jueves, 22 de enero de 2015

CTA: Autonomía sindical y movimiento político

Daniel Escotorin (especial para ARGENPRESS.info)

La Central de Trabajadores de Argentina nació en 1991 con el propósito de reconstruir al movimiento popular en sus pilares sindicales y político. Así lo determinaban sus principios fundantes conocido como el “grito de Burzaco”. Esta declaración marcaba una definición ante la etapa que se había iniciado en 1989 con la llegada de Carlos Menem a la presidencia y el retorno del peronismo al poder. Este retorno en el breve lapso de tiempo mostró hacia donde se encaminaba el proyecto menemista y tras él se encolumnó el Partido Justicialista y la máxima representación del movimiento obrero, la CGT.

Estas defecciones dejaron huérfano al conjunto de las clases populares argentinas, incluida claro la clase obrera. Ante la etapa que se avecinaba en donde, contra las expectativas originales, se desplegaría la segunda fase de la ofensiva de las clases dominantes contra el Estado de bienestar (la primera fue a partir de 1976 hasta 1983) el movimiento popular y una fracción de los trabajadores se replegaría en la resistencia al nuevo modelo. Significó denunciar a las antiguas representaciones e identidad político partidarias y sindicales. Esta fue la virtud del entonces Congreso de los Trabajadores Argentinos. En su esencia fundante marcaba un sello distintivo y que fue estandarte durante los siguientes años de su existencia: la autonomía. Autonomía de los patrones, de los partidos políticos y de los gobiernos. Ponía en evidencia la crisis de representación de los sectores populares, o sea, la ausencia de organizaciones y de proyectos hegemónicos propios hacia el interior de estos. Entonces proponía la construcción de un nuevo movimiento político por y para los trabajadores.

Discutir y actualizar estas definiciones (autonomía y movimiento político) resulta un imperativo a la luz de la nueva etapa abierta en la década anterior y las estrategias posibles hacia el futuro.

El concepto “autonomía” es pasible de diferentes acepciones. Podríamos definirlo como “capacidad de uno mismo para gobernarse o tomar decisiones independientes de la voluntad ajena o influencia externa”. O sea, cuando nace la CTA esta autonomía planteaba una ruptura con el modelo peronista que establecía un sistema de verticalidad y sumisión a la autoridad política: hasta 1974 el general Perón como líder del movimiento, luego de su muerte y de la dictadura militar el Partido Justicialista asume este liderazgo y la CGT (controlada por el peronismo) se subordina a sus dictados y por lo tanto a las políticas tanto del Estado nacional, a partir de 1989, como de los Estados provinciales desde 1983. Se avanza en la construcción de un modelo sindical escindido del poder político pero con la abierta voluntad de constituir (se) un nuevo movimiento político.

No obstante, a lo largo de los últimos años se escucha en innumerables discursos, declaraciones o reportajes de parte de la dirigencia de la actual CTA Autónoma una repetitiva y constante reivindicación de dicha condición, que además sirve de aditamento a su denominación histórica. La principal enunciación define como “autónoma de los partidos” y parece querer aclarar que la CTA es independiente y además separada de cualquier vínculo de identidad o coincidencias políticas con determinadas fuerzas. “somos autónomos” exclaman y pareciera ser un certificado de no contaminación. La cuestión es muy distinta.

Plantear autonomía como desvinculación de diversas formas y grados de interacción con partidos políticos es tan ingenuo como peligroso, ya que lejos está la CTA Autónoma de haber sido concebida para esa razón y lejos está en la realidad misma de ser así. La Central de Trabajadores de Argentina tuvo un protagonismo central en lo social y en lo político en los veinte años de existencia y el quiebre del 2010 puso en tensión el proyecto para el cual nació. Ingenuo porque sus dirigentes parecen desconocer la dinámica de las acciones y los procesos sociales, las formas y necesidades de la lucha social, y especialmente la historia del movimiento obrero y de la misma CTA. Sindicalismo y partidos políticos o más aun: clase obrera y partidos políticos expresan una relación necesaria y obligatoria. Es también peligroso porque es legitimar la ideología liberal que impulsa un sindicalismo apolítico (por ende apartidario) limitado al campo de las meras reivindicaciones gremiales. El vínculo del sindicalismo (y del movimiento obrero) con los partidos políticos no es solo una necesidad, es una realidad histórica.

Lo que debe redefinirse es el concepto de autonomía en el marco de la acción y la relación de fuerzas de la clase obrera argentina frente a las clases dominantes y la relación con las otras fracciones de las clases subordinadas. De ese análisis se comprenderá las imbricaciones políticos sociales y las estrategias de construcción de poder contrahegemónico.

