lunes, 1 de diciembre de 2014

Un viaje hacia las utopías revolucionarias (CLXXIV): “Clandestino”

Manuel Justo Gaggero (especial para ARGENPRESS.info)

En aquellos días, de octubre de 1974, y cuando me encontraba en la casa del médico de Chacabuco, suegro de Osvaldo Acosta, que me había “refugiado” solidariamente hasta que me prepararan los documentos con mi nueva identidad escuche, por la radio, que había sido abatido el Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile, Miguel Enríquez.

La noticia me entristeció. Este era un joven médico de sólo 30 años que se había convertido en el enemigo número uno de la dictadura pinochetista y por lo tanto el más buscado por la siniestra DINA.

Fundador de esta organización, nacida en agosto de 1965, que formaba parte de la Junta Coordinadora Revolucionaria junto con el ELN boliviano, el MLN-Tupamaros del Uruguay y el PRT-ERP de la Argentina; había sostenido una posición de apoyo crítico al gobierno de la Unidad Popular, que encabezara Salvador Allende.

Descreía de la “vía chilena al socialismo” ya que sostenía que las clases dominantes y los Estados Unidos no permitirían que, por la vía electoral, se iniciara un proceso de liberación nacional y social.

Los hechos y, el golpe del 11 de setiembre de 1973, le dieron la razón.

En ese momento, reivindicando el pensamiento del Che, planteo la necesidad de resistir la asonada golpista y organizar una fuerza guerrillera que, por la vía armada, se propusiera construir una sociedad de iguales -la sociedad socialista-, liberando a Chile de las ataduras con el imperio.

Pese a su postura tenía una estrecha relación con el Presidente Allende y este le había ofrecido que se hiciera cargo del Ministerio de Salud.

No acepto el convite, por tener serias diferencias con varios de los partidos que integraban la Unidad Popular.

Alicia Eguren lo admiraba y lo consideraba uno de los cuadros mejor formados de la izquierda chilena; altamente influenciado por la Revolución Cubana.

Este vínculo y el reconocimiento del pueblo cubano determinó que el canta autor Pablo Milanés escribiera, en su homenaje, la canción, transformada en un himno por la libertad de la patria de Pablo Neruda: “Yo pisare las calles de Santiago, nuevamente…”.

Finalmente concluyó mi “asilo” en la tierra de Haroldo Conti y, luego de una cena en un restaurante de las afueras de la ciudad que compartiera con mi anfitrión, regresé a Buenos Aires; con un aspecto físico adaptado a la condición de clandestino.

Voló el cabello largo y el bigote tipo candado y unos poderosos anteojos cubrían parte del rostro. .

Con esta imagen me había sacado las fotos para el o los documentos.

Me encontré con Susana, en la plaza que quedaba frente al viejo penal de Las Heras ya inexistente, y en él que había sido fusilado el General Valle, en aquella fatídica noche del 12 de junio de 1956.

Este, encabezó un intento de restauración del peronismo, reprimido a sangre y fuego por la dictadura contrarrevolucionaria, que se hiciera con el gobierno, el 16 de setiembre de 1955. .

Me entregó un DNI a nombre de Luis Vélez y un carnet de “procurador”.

Me pidió el documento legal para destruirlo ya que, me señalo, que si uno lo conservaba tendía a usarlo, indistintamente, generando problemas de seguridad.

Así asumí la nueva identidad.

Lo primero que pensé fue en viajar a Santa Fe.

En esa ciudad vivía Rafael Perez -el “Negro”- con el que compartimos la defensa de los compañeros de Catamarca y la denuncia por la “Masacre de Capilla de Rosario”.

En la pequeña ciudad del puente colgante, este estaba en una situación de mucha vulnerabilidad.

Lo conocía desde la época que juntos a otros compañeros -Mario Geller y Néstor Verdinelli-, constituimos, en la Universidad Nacional del Litoral, la Juventud Universitaria Peronista.

Consecuente defensor de presos políticos, de sólida formación marxista, fue el que se recibió de abogado, más joven, de mi camada; con sólo 21 años. .

Al llegar a su casa me estaban esperando su compañera y dos colegas, compañeras y amigas, Marta Adelina Zamaro y Nilsa María Urquía, que me contaron que el “Negro”, siguiendo la decisión del grupo, había ingresado a la Embajada de México; solicitando asilo político.

