lunes, 19 de enero de 2015

Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (I)

Rolando Astarita

El acuerdo entre Estados Unidos y Cuba, anunciado el 17 de diciembre, dispone, entre otras medidas, la normalización de las relaciones diplomáticas, la ampliación de los permisos de viajes desde Estados Unidos; la autorización de transacciones financieras entre ambos países (por lo cual las instituciones financieras de Estados Unidos podrán abrir cuentas en las instituciones cubanas); la autorización para vender productos informáticos y la ampliación del acceso a Internet para los cubanos; y el aumento de la lista de productos que las empresas estadounidenses pueden exportar a Cuba, o los estadounidenses llevarse desde Cuba. Además, Obama propone al Congreso de Estados Unidos levantar el bloqueo. En esta nota presento algunas reflexiones sobre el significado de este acuerdo en relación a la situación de la isla y la política que está implementando la dirección del Partido Comunista cubano. Dada su extensión, he dividido la nota en varias partes.

Una línea tendencial

La primera cuestión a tener en cuenta es que el acuerdo de diciembre se inscribe en la misma línea tendencial que se desarrolla desde hace más de tres décadas: la transformación de regímenes económico-sociales burocráticos, no capitalistas, en economías capitalistas. La lista es conocida: China, Vietnam, la ex URSS, los países de Europa del Este, Albania. Todos estos países hoy están integrados al mercado mundial capitalista, y sus economías son capitalistas. La idea que se desarrolla en esta nota es que la dinámica de Cuba se ubica en esta línea tendencial, pero con la particularidad de que el viraje hacia el mercado ha comenzado más tarde, se ha dado de manera no lineal, y ha sido más lento y controlado por el Estado. Es que cuando se produjo la caída de la URSS, y la economía de Cuba cayó en una profunda depresión entre 1989 y 1993, la respuesta del gobierno fue endurecer el control estatal. Por eso, a comienzos de los 1990, Cuba se movía en sentido opuesto al resto de los países del ex bloque soviético, que por ese entonces se transformaban rápida y abiertamente en capitalismos.

Sin embargo, dada la profundidad de la crisis, desde mediados de la década del 90 en Cuba comenzaron a implementarse, lentamente, medidas de mercado, a la par que se experimentaba una recuperación económica. El gobierno continuó definiendo su proyecto como “socialista”, pero admitía la utilización de relaciones monetario-mercantiles, los “mercados regulados” y un sistema de gestión progresivamente descentralizado; además, en 1998 comenzó la apertura a los capitales extranjeros. Ese año Juan Pablo II hace una visita a Cuba.

Se produjo entonces una recuperación, y a partir de 2001 la ayuda de Venezuela contribuyó también a paliar las dificultades. Sin embargo, se mantuvieron las debilidades estructurales de la economía (entre ellas, la baja productividad). Para superarlas, el gobierno ha ido profundizando la apertura de los mercados. Entre los datos más relevantes, digamos que desde 2011 aumentaron significativamente los negocios privados, se despidieron trabajadores del Estado y se aprobó (a mediados de 2014) una nueva ley de inversiones extranjeras, para reactivar el ingreso de capitales. Según el vicepresidente, y ministro de Economía, Marino Murillo, Cuba necesitaría entre 2000 y 2500 millones de dólares anuales de inversión externa. Tengamos presente que Cuba tiene un fuerte déficit en su balanza comercial (más de 9.400 millones de dólares en 2013).

En este contexto, la caída de los precios del petróleo, que impacta de pleno en Venezuela, acelera los tiempos de la “actualización del modelo”, como se llama oficialmente al conjunto de medidas. Es en este marco que el gobierno de Cuba se manifiesta dispuesto a abrirse a los negocios con las empresas estadounidenses, a condición de que se levante el bloqueo. Se afirma así el giro que se ha venido registrando desde hace casi dos décadas, en la misma línea tendencial que el resto de los ex regímenes burocrático estatistas.

Interpretaciones alternativas

Este análisis, que pone el acento en la crisis económica de Cuba y las tendencias a la globalización, se opone a los que interpretan que la reanudación de las relaciones diplomáticas, y el eventual levantamiento del bloqueo, son el resultado de la combinación entre la debilidad económica del capitalismo, y la lucha de los pueblos contra el imperialismo. Empezando con la crisis, es cierto que la economía mundial está en una situación de semi-estancamiento (ver aquí y siguientes), y que en las últimas semanas se agravaron al extremo los problemas de muchos países exportadores de petróleo (Rusia y Venezuela en primer lugar). Pero la apertura de las relaciones de Estados Unidos con Cuba tiene poco que ver con alguna dificultad particular que enfrente hoy la economía estadounidense. Tampoco es el resultado simple y directo de la caída de los precios del petróleo (después de todo, las negociaciones secretas previas al acuerdo de diciembre insumieron 18 meses), sino un efecto particularizado de la creciente internacionalización del capital. Hay que tener en cuenta que esta internacionalización se desarrolla con relativa independencia de la coyuntura económica mundial (por caso, no se revirtió a partir de la crisis del 2007). A su vez, es este impulso a la globalización del capital el que está detrás del giro en las relaciones Estados Unidos – Cuba, y el que hace cada vez más inviable la construcción de “socialismos reales” en las fronteras de un solo país.

