martes, 28 de enero de 2014

Dualidades de América Latina (II): Bloques y Gobiernos

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

Estados Unidos no se desinteresa de América Latina. Con una diplomacia más afable despliega tropas para reorganizar su dominación. Todas las potencias apetecen los recursos naturales de la región. El avance europeo se ha detenido y la presencia china se acrecienta, disputando negocios pero no preeminencia político-militar.
El objetivo del ALCA resurge con el Tratado del Pacífico. El NAFTA ilustra las consecuencias sociales de estos convenios, que la burguesía mexicana utiliza para internacionalizar sus negocios. Existe una estrecha conexión entre esos acuerdos y los gobiernos derechistas, que no se renuevan sólo por medios constitucionales. El golpismo ha reaparecido en los pequeños países y fracasó en sus intentos de mayor alcance.
Brasil encabeza otro bloque con metas más autónomas de regionalismo capitalista. Se ha consolidado como sub-potencia semiperiférica y adopta posturas ambivalentes frente a Estados Unidos. Ese posicionamiento conduce al estancamiento del MERCOSUR. El país se expande en forma multilateral y evita los costos de la integración. Su opción por el agro-negocio limita la intervención geopolítica de UNASUR y CELAC.
Argentina ha quedado relegada y sujeta a imprevisibles vaivenes. Ya afloran los límites de una recuperación que preservó la renta y el comportamiento burgués improductivo. Los presidentes de centroizquierda son afines, pero el Lulismo gobernó desmovilizando y asimilando al PT al sistema. El Kirchnerismo reconstruyó el estado afrontando luchas sociales. Estas condiciones disímiles determinaron políticas económicas distintas. La tesis pos-liberal sobrevalora la gravitación del bloque autónomo sudamericano y la visión opuesta diluye la singularidad de este alineamiento.

Los alineamientos geopolíticos en América Latina están condicionados por la acción de Estados Unidos, que reforzó su presencia en Centroamérica y mantuvo gravitación en Sudamérica.

Coerción para recuperar hegemonía

La primera potencia mantiene su influencia desplegando fuerzas militares. El Comando Sur de Miami que supervisa este control, cuenta con más personal civil dedicado a Latinoamérica, que todos los departamentos asignados a la misma zona en Washington.

Esta preeminencia del Pentágono se acentuó con la instalación de siete bases de gran alcance en Colombia. En ese país impera desde hace décadas el terrorismo de estado, el asesinato de sindicalistas y el desplazamiento forzoso de campesinos.

La CIA, la DEA y otras agencias secretas participan también en forma activa en la guerra social que ya dejó más de 60.000 muertos en México. Han aprovechado este conflicto para diseñar planes de militarización (Aspan 2005, Mérida 2007), intervenir en la modernización del ejército e influir en el dictado de leyes contra-insurgentes. Incluso han negociado con los Carteles a espaldas de las autoridades locales. Inspiraron, además, la ideología del miedo que se utiliza para justificar la acción cotidiana de los gendarmes.

Esta injerencia se desarrolla bajo un estandarte hipócrita de lucha contra las drogas, que encubre el rol protagónico de Estados Unidos como mercado y refugio financiero del narcotráfico. En los bancos de ese país se lava el 70% del dinero generado por ese negocio. Bajo vigilancia norteamericana, Colombia persiste como el principal productor regional y Perú aumentó su plantío en un 55% en la última década. (1)

La misma presencia yanqui se verifica en la guerra contra las bandas delictivas de Centroamérica (maras). Su persecución es esgrimida para atropellar a los pobres y apañar ejecuciones en los barrios carenciados. También en las posesiones coloniales del Caribe, el Pentágono multiplicó sus instalaciones militares (Islas Vírgenes, Puerto Rico), en estrecha asociación con Holanda (Curazao) y Francia (Martinica).

Cualquiera de estos hechos desmiente la ingenua creencia en la “pérdida de interés estadounidense por América Latina” o en el inminente “abandono de la doctrina Monroe”. Existe un llamativo divorcio entre esa sensación de repliegue y la creciente presencia imperial en toda la zona.

Desde el embarque de la IV Flota (disuelta en 1950 y reinstalada en el 2008), el total de militares latinoamericanos entrenados por el Pentágono superó el promedio de las décadas precedentes (195.807 efectivos en 1999-2011). La asistencia militar-policial involucra altísimas sumas (6.821 millones de dólares en 2009-2013) y se incrementaron los tratados para compartir información sensible. Estados Unidos mantiene desplegados 4000 uniformados en forma permanente para acciones de emergencia. Sus drones operan sin ninguna restricción en todo el hemisferio. (2)

La función geopolítica central de América Latina para el imperio no ha cambiado y el manejo de esa supremacía con instrumentos de coerción y consenso, tampoco se ha modificado. Esa estrategia siempre implicó una complementación bipartidista del garrote (Eisenhower, Reagan, Bush I y II) con la zanahoria (Clinton, Carter), sin rígidas distinciones entre Republicanos y Demócratas. Como Obama necesita reorganizar drásticamente las formas de intervención retoma la tradición afable. Recompone paulatinamente esta injerencia, enmendando el lastre que dejaron las infructuosas guerras de Bush.

El margen de acción directa de los marines ha quedado recortado en América Latina desde el fracaso del ALCA, el declive de la OEA y la irrupción de organismos distanciados del mandato imperial (UNASUR, CELAC). La embajada yanqui ha perdido peso en varios países de Sudamérica, el espionaje genera inéditas protestas y dos denunciantes de esas actividades han recibido ofertas de asilo en la región (Snowden por parte de Venezuela y Assange de Ecuador). El intento yanqui de penalizar estas reacciones con la “retención” en vuelo del presidente de Bolivia no dio ningún resultado.

Tal como ocurrió en los 70, Obama intenta restablecer la capacidad de acción de Estados Unidos. Repite el sendero que transitó Carter para atemperar los efectos de Vietnam y Watergate. Estados Unidos procesa esta adversidad, con los recursos de la única potencia que ejercita la custodia del capital a escala global. Esa supremacía militar le otorga una gran ventaja sobre sus competidores europeos y asiáticos.

Estrategias y rivales

Los recursos naturales del Sur son la prioridad de las empresas del Norte. El imperio apetece los minerales, el petrolero, el agua y los bosques de América Latina. El Departamento de Estado tiene mapeadas estas reservas y atesora datos ignorados por el resto del hemisferio. No por casualidad el 98% de las comunicaciones de la región pasan por algún centro informático estadounidense.

El interés económico de la primera potencia por el resto del hemisferio no ha decaído. Se mantiene al tope en el ranking de inversores externos de la región y en el 2012 esas colocaciones fueron cinco veces superiores al quinquenio precedente. Las exportaciones al mismo destino crecen por encima de las ventas a otras zonas. (3)

Pero este terreno no está exento de competidores. Durante los años 80 y 90 Europa incrementó su presencia en la región a través de España. El ingreso de ese país al euro y la internacionalización de sus empresas condujeron a un inédito aumento de las empresas hispanas en sus antiguas colonias. Durante el boom de las privatizaciones, esa inversión se situó incluso por delante de Estados Unidos.

Pero el futuro de España en la zona es una incógnita. Latinoamérica ha sido la tabla de salvación de muchas compañías ibéricas desde el estallido de la crisis global. Financiaron sus desbalances con transferencias de las filiales situadas en el Nuevo Continente. Pero este rescate se ha combinado con cambios de propiedad en los paquetes accionarios y nadie sabe quién terminará manejando esas compañías.

Europa continúa negociando tratados de libre comercio con la región, pero la expectativa de una gran mercado iberoamericano se está diluyendo. Los mandantes del Viejo Continente disputan negocios, pero no la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio.

El desafío que introduce China presenta otro alcance. En la última década el gigante asiático se convirtió en el gran mercado de las materias primas exportadas por la región. Absorbe el 40% de esas ventas y algunas estimaciones consideran que cada punto de incremento del PBI chino arrastra un 0,4% de su equivalente latinoamericano.

También las inversiones de la potencia oriental se expanden en forma vertiginosa. Subieron de 15.000 millones de dólares (2000) a 200.000 (2012) y llegarían a 400.000 (en 2017). China se está convirtiendo en una gran fuente de crédito. Entre el 2005 y el 2011 concedió préstamos por más de 75.000 millones de dólares, superando los montos otorgados por Estados Unidos o el Banco Mundial. (4)

Aunque esos préstamos se negocian en mejores condiciones, su principal destino son proyectos de minería, energía o commodities, que afianzan la especialización latinoamericana en la provisión de insumos básicos.

China introduce una amenaza comercial a la supremacía estadounidense. Pero al igual que Europa no aspira al control geopolítico de la región. Hay rivalidad económica, sin consecuencias político-militares a la vista.

Incluso llama la atención la aceptación yanqui de la presencia oriental en áreas vedadas. Hay empresas chinas en Panamá y la construcción de un nuevo canal, que atravesaría Nicaragua ha sido adjudicada a constructores de ese origen, sin desatar la reacción del Departamento de Estado. Esa tolerancia ilustra el interés que también tienen las compañías estadounidenses en la ampliación de las transacciones marítimas con Oriente.

La contraofensiva del Pacífico

La estrategia económica estadounidense gira en torno a los tratados de libre comercio. De los 20 acuerdos de este tipo que ha suscripto en todo el mundo, la mitad se localiza en la región. Con el ALCA aspiraban a forjar un gran mercado sin barreras para las compañías del Norte. Pero ese proyecto fracasó en el 2005 por la resistencia que desplegaron varios países. No se pudo concretar el gran bazar que promovía Washington para manejar las exportaciones desde Alaska a Tierra del Fuego.

Estados Unidos comenzó a suscribir convenios bilaterales para reemplazar el fallido acuerdo hemisférico y ahora ensaya otro paso con la constitución de la Alianza del Pacífico. Motoriza esta iniciativa mediante giras presidenciales y promesas de todo tipo. Ya concretó un bloque con Perú, México, Chile y Colombia, se apresta a sumar a Panamá y Costa Rica y tienta a Uruguay y Paraguay con el status de observadores. (5)

Los tratados buscan incrementar las ventas estadounidenses a mercados que se tornan cautivos, a medida que la apertura arancelaria destruye la competitividad local. También refuerzan el patrón de especialización minero-petrolera de América Latina, para asegurar el abastecimiento de insumos básicos a las empresas yanquis.

El proyecto apunta, además, a la triangulación mundial. Está concebido como un puente con los dos convenios gigantescos que la primera potencia promueve con 28 naciones de la Unión Europea (Tratado de Sociedad Transatlántica de Comercio e inversión, TTIP) y con 11 países asiáticos (Acuerdo de Asociación Transpacífico, TPP). Estos acuerdos se amoldan a las necesidades de las empresas más globalizadas, que fabrican en distintas localizaciones y lucran con la movilidad de capitales y mercancías.

En el plano geopolítico la Alianza del Pacífico busca neutralizar cualquier proyecto de autonomía latinoamericana. Por eso se ha sustituido la suscripción dispersa de los TLC por un plan articulado de bloque regional.

