sábado, 8 de marzo de 2014

En el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Producción y reproducción de la fuerza de trabajo: Una mirada feminista

Mario Hernandez (especial para ARGENPRESS.info)

En las últimas tres décadas hemos asistido a la feminización de la fuerza de trabajo. La incorporación de la mujer al quehacer público le ha posibilitado ir tomando conciencia de su discriminación social, al mismo tiempo que ha ido generando cambios dentro de la familia que ponen en cuestión la estructura de poder jerárquica que constituyen su base.

En el capitalismo, la producción de mercancías se lleva a cabo fuera del hogar, en empresas, donde los medios de producción son propiedad de los capitalistas, lo que obliga a la mayoría de las personas a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Con los salarios, la gente compra los productos que necesita para sobrevivir, que son transformados en los hogares para la producción y reproducción de las personas. El modelo de familia nuclear se sustenta en una clara diferenciación entre los sexos, donde el hombre sería el proveedor económico a partir de su inserción en la producción de bienes y servicios y la mujer se encargaría de los aspectos reproductivos, concentrando su actividad en el interior del hogar. La producción en el hogar implica no sólo la reproducción biológica de las personas, sino también la formación de su género y su mantenimiento, lo que se hace con el trabajo doméstico. Así el término reproducción social que a veces se utiliza para designar el conjunto de procesos que producen y reproducen los bienes de consumo y producción, las relaciones sociales, las personas y la fuerza de trabajo, en este caso, es usado en términos más restrictivos, para resaltar los procesos que quedan al margen del mercado.

En la economía capitalista una parte sustancial de la fuerza de trabajo no se genera en el intercambio en el mercado, sino por medio de un sistema de reproducción que no parece ser parte del sistema de producción. De todos modos no debemos perder de vista que en el seno de toda formación social coexisten una producción social de bienes y una producción social de seres humanos. Estos dos términos son indisociables.

Si la sociedad funcionara exclusivamente con la lógica del mercado, una parte importante de la población -enfermos, discapacitados, menores, desempleados, ancianos- morirían. Por ese motivo los trabajos de producción y reproducción forman parte de un mismo proceso aunque la reproducción de las personas es la condición primaria para que existan mercancías y un mercado donde éstas se intercambian. De allí que sea falso considerar la reproducción social como un proceso natural o un subproducto que deriva de otros procesos sin relación con el mercado.

Si consideramos el trabajo en el sentido de una actividad destinada a realizar la supervivencia material veremos que gran parte de las actividades de cuidados directos de personas que tienen lugar en el interior de la familia tienen esta característica y que son indispensables para la estabilidad física y emocional de sus miembros. De manera que el trabajo doméstico satisface necesidades personales y sociales que no pueden ser sustituidas con la producción del mercado y como requiere de tiempo no es posible negar su existencia.

A pesar de lo dicho la economía se ha construido bajo el supuesto de que la producción tiene prioridad sobre los procesos de reproducción humana. Creo que esta perspectiva no es neutral y nos habla a las claras de que los hechos se evalúan y se nos presentan según el esquema teórico que se utilice y los modelos interpretan el mundo desde la perspectiva que se elija.

El área del trabajo familiar doméstico no remunerado representa recursos de supervivencia fundamentales que han sido dejados de lado en los análisis tradicionales. Existe un gran número de relaciones que quedan fuera de la corriente central del mercado y que son necesarias para la comprensión de la economía cotidiana y de la existencia de la gente.

La asignación de los hombres a la producción y de las mujeres a la reproducción no es privativa del capitalismo que, no obstante, alteró las condiciones de producción de bienes y seres humanos, convirtiendo a esta última en un terreno de la lucha de clases y de sexos, a la vez que en asunto de Estado.

El control social sobre la fuerza de trabajo de las mujeres, base material del patriarcado, permite a los hombres beneficiarse del servicio personal y doméstico de las mujeres. Entonces, la forma de familia que conocemos es expresión de la dominación capitalista como así también del sistema patriarcal, sin olvidar que también el Estado ha contribuido a definir las condiciones sociales de la reproducción. Con esto queremos expresar que la reproducción de seres humanos no está determinada únicamente por la lógica del capital. Las relaciones sociales juegan un papel fundamental tanto en la producción material como de seres humanos. La relación social antagónica entre hombres y mujeres que se manifiesta tanto en la producción como en la reproducción, no se circunscribe al ámbito familiar ya que las mujeres están doblemente explotadas: por el capital y en sus hogares.

