viernes, 16 de enero de 2015

Libertad de expresión. Medios y periodistas: Charlie Hebdo, la imagen del atropello

Ximena Cabral (CISPREN)

La última portada del periódico con la caricatura de Mahoma sosteniendo el cartelito “Yo Soy Charlie” en expresión de pena y titulada “Está todo perdonado” implica una actitud de soberbia simbólica. Otra vez, la palabra y el perdón parecen atributos eurocéntricos.

Esta arrogancia moral que aniquila al Otro pone en circulación un espiral de violencia que desde las redacciones y los diferentes medios de comunicación se reproducen sin considerar la estructuración ideológica que atraviesan los discursos y el espacio de lo público.


Imagen: Última portada del semanario satírico francés, Charlie Hebdo.

Las opiniones sobre el ataque al semanario francés Charlie Hebdo comenzaron a saturar parte de las redes sociales y medios de comunicación que se encolumnaron tras la defensa a la libertad de expresión y contra el fundamentalismo islámico.

El dolor social que supone la muerte de doce trabajadores de prensa, y la condena que como organización desde los trabajadores estamos dispuestos a asumir, no inhibe poder denunciar e intentar destramar la eficacia de la utilidad política que este ataque supone. La cantidad de reportes que se replicaron con la figura antitética de ciudadanos franceses conmocionados por los terroristas islámicos, otra vez ponen en juego las fichas donde se enfrentan los avances de ciudadanía y civilidad contra la violencia y el descalabro.

El atropello de la hegemonía capitalista occidental y las potencias europeas donde arrasan tras la descalificación, la burla y el desprecio de algunas culturas extranjeras, demuestran un racismo que el atentado evidencia y que desde parte de las redacciones y las organizaciones “ciudadanas” reproducen hasta saturar el espacio.

La intolerancia

Según el investigador de Sociología del Medio Oriente Enrique Herszkowich, para muchos musulmanes, “la caricaturización de Muhammad bien puede ser considerada una blasfemia. Pero, sin duda, la idea de que debe ser castigada con la muerte del artista, sólo se restringe, en la actualidad, a una pequeña minoría entre los mil quinientos millones de fieles”.

Sin embargo, las acusaciones vertidas en las diferentes crónicas y análisis lo engloban como parte de la cultura árabe o el mundo islámico ejerciendo una falsa equivalencia -que no solo reproducen parte de las publicaciones locales sobre el atentado en el periódico francés sino que se extiende por todo occidente-. La estigmatización del Islam después de los atentados de septiembre de 2001 y de fenómenos como Al Qaida o el Estado Islámico lo prueban.

El nodo de la discusión, entonces, se bifurca hasta caer en el pozo ciego de generalizaciones simplistas que permiten justificar las políticas de saqueo neocoloniales ya avanzado el tránsito por el siglo XXI. La intervención de las potencias económico militares en los países que poseen abundantes recursos en bienes naturales a partir de la industria de las guerras va sosteniéndose en un andamiaje basado en el discurso del odio y la intolerancia hacia las creencias de otros sistemas como materia prima.

Otra de las maneras en que se manifiesta la intolerancia es en la burla o infantilización de las creencias. Desde diversos formatos de publicaciones, la desacralización, el desprecio por otras culturas y sus rituales más profundos, son las formas de atropello desde un capitalismo cruento que pretende imponer su ideología de mercado bajo la creencia del dios dinero.

La cultura del desprecio

Esta violencia es constitutiva de la cultura occidental europea que arraiga un desprecio al otro cuando se manifiesta profundamente como diferente -y no puede diluirlo en tarjetas postales de minorías folklóricas dentro de la industria del turismo-.

La burla demuestra un acto de creencia en una superioridad mental, principalmente en ciudades que se van poblando de racismos. Basta recordar las barricadas con autos en llamas y las alzadas en protesta en Francia y caminar hoy por estas ciudades europeas, bellas, y de monumentos fastuosos donde por cada esquina hay algún inmigrante musulmán precarizado como vendedor callejero o en algún rebusque en un sistema que lo expulsa y denigra. Aquí los empleos no son por capacidad o competencia sino por nacionalidad.

Actualmente, en Francia viven aproximadamente unos seis millones de musulmanes, algunos provienen de la inmigración reciente, pero otros pertenecen a generaciones de familias nacidas en Francia de las ex colonias o de las guerras en la región. Sin embargo, como explica el pensador Herszkowich en la revista Anfibia, existe todavía una asociación, en el sentido común francés, y europeo en general, entre el musulmán y el extranjero donde “los jóvenes de los suburbios, entonces, viven con la amenaza del desempleo, el hostigamiento policial, y la desconfianza de una sociedad que no los considera franceses de pura cepa. Los discursos xenófobos de la derecha, que asocia a la inmigración con el terrorismo y los males económicos de los franceses, y la necesidad de los partidos tradicionales de asegurarse que sus votos no se dirijan hacia esa derecha, no hace más que profundizar esa situación.  Mientras tanto, crecen en toda Europa los movimientos abiertamente xenófobos, antiinmigración, y antimusulmanes”.

La Francia majestuosa e ilustrada alberga miradas despectivas y socarronas que se disparan en un sistema económico, social y cultural que tacha y reprime al diferente. El uso político del atentado y su grito final “Alá tuvo justicia” operará como leit motive para engordar la furia y el desenfreno con que avanza la “cruzada antiterroristas” en las guerras europeas. Bajo el estruendo de acrecentar compras de armas en Estados blancos armados, se solapa la complejidad de la muerte en el periódico de Charlie Hebdo.

Complejidad que desde los reporteros gráficos, periodistas, comunicadores digitales y quienes van conformando parte de las redacciones y responsables de la construcción de discurso necesita poder desentramazar para abordar los hechos sociales anudados en la intolerancia, el desprecio y el atropello en las sociedades liberales de mercado.

Partiendo de la base de repudiar, con absoluto énfasis y energía, la horrenda masacre protagonizada por los mercaderes de la muerte -sea cual fuere la organización o potencia para la que prestan sus deleznables servicios- acaecida en la publicación satírica parisina y que cobrara la vida de una docena de trabajadores de prensa.

Ximena Cabral es Secretaria de Cultura del Cispren.

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