México es el ejemplo más avanzado de esa estrategia. En dos décadas de vigencia del NAFTA, el país se ha transformado en una plataforma de petróleo y maquilas para el mercado estadounidense. Los neoliberales celebran esta asimilación difundiendo inverosímiles imágenes de progreso, que ocultan la desarticulación de la economía azteca. (6)

La industria que México forjó durante la sustitución de importaciones ha quedado desmantelada. Por cada dólar que se exporta a Estados Unidos hay cuarenta centavos de importaciones del comprador. Esta atadura supera a Canadá y presupone un sometimiento absoluto. La formalidad de un tratado tripartito oculta una sociedad entre dos poderosos que subordinan al integrante latino. México vende el 90% de sus productos a su vecino, tiene sus riquezas naturales atadas a ese mercado y drena mano de obra para realizar trabajos descalificados al otro lado de la frontera. (7)

Esta dependencia extingue la autonomía de política exterior que exhibía México en los años 60, cuando mantenía relaciones diplomáticas con Cuba desafiando al resto del continente. Esa actitud ha quedado demolida con el NAFTA, que impera borrando la memoria de la enorme confiscación territorial que Estados Unidos le impuso a su vecino durante el siglo XIX.

La alta burguesía mexicana participa del acuerdo con el Norte ampliando sus propios sus negocios. Ha desarrolla grandes compañías internacionalizadas y comparte con sus pares brasileños el tope del ranking regional. De las 100 principales empresas locales de la región ese binomio aglutina no sólo 85, sino también 35 de las 50 más rentables. El peso de Cemex, Alfa, Modelo, Telmex o Bimbo es tan relevante, como el poder logrado por Slim, que se ha ubicado en la crema de los multimillonarios globales. (8)

Aquí radica la gran diferencia con los pequeños países centroamericanos. Ese pelotón no incluye economías medianas, ni semi-periféricas y cuenta con pocos grupos capitalistas integrados a los grandes negocios. En lugar de gestar un imperio Slim, la insignificante burguesía hondureña recrea la trayectoria de las elites del banano y sus pares de Panamá se limitan a lucrar con la intermediación del canal o el comercio en las zonas francas.

Las variantes de la derecha

La mayoría de los gobiernos que participan en el bloque del Pacífico presentan un cariz derechista. Esta correspondencia no es casual. Están subordinados a Estados Unidos, incentivan la militarización y se amoldan a la etapa neoliberal.

Los dos sexenios del PAN (2000-12) y la nueva presidencia del PRI en México son ejemplos de esta congruencia. Peña Nieto combinó viejas prácticas de manipulación electoral con el sostén mediático de Televisa para llegar a la primera magistratura. Se dispone a implementar la agenda de contrarreformas que exige la clase dominante en el plano energético, fiscal y educativo.

Para privatizar PEMEX ya derogó la enmienda constitucional que impide celebrar contratos con empresas privadas. Destruye la compañía nacionalizada que simboliza la gesta del Cardenismo. Con un incremento del IVA buscará financiar la eventual caída de ingresos fiscales que generaría esa entrega. También encarece el transporte público, desarticula el sector eléctrico y avasalla los derechos de la docencia. (9)

Colombia es un segundo caso de estrecha asociación entre gobiernos derechistas y adscripciones librecambistas. Aquí el alineamiento político-militar con Estados Unidos fue determinante para el liderazgo reaccionario que encarnó Uribe. Aterrorizó a los campesinos, preservó los privilegios de los latifundistas, facilitó la violencia de los paramilitares y renovó la ideología anticomunista del Pentágono.

Su sucesor Santos persigue los mismos objetivos, pero reinició las fallidas negociaciones de 1982-86 y 1998-2002 con la insurgencia. En una sociedad más urbanizada, con clases dominantes embarcadas en ampliar la frontera de la minería y agro-negocio, el fin de las hostilidades es la llave de nuevas inversiones. Pero los viejos hacendados se oponen y el gobierno juega a dos puntas: mantiene la represión y negocia un acuerdo que convalide la concentración de tierras, perpetrada con desplazamientos y destrucciones comunitarias.

Chile constituye el tercer ejemplo de la misma conexión entre tratados de libre comercio y regímenes derechistas. Allí ambos procesos se recrearon mediante la Constitución Pinochetista, que ratificaron los demócrata-cristianos y socialdemócratas convertidos al credo neoliberal. La Concertación garantizó los privilegios del ejército (10% de las utilidades de la empresa estatal de cobre), un nivel de desigualdad superior al promedio regional y un agobiante sistema de endeudamiento personal, para acceder a la educación superior. El período pos-dictatorial ha estado signado por la represión, la pobreza y la baja sindicalización. (10)

En su segundo mandato Bachelet promete hacer lo que omitió en su gobierno anterior. Afirma que limitará la privatización de la educación y ampliará la participación estatal en un sistema de pensiones privadas que otorga jubilaciones ínfimas. Pero la enorme abstención que rodeó a su triunfo electoral (59% del padrón), ilustra la desconfianza que existe en la concreción de esas medidas. Cualquier paso estará sujeto al filtro restrictivo de la Constitución.

También Perú ha permanecido alineado con el bloque libre-cambista-derechista. El presidente actual (Ollanta Humala) retoma la trayectoria de gobiernos explícitamente neoliberales (Toledo) o de origen nacionalista (Alan García), que redoblaron la represión para expandir la mega-minería. Sus promesas progresistas se diluyeron al acceder a la presidencia. Apalea movilizaciones sociales, congela salarios y viola derechos laborales. Incorporó oscuros personajes a su gestión y autorizó la presencia masiva de militares estadounidenses. Su comportamiento retrata un caso mayúsculo de travestismo político.

Los condicionamientos políticos que generan los TLC tienen un alcance abrumador en los pequeños países de Centroamérica. Estas repúblicas arrastran una historia de sometimiento al poder estadounidense que se ha renovado con las remesas y la emigración. Los presidentes privatizadores de Panamá, Guatemala o Costa Rica han reforzado esa dependencia hasta extremos inéditos.

Golpismo institucional

La derecha ha logrado reciclar su preeminencia en el bloque pro-norteamericano a través de sucesivos comicios. Estas votaciones no amenazan los privilegios de los acaudalados, ni implican un ejercicio real de la democracia. En los pocos casos de mandatarios electos que atemorizaron a las minorías poderosas volvió a irrumpir el golpismo, esta vez con disfraz institucional. Las asonadas fueron propiciadas por el Parlamento, los medios de comunicación y la embajada estadounidense. Tres casos ilustran esta modalidad.

El presidente Aristide de Haití fue capturado y expatriado en el 2004 y las presidencias posteriores quedaron en manos de personajes permeables a los intereses de las fuerzas de ocupación extranjeras (MINUSTAH). Con esta cobertura las empresas foráneas han lucrado con la tragedia humanitaria que afronta la isla luego del terremoto. Realizaron grandes negocios con la simple remoción de escombros. El peligro de hambruna sobrevuela siempre a un país que en 1972 se autoabastecía de alimentos y ahora importa el 82% de su principal consumo (arroz).

Los gendarmes extranjeros introdujeron, además, una epidemia de cólera que produjo 7.000 muertos. Apañan las violaciones que soportan los haitianos en la frontera con República Dominicana y desprotegen a la población frente a la criminalidad del narcotráfico. Se estima que el 12% de la cocaína ingresada a Estados Unidos pasa por Haití. (11)

En Paraguay bastó la introducción de algunos tibios cambios para desatar en el 2012 la reacción macartista contra el presidente Lugo. Armaron una farsa parlamentaria y consumaron en pocos días la acción destituyente. El mandatario que asumió posteriormente (Cartes) está muy involucrado con el narcotráfico y el contrabando.

En Honduras el golpe fue perpetrado para sepultar las reformas y la política externa autónoma de Zelaya. Luego de un record de asesinatos consumaron un fraude, comprando votos, vendiendo credenciales y manipulando actas para impedir el triunfo de la coalición opositora. (12)

La derecha también intentó golpes fallidos contra Chávez (putch petrolero), Morales (ensayo de secesión territorial) y Correa (levantamiento policial). Estos fracasos demostraron los límites que afronta el proyecto reaccionario a escala regional. Por eso sus ideólogos conservadores suelen transmitir más desencanto que satisfacción. (13)

Esa frustración aumentó con el primer año del nuevo Papa, que es un importante actor de la política regional. La derecha percibe que no habrá repetición latinoamericana de la cruzada desplegada por Juan Pablo II en Europa Oriental durante los años 80. Francisco tiene olfato político y capta la inexistencia de condiciones para reproducir esa acción. Por eso difunde mensajes alejados de la retórica convencional. Antes de adoptar cualquier estrategia de política exterior debe atenuar el descalabro de corrupción, pedofilia y pérdida de fieles que soporta la Iglesia.

La ambivalencia de Brasil

La continuada gravitación militar de Estados Unidos, la contraofensiva librecambista del Tratado del Pacífico, la variedad de gobiernos derechistas y complementos golpistas determinan un escenario ajeno a la tesis pos-liberal. En ese segmento se verifica una nítida continuidad del neoliberalismo. Si ese bloque constituyera el único escenario de la región confirmaría la vigencia de un “consenso de commodities”.

Pero la complejidad de Latinoamérica radica en la coexistencia de esa articulación con un segundo eje geopolítico liderado por Brasil. Este segmento alienta el regionalismo capitalista con estrategias político-económicas más autónomas. El país que encabeza esta estrategia alcanzó un PBI de 2,4 billones de dólares en 2011 y se ubica en el tope de las economías latinoamericanas. Cuenta con 14 multinacionales de proyección global y motoriza inversiones externas en función de un plan estratégico (IIRSA) con financiación estatal (BNDES).

Este papel de Brasil tiene raíces en la historia del país que preservó dimensiones continentales. A diferencia de Hispanoamérica, su conformación nacional no estuvo acompañada de fracturas territoriales. En la segunda mitad del siglo XX se convirtió en una economía mediana, con mercados internos más extendidos y cierta diversidad exportadora.

Estas características tipifican un status semiperiférico. El lugar de Brasil en la división internacional del trabajo tiene más parecidos con España que con Nicaragua o Ecuador. Se ubica en un espacio intermedio entre las grandes potencias y la periferia relegada.

El mantenimiento de esta posición exige exhibición de poder. Brasil moderniza su ejército, ensaya intermediaciones en conflictos alejados (Medio Oriente, Irán, África) y ambiciona el mismo asiento permanente en el Consejo de Seguridad que otras sub-potencias. Ninguna otra nación latinoamericana intenta jugar a ese nivel.

Pero al mismo tiempo, Brasil amolda su política exterior al logro de cierta coordinación hegemónica con Estados Unidos. Por un lado, protege militarmente la Amazonía de las 23 bases que maneja el Pentágono en la zona. Y por otra parte, comanda la ocupación de Haití en total sintonía con el Departamento de Estado. Sus empresas participan en el negocio de reconstruir la isla, alientan la creación de zonas francas y disputan privilegios de exportación.

La dualidad de la política exterior brasileña tiene incontables manifestaciones. Dilma evitó participar en la cumbre regional de repudio al atropello yanqui-europeo contra el avión presidencial de Bolivia, pero también canceló una visita de estado con Obama para protestar por el descarado espionaje de la CIA.

