miércoles, 3 de diciembre de 2014

La madre de todas las violencias

Silvana Melo (APE)

Entre el 1% de la población que se queda con el 16,5% del ingreso nacional y los diez millones de pobres diseminados en puntos clave del país hay bastante más que una brecha. La desigualdad es un quiste sistémico que se ha plegado y replegado en la historia como las mareas. Que tiene el gesto atávico de los pibes del norte. O la cara sucia de los que esperan los camiones de madrugada en el Ceamse. La desigualdad es la hija de la caída del Muro, del fin de la historia, del síncope de las ideologías, del fundamentalismo del mercado, de la retirada del Estado, de la muerte de las alternativas, de los sueños rotos y esparcidos en el camino, como vidrios que rajan los pies de los que todavía se atreven. La desigualdad es la madre de la cesantía de la felicidad, del éxodo hacia las afueras del mundo al que fueron condenadas las multitudes que no calificaron para el adentro. De las enfermedades que resucitan como lázaros famélicos y se devoran los huesos de los pobres en la sobremesa somnolienta de los ricos. La desigualdad es la madre de todas las violencias.

Entre 1950 y 1974 el promedio de participación de los trabajadores asalariados en la distribución de la riqueza era de una media del 44,5%, dice Gustavo Sierra en un informe publicado por Clarín. Eran los tiempos del “50 y 50”, cuando los trabajadores disputaban la distribución de los ingresos en la calle y se iba gestando el huevo serpentario del genocidio que el poder económico utilizó como herramienta para imponer su modelo basado en la inequidad y el terror. Durante la dictadura el nivel de participación cayó en picada en pocos años hasta el 22,5%. La crisis de 2001, con un protagonista que tuvo la habilidad de enancarse en la dictadura y en dos gobiernos de estética democrática, alejó sin piedad a los trabajadores sobrevivientes de la participación en los ingresos nacionales: un 20,9%. En 2006 recién apareció un repunte hasta el 25,07 y hoy siguen siendo apenas las sobras lo que reciben desde banquete de los poderosos.

El 50 y 50 ya es una antigua utopía de algún peronismo, decapitada por el resto de los peronismos subsiguientes. El célebre pulpo que se recicla y renace cada vez que se lo mutila.

Las cien familias más ricas se quedan con 85 mil millones de dólares. Evaden los impuestos y transfieren sus capitales al exterior. Ricardo Echegaray, desde la AFIP, denunció en estos días los 3.000 millones de dólares no declarados en las cuentas del HSBC de Ginebra. Y una evasión de 61.915 millones de pesos. La lista es obesa y con nombres de marquesina: Cablevisión, Edesur, Loma Negra, Bridas, Amalia Amoedo, Alfredo Roemmers, Adolfo Grobocopatel, Raúl Moneta, Sebastián Eskenazi y cuarenta más en una nómina que, seguramente, adolece de incompletud.

El resto de las familias argentinas y de los mortales argentinos, no pueden evadir el IVA que pagan en la adquisición diaria del alimento, encarecido mes por mes, fabricante de pobreza profunda. Para tres de cada diez Ginebra no es otra cosa que la botella de hombros redondos en el bar.

El precio de los commodities cimentó la recuperación económica de la última década: la Argentina productora de alimentos para 400 millones de personas creció con una continuidad histórica.

Pero su prosperidad se basó en alimentar a los cerdos chinos con soja transgénica. La bonanza, sin embargo, no se tradujo en una recomposición de la participación en las riquezas: los trabajadores registrados apenas levantaron 5 puntos (20,9 a 25,7%) desde el último siniestro conducido por Domingo Cavallo.

Más de seis millones de niños mueren anualmente por causas evitables. Es decir: más de seis millones de niños son asesinados anualmente por un plan sistémico que echa cólera, ébola, hambre, mares e incendios sobre la sobra, el descarte del mundo.

A los niños se los lleva la desnutrición, el agua mala y la falta de instalaciones sanitarias. El hambre arrasa a 842 millones de personas. La producción de alimentos del mundo puede abastecer al doble de los hambrientos. 700 millones de personas no tienen acceso al agua potable y 1000 millones hacen sus necesidades a cielo abierto.

Sólo en La Alumbrera, Catamarca, el proceso de extracción del oro por lixiviación con cianuro necesita de 300 millones de litros de agua potable por día.

Dice Bernardo Kliksberg que una investigación en la India (40% de desnutrición) probó hacer llegar sistemáticamente raciones de alimentos a niños desnutridos. Al compararlos con otros que no las recibieron, no encontraron diferencias. La razón fundamental es que “el 50 por ciento de la población se ve obligada a hacer sus deposiciones a cielo abierto por la dramática carencia de instalaciones sanitarias. El nivel de contaminación produce infecciones bacterianas que dañan el sistema digestivo y no pueden metabolizar los alimentos”.

