miércoles, 14 de enero de 2015

A la clase política, funcionarios y dirigentes

Ernesto Martinchuk (especial para ARGENPRESS.info)

Existen hombres elegidos por el pueblo para fijar los principios de la moral y la razón. La prensa ha facilitado los medios de comunicar una idea a millones de personas y fijarla de un modo estable, sin que el despotismo de los tiranos pueda destruirla. Así se ha formado una masa progresiva de instrucción, una atmósfera de luces, que aseguran sólidamente para lo sucesivo su mejoramiento.

A fuerza de experiencia se instruirá; a fuerza de errores se corregirá y será prudente y bueno porque tiene interés en serlo; comunicándose en una nación las ideas de unas clases a otras, la instrucción será general y todos los hombres conocerán los principios de la felicidad pública, sus relaciones, sus derechos y sus deberes en el orden social. Conocerán que la moral es una ciencia física, que compuesta de elementos complicados, pero sencillos e invariables en su naturaleza, son elementos de la propia organización del hombre.

La moral es la conciencia de la inteligencia y comprenderán, también, que deben ser moderados y justos, porque en esto se halla la ventaja y la seguridad de cada uno, porque querer vivir a expensas de otros es un cálculo falso de ignorancia, dado que de ello resultan la represalias, los odios, la venganza y lo peor, la falta de probidad.

Los débiles, que, lejos de separar sus intereses deben unirlos, porque la igualdad constituye su fuerza. Los ricos, que la naturaleza de los placeres está limitada por la Constitución de los órganos y que el fastidio sigue inmediatamente a la sociedad. El pobre, que sólo en el empleo del tiempo los obligará a contenerse en los límites de una autoridad regular.

Y cuando existan mentes ilustradas y libres, sucederá a la especie lo que a sus elementos y la comunicación de las luces de una parte se extenderá de uno a otro, hasta ganar el todo. Por la ley de la imitación, el ejemplo será seguido por los ostros y adoptarán su espíritu y sus leyes.

Los déspotas mismos, viendo que no pueden mantener su poder sin la justicia y la beneficencia moderarán su conducta por necesidad. Esta operación será larga, sin dudas, porque es preciso que un mismo movimiento se propague en un cuerpo inmenso, comenzando por los más pequeños.

Los privilegiados tomaron el predominio de las instituciones y sus miembros por mucho tiempo, sin coherencia y aislados de la realidad experimentaron los efectos funestos de la extremada desigualdad de las riquezas y las condiciones. Cansados los partidos de sus discordias y conociendo la necesidad de las leyes, suspiramos ante una época de orden y paz. Que se manifieste ese jefe virtuoso y el pueblo lo levantará hasta el poder, junto al legislador deseado. A este grito se levanta un murmullo secreto de un gran pueblo, sorprendido de su debilidad, que busca cuáles son sus derechos, cuales sus medios y examina la conducta de sus gobernantes.

En todas partes del país, hemos visto como la ignorancia y la miseria han destruido hasta el instinto de la verdad. Siervos envilecidos y rebaños de pueblos, de los cuales se burlan los grandes propietarios apoyados por el poder que, atribuyéndose exclusivamente la verdad, cree a los demás en el error. Ahora bien, si el mayor número de las personas se engaña, aunque de buena fe, se sigue creyendo la mentira como la verdad, ¿qué medios quedan para descubrirla? ¿Cómo podrá desvanecerse el error una vez apoderado del espíritu? ¿Cómo podrá quitarse la venda, cuando el primer dogma de todas las religiones es la proscripción de la duda, la prohibición del examen y la abnegación de su propio raciocinio? ¿Qué hará la verdad para darse a conocer?

Si se presentan las pruebas, el pusilánime recusa hasta el testimonio de su conciencia. Es preciso que curada la nación entera del delirio, fuese inaccesible a los impulsos del fanatismo, que libre del yugo de una falsa doctrina, se impusiese la verdadera moral y fundamentalmente la razón. Cada individuo debe conocer sus derechos y obligaciones, y no traspasar sus límites. Que el pobre resista la seducción y el rico la avaricia. Que se hallen políticos desinteresados y justos que ayuden al ciudadano a recobrar sus derechos, que no puede ejercer sino por medio de los órganos que debe elegir. Que el elector pueda a sus magistrados respetarlos, pero también censurarlos.

Anticipemos el futuro y empecemos a descubrir la virtud, a fin de que a la vista del objetivo que deseamos, se reanime con nuevo ardor y redoblemos los esfuerzos que deberemos hacer para lograrlo. No basta sacudir el yugo de los parásitos y de los soberbios, es necesario impedir que renazcan. Es preciso precavernos de una inclinación que fomenta la discordia y establecer reglas positivas de nuestras acciones y nuestros derechos. Escojamos hombres y mujeres que las desempeñen, numerosos e iguales a nosotros para que la diversidad de nuestras voluntades y nuestros intereses se encuentre resumida en ellos. Hemos vivido hasta ahora, en una sociedad sin bases fijas, sin convenios libres, sin estipulación de derechos y obligaciones, y han resultado de este estado precario, desórdenes y fatalidades. Hoy debemos establecer un contrato regular y establecer maduramente cuales deben ser sus bases y condiciones.

Todo se ha hecho por fraude o seducción y las verdaderas leyes de la moral, la razón y el sentido común están oscurecidas. Descubramos mejor nuestras relaciones y seamos superiores a nuestras pasiones, que el poder que conferimos a nuestros gobernantes se lo damos en depósito y no en propiedad o herencia; que deben ser los primeros en obedecer las leyes; que no han adquirido otro derecho que el de la estimulación y la gratitud..

La igualdad y la libertad son las bases físicas e inalterables de toda reunión de personas en sociedad y el principio necesario y engendrador de toda ley y de todo sistema de gobierno regular.

Ernesto Martinchuk es Periodista, Docente, Escritor, Documentalista.

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