Este camino intermedio fue ratificado recientemente con la decisión de sustituir la compra de aviones militares estadounidenses por unidades de Suecia. Se evitó el choque frontal que hubiera implicado la adquisición de modelos rusos o chinos y se optó por un equipamiento escandinavo, que incluye componentes de empresas norteamericanas. (14)

El mismo péndulo ha seguido la diplomacia de Itamaraty en la última década. Durante el 2003-2011 predominó el distanciamiento hacia Estados Unidos y en el 2011-2013 prevaleció un gran acercamiento, que en los últimos meses parece concluido.

Brasil oscila sin poder imitar a otras sub-potencias que detentan arsenales atómicos (como Rusia o India) o despliegan efectivos en su radio de influencia (Turquía). Intenta forjar su propio espacio, instalando un colchón que atempere las presiones estadounidenses sin confrontar con la primera potencia. No promueve rupturas con el imperio, ni tampoco acepta la subordinación neocolonial al mandato yanqui.

MERCOSUR y UNASUR

Brasil promueve con Argentina la creación de un área comercial con gran participación de las empresas extranjeras, pero estructura arancelaria propia. El MERCOSUR pretende actuar como una asociación unificada en las negociaciones con otros bloques.

Pero este proyecto no ha podido avanzar a lo largo de dos décadas. Mientras Estados Unidos impulsa la iniciativa con la Alianza del Pacífico, el MERCOSUR navega sin rumbo. Rehúye iniciativas y sobrevive en el estancamiento.

La asociación no ha concretado ningún paso hacia la coordinación macroeconómica. El divorcio de monedas, tipos de cambios y políticas fiscales entre sus integrantes es mayúsculo. No existen propuestas para reducir las asimetrías entre países, y como la industria retrocede, tampoco hay planes de coordinación fabril o utilización compartida de la renta exportadora.

Los miembros del MERCOSUR comercializan los mismos productos e individualmente priorizan la soja y la mega-minería. Este último sector absorbió, por ejemplo, en el 2012 el 51% de las inversiones externas.

La parálisis actual recrea viejos conflictos entre Argentina y Brasil, en torno a normas arancelarias y restricciones cambiarias. Las inversiones se suspenden (Minera Vale en Argentina) y los proyectos se posponen (ferrocarril). En estas condiciones, Paraguay y Uruguay mantienen abierta la posibilidad de tramitar sus propios TLC, quebrando la cohesión del MERCOSUR. (15)

Las indefiniciones de Brasil sofocan a la asociación. Ese país tiene más convenios fuera del área que dentro de Sudamérica y no quiere institucionalizar acuerdos regionales que obstruyan su multilateralismo. Intenta mantener una doble inserción como exportador de productos básicos al resto del mundo y como abastecedor de mercancías elaboradas para sus vecinos. Pero cualquier iniciativa en el primer terreno afecta la expansión del segundo y viceversa.

Una integración productiva sudamericana con fondos regionales de estabilización cambiaria, moneda común y financiación del Banco del Sur, obligaría a Brasil a concentrar inversiones en la zona, en desmedro de su proyección internacional propia. A una escala inferior esta misma tensión entre prioridades regionales y globales se verifica en Argentina, que tiene distribuidas sus exportaciones por todos los continentes.

Las tendencias disolventes se acrecientan, además, a la hora de negociar tratados con otros bloques. La Unión Europea propicia un acuerdo de libre-comercio que privilegia las exportaciones del Viejo Continente, sin atenuar el proteccionismo agrícola que limita las ventas sudamericanas. Los europeos suelen tentar con ofertas unilaterales a funcionarios de todos gobiernos para que acepten un acuerdo a espaldas del resto. (16)

El estancamiento del MERCOSUR contrasta con el intenso activismo geopolítico que ha desplegado el bloque sudamericano en los últimos años. Nunca hubo tantas reuniones presidenciales, ni eventos compartidos por los mandatarios de la región. Esta frecuencia contrasta, por ejemplo, con el declive de las Cumbres Iberoamericanas.

La nueva centralidad regional surgió de acciones conjuntas del Grupo Rio (2010), que alumbraron la UNASUR y luego la CELAC (2011-2013). Al asignar la presidencia rotativa de ese organismo a Cuba se concretó un fuerte desafío a la OEA. También frente al golpe que desplazó a Lugo hubo rápidas respuestas. El MERCOSUR suspendió a Paraguay y aceleró el ingreso de Venezuela a la asociación.

Pero especialmente UNASUR es un conglomerado muy heterogéneo y Estados Unidos presiona a través de sus socios. En el organismo participan varios países de la Alianza del Pacífico que albergan marines en su territorio.

El bloque sudamericano carecerá de consistencia mientras Brasil se mantenga a mitad de camino. Busca sostén para sus aspiraciones, mientras frena todas las iniciativas de integración. Pero a la larga resultará imposible liderar un proyecto sin cargar con los costos de su concreción. Estas contradicciones se han reforzado en los últimos años, con los privilegios acordados a la agro-exportación, en competencia con los aliados sudamericanos y en desmedro de la industria.

La opción brasileña por la soja afecta localmente, además, la variedad de cultivos de la era cafetalera e incrementa la tradicional concentración de la tierra. Sólo el 10% de los propietarios controlan el 85% del valor total de la producción agropecuaria y 50 empresas manejan toda la comercialización. La dependencia de los fertilizantes es mayúscula. El país participa del 5% de la producción agrícola mundial, pero consume el 20% de los agroquímicos. En este marco la reforma agraria quedó totalmente detenida y 150.000 familias continúan acampando a la espera de un terreno. (17)

Brasil no puede encabezar la integración sudamericana repitiendo el molde de extractivismo con poca manufactura que impera en la región. Su gravitación económica justamente emergió con el esquema opuesto de expansión fabril, durante los años 60 y 70. En las últimas décadas ha retrocedido en todos los planos de la industria. La tasa de inversión (17% del PBI) fue inferior durante el ciclo expansivo reciente (2006-2011) a la media histórica y la fuerte apreciación del tipo de cambio afectó adicionalmente la competitividad.

Brasil abandonó además el cimiento energético de la hidroelectricidad, a favor de una dudosa apuesta por la explotación petrolera. Facilitó también la desnacionalización de la industria con aperturas al capital extranjero. Casi 300 empresas pasaron a control foráneo desde el 2004, con grandes ventajas para las compañías estadounidenses (3,4 veces más firmas que los franceses, alemanes y japoneses). (18)

Las recientes medidas adoptadas por Dilma para apuntalar la industria con subsidios financiados por previsión social no revierten la regresión fabril. Durante la última década se apostó a la expansión del consumo sin correlato en la inversión. Más de 15 millones de brasileños viajaron por primera vez en avión y 42 millones fueron incorporados al sistema bancario. Se amplió el crédito y se recuperó el salario mínimo, pero estas mejoras coyunturales no resuelven el bache estructural en la industria. (19)

Esta vulnerabilidad se acentúa por la gran afluencia de capitales de corto plazo, que tienden a salir del país con la misma velocidad que ingresan, en función del rendimiento financiero. Por primera vez en una década, el 2013 cerró con un peligroso déficit en los movimientos de capital que siempre atormentaron a la economía brasileña.

Los vaivenes de Argentina

Durante el siglo XX la economía argentina siguió etapas semejantes a Brasil con resultados opuestos. Tuvo preeminencia durante el liberalismo agro-exportador, perdió posiciones en la sustitución de importaciones y decayó brutalmente bajo la valorización financiera. Aún no se puede predecir cuál será el desemboque final del ensayo neo-desarrollista de la última década, pero la clase dominante argentina ya no disputa hegemonía con su socio mayor.

Aunque el entrelazamiento entre ambos países se afianza, el MERCOSUR es timoneado desde Brasilia. Esta supremacía obedece a condicionantes de largo plazo, derivados de las grandes diferencias en recursos naturales, demografía y territorio que existen entre ambos países. El líder cuenta con un espacio territorial cuatro veces superior a su vecino y alberga una población cinco veces mayor.

Brasil mantuvo durante el siglo XIX la unidad de su territorio original, mientras que su vecino padecía ingobernabilidad y fracturas. Pero esta asimetría no impidió la primacía de Argentina hasta la posguerra, ni la paridad entre ambos hasta los años 60. El posterior distanciamiento no puede atribuirse a la conformación histórica de ambas naciones. Obedece a procesos de la última centuria.

Algunos analistas ponen el acento en la obstrucción que impuso el lobby agrario argentino al desarrollo industrial. Otros remarcan el comportamiento rentista de la burguesía, que ha sido muy proclive a la especulación financiera y todos resaltan la herencia cultural de improductividad que legó la oligarquía vacuna.

Pero muchos estudiosos estiman que estos condicionamientos no fueron tan significativos como la ausencia de estabilidad política que singulariza a la Argentina. Esta fragilidad socavó la acción de la burocracia estatal, en contraste con la cohesión y la mayor articulación con la clase capitalista que exhibe ese estamento en Brasil.

Por otra parte, los grupos dominantes de este último país siempre tuvieron más instrumentos para neutralizar las huelgas y rebeliones, que han sido la nota dominante de los trabajadores de la primera nación. Cualquiera sea la explicación acertada de esta variedad de interpretaciones, la brecha entre ambos países ya es un dato definitivo.

Esta separación no elimina el status semiperiférico de la Argentina. El país participa en el selecto grupo de 20 naciones que discuten las prioridades del orden global. Esta presencia obedece a la relevancia que mantiene como exportador de alimentos. Se ubica en el quinto lugar de ese ranking y es un actor de peso en la definición de las regulaciones y los precios mundiales de ese sector.

Pero esta gravitación agro-exportadora ha obstruido al mismo tiempo el intento de recomposición industrial de la última década. El rebote de la gran debacle del 2001 se materializó con un gran repunte del PBI, el empleo y el consumo. Pero al concluir esa recuperación el deterioro de largo plazo ha reemergido.

Argentina afronta nuevamente las tensiones clásicas de su economía: altísima inflación, desajuste cambiario y bache fiscal, aunque sin cargar por ahora, con los niveles de endeudamiento que la empujaron a colapsos periódicos.

Este retorno al estancamiento obedece a la preservación de una economía que no remontó sus desequilibrios estructurales. Se renunció a un desarrollo productivo basado en la apropiación estatal de la renta agro-sojera y la burguesía local volvió a su costumbre de fugar capital y remarcar precios sin invertir. En estas condiciones afloran los límites de una estrategia exclusivamente basada en empujes de la demanda. (20)

Centroizquierda con sorpresas

La correspondencia actual entre el MERCOSUR y las administraciones de centro-izquierda confirma la correlación general que existe entre bloques regionales y tipos de gobierno. Pero tal como ocurre con el binomio TLC-derecha, tampoco aquí rigen estrictas sintonías.

El MERCOSUR precedió a los gobiernos actuales y tuvo una larga consolidación durante el cenit neoliberal de Fernando Henrique Cardoso y Carlos Menen. Pero el regionalismo capitalista que intenta la asociación es más acorde con los gobiernos actuales, que contemporizan con los movimientos sociales y auspician políticas externas más independientes de Estados Unidos. El lulismo y el kirchnerismo constituyen dos variantes de este mismo posicionamiento, pero con grandes diferencias en la acción política.