Combes y Haicault tienden a desechar la idea de que "la reproducción sólo tendría interés para la producción en la medida que se encarga de fabricar y mantener la mercancía concreta que es la fuerza de trabajo", porque esto supondría reducir el trabajo doméstico a la producción de valores de uso y no concebir a la familia como un lugar y un objeto de la lucha de clases y de sexos, sino sólo como el lugar de reproducción de la fuerza de trabajo.

La idea de que los hogares actúan con intereses unificados se da porque aunque los miembros de una familia tengan intereses diferenciados que surgen de sus relaciones con la producción y la reproducción, esas mismas relaciones aseguran su dependencia mutua. A esta idea ha contribuido la teoría neoclásica que considera que el hogar decide como una unidad la participación de sus miembros en el mercado de trabajo y la responsabilidad sobre las tareas domésticas en la búsqueda de maximizar la utilidad conjunta. Desde este punto de vista, la división tradicional por género del trabajo dentro del hogar se considera una respuesta racional. Esta perspectiva supone que el comportamiento de los individuos difiere en la esfera privada y en la pública, de forma tal que son altruistas en el seno del hogar y se rigen por sus intereses individuales en los mercados.

Esta idea no tiene en cuenta que la familia, a la vez que expresa relaciones de producción y reproducción, las enmascara, porque la familia también es un lugar de lucha. Dentro de los grupos domésticos se dan diferentes relaciones de producción y dominación. El acceso a los medios de producción no es el mismo ni tampoco su control. Tampoco es homogéneo el acceso al consumo y todo esto porque entre sus miembros existen relaciones de poder.

Una visión armónica de la economía familiar enturbia el análisis de las relaciones de producción dentro del grupo doméstico.

Las relaciones sociales de sexo y de clases operan tanto en el ámbito de la producción como en el de la reproducción. Partir de esta afirmación supone la crítica a la idea que sitúa exclusivamente las relaciones de clase en el ámbito de la producción y las relaciones de sexo en el de la reproducción.

Aunque hombres y mujeres se encuentran en una relación antagónica por su pertenencia al sexo opresor u oprimido, mantienen simultáneamente una relación de alianza desigual siempre que pertenezcan a la misma clase. Sin embargo, el capital aprovecha las divisiones sexuales apoyándose en el patriarcado e intensifica la explotación de las mujeres en la producción con el consentimiento tácito de la mano de obra masculina.

Retomando lo afirmado al comienzo de nuestro trabajo, la feminización de la fuerza de trabajo se ha dado al mismo tiempo que han aumentado las formas de trabajo a tiempo parcial, de trabajo informal y autónomo. Si bien podemos analizar la descualificación como una estrategia económica del capitalismo, también es evidente que no es neutral desde el punto de vista del género que reserva los criterios de cualificación para las tareas que realizan los hombres.

La cualificación/descualificación tiene como parámetro la perspectiva de la clase obrera cualificada masculina empleada en la industria manufacturera y no sólo depende de competencias técnicas sino también de construcciones ideológicas y de poder. Además, el mercado laboral no es socialmente neutro porque las relaciones de género están insertas en la organización misma de la producción que se articula con otras instituciones como la familia, el sistema educativo y el Estado, que sustentan la desigualdad de género.

El género opera en la esfera de la producción interviniendo en las definiciones de cualificación y en la distinción entre trabajo cualificado y no cualificado, en la definición de ciertos puestos de trabajo, en la división entre trabajo a jornada completa y a tiempo parcial, sobre las formas de autoridad y supervisión, sobre la participación activa en los sindicatos, etc. De manera tal que podríamos afirmar junto con Beechey que el género es una categoría relacional asimétrica que forma parte de la experiencia personal vivida en el lugar de trabajo y que interviene en la construcción de subjetividades. También está relacionado con el poder en el sentido de dominación de los hombres y la subordinación de las mujeres que se reproducen en el proceso de trabajo pero también en otros ámbitos. De allí, que la diferencia y jerarquía de géneros se crean tanto en el lugar de trabajo como en el hogar. Esto no hace más que demostrarnos la complejidad de la articulación entre relaciones de sexo y de clase en la producción que podríamos verificar también en el ámbito de la reproducción y de la familia.

Producción y economía aparecen como sinónimos dejando al trabajo doméstico fuera del análisis, de allí la necesidad de ampliar el concepto de economía trascendiendo la división entre esfera pública y privada.

La esfera de la reproducción debe considerarse parte integrante de la economía. La opresión de las mujeres se localiza tanto en la familia como en la organización de la producción.

