miércoles, 10 de diciembre de 2014

Los secuestros de la iglesia de la Santa Cruz: Los delatados por el "Angel de la Muerte"

Irina Santesteban (LA ARENA)

Hace 37 años el Grupo de Tareas de la ESMA secuestraba a doce personas que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz en Buenos Aires, entre ellas a la primera presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor.

El año 1977 fue quizás uno de los más sangrientos del terrorismo de Estado que se enseñoreó en nuestro país luego del golpe que, un año antes, el 24 de marzo, habían protagonizado las Fuerzas Armadas y las clases dominantes. Aunque la represión había comenzado con los grupos parapoliciales durante el gobierno de Juan Domingo Perón, y se agravó notablemente con el de su esposa Isabel, fue a partir del golpe de Estado que el plan de aniquilamiento se desarrolló en toda su barbarie.

Ese plan no era sólo desaparecer y asesinar a militantes y destruir a las organizaciones revolucionarias, los sindicatos, la militancia estudiantil, etc., sino que formaba parte de una estrategia continental, que en Argentina incluía someter a nuestro país a la voracidad de los capitales trasnacionales, que entre otros males produjeron un enorme endeudamiento, uno de los resortes de la dependencia denunciado por Fidel Castro en 1985.

La ESMA

El grupo de tareas de la ESMA, comandado por el capitán de fragata Jorge "el Tigre" Acosta, fue uno de los más activos en la represión a las organizaciones revolucionarias, en particular, contra los Montoneros. Pero los testimonios de los sobrevivientes y las declaraciones de los testigos en los juicios que se desarrollan desde hace varios años, para juzgar y condenar los crímenes de lesa humanidad, demuestran que fueron muchas y variadas las organizaciones y grupos que pasaron por la Escuela de Mecánica de la Armada, la tenebrosa ESMA.

Afortunadamente, hoy a 37 años de esos hechos, ese lugar es desde 2004 un Espacio para la Memoria, para talleres y actividades culturales, sociales y políticas que reflejan lo que pasó en ese lugar, y que intentan enseñar a las nuevas generaciones parte de la historia reciente de los argentinos.

Una iglesia comprometida

En abril de 1977 comenzaron las primeras reuniones de mujeres que buscaban a sus hijos detenidos, secuestrados y/o desaparecidos, yendo a dependencias oficiales, comisarías, cárceles, tribunales, en distintos lugares, etc. intentando que algún funcionario les respondiera sobre el paradero de sus hijos. Cuando fueron rechazadas por los policías en la Plaza de Mayo, a la orden de "circulen", ellas les hicieron caso y comenzaron a circular. Así nacieron las rondas de los jueves. Primero fueron unas pocas, luego se sumaron más y más mujeres, hasta transformarse en miles las que reclamaban a los militares sobre el destino de los desaparecidos.

Fue Azucena Villaflor, la primera de esas madres que tuvo la idea de caminar alrededor de la pirámide de esa plaza, ella venía de extracción obrera, había sido trabajadora de la empresa Siam antes de casarse con Devicentis, con quien tuvo cuatro hijos. El segundo fue secuestrado y buscándolo es que ella viajaba de La Plata a Buenos Aires, para reunirse con sus compañeras y comenzar los primeros pasos en lo que sería una organización reconocida en el mundo entero: las Madres de Plaza de Mayo.

Además de las rondas, Azucena y otros familiares, entre ellas las madres Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz, aprovechando la buena predisposición del padre Mateo Perdía, cura párroco de esa iglesia. En el libro "Vida y Luchas de Vanguardia Comunista", la historiadora María Laura Ortiz refiere que "era algo arriesgado para el religioso en el contexto dictatorial en que se vivía, sobre todo teniendo en cuenta que un año antes (en julio de 1976) se había masacrado a tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos en la Iglesia de San Patricio".

Mateo Perdía era tío del dirigente montonero Roberto Perdía, y fue por ello que para los militares esa Iglesia era una "cueva de montoneros y comunistas".

En el libro "Putas y Guerrilleras", de la Editorial Planeta, de las periodistas Miriam Lewin y Olga Wornat, ésta cuenta la historia de Silvia Labayru, secuestrada en la ESMA con cinco meses de embarazo, a quien le permiten tener a su hija y se la entregan a sus abuelos. Pero a cambio le exigen "colaboración", y fue así que tuvo la triste tarea de acompañar a Alfredo Astiz a las reuniones que se hacían en la Iglesia de la Santa Cruz, donde el marino se había infiltrado haciéndose pasar por el hermano de un desaparecido. Bajo el nombre de Gustavo Niño, Astiz y Silvia, a quien presentaba como su hermana, concurrían a las reuniones y se fueron ganando la confianza del grupo. Astiz se acercó a los más combativos, a los que oficiaban de organizadores de ese incipiente grupo, y cuentan los testimonios que la propia Azucena Villaflor le había tomado mucho cariño.