Por supuesto, hay que destacar que Cuba ha logrado resistir el bloqueo y múltiples agresiones por parte de Estados Unidos durante décadas. Pero esta resistencia no es sinónimo de avance al socialismo. Desde hace ya muchos años que no hay lugar para hablar siquiera de alguna forma de “transición al socialismo”, o de avance hacia la socialización efectiva (esto es, el control directo de los trabajadores) de los medios de producción en Cuba. La realidad es que la economía cubana está estancada, y la clase obrera está excluida de la dirección efectiva del país. Nadie debería llamarse a engaño con las repetidas declaraciones del gobierno cubano acerca de que se sigue construyendo el socialismo en la isla. El de Cuba es un régimen burocrático estatista, de naturaleza social similar al soviético (ver aquí y aquí para una discusión sobre qué fue la URSS), que ha llegado a un impasse. Y para superarlo, el gobierno adopta las medidas de tipo “perestroika” que tomaron en su momento otros “socialismos reales”.

En cuanto al contexto político, la interpretación que propongo también está muy alejada de los que afirman que el acuerdo de diciembre es el resultado del retroceso de Estados Unidos ante la ofensiva de los pueblos. Es una interpretación que estaría en línea con el diagnóstico de Fidel Castro de 2005, cuando planteó que Estados Unidos estaba empantanado en Afganistán e Irak, y que se daban las condiciones para una “nueva ofensiva de los pueblos contra el Imperio”; y también es acorde con la idea de que el chavismo, junto a Cuba, están al frente de esa ofensiva. Pero la realidad es que “la ofensiva antiimperialista de los pueblos” no ha detenido, desde 2005 a la actualidad, la internacionalización del capital, ni ha impedido que los males de la crisis capitalista se descarguen sobre los trabajadores.

La crisis tampoco ha dado lugar a procesos masivos de radicalización hacia la izquierda, ni en Estados Unidos ni en el resto de los países más importantes. Por otra parte, el chavismo, que supuestamente habría reactualizado el ideal liberador y socialista de los pueblos, es un régimen burocrático de capitalismo de Estado, y en descomposición (ver aquí). Por eso, hoy no es polo de atracción para las masas de América Latina, ni de ningún otro lugar (como botón de muestra: hasta los candidatos “progresistas de izquierda” de Argentina, cuando presentan sus propuestas, se preocupan de tomar distancia del chavismo para no espantar votos). En cuanto a los movimientos “antiimperialistas” de Asia o África, como ISIS o Boko Haran, son de corte reaccionario, claramente anti-socialista, y actúan como factores de división y enfrentamiento interno de los pueblos. Agreguemos que hace ya muchos años que Cuba ha dejado de lado cualquier estrategia que contemple extender una revolución socialista a América Latina (o África). Por el contrario, ha actuado la mayor parte de las veces como moderadora, y se ha mostrado cercana de gobiernos burgueses, como el kirchnerista, cuyo “radicalismo” es solo de palabra. En particular hay que destacar el rol de la dirección cubana en las negociaciones de paz en curso entre las FARC y el gobierno colombiano; y el papel que puede jugar en la eventualidad de que hubiera un estallido social en Venezuela.

Dos líneas históricas del capital

A fin de ampliar el horizonte del análisis, recordemos que ya frente a la Revolución Rusa no hubo una sino dos líneas principales del capital para enfrentar al gobierno de los soviets. La primera fue, por supuesto, la intervención armada. Esto es, el intento de ahogar en sangre a la revolución; el acoso directo, las sanciones económicas y el hostigamiento militar se inscriben también en esta orientación. La segunda vía propuesta fue la penetración económica. La idea era promover un capitalismo “de base” al interior de la Rusia soviética, a partir de la relación directa de la pequeña burguesía, o de la vieja burguesía, con el capitalismo mundial; Ustriánov era el representante más destacado de esta corriente.

Ante este desafío, tanto Lenin como Trotsky consideraron que esta forma de lucha contra los soviets era, por lo menos, tan peligrosa como la intervención armada. Así, cuando se adoptó, a comienzos de los años 20, la “Nueva Política Económica”, Lenin advirtió que un sector de la burguesía apostaba a que la NEP evolucionara al capitalismo, provocando la degeneración interna del régimen (precisemos que la NEP intentaba restablecer relaciones de mercado con el campesinado a fin de elevar la productividad). Decía el líder bolchevique: “las cosas de las que habla Ustriánov son posibles. (….) El enemigo dice la verdad de clase y nos señala el peligro que tenemos ante nosotros. Lo que guía al adversario es lograr lo inevitable” (“Informe político del CC del PC (b) al XI Congreso, marzo 1922). Luego de señalar que esta apuesta de la burguesía tenía una base social receptiva en “el estado de ánimo de miles, decenas de miles de burgueses o empleados soviéticos, que participan de nuestra nueva política económica”, agregaba: “No nos atacan de frente, no nos agarran por el cuello. Aún queda por ver qué pasará mañana, pero hoy no nos atacan con las armas en la mano; a pesar de todo, la lucha contra la sociedad capitalista es cien veces más encarnizada y peligrosa, porque no siempre vemos con claridad dónde está el enemigo y quién es nuestro amigo”.