Como sostiene Scott, el status secundario y dependiente dentro de la familia, que asigna a las mujeres la responsabilidad primaria en la reproducción cotidiana y generacional, se trasladan a la organización de la producción.

La expansión del sector servicios ha supuesto el incremento de mano de obra a bajo costo salarial que se nutre de una fuerza de trabajo compuesta por trabajadoras a tiempo parcial, con alta inestabilidad laboral, es decir, con características marginales.

La situación social que caracteriza a la vida de las mujeres como trabajadoras no asalariadas fundamentan el presupuesto que las considera una fuerza de trabajo más barata y menos dependiente de sus salarios que los hombres.

Por un lado vemos una determinada construcción social del género que marginaliza a las mujeres y, por otro, una determinada relación de producción caracterizada por los bajos salarios y la inestabilidad laboral, que se articula con un sector de gran crecimiento económico como los servicios. Precisamente, una de estas construcciones fuertes es la que coloca al empleo salarial formal como modelo explicativo central del trabajo en la sociedad y de los objetivos de individuos y grupos sociales en detrimento del trabajo no remunerado en dinero como el trabajo doméstico y los servicios comunitarios.

Una vez más sostenemos que producción de productos y personas es indisociable. El concepto de producción tendría que abarcar tanto la producción de cosas como la producción de hombres y mujeres. Un análisis económico que sólo estudie el ámbito de la producción sin articular producción y reproducción se revela como inadecuado.

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La violencia al desnudo en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Vicky Peláez (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de las mujeres (Domingo Faustino Sarmiento, 1811-1888).

El Día Internacional de la Mujer cumple 104 años de lucha por la independencia social y económica, contra la discriminación y la desigualdad de género. Sin embargo, la lucha organizada de la mujer se inició mucho antes, en febrero de 1908 cuando las organizaciones de mujeres socialistas de los Estados Unidos organizaron grandes manifestaciones públicas para luchar por el derecho de la mujer al voto y por sus derechos políticos y económicos.

Recién en 1910 en la Segunda Conferencia de Mujeres Socialistas, que tuvo lugar en Dinamarca, a la que asistieron más de 100 delegadas de 17 países en representación de sindicatos, partidos socialistas y organizaciones de trabajadoras, se acordó que el Día Internacional de la Mujer se celebraría cada 8 de marzo.

Las delegadas aceptaron por unanimidad la propuesta de Clara Zetkin y Kathy Duncker-miembros del Partido Socialista Alemán que decía: “En unión de organizaciones de clase, partidos políticos y sindicatos proletarios en cada país, las mujeres socialistas del mundo celebrarán cada año un Día de la Mujer. Su objetivo principal será obtener el derecho a voto de la mujer. Esta demanda debe ser levantada dentro del contexto global de los asuntos concernientes a las mujeres de acuerdo a los principios socialistas. El Día de la Mujer debe tener un carácter internacional y debe ser preparado cuidadosamente”.

Las participantes en el evento coincidieron con la tesis de Friedrich Engels expresada en su libro Anti Duhring que afirmaba que la incorporación de la mujer a la producción es la vía para su incorporación económica, para su despertar político, para su lucha contra la explotación, la injusticia y la humillación. También Engels señaló que “el grado de la emancipación de la mujer en una sociedad dada es el barómetro natural por el que se mide la emancipación general”.

Un siglo después de la celebración de la segunda Conferencia de las mujeres Socialistas podemos afirmar con seguridad que con mucha sangre derramada, las mujeres con la ayuda de los hombres, lograron mejorar su situación socioeconómica y promover sus derechos. Lo interesante es que en Latinoamérica las mujeres han transformado este día en un día de lucha. En Chile, por ejemplo, las mujeres salieron a la calle cada 8 de marzo para confrontar la dictadura militar de Pinochet (1973-1989). Y cuando los partidos políticos chilenos negociaron el retorno a la democracia, estas mujeres levantaron una bandera que decía “Democracia en el País y en la Casa”.

Actualmente miles de mujeres salen a las calles el 8 de marzo año tras año prácticamente en todos los países del mundo, a excepción de Estados Unidos donde se perdió esta tradición, para defender sus derechos conquistados, demandar los nuevos y luchar contra la violencia, discriminación y contra aquellas leyes que rechazan la igualdad de oportunidades y de sexos. Lo triste es que en actual mundo globalizado sumergido en guerras preventivas, revoluciones de colores, caos programado y en una severa crisis económica, la mujer se ha convertido en una de las principales víctimas.