Durante la última década, el Partido de los Trabajadores (PT) decepcionó en Brasil a quienes esperaban un gobierno afín a los asalariados. El peso de esa organización expresó la influencia alcanzada por un proletariado fuerte y concentrado, pero con escasa experiencia y capacidad para contrarrestar la asimilación al sistema burgués, que impuso el lulismo. El PT quedó integrado a la estructura de las clases dominantes y aseguró la continuidad sin imprevistos, que caracteriza al régimen político de ese país.

Este afianzamiento conservador multiplicó la despolitización, generalizó el consenso pasivo y modificó la base social del gobierno. Los sectores plebeyos de las regiones empobrecidas sustituyen a la clase obrera, las capas medias y la intelectualidad, en el sostén de la actual administración. El gobierno se ha guiado por el principio de otorgar sólo aquellas concesiones que aceptan las clases dominante. Su norma ha sido dar algo a los de abajo, sin quitar nada a los de arriba. (21)

Esta política genera incontables contradicciones, pero no es neutral. Es una orientación al servicio del capital con algunos rasgos de tibio reformismo. Permitió una década de estabilidad burguesa, socavando la legitimidad del proyecto obrero original y se ha mantenido concertando alianzas con la derecha y haciendo concesiones ideológicas al establishment. El lulismo ha seguido la misma trayectoria de involución que transitaron los partidos socialdemócratas.

Con ese soporte Dilma desarrolló su gestión. Pero afrontó el año pasado la sorpresiva irrupción callejera de jóvenes indignados que impusieron sus demandas. Esta enorme movilización sólo tiene dos antecedentes contemporáneos: la lucha por las directas en 1984 y por el impechment de Collor en 1992.

Las protestas iluminaron la realidad del pueblo brasileño, que sufre desigualdad en gran escala, deterioro del transporte y degradación de la educación pública. El PT quedó desorientado frente a movilizaciones que retrataron su alejamiento de la calles. Ahora la derecha buscará aprovechar este desgaste, para hacer demagogia e intentar un improbable retorno a la presidencia en el 2014.

Escenarios contrapuestos

La novedosa oleada de manifestaciones que sacudió a Brasil es un dato corriente de Argentina. El ejercicio excepcional de la política en las calles en el primer país constituye la forma habitual de acción ciudadana en el segundo. Aquí radica la principal causa del carácter divergente que asumieron dos gobiernos del mismo cuño.

Mientras que el lulismo acentuó la desmovilización durante su gestión, las continuidades de la rebelión del 2001 obligaron al kirchnerismo a gobernar con un ojo puesto en la reacción de los oprimidos.

Esta peculiar variante del peronismo se abocó inicialmente a restaurar el sistema político tradicional amenazado por la sublevación popular. Pero recompuso el poder de los privilegiados, otorgando importantes concesiones democráticas y sociales al grueso de la población. A diferencia de Lula -que se manejó en un escenario de escasas reformas y sin ninguna presión desde abajo- los Kirchner actuaron en un tembladeral. Reconstruyeron un estado colapsado, en contraste con un PT que mantuvo casi intacta la estructura transferida por Cardoso.

Esta diferencia determinó también la implementación de políticas económicas distintas. En Argentina se ensayó un esquema neo-desarrollista con creciente regulación estatal, para recomponer un mercado interno devastado. En Brasil la inicial continuidad socio-liberal fue pausadamente sustituida por acotadas medidas de intervención, tendientes a contrarrestar la erosión provocada por la ortodoxia monetarista.

El kirchnersimo encabezó un régimen asentado en el liderazgo presidencial, el arbitraje del poder ejecutivo y la influencia de organismos para-institucionales. Este molde político informal retomó ciertas modalidades neo-populistas del peronismo clásico, en contraposición al institucionalismo negociado que continuó imperando en Brasil. Por dos caminos diferentes, el kirchnerismo y el lulismo han buscado neutralizar el protagonismo de los sindicatos y la clase obrera.

Los dos gobiernos pertenecen a la misma especie de centroizquierda y han recurrido a la misma retórica progresista. Los Kirchner retomaron el proyecto de mixturar el peronismo con la variante socialdemócrata anticipada por el alfonsismo y Lula-Dilma transformaron al PT en un típico partido del orden vigente.

El kirchnerismo afronta ahora un declive, que le ha impedido a Cristina seleccionar al próximo presidente como hizo Lula con Dilma. La derecha se prepara desde el oficialismo o la oposición para liderar el recambio del 2015. Pero temen la repetición del tormentoso traspaso presidencial, que ha sido la norma en Argentina y la excepción en Brasil.

Uruguay ha transitado la década con un gobierno de centro-izquierda, más parecido a su par brasileño que a su vecino del Río de la Plata. El Frente Amplio gestionó algunas mejoras en materia de empleo, salario y pobreza, que resultaron suficientes para asegurar su preeminencia. Pero gobierna con la misma desmovilización del PT, generando el mismo tipo frustraciones, especialmente en el terreno democrático (veto a la despenalización del aborto, persistencia de la ley de amnistía).

El presidente Mugica sustituyó la vieja cultura institucionalista de la clase media por una retórica plebeya, que generó cierta identificación afectiva en una sociedad estancada por la emigración y el envejecimiento. Sostiene su popularidad en una exitosa exhibición de generosidad personal y desinterés.

Su trayectoria guerrillera ha sido utilizada, además, para legitimar la depredación de los recursos naturales, la primacía de la soja y la especulación inmobiliaria en Punta del Este. Los líderes de la coalición oficialista apuestan a un ajuste de figuras para asegurar la continuidad en la elección presidencial del 2014.

Interrogantes irresueltos

El escenario neoliberal uniforme de los años 90 ha quedado sustituido por un contexto geopolítico más diverso. El proyecto de regionalismo capitalista que lidera Brasil altera ese cuadro, a pesar de la gran ambivalencia que caracteriza a la sub-potencia sudamericana. El MERCOSUR se mantiene estancado y Argentina no despunta, pero al compás de los gobiernos centroizquierdistas la UNASUR y la CELAC han logrado un inédito protagonismo.

La tesis pos-liberal resalta estas mutaciones y le asigna un gran impacto progresista. Pero olvida que esta configuración coexiste con un alineamiento neoliberal del Pacífico, que tiene el mismo (o mayor) peso regional. También omite que Brasil y Argentina han acentuado su amoldamiento económico a la exportación primaria.

Esta última adaptación es presentada por la visión opuesta, como una evidencia del “Consenso de commodities”. Pero con esta denominación se diluyen las diferencias y se pierde de vista el posicionamiento de un bloque sudamericano, que no adhiere económicamente a los TLC, no está sometido a la geopolítica del Pentágono y no opera a través de gobiernos derechistas.

La clarificación de estos problemas exige abordar otras dos singularidades latinoamericanas: el papel de la lucha social y la incidencia de los procesos radicales, que analizados en la tercera parte del texto.

Ver también:
- Dualidades de América Latina (I): Economía y Clases

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Notas:
1) Ver: Berterretche Juan Luis, “El embuste de la guerra contra la droga”, www.argenpress.info, 7-12-2010.
2) Tokatlian Juan Gabriel, “Bye Bye Monroe, Hello Troilo”, elpais.com/elpais/2013/11/27.
3) Tokatlian “Bye Bye”.
4) Hernández Navarro Luis, “La reinvención de Latinoamérica”, 26/12/2013, alainet.org/active
5) Morgenfeld Leandro, “Alianza del Pacífico hacia un nuevo ALCA”, www.albatv.org, 05/05/2013.
6) Dos exponentes de estos mitos: Oppenheimer Andrés, “El plan de Kerry para América Latina”, 15/12/2013, www.elnuevoherald.com. Cárdenas Emilio, “El éxito del Nafta, veinte años después”, La Nación, 9-1-2013.
7) Ver Echeverría Pedro, “México país poderoso”, 10/4/2012, www.argenpress.
8) Santiso Javier, “La emergencia de las multilatinas”, Revista CEPAL 95, agosto 2008.
9) Ver: Aguilar Mora Manuel, “Los primeros siete meses de la restauración priista”, www.rebelion.org, 25-7-2013.
10) El 1% más rico acapara el 31% del ingreso y el 5% más rico percibe 257 veces más que el 5% más pobre. Quijano José Manuel, “El difícil cambio hacia el combate de la desigualdad”, Brecha, 21-12-2013. También Brum Horacio, “¿Segundas partes serán buenas?”, 23/11/2013 vientosur.info/
11) Ver: Chalmers Camille,” Haití y la permanencia de la Minustah”, 18/10/2013, brecha.com.uy/index.
12) Arkonada Katu, “Del golpe de estado al golpe en las urnas”, 26/11/2013, alainet.org/active.
13) Un ejemplo en: Sanguinetti Julio María, “Se nubla el cielo de América Latina”, www.lanacion.com.ar, 16-11-2012.
14) Luego del conflicto de espionaje, las empresas estadounidenses quedaron fuera de la licitación del gran yacimiento de Libra y perdió fuerza el ala pro-norteamericana de Patriota frente al sector crítico de Amorin-Figueiredo. Dos evaluaciones opuestas de la decisión de compra de aviones en: Boron Atilio, “Un increíble y enorme error geopolítico”, 30/12/2013, www.globalresearch. Zibechi Raúl, “Una decisión que fortalece la independencia”, 23/12/2013, alainet.org/active/
15) Turzi Mariano, “Al MERCOSUR le haría falta una remodelación”, www.clarin.com, 03/07/2013
16) Ver: Marchini Jorge, “Negociaciones por un acuerdo MERCOSUR-UE”, 8-1-2014 alainet.org/active.
17) Stedile, Joao Pedro, “O governo ainda nao entendeu”, Revista Desacato, 2013.
18) Ver: Lessa Carlos, “Dilma precisa de coragem”, www1.folha.uol.com.br, 14/01/2013. También: Chade Jamil, “Brasil se transforma no 4to maior destino”, www.iberoamerica.net, 24/01/2013.
19) Nepomuceno Eric, “Brasil y sus contradicciones”, www.pagina12.com.ar, 18/02/2013.
20) Nuestro análisis en Katz Claudio, “La Economía desde la Izquierda. Coyuntura y ciclo Modelo y propuestas”, http://www.geocities.com/economistas_de_izquierda/28-11-2013.
21) Ver: Machado Joao, “También la izquierda radical ha sido sorprendida”, vientosur.info, 25/06/2013

Bibliografía:
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-Zibechi Raúl Los desafíos de la Alianza del Pacífico, alainet.org, 18/06/2013.

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Integración y socialismo, propuesta hemisférica

Marcelo Colussi y Guillermo Guzmán (especial para ARGENPRESS.info)

Con motivo de la puesta en marcha en estos días de la Segunda Cumbre de Presidentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en La Habana, Cuba, nos pareció oportuno a los autores de este documento: Marcelo Colussi (argentino radicado en Guatemala) y Guillermo Guzmán (desde Venezuela) hacer circularlo nuevamente. El texto fue escrito en el 2010, cuando la CELAC recién estaba queriendo nacer y aún vivía Hugo Chávez, mentor en muy buena medida de la iniciativa. Entendemos que el material no está desactualizado en lo fundamental, por eso lo ponemos a consideración del público nuevamente, entendiendo que puede ser un aporte a este intento de construcción de la Patria Grande, teniendo siempre el socialismo como norte.

