no podía haberse producido en un momento más singular para ambas naciones con sus propios contextos de crisis. Cuba desde 2006 entró en una transición bajo su sistema de gobierno socialista, que ha tenido enormes dificultades de sostenerse bajo los designios de una globalización implacable, que exige un capitalismo abierto y desregulado con desenfreno y que empieza a tener sus propias dificultades económicas y políticas.

Estados Unidos por su parte, desde el atentado a las torres gemelas en 2001, e incluso antes, desde los bombardeos sin autorización de la ONU en la ex Yugoslavia a mediados de los 90, no ha emprendido una política exterior coherente y consistente para crear un efectivo nuevo orden mundial post guerra fría. Por el contrario, se ha visto atrapado en intervenciones militares que no han contribuido a generar más confianza en el sistema internacional.

En Cuba, que estuvo en pie de guerra por más de 50 años, no por decisión propia sino por imposición, se abre una oportunidad única en el sentido de combinar la trayectoria de una política emancipadora, con el tráfago de pulsiones que se desatan en las contradicciones de una sociedad en transformación con la libertad creadora del individuo en el foco, no como una mercancía, sino como un sujeto social. En este plano, Cuba continuará siendo un ejemplo para el mundo, siempre y cuando se le ponga freno al ímpetu conservador de desacreditar cualquier iniciativa que propenda a mantener viva la idea del socialismo.

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