La denuncia del modelo sindical subordinado al poder político, modelo dominante sustentado por el andamiaje legal, llevaba a una ruptura radical con todos sus componentes. Allí se establecía una relación antagónica “dependencia - autonomía”. En efecto, se denuncia la dependencia, o sea el carácter de obediencia y acatamiento del movimiento sindical al poder político partidario de pertenencia (el PJ); frente a esto se planteaba un espacio despegado de vínculos orgánicos partidarios y la recuperación de la independencia política. Esta desvinculación significaba poner al movimiento en plano de igualdad y escindido de la práctica partidaria, mas aun se comenzaba a impugnar la identidad política mayoritaria de la clase trabajadora en tanto el peronismo había girado hacia la restauración capitalista de la mano del neoliberalismo. Esta múltiple ruptura (dependencia, identidad y representación) se expresó sistemáticamente en sucesivas definiciones cuya primera expresión fue autonomía. Entonces se entendió por tal, a la separación de la organización sindical de la partidaria y la recuperación de su capacidad soberana frente a los poderes fácticos.

El largo proceso que recorrió la CTA en la construcción del movimiento político social percibe la necesidad de revisar la noción de autonomía desde el momento que las estrategias desplegadas se dirigían a la recuperación de la participación en el campo electoral (ya en 1991 Germán Abdala era diputado nacional) aquí, en este presente las prácticas y los discursos se entrechocan contradictoriamente. La ruptura de la Central en el 2010 se dio a causa, entre otros factores, del posicionamiento con el gobierno nacional. La CTA de Yasky postulaba un acompañamiento o apoyo crítico al kirchnerismo, mientras que la CTA de Micheli abogaba por mantener distancia del gobierno. Luego de la ruptura Yasky se alineó sin ambages y justificó esto definiéndolo como “autonomía no es neutralidad”. Consigna válida pero ficticia en el campo de la realidad, dado que la postura del gobierno se sabe es la de exigir subordinación total, la CTA oficialista oficia de vocero intérprete de la política gubernamental, o sea, explica y justifica sin criticas cada paso y decisión de la presidente. En este espacio se considera que el mentado “movimiento político social” se expresa en el kirchnerismo: expediente cerrado.

Por el lado de la CTA Autónoma las cosas son un tanto más complejas. La apuesta a una construcción propia despegada (independiente) de las fuerzas representativas del sistema (PJ, UCR) estuvo y está atravesada vaivenes propios de los ensayos y la voluntad colectiva de auto representación. Hoy el desafío se centra en la articulación entre el campo político social y el político partidario: la relación entre la CTA y el Instrumento Político por la Unidad Popular (UP), el partido surgido desde las entrañas de la Central, y por extensión con el amplio campo de organizaciones populares cercanas o aliadas al espacio político liderado por Víctor De Gennaro. La reivindicación de autonomía por parte de Micheli y cia. es ya anacrónico además de incongruente con la realidad y la historia de la Central. El movimiento obrero no puede prescindir de alianzas políticas ni de la acción política por si mismo ¿es un discurso deliberado o una estrategia de distracción? En cualquier caso no aporta claridad al debate ni a la acción misma de la militancia.

Autonomía significa gobierno por si mismo. La CTA ha sido ejemplar en su trayectoria mostrando su independencia de los poderes fácticos, o sea, voluntad de decisión propia. Mas el vínculo político con partidos o con el mismo instrumento electoral no tiene porque significar dependencia o sumisión, sino un diálogo fecundo, democrático y horizontal, única manera de fortalecer un proyecto político alternativo que tenga al movimiento obrero (o una de sus fracciones) como cabeza dirigente. En efecto no hay posibilidad de establecer un proyecto hegemónico si no hay grupo dirigente y una base social identificada y movilizada en torno a ese proyecto político superando el plano de la lucha reivindicativa gremial.

En definitiva, el espacio CTA - UP está en una encrucijada vital. Negar o cortar el vínculo orgánico histórico que los une es condenar a ambos a una existencia mínima. Lo contrario implica reforzar el debate, la reflexión, la participación democrática a través de la discusión en la base militante, se trata además de una buena oportunidad de reflotar la democracia interna en la Central, diezmada luego de la crisis del 2010. Avanzar en el sentido que la misma estrategia diseñada hace una década planteaba el movimiento político social y cultural desde una central de masas a la disputa política a través de instrumentos electorales. La CTA seguirá siendo autónoma (gobernada por si misma) pero articulada con un proyecto político también propio en la búsqueda de la realización de los principios establecidos en Burzaco en 1991 y el congreso del 2002 entre otros hitos.

- Daniel Escotorin es historiador.

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