Introducción

Los países latinoamericanos están actualmente muy atentos a su destino independiente y a su futuro. Su conciencia se ha estremecido con los sucesos sangrientos de las dictaduras militares del denominado Cono Sur. Las masacres genocidas acaecidas en Centroamérica, la ingerencia del gobierno de los Estados Unidos en todos nuestros asuntos, el saqueo, la secesión y el latrocinio de Panamá, las bases militaristas, el llamado Comando Sur, amenazador, con sus garras criminales apuntando todas las fuentes energéticas, el petróleo, el gas, el cobre, el níquel, el oro, la madera, la Amazonia, el agua, el espacio aéreo ecuatorial, la biodiversidad, el hierro, el aluminio, el humus, todo eso es lo que determina asumir la defensa de nuestros pueblos frente al imperialismo del Norte que pretende estrangularnos.

La conciencia popular es una instancia de primerísimo orden en lo que respecta a nuestra defensa.

Si en el futuro inmediato la conciencia latinoamericana no rige las pautas que marquen nuestro propio desarrollo, estaríamos perdidos. Nosotros hemos estado bombardeados de valores falsos que extravían, particularmente, a nuestros niños y fomentan en ellos el individualismo. Debemos deshacernos de esa compleja y pesada carga si queremos hacer valer la integración latinoamericana.

Desde fuera siempre resulta temerario diagnosticar cualquier fenómeno, cualquier cosa, cualquier enfermedad, y particularmente esto es cierto cuando se trata de algo tan complejísimo y delicado como lo es la educación.

El estado ideal hacia el cual debe orientarse el proceso educativo de los pueblos de América Latina tiene que ser, en consecuencia, inventado por nosotros mismos, tenemos que buscarlo, y si felizmente lo encontramos, entonces ha de surgir la necesidad de defenderlo de las acechanzas y amenazas que el imperialismo vuelque contra ello.

Puede parecer utópico, pero al decir de Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, "inventamos o erramos".

Latinoamérica esta signada por injustas relaciones de poder económico y político. La estructura de ese poder económico predominante es fundamentalmente cuantitativa, utilitaria, rentista y material; por otra parte, la del poder político es de subordinación, de orden, de amedrentar militaristamente a los pueblos esclavizados, lo que les permite la capacidad de imponer obediencia. El orden social en América Latina no es más que una relación de poder y de subordinación monopolizado por la oligarquía norteamericana, que es quien ejerce el monopolio del poder.

El siglo XXI: un nuevo tiempo

Luego de años de neoliberalismo feroz y retroceso de conquistas por parte del movimiento de los trabajadores en todo el mundo, caídos el muro de Berlín y el bloque socialista de Europa, el campo popular hoy comienza a retomar con fuerza luchas históricas. En este proceso de retorno de los ideales de justicia, de búsqueda de otro mundo posible, juega un papel clave la Revolución Bolivariana que está teniendo lugar en Venezuela.

Las líneas que marcan el mundo en los finales del siglo XX y en los inicios del presente están dadas, por un lado, por la precarización en las condiciones de vida de las grandes masas en todos los continentes producto de ese triunfo omnímodo del gran capital sobre el campo popular, y por un unilateralismo militar irreverente por parte de la potencia ganadora de la Guerra Fría: Estados Unidos de América. Pero por otro, dada una lentificación en el ritmo de crecimiento económico de la gran superpotencia y en el aparecimiento de grandes bloques que le comienzan a disputar protagonismo, una nueva tendencia que también marca estos años es la recomposición del capitalismo a escala planetaria.

Estados Unidos sigue siendo en la actualidad la primera potencia económica mundial con un producto bruto interno 16 veces más grande que quien le sigue: el Japón. De todos modos la pujanza de décadas atrás ha comenzado a detenerse. Junto a ello vemos que han aparecido en escena una Unión Europea con un euro fortalecido y un bloque asiático (con Japón y China a la cabeza), que se muestran como polos de mayor dinamismo, de mayor vitalidad que los Estados Unidos, y que sin dudas comienzan a hacerle sombra.

La competencia capitalista, al menos en principio, no parece llevar la opción bélica entre estos gigantes. De todos modos la guerra interimperialista continúa, y la modalidad que va tomando es la del desarrollo de grandes bloques de poder continental basadas, fundamentalmente, en la competitividad económica y científico-técnica con países centrales dirigiendo el proceso y otros satélites que lo secundan. La creación de grandes bloques comerciales (Unión Europea, Cuenca del Pacífico) parece marcar el rumbo de las próximas décadas.

En ese contexto surge en el gobierno de Estados Unidos la idea del ALCA -Area de Libre Comercio para las Américas- como presunta "integración" continental, pero siendo en realidad un mecanismo de control hemisférico para afianzar su posición de potencia hegemónica para competir contra esos nuevos bloques emergentes.

ALCA: hacia la recolonización continental

El ALCA representa un proyecto geopolítico de Washington que, aunque comience con la creación de una zona de libre comercio para todos los países del continente americano, busca en realidad el establecimiento de un orden legal e institucional de carácter supranacional que permitirá al mercado y las transnacionales estadounidenses una total libertad de acción en su ya tradicional área de influencia (su patio trasero latinoamericano). Los países que lo suscriban tendrán que transformar en constitucionales los arreglos surgidos de esta normativa, viendo aún más debilitada su capacidad de negociación y debiendo renunciar a su soberanía en la implementación de políticas de desarrollo.

Según expresara con total naturalidad Colin Powell, ex Secretario de Estado de la administración Bush: "Nuestro objetivo con el ALCA es garantizar para las empresas americanas el control de un territorio que va del Ártico hasta la Antártida y el libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, a nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio." Dicho en otros términos: un continente cautivo para la geoestrategia de dominación de Washington basada en el saqueo institucionalizado de materias primas, recursos naturales, mano de obra barata y precarizada e imposición de sus propias mercaderías en una zona de reinado del dólar. Por supuesto que la dependencia se asegura también, en último término, en las armas (léase: sus bases militares que hoy atenazan todo el subcontinente, desde Centroamérica a la Patagonia).

Considerando que todo esto es la esencia verdadera del mecanismo de integración que propone Washington, el ALCA no puede traer en modo alguno bonanza para Latinoamérica y el Caribe. La preservación de todas estas asimetrías es vital para la estrategia hegemónica imperial, tanto como la multiplicidad de monedas regidas por el dólar y el mantenimiento de enormes brechas salariales. El ALCA es, en definitiva, un mecanismo recolonizador. De hecho ya se han dado importantes pasos en la concreción del proyecto hegemónico de Washington: desde 1994 funciona el NAFTA (sigla inglesa de "Tratado de Libre Comercio para América del Norte"), acuerdo suscrito entre Estados Unidos, Canadá y México -que en realidad sólo ha beneficiado al primero de los tres-.

Debido a trabas interminables que se han dado en las negociaciones a partir de los intereses de los grupos de poder latinoamericanos que chocaban con los grandes intereses estadounidenses, pero más aún -y fundamentalmente- por la tenaz oposición del campo popular a través de los distintos movimientos sociales de protesta a lo largo de todo el continente- el ALCA no pudo entrar en funcionamiento para el 1º de enero del año 2005 tal como estaba previsto. Ante ello la estrategia imperial ha sido comenzar a buscar la firma de tratados regionales o bilaterales, siempre con la misma inspiración del tratado original, que a la postre le brinden similares resultados.

Así lograron establecer, a principios del 2005, el RD-CAFTA ("Tratado de Libre Comercio para América Central y República Dominicana"); y posteriormente Colombia y Perú, en el año 2006, terminaron firmando sendos tratados bilaterales, mientras Chile busca desesperadamente ser incluido como socio especial en el NAFTA.

Ahora bien: si la integración se centra sólo en el lucro económico de las empresas, ningún beneficio para las grandes masas será tenido en cuenta, por lo que la integración no servirá a un genuino proceso de desarrollo social. Es necesaria, entonces, una integración basada en otros criterios. Pero el proceso de integración latinoamericana y de los países del Caribe es hoy, por diversas circunstancias, muy frágil.

¿Es posible la integración en América Latina?

Proyectos de integración dentro de América Latina ha habido muchos, desde los primeros de los líderes independentistas a principios del siglo XIX hasta los más recientes del siglo XX: la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio -ALALC-, la Comunidad Andina de Naciones, el Mercado Común Centroamericano, la Comunidad del Caribe -CARICOM-. Recientemente, y como el proyecto quizá más ambicioso: el Mercado Común del Sur -MERCOSUR-, creado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia en 1996, al que se han unido posteriormente Chile, Perú, Ecuador, Colombia y últimamente Venezuela. Sin contar, obviamente, con el mecanismo de recolonización del ALCA, que en realidad es más un sumatoria de países bajo la égida de Washington que una genuina integración.

Hoy día, en un mundo globalizado con desafíos cada vez más grandes en lo económico, en lo científico y en lo tecnológico, en una sociedad mundial regida cada vez más por la información y el conocimiento de vanguardia, y en el marco del aún dominante sistema capitalista, las posibilidades de crecimiento y desarrollo como país independiente parecen ya imposibles. Ante ello se torna imprescindible entonces el impulso de bloques de naciones. Estamos quizá ante el comienzo del fin de la idea de Estado-nación moderno, surgida en los albores del mundo post renacentista con un capitalismo naciente. Hoy la historia se juega en términos de bloques, de grandes bloques de poder económico-científico-político. Es por ello imperioso reconocernos en Latinoamérica como un gran bloque con historia común, y sin dudas también con un destino común.

Las burguesías nacionales que se desarrollaron a partir de la independencia formal a principios del siglo XIX han estado siempre en una relación de dependencia/complicidad con las potencias extranjeras. Son socios menores de los capitales transnacionales, o comercian con ellos los productos primarios que produce la región, pero la idea de unidad hemisférica independentista no pasa por su proyecto.

El punto máximo en el planteo de integración de esas aristocracias es el actual proyecto de MERCOSUR. Hay que destacar que ese mecanismo se centra en la integración capitalista, siempre ajena a los intereses populares. Para los sectores explotados en verdad no hay diferencias sustanciales entre el MERCOSUR y el ALCA. Como correctamente analiza Claudio Katz: "Las clases dominantes de la región se asocian pero al mismo tiempo rivalizan con el capital externo. Propician el MERCOSUR porque no se han disuelto en el proceso de transnacionalización. Estos sectores buscan adecuar el MERCOSUR a sus prioridades. Promueven un desarrollo hacia afuera que jerarquiza la especialización en materias primas e insumos industriales, porque pretenden compensar con exportaciones la contracción de los mercados internos. El problema de la deuda está omitido en la agenda del MERCOSUR. Los gobiernos no encaran conjuntamente el tema, ni discuten medidas colectivas para atenuar esta carga financiera. Han naturalizado el pasivo, como un dato de la realidad que cada país debe afrontar individualmente".

Dicho en otros términos: con el MERCOSUR no se pasa de "más de lo mismo".

