jueves, 4 de diciembre de 2014

El confucionismo y la superstición actúan como freno a la donación de órganos en China

SPUTNIK

Las milenarias creencias confucianas y la más moderna desconfianza hacia la corrupción lastran las donaciones en China y obligan a recurrir a los presos ejecutados como fuente principal de recursos para los trasplantes.

China dejará de confiar en ellos el próximo año, ha anunciado hoy Beijing.

Huang Jiefi, director del Comité de Donaciones de Órganos de China, ha aclarado que el país "terminará de forma tajante" de utilizar a los presos el 1 de enero y que todos los órganos provendrán de ciudadanos voluntarios.

El uso de los prisioneros había sido justificada en el pasado por el gigantesco desnivel entre oferta y demanda.

China necesita cada año 300.000 trasplantes pero solo hay órganos para 10.000, según cifras oficiales.

El país está en las posiciones de cola en donaciones mundiales con apenas 0,6 por cada millón de habitantes. En comparación con China en España hay 37.

Hay varias razones que explican las reticencias. Por un lado está el propio sistema, tradicionalmente oscuro, con intercambios ilegales en el mercado negro estimulados por la desesperación, lo que plantea dudas a los potenciales donantes de que sus órganos terminen en un circuito transparente y justo.

Por otro lado está la superstición y el confucionismo, ambos férreamente instalados en la mentalidad china, ya que los chinos consideran que el cuerpo debe enterrarse completo porque será necesario en la próxima vida.

"Conducidos por los beneficios financieros, han ocurrido muchas ilegalidades y trasplantes realizados sin las condiciones sanitarias necesarias", ha admitido hoy Huang.

Hasta 2007 había más de 600 organizaciones médicas que podían realizar trasplantes.

Ese problema tiene solución: una encuesta del pasado año revelaba que el 70% de los jóvenes estarían dispuestos a donar sus órganos, lo que permite cierto grado de optimismo.

Pero la voluntad del finado es inútil ante la fuerte jerarquía familiar. El compromiso personal queda en papel mojado si la familia decide lo contrario.

En la práctica, basta con que un solo miembro se oponga para parar la donación. Esa particularidad impide un sistema de carnet del donante como en Occidente.

Muchos chinos creen que al señalar su predisposición a donar los órganos en vida están ya firmando su sentencia de muerte a través de una maldición, señala Jing Jun, sociólogo de la Universidad de Tsinghua.

Jing alude a una contradicción: "Aceptamos que el Gobierno apruebe una ley que obliga a la cremación después de morir, así que si podemos asumir eso deberíamos asumir también la idea de la donación. Pero no es así", sostiene.

Las prisiones han sido el tradicional caladero de los quirófanos. El 65% de los trasplantes en el país llega de un fallecido y, entre estos, el 90% proviene de prisioneros ejecutados.

De las prisiones llegaron el 60% de los hígados y riñones trasplantados en 2012 (5.009 de 7.882). Las cifras oficiales tienen su lectura optimista atendiendo a la progresión: ocho años atrás, de los 2.997 hígados trasplantados, 2.960 llegaron de las prisiones.

Una ley de 1984 permite el uso de órganos de ejecutados solo bajo estrictas condiciones (que nadie reclame el cuerpo o el permiso del preso o su familia).

Pero las donaciones de presos son un viejo lamento de las organizaciones de derechos humanos internacionales, que denuncian que los presos sufren presiones invencibles para aceptar. Beijing lo ha negado, aunque ha admitido que la práctica es "poco ética".

China ha hecho grandes esfuerzos para racionalizar su sistema de donaciones. Una ley de 2007 sentaba las bases de supervisión y prohibía las donaciones entre personas vivas si no había un lazo de matrimonio, sangre o adopción.

Ya hace años que Beijing ha mostrado su voluntad de dejar de contar con los presos ejecutados. A las cuestiones éticas se añaden las médicas: Huang aludía dos años atrás a la escasa fiabilidad de sus órganos.

La población reclusa sufre unos porcentajes mayores de infecciones bacteriológicas, lo que provoca que la esperanza de vida de los trasplantados sea menor que en el resto del mundo.

Beijing confía en una campaña de concienciación para torcer la tradicional reticencia de los chinos a donar sus órganos.

Este año se han producido 1.500 donaciones, más que en los últimos cuatro años acumulados.

Los resultados son tan estimables como alejados aún de las necesidades nacionales.

"Confío en que la situación será mejor y mejor en el futuro", ha señalado Huang.

Con el recurso de los presos felizmente agotado, la única vía es la educación.

"Es un asunto de movilización social y persuasión moral, sin ellas, el uso de prisioneros es tanto una explotación como un acto inhumano", sostiene Jing.

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