Lenin, de todas maneras, confiaba en el poder de los soviets para conducir políticamente y encauzar la marcha de la economía hacia una construcción socialista (al menos, de sus bases, en tanto Rusia estuviera aislada). Pero el peligro era real. Por su parte, también Trotsky advertía, a mediados de los 1920, sobre los efectos que tendría una invasión de mercancías baratas, a través de la cual se soldara al campesino -que en esos años se enriquecía en los entresijos del régimen soviético-, con el mercado mundial. En oposición a la política de entonces de Bujarin y Stalin, Trotsky sostenía que no habría una asimilación tranquila y evolutiva hacia el socialismo de la minoría campesina enriquecida, e insistía en que la combinación de mercado y plan (necesaria en una construcción socialista) exigía un tercer pilar, el poder de los soviets. De lo contrario, si en lugar de soviets hay burocracia y falta de poder obrero, a largo plazo, inevitablemente, el mercado se impone. Sin embargo, la meta declarada de todas las reformas pro-mercado en los regímenes burocrático-estatistas es que el pequeño propietario, estimulado por el interés privado, aumente la producción; y que al mismo tiempo se convierta -por una transformación nunca explicada-, en pilar del socialismo. Es la vieja ilusión bujarinista (al pasar: no es casual que al iniciarse el giro hacia el mercado las obras de Bujarin fueran traducidas y editadas en China por el gobierno).

Ataque directo o invasión con mercancías y capitales

En relación a Cuba, es claro que desde el triunfo de la Revolución en Estados Unidos se impuso la orientación del “asalto directo”: invasión de playa Girón en 1961, crisis de los misiles en 1962, repetidos planes para asesinar a Fidel Castro y operaciones de desestabilización. La más reciente fue la infiltración clandestina en el movimiento juvenil cubano hip-hop. Todo esto acompañado del bloqueo (en realidad, una prohibición a los estadounidenses de comerciar, viajar o invertir en Cuba) durante más de cinco décadas; bloqueo reforzado en 1996 por la ley Helms Burton.

Pero esta política está siendo cada vez más cuestionada. Hoy se oponen al bloqueo el Vaticano, las burguesías latinoamericanas, la Asamblea General de la ONU, la Unión Europea, y por supuesto, China y Rusia. Y también ha crecido la presión por un cambio de política en el establishment estadounidense. Por ejemplo, The New York Times pide a Obama que “ayude a expandir la clase empresarial cubana” flexibilizando las sanciones. “Washington podría empoderar el campo reformista al facilitar que los empresarios cubanos obtengan financiamiento externo y formación empresarial”, para lo cual pide que se levanten las sanciones” (NYT, 15 diciembre de 2014). The Economist, Bloomberg, columnistas del Washington Post y Newsweek, entre otros, también están por un cambio de política. La misma posición adoptó la Cámara de Comercio, y grandes empresas estadounidenses, que desean invertir en Cuba en turismo, agricultura, construcción, servicios de telecomunicaciones y financieros, entre otros rubros; a lo cual se suman las perspectivas de exportaciones, en particular de alimentos como cereales. Por otra parte, sectores del exilio cubano llamados de la segunda o tercera generación, están a favor de levantar el bloqueo. La idea es la expresada por Obama: el bloqueo no ha dado resultado, es hora de cambiar.

En la vereda de enfrente continúan los representantes más recalcitrantes de la derecha tradicional, y el viejo exilio cubano. Pero incluso en el viejo exilio aparecen algunas fisuras. Tal vez la más significativa sea la familia Fanjul, que durante décadas militaron en el anticastrismo más duro. Los Fanjul poseen intereses en la industria del azúcar en Florida y Centroamérica, y quieren extender sus negocios a Cuba; esto explicaría que hayan firmado una petición dirigida a Obama pidiendo la normalización de relaciones de Estados Unidos con Cuba.

A la vista de lo anterior, pensar que las medidas establecidas en el acuerdo Cuba – Estados Unidos tenderán a fortalecer la construcción del socialismo cubano, es una ingenuidad. Más abajo desarrollamos los efectos que está teniendo la combinación de mercado y control burocrático en la sociedad cubana; pero en este punto hay que tener en claro que Estados Unidos no está retrocediendo a una posición defensiva (aunque haya liberado a los prisioneros cubanos). El objetivo del gobierno de Obama es “lograr lo inevitable”: que la entrada de mercancías y capitales fortalezca una acumulación de capital de decenas de miles de pequeños empresarios, para generar una evolución económica y social que pueda terminar, en el mejor de los casos, en una implosión, dando paso a una democracia burguesa abierta. Alternativamente, como “segundo mejor”, ir hacia un capitalismo de Estado, en asociación con el capital privado y extranjero, al estilo de China o Vietnam. Esta última parece ser la vía a la que se juega la mayoría (todo indicaría que existen resistencias) de la dirección del PC de Cuba.

Rolandoastarita.wordpress.com/

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.