Hoy día por todo el continente comienzan a soplar nuevos vientos surgiendo prometedores -unos más, otros menos- gobiernos de centroizquierda. Pero es innegable que luego de años de "fin de la historia" y forzado neoliberalismo "más allá de las ideologías", renacen esperanzas adormecidas por años. Vuelve a hablarse de socialismo, de antiimperialismo, de Patria Grande. Aunque, para ser estrictos, todo este movimiento lejos está aún de posibilitar cambios estructurales profundos. La integración es aún un proceso muy frágil, y de momento sólo manejada por las derechas.

Entendido la integración como una nueva puerta que trascienda el MERCOSUR, comienza a tomar cuerpo la idea de una integración como proceso que conduzca a alternativas al modelo capitalista. Para las burguesías locales la integración no pasa de ser un campo de negocios que refuerce su poder. Contrariamente, para el campo popular la unidad regional puede ser un paso para la construcción de otra sociedad más justa.

ALBA: hacia una integración popular y solidaria. ¿Un camino al socialismo?

Contrariamente a lo dicho hasta el hartazgo por la prédica neoliberal, la liberación del comercio no basta para lograr automáticamente el desarrollo humano. La expansión comercial no garantiza un crecimiento económico inmediato ni un desarrollo humano o económico a largo plazo. Es más: la liberación no es un mecanismo fiable para generar un crecimiento sostenible por sí mismo ni para emprender una real reducción de la pobreza.

Es por eso que, pensando no tanto en el dios mercado y en el beneficio empresarial sino en los seres humanos de carne y hueso, en las poblaciones sufridas, marginadas, históricamente postergadas, y retomando el proyecto de patria común latinoamericana efímeramente levantado en el momento de las independencias contra la corona española así como contra la nueva iniciativa de dominación del ALCA, surge ahora la propuesta del ALBA -Alternativa Bolivariana para América Latina y El Caribe-.

Esta nueva propuesta de integración fue presentada públicamente por el presidente venezolano Hugo Chávez en ocasión de la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe, celebrada en la isla de Margarita en diciembre del 2001; se trazan ahí los principios rectores de una integración latinoamericana y caribeña basada en la justicia y en la solidaridad entre los pueblos. Tal como lo anuncia su nombre, el ALBA pretende ser un amanecer, un nuevo amanecer radiante.

El ALBA se fundamenta en la creación de mecanismos para crear ventajas cooperativas entre las naciones que permitan compensar las asimetrías existentes entre los países del hemisferio. Se basa en la creación de Fondos Compensatorios para corregir las disparidades que colocan en desventaja a las naciones débiles frente a las principales potencias; otorga prioridad a la integración latinoamericana y a la negociación en bloques subregionales, buscando identificar no solo espacios de interés comercial sino también fortalezas y debilidades para construir alianzas sociales y culturales.

La noción neoliberal de acceso a los mercados se limita a proponer medidas para reducir el arancel y eliminar las trabas al comercio y la inversión. Así entendido, el libre comercio sólo beneficia a los países de mayor grado de industrialización y desarrollo, y no a todos sino a sus grandes empresarios. En Latinoamérica podrán crecer las inversiones y las exportaciones, pero si éstas se basan en la industria maquiladora y en las explotación extensiva de la fuerza de trabajo, sin lugar a dudas que no podrán generar el efecto multiplicador sobre todos los grupos sociales, no habrá un efecto multiplicador en los sectores agrícola e industrial, ni mucho menos se podrán generar los empleos de calidad que se necesitan para derrotar la pobreza y la exclusión social. Por eso la propuesta alternativa del ALBA, basada en la solidaridad, trata de ayudar a los países más débiles y superar las desventajas que los separa de los países más poderosos del hemisferio buscando corregir esas asimetrías. Con estas características, un proceso de integración hemisférica realmente sirve a las grandes mayorías por siempre excluidas.

Como dijo el presidente Chávez sintetizando el corazón de la propuesta: "Es hora de repensar y reinventar los debilitados y agonizantes procesos de integración subregional y regional, cuya crisis es la más clara manifestación de la carencia de un proyecto político compartido. Afortunadamente, en América Latina y el Caribe sopla viento a favor para lanzar el ALBA como un nuevo esquema integrador que no se limita al mero hecho comercial sino que sobre nuestras bases históricas y culturales comunes, apunta su mirada hacia la integración política, social, cultural, científica, tecnológica y física".

Según publicación del diario La Nación, Buenos Aires, Argentina, del 13-9-05: "Las materias primas y las manufacturas de origen agropecuario acaparan actualmente las ventas de Latinoamérica. Conforman el 72% de las exportaciones argentinas, el 83 % de las bolivianas, el 83% de las chilenas, el 64% de las colombianas y el 78% de las venezolanas. La especificidad mexicana (81% de exportaciones manufactureras) es engañosa, porque el país se ha especializado en el ensamble de partes sin valor agregado, que las maquiladoras intercambian con las casas matrices estadounidense. Unicamente Brasil constituye una relativa excepción, ya que en su canasta de exportaciones las materias primas constituyen el 52% del total". Para muchos países de América Latina y El Caribe la actividad agrícola es, por tanto, fundamental para la supervivencia de la propia nación. Las condiciones de vida de millones de campesinos e indígenas se verían muy afectadas si ocurre una inundación de bienes agrícolas importados, aún en los casos en los cuales no exista subsidio por parte del gobierno federal de Estados Unidos. Hay que dejar claro que la producción agrícola es mucho más que la producción de una mercancía. Es, en todo caso, un modo de vida. Por lo tanto no puede ser vista ni tratada como cualquier otra actividad económica o cualquier producto sin su correspondiente cosmovisión cultural. El ALBA, justamente, intenta rescatar ese punto de vista.

El ALBA es, de momento, una buena intención pero aún no está afirmado en su posición. De todos modos en esa línea pueden inscribirse ya importantes pasos: los convenios de cooperación suscritos entre Cuba y Venezuela son un ejemplo. Pero hay más aún en esta intención integracionista: la incipiente comunidad energética con Petrocaribe y Petrosur, la integración en la comunicación con el canal televisivo teleSur, las surgentes ideas de un Banco del Sur, de una Universidad del Sur, de unas Fuerzas Armadas del Sur. Es decir: movimientos concretos que nos acercan y nos unen como pueblos contra la estrategia hemisférica de recolonización por parte del imperio y contra los mecanismos de unión aduanera capitalista del MERCOSUR.

La propuesta de integración, de todos modos, es mucho más ambiciosa: entre otras cosas apunta a crear un gigante petrolero latinoamericano -Petroamérica-, que bien podría convertirse en punta de lanza de un amplio proceso de integración económica de la región cuestionando seriamente el monopolio energético que manejan las grandes compañías petroleras, estadounidenses en su gran mayoría.

El campo popular pasó años atrás por un momento de reflujo, a partir de las dictaduras que ensangrentaron el continente y los posteriores planes de ajuste neoliberal que se aplicaron. Pero hoy se están retomando tradicionales banderas de lucha por la justicia, en buena medida inspiradas por la Revolución Bolivariana de Venezuela. En este renacer asistimos a lo que se está formulando como "socialismo del siglo XXI". Aunque eso, al igual que el ALBA, está en pleno proceso de formulación, marca ya un camino: no debemos repetir similares errores del pasado.

La construcción del socialismo en un solo país se ha demostrado sumamente dificultosa. Hoy día, ante el surgimiento de grandes bloques de poder, pensar en desarrollos nacionales autónomos parece casi imposible, de donde surge la casi obligada necesidad de impulsar procesos regionales como opción con posibilidades reales de concreción. Una integración desde el capitalismo, dirigida tanto por las clases dirigentes latinoamericanas vernáculas como por Washington, no sirve para el mejoramiento real de las mayorías explotadas. De ahí que las renovadas ideas de integración -en buena medida aportadas por el actual proceso bolivariano de Venezuela- marcan un importante camino alternativo. Una integración basada en principios de solidaridad y desarrollo genuino para los pueblos es, en estos momentos, un enorme paso hacia delante en términos políticos. El nuevo socialismo, el socialismo del siglo XXI, sin renunciar a sus postulados históricos, debe buscar nuevos perfiles. Y ahí entra en escena esta nueva idea de la integración.

El capitalismo de ninguna manera está derrotado; pero se abre hoy un nuevo escenario que permite profundizar su crítica. Aunque sólo Cuba y Venezuela transitan el socialismo, esos nuevos aires que soplan ahora por América Latina pueden marcar una tendencia que debe potenciarse: los pueblos ansían otra cosa.

Unidos, buscando la integración solidaria para todos y no sólo aquella que beneficie a los tradicionales grupos de poder, podremos construir un mundo más justo. En ese sentido la nueva idea de integración latinoamericana puede ser un importante camino socialista.

Algunas consideraciones sobre el socialismo

I

Hemos asumido como axiomas que la humanidad todavía no ha alcanzado un estado final de evolución cultural y que la nueva visión que tenemos de socialismo es unívoca de integración de nuestros pueblos; luego, estamos en pleno decurso de un proceso que ya ha dejado algunas cosas en claro pero, otras esperan por ser esclarecidas.

Está claro que el imperialismo norteamericano en sus dos pervertidas versiones, demócrata y republicana, no tiene otra finalidad que saquear la riqueza de los pueblos del Sur y esclavizarnos, a la vez que imponernos su criterio de quietud.

En efecto, hay mucha quietud en amplios sectores de nuestros sufridos pueblos. Se trata de una quietud que no es casual. Esa quietud a la que hacemos referencia, digámoslo en sentido amplio, es una funesta consecuencia de estrategias estructuradas y puntualmente definidas por el imperialismo norteamericano para manipular la conciencia del Sur y, en consecuencia, generar hombres, mujeres y niños manipulados mediante patrones cuyas pautas establecen: periodistas "descerebrados" que piensan con la cabeza de sus editores, es decir, periodistas amaestrados y dispuestos a salirse de sí mismos para subastar su dignidad, exhibiendo valores falsos. O "sesudos analistas" despotricando del "eje del mal", a contrapelo del "eje del bien", y niños comiendo en un Mc Donald's tomando Coca-Cola.

La inteligencia, el sentimiento, las costumbres, la cultura de quienes estamos fuera de esa cadena de patrones, nada valemos para las necesidades de los medios de difusión de las "bondades del capitalismo" que se apropian de la verdad de los hechos para llevarla a laboratorios donde esa verdad es maquillada y manipulada, ulteriormente soltada a los cuatro vientos, con la intención expresa de generar hombres y mujeres manipulados, quienes después elegirán a gobernantes inescrupulosos.

La sangrienta invasión y ocupación militar norteamericana en Panamá puso en evidencia que la quietud de otros pueblos latinoamericanos ante la criminal agresión de Washington no es casual.

Tanto en las cárceles como en las escuelas de América Latina, se ha venido practicando un absurdo autoritarismo como forma de castigo, y eso forma parte de la misma estrategia psicológica de la mal llamada "Escuela de las Américas" donde nuestros militares son entrenados para torturar a sus propios hermanos.

La suerte de esos hombres, mujeres y niños que son maltratados y castigados es obviamente previsible, a tal punto que cuando pudiese dárseles toda la libertad, ellos no podrían usarla por no estar preparados para ejercerla puesto que han sido llevados a un estado extremo de indefensión. Ese individuo indigente, aislado y sin posibilidades de tener a mano una vía de escape hacia su autodeterminación y su libertad, entonces se enclaustra en las drogas para, en su orfandad, formar una pieza importante del sistema explotador.

