miércoles, 7 de enero de 2015

Gatillo líquido: Del Riachuelo a Rafaela

Claudia Rafael (APE)

No bastan los puentes para nombrar a los chicos que devoró la policía con sus alegres gatillos o sus empujones a las aguas oscuras y malolientes. A poco más de 12 años de que el cuerpo de Ezequiel Demonty apareciera flotando en las aguas del riachuelo, a tres kilómetros del lugar al que lo arrojó la policía federal al grito de “nadá o te pego un tiro en la cabeza”, se aprobó que el puente Alsina (ex José Félix Uriburu entre 1938 y 2002) lleve el nombre del chico asesinado. Pero en los mismos días en que los legisladores alzaban su mano para votar la propuesta, otro chico era arrojado a diferentes aguas, a 545 kilómetros de distancia. Adrián Pacheco tenía 18 años, uno menos que Ezequiel, y vivía en el barrio Virgen del Rosario, de Rafaela, Santa Fe.

Su papá, Ramón Pacheco, contó a APe que “los policías le tiraron el patrullero contra la moto. Hubo tiros, también. Pero no hay nada en el informe. Adrián cayó en el agua de un canal Norte. Poco después murió”.

Carina Benítez es la mamá de Adrián y de otros tres chicos de 15, 13 y 8 años. “La policía había recibido dos llamados con una descripción parecida. Los chicos estaban en un playón y cuando decidieron venirse para el barrio, la policía los empezó a perseguir. Decían que los pibes tenían características similares a otros que habían arrebatado unas carteras. Los siguieron montones de cuadras y les arrimaban el auto todo el tiempo. No entendemos qué pasó en el último momento”.

Adrián vivía con su familia en el barrio Virgen del Rosario. A unos cuatro o cinco kilómetros del centro de Rafaela, esa ciudad del centro santafesino caracterizada como “la perla del oeste”.

Una ciudad que, por su pujanza, fue visitada por Cristina Fernández de Kirchner en varias ocasiones, donde nació el actual presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti y donde –tal como relató Carlos del Frade en una de sus crónicas para APe- se fabrican “las válvulas que se usan en los automóviles de la fórmula 1” y es “uno de los lugares más ricos de la Argentina y que alguna vez tuvo como obispos a Vicente Zazpe, Brasca y Jorge Cassareto, entre otros”. La misma ciudad que –desde 2011- tiene un equipo de fútbol de primera división: Atlético de Rafaela, conocido como “la crema” por el gran poder adquisitivo de quienes apoyaban al club en sus inicios.

Rafaela es la ciudad en la que las inequidades estallan y marcan con sus esquirlas a los pibes de los márgenes. Es al mismo tiempo la perla enclavada en la cuenca lechera, pujante de industrias agrícologanaderas y la ciudad en la que crecieron, en los últimos años, asentamientos que la rodean y que devoran a niños y adolescentes con venenos sistémicos que les queman el cerebro. “El rol del Estado ahí es crucial. Con una policía que planta pruebas a pibes a los que tiene marcados. Que persigue y hostiga siempre a los mismos chicos, al punto tal que un pibe, ya cansado de que cada vez que pasaba algo en la ciudad lo fueran a buscar decidió irse no sólo del barrio Virgen del Rosario sino directamente de la ciudad”, contó una militante social del lugar.

Adrián Pacheco practicaba boxeo en la junta vecinal de su barrio y estudiaba electricidad en el Instituto Tecnológico de Rafaela. Así lo recuerdan sus amigos en un volante que repartieron por la ciudad que marcaba que “la policía nos tiene que cuidar… no matar” y, al final, decía “ni un pibe menos”.

Rafaela es esa ciudad bífida. Que carga con una descripción diametralmente opuesta, según el lugar de pertenencia del relator. Pero que, a su vez, conjuga en círculos perversos victimizaciones nuevas y viejas. Rafaela es la ciudad donde Adrián Pacheco fue empujado a las aguas de un canal hasta la muerte misma y también es la ciudad que desapareció a una quincena de militantes en los años 70 y que –como con Jorge Julio López- volvió a ensañarse con una de las sobrevivientes: Silvia Suppo. La asesinaron con nueve puñaladas precisas en su local céntrico, muy cerca de una comisaría, a media mañana de un 29 de marzo ajetreado, en 2010. Y su muerte está siendo juzgada por un tribunal cuestionado por organismos de derechos humanos. De hecho, uno de los integrantes es abiertamente amigo de Víctor Hermes Brusa, un ex juez condenado a 21 años de prisión por participar en desapariciones en un juicio en el que Silvia Suppo fue testigo clave.

“La policía nos tiene que cuidar… no matar”, dicen con ingenuidad los amigos de Adrián Pacheco. Y todo se roza, una vez más, en historias dolorosas y crueles. Carlos Flores, uno de los policías que declaró en el juicio por el homicidio de Suppo y que repentinamente –al mejor estilo Triaca y Baldassini- perdió allí la memoria está a la vez procesado (en primera y segunda instancia) por la crucifixión de un joven en la localidad santafesina de Frontera, a menos de 100 kilómetros de la perla del oeste.

Si Zygmunt Bauman conociera las policías argentinas, podría perfectamente introducir el concepto de gatillo líquido.

Los canales de Rafaela seguramente no llevarán nunca el nombre de Adrián Pacheco. Y si así ocurriera pasará una década o más, como con Ezequiel, pero nada cambiará la historia de fondo. Seguirán existiendo los adrianes y los ezequieles empujados a las aguas oscuras de la crueldad en historias destinadas a impunidades y desprecios sistémicos. Semillas destrozadas por los cuervos. La primavera, ciega, se amontonó en su sangre, escribió el poeta José Portogalo. Desde entonces su copla perdura entre los pájaros.

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