Oxfam Intermón presentó un mes atrás en Madrid un documento que revela el retroceso en la distribución de los ingresos en el planeta. La cantidad de millonarios en dólares pasó de 10 millones en 2009 a 13,7 millones en 2013. Las 85 personas más ricas del mundo tienen el mismo patrimonio que la mitad más pobre de la humanidad. Cualquiera de ellas necesitaría tres vidas de 80 años para gastar, a razón de un millón de dólares por día, la totalidad de sus riquezas.

Puerto Madero, San Isidro, Vicente López y el proyecto Costa del Plata (Avellaneda – Quilmes) delinean una franja costera del río con un nivel de vida nórdico. En cambio la otra costa, la del Riachuelo al sur, que apila villas y asentamientos envenenados, arrastra un nivel de vida subsahariano. La desigualdad divide la tierra a hachazos. Desde la villa 31 se ve el Sheraton y el edificio cilíndrico que lleva la marca (Claro) de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Paradigmas.

El informe de Oxfam documenta una obviedad: la desigualdad extrema aniquila la movilidad social. Quien nace pobre morirá pobre. Y sus hijos y sus nietos heredarán su pobreza. Como los hijos y los nietos de las mil familias privilegiadas heredarán por los siglos la marca del privilegio sin el menor esfuerzo.

América Latina, la región más desigual del planeta (no la más pobre) acumula 41 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo. Se cometen más crímenes que en Somalía y Haití.

El fundamentalismo del mercado y la apropiación de las democracias por parte de los poderes de elites necesita la expulsión de gran parte de la población mundial que se expande, intenta alimentarse, ocupa territorios y llega en barcazas precarias a las costas de la Europa rica que los repele y los ahoga. Y que antes endeudó a sus países y los dominó con la soga de la usura por una insolvencia histórica y provocada. “El capitalismo debe volverse el esclavo de la democracia y no lo contrario”, dice el francés Thomas Piketty, analizando la desigualdad desde una tercera mirada que intenta superar al capitalismo inhumano, única alternativa desde el derrumbe del muro.

Para Frei Betto la desigualdad “no es un problema económico, sino ético”. En coincidencia con Piketty: “desde un punto de vista estrictamente económico, no hay salida. Hay soluciones políticas”. Las cifras de crecimiento del PBI que algunos países enarbolan como victorias “no significan más calidad de vida y de felicidad a su población”. El ejemplo es brutal: “si el despalamiento de la Amazonía —pelada ahora en un 17 por ciento de su área total— aumenta, más se introducirán allí el agronegocio y rebaños inmensos, lo que haría crecer el PBI, así como reducir el equilibrio ambiental y nuestra calidad de vida”.

La ONU tiene una Unión para la Conservación de la Naturaleza, como tantas fachadas para suavizar la verdadera cara de las naciones que se unen y para qué se unen. "La degradación del medio ambiente puede atribuirse a menos del 30% de la población mundial. El 7% más rico (unos 500 millones) es responsable del 50% de las emisiones de dióxido de carbono, mientras que el 50% más pobre produce sólo el 7% de las emisiones totales”, dice.

El sufrimiento ambiental, como lo llama el sociólogo Javier Auyero, ha sido obviado durante décadas por las ciencias sociales. Hoy Oxfam cita a la ONU y queda clara la responsabilidad de los desastres ambientales en cada rincón del mundo. Pero además, son los desechos sociales las víctimas de ese sufrimiento: “los pobres no respiran el mismo aire, no toman la misma agua, ni juegan en la misma tierra que los otros. Sus vidas no transcurren en un espacio indiferenciado sino en un ambiente, en un terreno usualmente contaminado que tiene consecuencias graves para su salud presente y para sus capacidades futuras”. Desde los niños desnutridos de la India que no pueden metabolizar alimentos por las infecciones digestivas hasta los chicos de Inflamable y de la Villa 20 que consumen plomo en el aire, en la tierra y en el agua hay una línea transversal que supera el hambre como problema. Y profundiza una escisión social que no vislumbra una confluencia al menos en este ciclo de la historia.

Frei Beto también acude a la ONU para concluir en que con 6.000 millones de dólares todos los niños del mundo accederían a la educación básica. Estados Unidos gasta en cosméticos 8.000 millones. El agua y la sanidad estarían a la mano del mundo con 9.000 millones. Europa gasta 15 mil millones en bebidas alcohólicas. Y más de un billón en armas y equipamiento para matar.

En el mundo donde el fin de la historia parece ganar la partida y el neoliberalismo insiste en perimir el concepto de derecha e izquierda, Norberto Bobbio aparece como un náufrago en estas costas para definir aquello que no murió. Mientras la izquierda sostiene que la desigualdad es el resultado de una construcción social y es posible transformarla, la derecha la asume como un estado natural, inexorable y valorativo del esfuerzo individual. El problema de los hachazos que dividen al mundo en dos mundos (uno áureo, bañado en champanes y eructando placer y otro atribulado, cesanteado, desnudo y solo) es ético, como quiere Frei Beto; político, como asegura Piketty. Y un fracaso estruendoso de la condición humana.

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