martes, 30 de diciembre de 2014

Ucrania pidió entrar a la OTAN y Rusia está en alerta

Emilio Marín (LA ARENA)

Uno de los grandes conflictos del año fue el de Ucrania. Allí pasó de todo: golpe de Estado, separación de Crimea, apoyo ruso a los federalistas y sanciones de Estados Unidos y Europa. Soplan más vientos de guerra contra Rusia y ésta se defiende.

La historia se puede contar desde el final, cuando está finalizando 2014, porque resulta muy difícil predecir qué va a pasar en 2015 en este conflicto nacional pero también regional y mundial.

El presidente ucraniano Petro Poroshenko ratificó la solicitud de ingreso a la OTAN, con el falso argumento de que es la mejor manera de defender su independencia. El cuco sería Moscú, a quien acusa -él y quienes están por encima suyo, Barack Obama y Angela Merkel-, de haber intervenido militarmente en apoyo de las fuerzas separatistas (léase federalistas) del este y sur.

La Rada Suprema de Kiev, su parlamento, votó salir del Movimiento de Países No Alineados y dejar de ser neutral, para ser el socio número 29 de la nada pacífica OTAN. La misma poco tiene que ver con su nombre de Organización del Tratado del Atlántico Norte: actúa en forma imperial en el Atlántico Sur (base en Malvinas), derroca gobiernos en Yugoslavia, Libia e intenta hacerlo actualmente en Siria, invadió Afganistán e Irak.

Con todas esas tareas poco democráticas a nivel mundial, la OTAN viene priorizando acercar sus tropas y bases a la frontera con Rusia, y moverse hacia el Este, donde también está China, otro gran adversario.

Por eso sumó como miembros del pacto a países que habían pertenecido a la ex URSS: República Checa, Hungría y Polonia en 1999; Estonia, Letonia y Lituania, Bulgaria, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia en 2004. En esas porciones de Europa Oriental montó su "escudo antimisiles" para desarmar cualquier intento defensivo ruso, incluyendo contraofensivas posibles, y poder avanzar como OTAN en esa dirección asiática sin temor a represalias.

El pacto tiene 28 socios y quiere sumar a Kiev. Es un bluff. La va de "europea" y con sede en Bruselas, su secretario general es el ex primer ministro noruego Jens Stoltenberg, que sustituyó en octubre al danés Anders Fogh Rasmussen, pero quien tiene la sartén por el mango es Estados Unidos. Tan es así que, por caso, el comandante militar de la ISAF en Afganistán, otra invasión veterana de la OTAN, es el general John Campbell, estadounidense.
Por eso el anuncio de la Rada y el presidente Poroshenko de que insistirán en su ingreso a esa organización político-militar dirigida por Washington, prendió todas las alarmas en Moscú. El proyecto atlantista fue publicitado ya en agosto pasado pero ahora tiene visos de concretarse.

Rusia no afloja

Tener a la OTAN pegada a sus costillas no causa ninguna gracia a Rusia, que ve en eso una traición a los compromisos tomados por esa entidad en 1997, de no poner en riesgo la seguridad rusa.

El presidente Vladimir Putin y el primer ministro Dmitri Medvedev reaccionaron con firmeza frente a aquel anuncio, que no será objeto de un plebiscito. Kiev está pidiendo la membresía atlantista por decisión de su presidente chocolatero y 303 parlamentarios.

Las autoridades rusas dijeron que esos anuncios son una cuestión política propia de Ucrania, pero que en caso de llevarse a cabo en el terreno práctico y militar, conducirá a una ruptura total de relaciones entre Rusia y la OTAN. Nótese que Ucrania pasaría a un plano secundario, poniéndose por delante la entidad con sede en Bruselas y mando instalado en Washington.

Había expectativas en la OTAN de que el gobierno ruso aflojara, teniendo en cuenta el ingreso de Ucrania, pero también por otros factores que inducían a pensar así. A lo largo de este 2014 y a raíz de la crisis ucraniana, Estados Unidos y la Unión Europea han votado varias sanciones comerciales y financieras contra empresas rusas y allegados al Kremlin.

Bruselas creyó que el blindaje económico moscovita se podría aflojar debido a las abruptas bajas del petróleo en el mercado mundial, que pasó de valer 100 dólares el barril a unos 55 en pocos meses. Buena parte de la economía rusa se basa en su fortaleza energética y las exportaciones de crudo y gas.

Es cierto que tales debilidades se vienen produciendo en los ingresos rusos y su economía en general. El rublo atraviesa su momento de mayor debilidad frente al dólar y el euro, depreciándose (1 dólar, 80 rublos; 1 euro, 100 rublos).