A tal punto están algunos indefensos que por sí mismos nunca podrían salir de su infierno; están como en un pozo profundísimo del cual no podrán salir sin que le tiremos una cuerda larga, muy larga y con un buen soporte, aparte de una buena razón para que inclusive quieran salvarse.

El ser humano es parte del Universo, pero la sociedad capitalista no hace más que tratar de regularlo para ponerlo entre límites y clasificarlo según su cultura y lugar de nacimiento. A manera de ejemplo, es del conocimiento general que a Estados Unidos no puede entrar un iraquí o alguien que se le parezca, a menos que sea para cumplir un papel del Departamento de Estado. Por el contrario, para una sociedad socialista -a propósito de las propuestas de integración latinoamericanista- la nacionalidad debería ser considerada como un valor externo a la calidad humana; cuando mucho, la nacionalidad debería ser no más que un valor agregado y sólo eso.

Un boxeador mexicano se caracteriza por ser guapo, valiente y entrador incansable, es decir: un "Ratón Macías". Las mujeres de Venezuela se dice -machismo de por medio- que son lo más bonito del globo, y los "sureños" del sur profundo parecen ser pedantes a medida que el criterio de "Sureñidad" es emitido cerca del paralelo cero, pero es que en cada quien hay un conjunto de razones, una manera de ser que obviamente es catalogada diferentemente desde distintos puntos de vistas, y lo que aquí es un parecer, allá es otro. Cada quien es una realidad intraespecífica. Todo ser humano se mueve en por lo menos una dimensión histórico-cultural, además de la dimensión biológica, por lo que las propuestas de integración latinoamericana y de socialismo tienen que ahondar en todas las otras facetas posibles.

La naciente propuesta socialista tiene que estructurar leyes social y jurídicamente avanzadas para evitar hacer falsas e injustas caracterizaciones del "extranjero" y, para mejor, incorporarlo al verdadero desarrollo doquiera se encuentre, encima o debajo de la madre tierra, porque los pueblos son los que han sido, los que ahora estamos y los que en siglos han de venir. La voluntad infinita de los pueblos para empinarse sobre las dificultades y avanzar debe ser la bitácora del nuevo socialismo.

La ideología socialista que nazca del debate abierto será a la integración latinoamericana lo que las cabillas son a las paredes, siempre y cuando el debate no se quede en la superficie de la realidad del hombre sino que se de en todos los estamentos de manera profunda.

Sin una educación descolonizadora cualquier avance en lo económico será inversamente proporcional al bienestar de los pueblos.

Queda por esclarecer el estado social de justicia y de derecho, lo que nos obliga a buscar e inventar caminos en los que la ética del Sur prevalezca en el Sur, que el amor prevalezca sobre el encono, la solidaridad sobre el egoísmo y la paz sobre la diatriba estéril.

La nacionalidad de alguna manera separa a los seres humanos; los ideales internacionalistas, por el contrario, fortalecen vitalmente la interrelación. La universalización de las artes y de la ciencia constituye importantes factores de integración más allá de las fronteras del racismo que hace ver que una persona es inferior a otra cuando precisamente son las presiones sociales y culturales las que conllevan tales diferencias.

Como humanos somos una realidad, y ya el mero hecho de coexistir implica la posibilidad de tropezar, así que si tratamos de corregir un poco la percepción de algo que merece ser revisado, vamos a hacerlo. La manera en que América Latina ha coexistido tiene que revisarse; de hecho, hay una propuesta de integración sobre el tapete. El patrimonio histórico de nuestros pueblos, que no es sólo el presente, sino el pasado y además el futuro, tiene que planificarse para el bienestar y la felicidad de todos. El socialismo tiene que ver con esa planificación.

La vía más segura para impulsar la integración y profundizar en la visión política del socialismo nuevo es oyendo lo que puedan decir todos los pueblos en un debate crucial, sin el cual se niega expresamente la posibilidad de rectificar. El hábito constante de corregir y completar ideas comparándolas con otras, imparcialmente, con toda la honestidad posible, es una vía segura para desechar la duda y alcanzar el fundamento estable y de confianza en lo que deseamos conocer a fondo y, lejos de evitar las objeciones y las dificultades, debemos buscarlas para el análisis y para la síntesis, para la confrontación.

A diferencia de la globalización informativa como arma usada por los grandes centros de poder internacional, y también del viejo internacionalismo proletario pro-soviético, el socialismo latinoamericano no debe estructurarse bajo un solo patrón. Es necesario que afloren las modalidades de cada país, pero el carácter esencial de la solidaridad y la cooperación no deben ser soslayados bajo ningún respecto.

II

A veces afirmamos que algo es verdadero demostrando que se cumple, es decir, acumulando pruebas a favor; sin embargo, la investigación de lo que niega un hecho también es un camino válido para comprobar la realidad "aproximadamente" objetiva. La iglesia católica, que ha sido tradicionalmente intolerante, conservadora y rígida, no obstante para canonizar a un beato escudriña todo lo que en contra del posible santo pueda sustanciarse. Con todo lo que el diablo pueda esgrimir contra el santo, rigurosamente analizado, medido, entonces es cuando se concede la canonización, si procede, pero un importante sector de esa iglesia, especialmente de la más alta jerarquía, arremete contra el socialismo, soslayando el juicio de los pueblos. Es por lo que en la discusión y el debate para construir el socialismo y la integración no debe quedar una sola rendija por donde los detractores puedan meterse, no debe quedar un solo cabo suelto.

El socialismo que planteamos como propuesta hemisférica para coadyuvar la integración de nuestros pueblos no pretende ser un socialismo ecuménico; por lo contrario y a diferencia de la globalización, que como arma es manejada desde los centros de poder internacional, tiene que alejarse de un solo patrón. Ni el caduco enfoque del internacionalismo proletario soviético ni el consenso de Washington, ni la injerencia del Vaticano deben impedir que los pueblos asuman su propio destino. Los pueblos tienen que pensar y expresar lo pensado además de confrontar, como una manera de acercarse a la esencia de su propia realidad para desde allí edificar su propio socialismo; pero, en cada caso, la solidaridad y la cooperación deben ser su fundamental rasgo distintivo.

Las opiniones a veces son verdaderas y a veces son falsas, pero puede suceder que todas sean verdaderas. La discusión de opiniones disidentes es necesaria para completar el resto de la verdad que siempre anda por ahí cojeando. Si no se discute, se olvidan o simplemente se soslayan los fundamentos de las opiniones, y ya sabemos que quien no conoce más que su propia opinión no conoce gran cosa. Puede ser que una opinión sea tan acertada que nadie pueda refutarla pero si se es incapaz de refutar las ideas del interlocutor porque ni siquiera se conocen, no hay motivos para afirmar que se prefiere la opinión propia respecto a la otra y lo único que podría hacerse es abstenerse de juzgar, a menos que se deje ganar por el autoritarismo.

Dar por cierta una opinión mientras exista alguien dispuesto a negarla, y no permitírselo, es un absurdo. Si el Socialismo nuevo, el socialismo del porvenir, pretendiese tener seguidores en lugar de personas que quieren descubrir, explorar, inventar posibilidades, entonces podría fracasar, de ahí que sea imprescindible abrir un gran debate en el seno de los pueblos.

El socialismo soviético, la iglesia católica y el imperialismo norteamericano han tenido en común cúpulas que niegan toda apelación, por lo que en algún momento se han desviado hacia el despotismo y hasta han convertido los anhelos populares en un obituario de esperanzas. Así mismo, se han convertido en bloques a la manera en que, en lugar de alianzas tales que cada nación tenga libertad y autodeterminación, prefieren ejercer hegemonías unilaterales.

En la política de bloques hay una "obligación", a diferencia de la política de alianzas en las que se refleja el carácter voluntario de las naciones participantes, y eso en el nuevo socialismo tiene que ser considerado prioritariamente.

Desde luego que los enfrentamientos se dan de acuerdo a los intereses de los países líderes de cada bloque -léase Vaticano, Washington, Moscú- obligando a los subordinados a seguir atados, inclusive en detrimento de sus propios desarrollos políticos, económicos y sociales. Cuando alguno de los países subordinados de cada bloque trata de escapar de esa situación, es brutalmente retenido y confiscados sus anhelos de progreso; así vemos cómo los países líderes pujan por ampliar su radio de acción hacia otros países del continente que les son tenazmente adversos (casos de Cuba y Venezuela en la actual coyuntura latinoamericana). En nuestro continente, con anterioridad Nicaragua fue sometida al amedrentamiento y manipulación por parte de la opinión internacional así como la ocupación de su territorio en flagrante violación de los Acuerdos de Ginebra y el soborno de una vendida clase dirigente de las mafias somocistas. Puesto que la fuerza de ese pequeño país es en lo cuantitativo infinitamente inferior respecto a ese gran bloque militar y político que se le enfrenta, es predecible la secuela de fracasos; sin embargo, mirando desde otro punto de vista, el ético, uno se da cuenta del esfuerzo supremo de Nicaragua, El Salvador, de la Cuba Revolucionaria, de Haití y tantos países hermanos, para avanzar y tener conciencia frente al estado de guerra que trata de imponernos el Norte imperialista

Las sangrientas dictaduras de Paraguay, Chile, Argentina y tantos otros países del área, no le preocuparon a la clase dirigente de Washington. Frente a ese panorama brutal, pasado y presente, no queda opción más importante que estimular la conciencia de América Latina y que esa reflexión se convierta en mensaje para que su eco llegue a los oídos de todos nuestros hermanos como estímulo para luchar por nuestros genuinos intereses.

III

Valga la paradoja, pero en América Latina, pese a tanta quietud suena un ruido silente, que en Venezuela proviene fundamentalmente de los cerros de Caracas, donde están las barriadas pobres; en México, de las zonas "zapatistas" de las selvas lacandoncas; en Bolivia, en Ecuador y en Perú de las zonas indígenas y en Centroamérica sale de debajo de las piedras. Panamá es un caso especialísimo: del subsuelo de Chorrillos sale un gemido, más que un ruido, porque murió el General Torrijos. Y también en Argentina, donde los piqueteros y las Madres de Plaza de Mayo continúan la resistencia, así como en Brasil, donde los movimientos populares se han puesto de pie llevando a Lula a la presidencia. Y lo mismo en Haití, donde la población históricamente postergada, los descendientes de esclavos africanos, dijeron "basta".

Ahora bien: ¿son todos estos movimientos una clara señal que el socialismo está ganando espacios? ¿Retornan los ideales de justicia sepultados décadas atrás por dictaduras sangrientas y por posteriores planes de ajuste neoliberal? ¿Son los actuales gobiernos de centro izquierda una genuina opción para sacar de la pobreza y la marginación a las grandes mayorías de Latinoamérica?

