lunes, 22 de diciembre de 2014

La cínica admisión de la barbarie

Emilio Cafassi (MDZOL)

En el mes en el que se conmemora el 66° aniversario de la declaración universal de los derechos humanos, expresión reactiva elemental al horror del nazismo y la inhumanidad brutal de las guerras mundiales, una comisión del senado estadounidense publicó un informe respecto a sus prácticas terroristas con especial detenimiento en la descripción de torturas practicadas por sus fuerzas. Como resulta esperable, sus detalles horripilan a pesar de que, probablemente, ni siquiera den cuenta de la totalidad y magnitud de víctimas y prácticas de sometimiento, humillación y exterminio. Sin embargo en lo esencial no desmiente las impunes y monstruosas estrategias de dominación y avasallamiento a las que he aludido en otros textos, al igual que tantos otros autores que han engrosado las páginas de papel o electrónicas de muy diversos medios progresistas y de izquierda e incluso -ocasionalmente- de la prensa hegemónica. En lo personal, de una apurada lectura sólo logré incorporar a mi indignado acervo informativo algunas técnicas más a la ristra de aberraciones y perversidades que vienen practicando estos verdugos internacionalistas, que posiblemente se deban a mi inconsecuente búsqueda de información o a la negación psicológica como mecanismo de defensa ante tanta atrocidad. No me detendré en ellas ni estimularé el posible morbo de algún lector. Quien quiera conocer el resumen lo encontrará en https://es.scribd.com/doc/249652086/Senate-Torture-Report. El informe convalida estadísticamente los puntos cardinales de la categoría conceptual que he acuñado para caracterizar –aunque no con exclusividad- a los Estados Unidos: el terrorismo imperial. Ratifica:

1) La política de ocupación militar de todo o parte de un territorio nacional exterior sobre el que se suspenden absolutamente todas las garantías, derechos y juridicidad y se implantan campos de concentración, tortura y exterminio.

2) El despliegue de las más sofisticadas y abyectas técnicas de tortura y aniquilación psicológica y física de supuestos “enemigos”.

3) El desarrollo de prácticas globales de espionaje (abundantemente denunciados por Assange y Snowden) y el estímulo material a la delación y organización desde sus embajadas de toda clase de grupos opositores y desestabilizadores de gobiernos y regímenes políticos.

4) El encubrimiento de los ejecutores y responsables de los crímenes y crueldades.

5) La construcción de una red de alianzas con gobiernos, industrias, finanzas y oligarquías locales que garantice la estabilidad o expansión de estas formas despiadadas de dominio, mediante sobornos o apoyos financieros.

Por lo expuesto en el último punto, Estados Unidos no está solo en esta cruzada represiva y deshumanizante, sino que varios países (un cuarto de la totalidad mundial) colaboraron en diferente medida. Algunos de manera directa prestando territorio e instalaciones para montar los campos de concentración. Otros, sumando diligentes recursos humanos al ejercicio de torturas y ejecuciones o entregando presuntos “terroristas” y obviamente abriendo sus fronteras para el tráfico ilegal y secreto de los prisioneros. El informe omite los nombres de tales países aunque incorpora un código de color que periodistas del diario Huffington Post y otros medios han intentando desentrañar publicando el detalle en siguiente artículo: http://www.huffingtonpost.com/2014/12/09/cia-torture-countries_n_6297832.html. Afortunadamente ninguno pertenece a América Latina, sino que se ubican en muy diversas otras regiones del mundo, desde países árabes, asiáticos, de Oceanía y –como no podía faltar- de la “culta” Europa, hoy en vías de subdesarrollo.

Sin embargo la cultura política estadounidense no ha aportado exclusivamente concepciones y prácticas degradantes sino además importantes reflexiones y textos sobre garantías, derechos y libertades. Algunos fragmentos de su Constitución, con sus sucesivas enmiendas, merecen ser considerados con detenimiento en la redacción de superadoras constituciones progresistas e inclusive revolucionarias post-capitalistas, aunque sería deseable que en el propio país se aplicaran universalmente al conjunto de la ciudanía y no sólo a los económica y simbólicamente favorecidos. Y que también se respetaran allende sus fronteras. En niveles de menor relevancia, Estados Unidos ha incorporado por ejemplo al lenguaje cotidiano dominante algunos signos de “corrección política” que morigeran el habla ofensiva. En el contexto de esa sociedad donde las relaciones de clase persisten en racializarse, a los que antiguamente se denominaba negros, sometidos a toda clase de discriminaciones, abusos y brutalidad policial hoy se los llama afrodescendientes sometidos a los mismos abusos, brutalidad policial y crímenes, como recientemente conocimos por la expresión de protestas. Yo mismo disfruto de esas libertades cuando viajo a los Estados Unidos a pesar de que allí se publican estos artículos en medios de habla hispana, pero justamente por pertenecer económica y socialmente al estrato “blanco” de los privilegiados.