En el mencionado libro, Wornat refiere que el "Tigre" Acosta decidió el fin del ese grupo cuando Astiz le trajo un volante de Vanguardia Comunista, que supuestamente le había dado la monja francesa Alice Domon, una de las religiosas que concurría a esa iglesia y que colaboraba con la incipiente organización de los familiares de los desaparecidos.

"¿Qué va a decir el mundo ahora cuando sepa que hay una monja comunista?", gritaba Acosta, según el testimonio de Silvia Labayru.

Solicitada

Una de las tareas que promovieron en la Iglesia de la Santa Cruz fue juntar fondos para publicar una solicitada denunciando lo que estaba pasando en Argentina con los desaparecidos. Se iba a publicar en el diario La Nación el día 10 de diciembre de 1977, por el Día de los Derechos Humanos.

El 8 de diciembre se habían citado para juntar el dinero y llevarlo junto al texto de la solicitada, al diario, para su publicación. A la salida de la iglesia, en un procedimiento que incluyó varios autos y numerosos efectivos del Grupo de Tareas, se llevaron a siete personas: a las madres Esther Ballestrino de Careaga, María Eugenia Ponce de Bianco, a la monja francesa Alice Domon y a los militantes Ángela Auad, Eduardo Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo.

Ese mismo día fue secuestrado el artista Remo Berardo, quien colaboraba con el grupo de la iglesia, lo buscaron en su domicilio, que Astiz conocía por la relación que había entablado con él. Ortiz refiere en el libro ya mencionado, que Berardo era discípulo y una especie de "hijo adoptivo" del famoso pintor Benito Quinquela Martín.

No terminó allí la macabra labor de Astiz ese 8 de diciembre, en el bar "Comet", en la esquina de Av. Paseo Colón y Belgrano, fueron secuestrados Horacio Elbert y José Fondevila, también integrantes del grupo que se reunía en la Iglesia de la Santa Cruz.

Y dos días después, el grupo de represores de la ESMA daba la estocada final a ese operativo, con el secuestro de Azucena Villaflor, en su barrio, cuando había ido a comprar el diario para ver la solicitada, que finalmente había sido publicada. Ese mismo 10 de diciembre, secuestraron a la otra monja francesa, LeonieDuquet, que aunque no pertenecía al grupo de la iglesia ni colaboraba con las Madres, se cree que Astiz consideraba que podía reconocerlo, por haber acompañado a Alice Domon al atelier de Berardo, y haberlo visto allí.

Juzgados y condenados

Estos crímenes cometidos contra el denominado "grupo de la Santa Cruz" fueron juzgados en la causa ESMA II, y fueron condenados Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Héctor Febres y Antonio Pernías, entre otros marinos.

Los integrantes del grupo de la "Santa Cruz" fueron llevados a la ESMA donde sufrieron brutales torturas, ni siquiera con las madres y las monjas tuvieron compasión los integrantes de la patota de la Armada. Y luego fueron asesinados mediante los macabros "vuelos de la muerte", metodología que fue revelada por las confesiones del marino Scilingo: se les aplicaba a los detenidos una inyección de pentotal para adormecerlos, se los subía a los aviones de la marina y luego se los arrojaba, vivos, a las aguas del Río de la Plata.

Los restos de cinco de los doce secuestrados en esas dos trágicas jornadas, fueron descubiertos unos días después de su desaparición: el día 21 de diciembre de 1977. Habían sido arrastrados por el mar hacia las costas de una playa de Santa Teresita, en la provincia de Buenos Aires. Se los enterró como NN en el cementerio de General Lavalle, y permanecieron 28 años allí hasta que fueron identificados en 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Así se pudo saber que esos restos pertenecían a Angela Auad, María Eugenia Ponce de Bianco, Esther Ballestrino de Careaga, Azucena Villaflor de Vicenti y LéonieDuquet, todas ellas integrantes del grupo de la Santa Cruz.

En la plaza y en la iglesia

Las cenizas de esas cinco mujeres fueron sepultadas en los lugares emblemáticos donde desarrollaron su lucha: AngelaAuad, Ponce de Bianco, Ballestrino de Careaga y Duquet están sepultadas en la Iglesia Santa Cruz. Los restos de Azucena Villaflor descansan en la Plaza de Mayo.

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