Una cosa son los movimientos populares, otra distinta las administraciones socialdemócratas que comienzan a extenderse por la región. La era de ultraliberalismo de fines del siglo XX parece haber entrado en una fase de confrontación fuerte, y no está dicha la última palabra en esta batalla entre imperio y pueblos que se rebelan. La nueva centroizquierda que administra hoy muchos países del área está entre ambos fuegos, jugando muchas veces al doble discurso, pero muchas veces pactando a la postre con el gran capital -nacional y extranjero-. Pero como decía el Manifiesto de 1848, los pueblos "no tienen nada que perder, más que sus cadenas". Eso es lo que hoy, ya pasados los peores años de la represión sanguinaria de la Guerra Fría, comienza a vislumbrarse. No hay dudas que la Revolución Bolivariana de Venezuela es un punto de principal referencia en este despertar. Los pueblos del continente están despertando luego de años de quietud. La historia no había terminado.

¿Cómo construir entonces el socialismo hoy día? Por lo pronto, no repitiendo viejos errores. La historia demostró los peligros de la centralización. "Una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?", se preguntaba Albert Einstein, que además de físico genial era un agudo pensador social de izquierda -faceta que le es bastante desconocida por cierto-. El socialismo del siglo XXI, proyecto en gestación del que no sabemos con exactitud hacia dónde puede derivar, abre luminosas expectativas.

Viendo que la coyuntura actual no es en absoluto la de décadas atrás, sin un bloque soviético que permita, por ejemplo, una revolución cubana que hasta llegó a desafiar al gigante estadounidense con misiles nucleares en su territorio, el realismo político nos impone ver cómo construimos una opción socialista adecuada a las actuales circunstancias. Ello no va en desmedro del ideario socialista histórico; el socialismo del siglo XXI no quiere decir que desconoce al del siglo XIX, el que pensaron los clásicos, y que deja de nutrirse con los aciertos y desaciertos del construido durante el XX. Significa, en todo caso, plantearse utopías con los pies sobre la tierra. La utopía, en tanto construcción de un ideal aspirado, sigue siendo el norte del socialismo. Y ese ideal sigue siendo la igualdad, la justicia social, la lucha contra toda forma de explotación.

Hoy, viendo las dificultades de edificar una experiencia socialista en solitario, se levanta la idea de unidad continental. Pero no la unidad de los capitales, sino la de la Patria Grande, popular y en beneficio del ciudadano común. Es en ese sentido la utopía sigue siendo posible, necesariamente posible. Para el nuevo socialismo que quiere comenzar a abrirse campo en América Latina, el norte debe ser el Sur.

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Obstáculos al proceso de paz

Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

El presidente colombiano enfrenta grandes retos tanto ahora para adelantar un acuerdo con la insurgencia como en el futuro para consolidar el proceso de paz.

Ante todo y de forma urgente Santos debe neutralizar el sabotaje permanente de la extrema derecha que obstaculiza el proceso y en el futuro entorpecería las reformas que se acuerden en La Habana. Y urge porque la oposición derechista anida en el seno mismo del gobierno y se extiende como una amenaza permanente en la bancada parlamentaria que le apoya, no por una identificación ideológica con el presidente sino como resultado de una práctica corrupta conocida como la “mermelada” mediante la cual se distribuyen prebendas, ayudas y favores personales a cambio del voto favorable para las propuestas gubernamentales. Los más suspicaces agregan que Santos debería empezar por el reto más importante que enfrenta, su propia indecisión, y hacer de veras una política de paz acorde con sus declaraciones; sobre todo ahora cuando aparece favorecido por la opinión nacional e internacional.

Pero la extrema derecha también está en los cuarteles de los cuales Santos no se puede fiar. No puede hacerlo de forma clara y contundente como sería necesario para adelantar un proceso de paz. Aquí no hay golpes militares pero los uniformados mandan y lo hacen en una medida mucho mayor que en otras naciones del entorno, tan acostumbradas a los golpes de estado. Con un ejército gigantesco -casi medio millón de efectivos-, el armamento más moderno de la región, un presupuesto desmesurado, amparados por una impunidad casi total y además con el apadrinamiento del Pentágono los militares colombianos funcionan en realidad como un ente independiente del gobierno, un verdadero estado dentro del estado, al tiempo que son una pieza clave de la estrategia de Estados Unidos en el continente. Ellos actúan de hecho como tropas ocupantes de su propio país e instrumentos de una potencia extranjera, tal como revela un reciente artículo del Washington Post que da a conocer el verdadero rol de Estados Unidos en el desarrollo de la guerra contra la insurgencia (camuflada como “guerra contra la droga”).

Es de suponer entonces que en el caso de que Santos tuviera en verdad el propósito de desmantelar el paramilitarismo (muchos lo ponen en duda y no les faltan razones) no cuente con el apoyo de los militares. Es evidente la actitud cómplice de los cuarteles frente a la actividad criminal de estos grupos, tan o más activos que antes de su supuesta “desmovilización”. Tampoco es posible negar el papel directo de las tropas en la guerra sucia, una estrategia de estado y no la conducta desviada de algunos individuos como afirma la versión oficial. Santos ha sido uno de los constructores de esta estrategia; él y los anteriores gobiernos ha hecho uso de ella disminuyéndola o intensificándola, condenándola o se promoviéndola a conveniencia. Desde el estado se permitió y se fomentó tanto la independencia de los militares respecto del gobierno como su vínculo espurio con los Estados Unidos. Santos ha sido un personaje clave en ambos casos y no lo tendrá fácil para enderezar el entuerto.

En este contexto no sorprende tampoco que a contracorriente del discurso oficial por la paz las instituciones del estado persistan en la violación sistemática de derechos humanos y mantengan la represión como la respuesta permanente a los conflictos. Todo ello es el resultado natural de la aplicación fervorosa de la doctrina de la “seguridad nacional” y del “enemigo interno”. Este es el entramado institucional mediante el cual Santos debe gestionar el proceso de paz y su posterior consolidación. En realidad, la imagen de las instituciones colombianas es bastante negativa: corrupción generalizada, enorme ineficacia y unas estructuras raquíticas que – menos los cuerpos represivos- encarnan de forma perfecta el “estado anoréxico” del ideario neoliberal. Normal entonces que un estado que apenas preste servicios públicos se muestre tan diligente en la represión. No cesan las bajas de civiles presentados como guerrilleros muertos en combate (muchas veces en represalia contra la población por su supuesto o real apoyo a los insurgentes) ni los llamados “falsos positivos judiciales” que encarcelan activistas y personalidades de la oposición con burdos montajes, pruebas manipuladas, testigos falsos o argumentos tan siniestros como el sostenido recientemente por una fiscal en el juicio a un distinguido académico, acusado de rebelión: “El acusado no ha portado armas pero sostiene ideas muy peligrosas”. Según la funcionaria el profesor universitario había conspirado en Buenos Aires con el premio nobel de la paz Adolfo Peŕez Ezquivel para organizar la toma del poder por parte de las FARC-EP. Si no fuera por lo dramático de las circunstancias el “argumento” movería a risa.

¿Con estos apoyos políticos, con estos militares y con este aparato judicial piensa Santos avanzar en un proceso de paz? La cuestión resulta muy inquietante no solo para los guerrilleros que desean firmar la paz sino para cualquiera que opte por la oposición civil al régimen o simplemente reivindique algún derecho. Así se lo ha manifestado al propio Santos la ex senadora y dirigente popular Piedad Córdoba en reciente visita a la sede presidencial, ya que las bandas paramilitares, tan o más activas que antes asesinan, amenazan y agreden a lo largo y ancho del país en particular contra los activistas de Marcha Patriótica (más de treinta asesinatos de sus miembros en el 2013). La lista de muertos y desaparecidos ya comienza a traer a la memoria los momentos más duros de la guerra sucia durante el mandato de Uribe Vélez o el exterminio de la Unión Patriótica que ha costado la vida a más de cinco mil de sus activistas y dirigentes (La UP fue el movimiento político que el gobierno de entonces pacto con las FARC- EP para adelantar su paso a la actividad política legal).

La respuesta del ejecutivo es la de siempre y existen muchos motivos para no darle credibilidad: “se investigará a fondo”, “se dispondrán las necesarias medidas se protección”, etc. sin que las palabras se traduzcan en medidas efectivas. ¿Es que el gobierno no tiene la información precisa (y sobre todo la voluntad) que permita actuar con la contundencia que el caso amerita? Resulta paradójico que mientras las autoridades destacan los golpes dados a la insurgencia con la exposición patológica de cadáveres y prisioneros, apenas pueda señalar acciones similares contra unos paramilitares que no están refugiados en las selvas profundas (donde supuestamente está la guerrilla) sino que se pasean impunemente por pueblos y ciudades ante la mirada complaciente de tantas autoridades. En efecto, se podría argüir que el gobierno no puede - o sencillamente que no quiere-. En realidad Santos tiene que poder si espera que se de validez a sus palabras. No es tarea fácil dadas las circunstancia pero todo indica que el presidente necesita imponer un giro radical en su política y decantarse verdaderamente por la paz.

Además de sus dificultades con la extrema derecha, el militarismo y la derecha activa en sus propias filas Santos debe satisfacer la pretensiones de Washington dada la especial relación de dependencia del país con respecto a los Estados Unidos. Ellos deciden sobre asuntos centrales del conflicto armado y no van a permitir fácilmente que se les excluya o relegue a un segundo plano. Ante todo, los estadounidenses buscarán que el fin de las hostilidades no suponga perder aquí todas las ventajas militares de las que hoy gozan. De todas formas y a pesar de lo limitante que resulta esta dependencia Santos tiene un cierto margen de autonomía y es posible y sobre todo necesario que como garantía para la paz se comience a generar una relación diferente con la potencia del norte. Si cesa el conflicto armado no serán necesarios los miles de militares y de mercenarios extranjeros que ahora juegan un papel clave en las operaciones. Sería la ocasión para disminuir también otros elementos claves de esa dependencia que convierten al país en base estratégica de una potencia imperialista (y de la OTAN, al parecer). Es probable que Santos no pueda hacer demasiado en esa dirección pero a mediano y largo plazo ese es un objetivo irrenunciable para el país, aunque solo sea porque los cambios en la inestable situación mundial así lo imponen. Un avance significativo de la integración regional aumenta también ese margen para negociar una dependencia menos vergonzosa aunque no es realista pensar que la firma de un tratado de paz con la insurgencia signifique el fin inmediato de la misma.

Negar rotundamente ese margen de maniobra del gobierno puede conducir a posiciones delirantes como aquellas que proponen ignorar a Santos y negociar directamente con el imperialismo (“hablar directamente con el señor y no perder el tiempo con su sirviente”) como resulta también bastante ingenuo olvidarse del factor externo y pensar que Colombia ejerce plenamente su autonomía. Los Estados Unidos permanecerán aquí aún por un periodo considerable con sus tropas, sus armas y su tecnología militar operando desde territorio colombiano (y por supuesto espiando e interviniendo abiertamente en los asuntos locales). Solo un proceso de profundas transformaciones políticas en el futuro inmediato llevará al establecimiento de unas relaciones normales. El proceso de paz debe ser un paso positivo en esa dirección.

Empezar por prescindir inmediatamente de los miles de mercenarios estadounidenses, israelíes, españoles, británicos y demás que campean a sus anchas por el territorio nacional y no precisamente para promover la paz entre los colombianos sería una señal muy positiva de los verdaderos propósitos que abriga el gobierno, pero lo es aún más que Santos desmantele el engendro paramilitar y ponga coto cuanto antes al esperpento de un aparato de “justicia” que funciona de hecho como una pieza clave de la guerra sucia.

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