Nada del informe del senado resultaba desconocido para el presidente Obama, ni para los grandes medios. Muy por el contrario, basó su primera campaña electoral en denunciar y criticar la existencia de campos de concentración clandestinos en diversas partes del mundo, en prometer el cierre de Guantánamo y en oponerse al veto que el entonces presidente Bush opuso en 2008 a una ley que prohibía la técnica de tortura largamente conocida como “submarino”. Resulta obvio que para que una ley resulte formulada es indispensable que su objeto de aplicación sea reconocido. La práctica de ejercicio del terror, la tortura y la muerte, ni siquiera es en respuesta a los atentados del 11S sino que, tanto en su intento cuanto en su efectivización, se remonta a toda su historia. La “escuela de las Américas” fue la principal academia de formación de torturadores y genocidas y sus agentes no sólo ejercieron docencia sino que acompañaron con intervenciones directas desde las embajadas a los estados terroristas que asolaron el sur de América en los años ´70 y ´80. Ha sido un violador sistemático y transhistórico de los Derechos Humanos en toda su historia. Se recordará que en este siglo, también desde las embajadas se propiciaron, organizaron y apoyaron golpes de estado en nuestra región como el de Venezuela contra Chávez o en Honduras contra Zelaya, se intentaron en Ecuador y Bolivia y se convalidó el de Paraguay contra Lugo.

El carácter cínico y encubridor del informe (y de las palabras de circunstancia del presidente Obama, que a diferencia del informe no utiliza la palabra tortura sino sólo se refiere a “duros y atroces interrogatorios”) tacha los nombres de torturadores, criminales y autores políticos e intelectuales de lo denunciado, además de otros datos relevantes, “por razones de seguridad”. ¿Qué otra mayor seguridad puede ofrecerse al mundo que la del procesamiento de los autores de crímenes de lesa humanidad -claramente tipificados en el derecho internacional con carácter imprescriptible e inexcusable- incluyendo al propio presidente y a sus antecesores? La impunidad es el cimiento de toda inseguridad.

No dejo de preocuparme por el encantamiento del gobierno progresista uruguayo con la próximamente saliente embajadora de los Estados Unidos, Julissa Reynoso. Las razones de los seducidos destacan por su superficialidad e ingenuidad. Se alude a que por fuera de todo protocolo concurre a ferias, visita asentamientos, disfruta de las murgas y tablados o se fotografía en el Quincho de Varela con fondos de Chávez o Fidel. Celebro que disfrute de su estancia. En Argentina, durante el gobierno de Menem cuya política exterior se autodefinía como de “relaciones carnales” con el imperio, el embajador (ya fallecido) James Cheek también decía amar al país y su cultura, iba todos los domingos a la cancha a alentar a San Lorenzo con gorro y camiseta (en cuyo vestuario se encontraba con el actual Papa Bergoglio) y tenía un espíritu dicharachero y mundano. No conozco a la señora embajadora y no tengo por tanto razones para dudar de su amor por el Uruguay ni de su simpatía y gestos de buena voluntad. Pero las embajadas estadounidenses en el mundo son verdaderos centros de espionaje, conspiración e influencia en asuntos internos. En sus bunkers de concreto anidan toda clase de espías tecnologizados, lobistas, asesores políticos y militares que no aletargan sus oficios por la afabilidad de sus máximos exponentes. En un artículo de este año me permití sugerir la restricción de la representación a simples delegaciones comerciales, además de requisar regularmente el tipo de equipamiento tecnológico que ingresa por valija diplomática y su funcionalidad, fundamentalmente en el campo de las comunicaciones.

Contrariamente a la ingenuidad señalada, la actitud uruguaya de otorgar asilo a algunas víctimas del campo de concentración de Guantánamo, al igual que con los niños sirios, denota simbólicamente la contracara de la atrocidad y degeneración ética y política. Aunque por supuesto no podría extender materialmente sus brazos solidarios hacia todos los perseguidos y torturados en el mundo porque se cuentan por muchas decenas de millones.

Sarmiento en su brillante libro del siglo XIX, “Facundo”, reflejó las opciones políticas polares de su época como “civilización o barbarie” mencionando a Estados Unidos entre la primera. No pierde vigencia la oposición.

Sólo resta invertir los términos.

- Emilio Cafassi, profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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