Debido a la invasión norteamericana y sus aliados a Irak más de un millón de civiles perdieron la vida incluyendo más de 400,000 mujeres y 700,000 se quedaron viudas, de las cuales sólo unas 100,000 reciben 30 dólares al mes del gobierno iraquí. Miles de mujeres mendigan para alimentar a sus hijos. Se calcula que las viudas constituyen el 40 por ciento de mujeres en los prostíbulos que trajo la invasión.

Lo mismo está pasando en Afganistán donde durante 13 años de la guerra, que comenzó en 2001 con la operación “Libertad Duradera” del ejército norteamericano, perdieron la vida más de 100,000 civiles de los cuales 34 por ciento eran mujeres y 36 por ciento niños. La historia se repite durante la invasión de las fuerzas armadas de la OTAN a Libia en 2011 lo que obligó a las Naciones Unidas a culpar a la OTAN por las víctimas civiles y en especial las mujeres y los niños. La guerra en Siria provocada por los EE.UU. y la UE ha dejado desde 2011 más de 45,000 muertos civiles y de ellos 11,000 mujeres y niños. La violencia durante la guerra contra la mujer no es incidental es sistemática y la violación como una alternativa a las balas es también un arma de la guerra.

Resulta que la situación de la mujer en muchos países que no están sumergidos en guerras no es mucho mejor debido a la violencia. Según el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, “una mujer de cada cinco en este mundo es víctima de intento o una violación o en algunas países una de cada tres es agredida físicamente”. En América Latina, México ocupa uno de los primeros lugares del mundo por los delitos de violencia sexual y trata de personas, de acuerdo a los datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Uno de sus ejecutivos, María José Gómez considera que es más riesgoso ser mujer en México que soldado en Gaza o en otros lugares donde hay un conflicto armado.

Los estudios del UNFPA demuestran que más de 800,000 mujeres y niñas son víctimas de explotación sexual en México, mientras 38,000 han sido asesinadas en los últimos años. Actualmente solamente en la ciudad de México hay 250,000 mujeres víctimas de trata debido a la existencia de numerosas redes de proxenetismo y lenocinio. Bolivia, según estadísticas del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) es el país donde el 52 por ciento de las mujeres afirma haber sufrido violencia sexual o física por parte de un compañero íntimo y le siguen Colombia y Perú con el 39 por ciento y Ecuador con el 32 por ciento. En Centroamérica dos de cada tres mujeres son asesinadas por el solo hecho de serlo y las cifras de feminicidio son alarmantes en El Salvador, Honduras y Guatemala estando libres o prófugos más del 50 por ciento de los autores de este crimen.

Ya es de conocimiento general que la salud mental de una sociedad es medida por el trato que recibe la mujer y en la situación cuando existe la probabilidad a nivel mundial de que cada una de tres mujeres sea asaltada sexualmente durante su ciclo de vida, se puede afirmar que nuestra sociedad está en crisis. Como lo expresó la autora de la obra teatral “Los Monólogos de la Vagina” Eve Ensler, “cuando usted viola, pega, mutila, quema, aterroriza a las mujeres, usted está destruyendo la energía esencial del planeta y está forzando lo que es abierto, confiable, creativo y vivo convertirse en infértil y roto”.

Mucho tiene que ver con el estado actual de la salud mental de nuestra sociedad los valores basados en el Don Dinero y el consumismo que nos inculcan día tras día los medios de comunicación globalizada corporativa. En este contexto programado, cuando la mujer es presentada, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publicado en 2009, como “una gatita sexy, bruja taimada o una dura y ambiciosa trepadora corporativa y política”, tomarán unos 75 años más para lograr la igualdad de género.

En el actual sistema económico dominante neoliberal precisamente esta imagen de la mujer es la que esencial para el mercadotécnica pues es la que más vende. Para este sistema la mujer creadora, científica no existe y de serlo afectaría inmediatamente la base de la sociedad contemporánea que es esencialmente machista y propicia a la violencia. Por eso la violencia se ha convertido en común y aceptable.

Tomando todo esto en cuenta podremos llegar a la conclusión que no hay mucho que nosotras celebremos en este Día Internacional de la Mujer pero hay mucho que hacer. En la opinión de la escritora Eve Ensler “a menos que los hombres sean aliados activos, nunca vamos a terminar con la violencia contra las mujeres y las niñas”. Sin embargo, con hombres aliados o sin ellos tenemos que seguir el camino que nos trazó Clara Zetkin: “la vida es una lucha permanente de la mujer por sus derechos”.

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