Me sorprendió la novedad, pero me pareció acertado el camino elegido por mi amigo.

Cuando estábamos charlando llamo por teléfono desde la sede diplomática azteca y, al contarle Lichi, que me encontraba en su casa, me dijo “que haces ahí te van a matar”.

Al regreso a la capital me integré a un equipo, ya como miembro del PRT, que le llamaban “legal”.

Su denominación, a mi juicio, no era la más ajustada a las tareas que debíamos llevar adelante.

Su responsable era Eduardo Merbilaha -“Alberto”- al que conocía desde 1971 porque militaba en La Plata y mantenía una fuerte relación con Susana.

Este integraba el Buró Político y tenía una mirada amplia y respetuosa de las diferencias entendiendo que nuestra tarea era “unir la diversidad”.

Formaban parte del equipo: Susana, que estaba a cargo de las tareas de solidaridad, Enrique, responsable de la Juventud Guevarista y un compañero, que no recuerdo su nombre, que atendía la relación con los escritores y cineastas vinculados a la organización.

Yo seguiría visitando a los dirigentes políticos democráticos para llevar adelante la conformación del “Frente Amplio Antifascista”; que se había votado en el Congreso del FAS realizado en Rosario; del que he dado cuenta en esta saga.

Luego de esta primera reunión, Alberto me dijo que el Partido pensaba que debía alquilar un departamento en otro lugar, ya que mi hermana y mi madre, junto con Enrique, el hijo de aquella, se quedarían a vivir en el de Uriarte.

A nosotros nos pareció una excelente idea y nos avocamos a la búsqueda de la nueva casa y al mismo tiempo a pensar en qué lugar podían cursar la escuela los chicos-Manolo ya con casi 10 años, Mauri con 6 y Mariano con 5; el próximo año escolar.

Al mismo tiempo que resolvíamos estos problemas analizábamos el escenario caracterizado por una represión creciente y por importantes victorias del movimiento obrero.

Por un lado, el Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba, pasó a la clandestinidad para enfrentar una parodia de procedimiento “legal” llevado a cabo por una justicia cómplice con la intervención federal; en el marco de allanamientos y detenciones de trabajadores de EPEC, llevados a cabo por la patota policial, encabezada por Héctor García Rey.

En sus comunicados el gremio, liderado por Agustín Tosco que había conformado una “Dirección Sindical en la Resistencia”, convocaba a todos los trabajadores a organizarse desde abajo para enfrentar a los represores; exigiendo, además el levantamiento de la ilegal intervención a la organización sindical.

A su vez el Ministerio de Trabajo del régimen “isabelino”, encabezado por un burócrata del grupo de Lorenzo Miguel, decide retirarle la personería gremial a la Federación Grafica Bonaerense y clausura la mítica sede de esta, en la que había funcionado la C. G. T de los Argentinos; ubicada en la calle Paseo Colón.

Contemporáneamente era detenido y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, el Secretario General de la misma Raymundo Ongaro.

Al mismo tiempo se incrementa la represión a la filial del SMATA de Córdoba que lideraba el “Negro” Renee Salamanca.

Como contrapartida se impone, en la Seccional de Villa Constitución de la Unión Obrera Metalúrgica, la lista Marrón encabezada por Alberto Piccinini.

Alberto me propuso que viajara a Córdoba para reunirme con Agustín, que estaba refugiado en las sierras, para llevarle nuestro apoyo, al mismo tiempo que les planteara a Oscar Alende, Bernardo Alberte, Horacio Sueldo y Raúl Alfonsín, entre otros, que publicaran una solicitada exigiendo el cese de la represión y la libertad de los detenidos.

Inicié mi viaje a la docta que vivía un clima enrarecido por la represión legal y de las bandas paraestatales.

¿Cuál fue el resultado del viaje? ¿En qué condiciones se encontraba el movimiento popular en las postrimerías del año 1974? ¿Cuál fue el impacto de la ejecución de Alberto Villar, organizador de la Triple A y que asumiera la Jefatura de la Policía Federal, por decisión del General? Estos y otros temas abordaremos en nuestra próxima nota.

Manuel Justo Gaggero es abogado. Ex Director del diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre” y “Diciembre 20”.

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