martes, 30 de diciembre de 2014

¡Que (no) vienen los rusos!

Àngel Ferrero (LA MAREA)

El rublo se desplomó el pasado 16 de diciembre y su caída ensordeció a Occidente. Oficialmente, en Bruselas y en Berlín se celebró el traspié de la divisa rusa como un éxito de las sanciones. Pero una vez se marcharon las cámaras las sonrisas se torcieron. La política de sanciones no cuenta con el apoyo de todo el mundo, al menos con la misma intensidad. En la teoría, esta medida -una versión más sofisticada que el clásico embargo comercial- tiene como objetivo atacar la línea de flotación de la economía de un país para que su gobierno modifique sus políticas o, en última instancia, su población, descontenta con las estrecheces producto de las sanciones, presione al gobierno para que las cambie o incluso provoque la caída del ejecutivo. En la práctica, el efecto de este tipo de medidas es cuestionable, y, en cualquier caso, quienes realmente sufren las consecuencias de las sanciones -en este caso mutuas- son, como señaló en su momento la eurodiputada de Izquierda Unida Marina Albiol, los trabajadores tanto de la Unión Europea como de Rusia.

A diferencia de lo que ocurría durante la Unión Soviética, hoy la economía rusa está mucho más integrada en la economía mundial. Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, declara que las sanciones contra Rusia tendrían un efecto bumerán se refiere exactamente a eso. La pérdida de poder adquisitivo del ruso medio repercutirá casi con toda seguridad, por ejemplo, en el turismo mediterráneo, y aunque sus consecuencias no se notarán hasta 2015, los resultados del sector para este año no auguran nada bueno. Según publicaba La Vanguardia en agosto, las cifras oficiales apuntaban a una caída del 14% en junio, un 18% en julio y un 20% en agosto. La debilidad del rublo son malas noticias para el sector, porque el turista ruso se encontraba entre los que más días pasaba en España y más gastaba, tanto en restauración como en compras. Los principales destinos de los turistas rusos eran Cataluña (donde se concentraba hasta el 60% de los viajeros rusos), la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía. Los rusos sustituirán destinos como España, Italia o Grecia por alternativas más asequibles como Crimea, Turquía o Egipto. El pasado miércoles, la directora de la Asociación de Touroperadores de Rusia (ATOR), Maya Lomidse, informó en una conferencia de prensa de que el número de viajes ha caído entre un 40 y un 50% en 2014 con respecto al año anterior. El problema ya no es que vienen los rusos, sino que no vienen.

Alemania quiere una política de buena vecindad

A pesar del tradicional proamericanismo de la plana mayor de los medios de comunicación alemanes, las voces de preocupación se comienzan a oír aquí y allá. En una reciente entrevista al semanario Der Spiegel, el ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, tras expresar su preocupación por el estado actual las relaciones germano-rusas, pedía una “relación de buena vecindad con Moscú” y se oponía al establecimiento de nuevas sanciones. “Quien desee poner de rodillas a la economía rusa se equivoca por completo si cree que con eso traerá una mayor seguridad a Europa.” Rusia, según el ministro de Exteriores alemán, se encuentra en “una crisis económica y financiera que ciertamente tendrá un impacto en su política nacional. Y no está entre nuestros intereses que descienda a una espiral fuera de control.” Steinmeier proponía como solución explorar el diálogo entre la Unión Europea y la Unión Económica Euroasiática. No es el único. Según un estudio para la agencia de noticias rusa Sputnik, un 40% de los alemanes cree que deberían levantarse las sanciones contra Rusia (la cifra más alta en toda Europa), contra un 38% que cree que deberían mantenerse y un 14% que pide que se incrementen.

Motivos para la preocupación no faltan: según un experto citado por Sputnik, los bancos y empresas rusas tienen la mayor parte de su deuda con bancos alemanes, 6 000 empresas alemanas operan en Rusia y, según Rainier Lindner, Presidente del Ost-Ausschuss der Deutschen Wirtschaft (que agrupa a las empresas con intereses en Europa oriental y Rusia), hasta 300 000 puestos de trabajo en el país dependen de las relaciones comerciales con Rusia. La balanza comercial entre ambos asciende a 76.500 millones de euros -40.500 millones en exportaciones (principalmente maquinaria, automóviles y compuestos químicos) y 36.000 millones en importaciones (hidrocarburos y materias primas sobre todo)-.

Uno de los pilares de la economía alemana son las exportaciones, que en julio alcanzaron la cifra récord de 100.000 millones de euros. Las grandes empresas habían depositado sus esperanzas en que los países emergentes compensasen la caída de exportaciones a la eurozona, pero la caída del precio del petróleo y del consumo en el hemisferio occidental frenan precisamente su crecimiento, y la hoja de parra que tapaba las vergüenzas de la economía alemana, de repente, cae. “En los despachos reina el miedo”, escribe Arnold Schölzel para el junge Welt. “La crisis no está superada y el próximo crash podría llegar en cualquier momento.” Mientras el oasis alemán se descubre como un espejismo y los alemanes comienzan a despertar de su embeleso -por el lado malo, como demuestran las manifestaciones de Pegida-, los consorcios en el país comienzan a anunciar para 2015 planes de reestructuración y despidos. Daimler, por ejemplo, suprimirá uno de cada diez puestos de trabajo de su factoría en Düsseldorf. Una crisis en Rusia como la que desean los mandarines de los think tanks occidentales arrastraría en su caída a la economía alemana en un momento particularmente complicado no sólo para Alemania, sino para toda Europa. Igual que ocurre con el turismo, si su poder adquisitivo declina, muchos rusos dejarán de comprar electrodomésticos y automóviles alemanes y los sustituirán por las versiones más baratas de sus competidores asiáticos. A los halcones de la Secretaría de Estado de Estados Unidos les espanta desde hace más de una década la posibilidad de que Alemania dé marcha atrás en la política de integración euroatlántica, no por otro motivo que el de la mera defensa de sus intereses económicos. Estados Unidos ya ha puesto el pie en el acelerador para la firma del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP). Pero la partida va para largo.

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