Frente a las sanciones, Putin ordenó la devolución de gentilezas, dejando de comprar por un año alimentos procedentes de Estados Unidos, la UE, Australia, Canadá y Noruega. Fue como decirles: si ustedes no compran nuestros productos, nosotros tampoco importaremos los suyos. Moscú tiene buen vínculo con el BRICS y la comunidad internacional, y puede reemplazar perfectamente esas provisiones negadas por las sanciones.

El jefe del comité de política económica del Senado ruso, Ígor Rudenski, estimó que quienes saldrían perdiendo con las sanciones será la Unión Europea. En 2015 las sanciones unilaterales podrían costar a la economía europea 62.000 millones de dólares, por menores ventas, dijo.

En su discurso ante la Asamblea Federal del 4 de diciembre, Putin redobló la apuesta. Dijo que "las llamadas sanciones y limitaciones externas son un estímulo para conseguir nuestros objetivos de manera más eficaz y rápida; debemos crear tecnologías nuevas, fabricar productos competitivos, reforzar la industria y el sistema financiero y formar a especialistas". Yendo más a fondo y basándose en su vasto mercado interno, los recursos naturales y logros científicos propios, pidió "reducir la dependencia crítica de las tecnologías y productos industriales occidentales en particular en cuanto a los equipamientos y los dispositivos, la maquinaria para el sector energético y los equipos para explorar los yacimientos de la plataforma ártica".

En suma, que las sanciones occidentales pueden ayudar a una Rusia más independiente, tecnológica e industrialmente hablando.

Treguas que se rompen

¿Cómo evoluciona este conflicto entre la OTAN y el gobierno ucraniano, de una parte, y Rusia y las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk de otra parte?

Si se toma en cuenta el intercambio de prisioneros que hubo al día siguiente de la Navidad, se podría pensar que la tensión tiende a aflojarse. Ese día las partes intercambiaron prisioneros: Kiev entregó 222 presos y los rebeldes prorrusos 145, según datos de la agencia rusa RIA Novosti.

Esos gestos de distensión suelen adoptarse tras conversaciones de las partes en Minsk, la capital de Bielorrusia. Fue en ese lugar, en setiembre pasado, donde los sectores enfrentados de Ucrania firmaron una tregua, basándose en una propuesta del presidente ruso. Sin embargo, más allá de ese gesto humanitario de intercambiar prisioneros, no se ven bases firmes para solucionar el conflicto de fondo.

¿Cuál es el asunto capital? Que las regiones federalistas citadas quieren lograr una independencia plena respecto a Kiev, para luego decidir su destino. Tienen muy presente que en la península de Crimea, inmediatamente luego del golpe de Estado proyanqui y proeuropeo en la capital ucraniana, los pobladores de Crimea votaron masivamente su independencia para pedir su incorporación a la Federación Rusa, que pudieron concretar. De hecho los milicianos federalistas de esa península tuvieron el apoyo de militares rusos que ocuparon bases y posiciones allí y aseguraron el regreso de esa zona rusa parlante a su condición anterior a 1953, cuando Nikita Kruschev la donó a Ucrania.

Pero tal salida les fue bloqueada a Donetsk y Lugansk, manu militari de por medio. Allí comenzó una batalla que ha costado alrededor de 5.000 muertos y donde en los últimos meses la peor parte la llevaron los militares ucranianos. Los rebeldes, además de esos dos frentes exitosos, lanzaron contraofensivas que les permitieron tomar la ciudad de Novoazóvsk, a unos 45 kilómetros de Mariupol, en las costas del mar Negro. A esto se lo llamó la apertura del tercer frente en el este de Ucrania, además de los desplegados en torno a las otras dos repúblicas populares.

La tregua firmada en Minsk no tiene consistencia para poder llegar a la paz. Los federalistas se sienten victoriosos en el campo de batalla y mantienen su demanda de autonomía plena. Poroshenko, sintiéndose débil, acude por auxilio a la OTAN y amenaza con aplicar la ley marcial en todo el territorio, pretendiendo que se vote una autonomía limitada para aquellas regiones. En vez de discutir con sus representantes electos, los acusa de ser títeres de Moscú. Putin, por su parte, declaró que no sabe si debe debatir con el mandatario ucraniano o bien con los jefes de la OTAN, que serían sus controlantes.

Los rusos, que no son ningunos tontos, vienen tomando sus recaudos.

En lo político, acaban de actualizar su doctrina militar, calificando a la OTAN como el mayor peligro externo para Rusia. E informaron que las Fuerzas de Misiles Estratégicos de Rusia mantienen diariamente listos para un lanzamiento inmediato unos 400 misiles, según el comandante de esa fuerza, coronel general Serguéi Karakáev, respaldado por el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú.

Lejos de apostar a la paz, la administración Obama llevaría a Kiev buena parte del material pesado de guerra que va a retirar de Afganistán. No parece una mera sensación: soplan vientos de guerra en Ucrania.

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