jueves, 22 de enero de 2015

Los niños de las llamas

Claudia Rafael (APE)

Cuando en la década del 1940, aquel hombre clave en la Historia que fue Ramón Carrillo decía que “los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social”, no podía imaginar que seis décadas más tarde un cirujano plástico neuquino batallaría para que el Estado de su provincia asegurara equidad para los niños que sufren quemaduras y no cuentan con obra social. Los niños de los márgenes cargan con la crueldad de ese plus que los hará diferentes toda su vida: cuando pierdan sus dientes, difícilmente se repongan; cuando nazcan con labio leporino, probablemente nunca se operen; cuando no tengan los nutrientes imprescindibles en los primeros años, ya no los podrán incorporar o cuando sean víctimas de la voracidad de un incendio no accederán a los insumos que evitarán las secuelas.

Hugo Buduba es el responsable de la asistencia quirúrgica de los niños quemados en el Hospital Castro Rendón de Neuquén. “Hay pacientes que tienen quemaduras intermedias y profundas, o sea, los que van a quedar con secuelas, que van a quedar con cicatriz. Uno lo sabe de antemano y debe anticiparse a la secuela. Estos pacientes necesitan ser provistos de unos elementos que se llaman prendas de presoterapia, que sirven para comprimir el lugar donde a futuro va a aparecer una secuela y evitar la cicatriz”, dijo en entrevista con referentes neuquinos de ATE. Pero si el tratamiento se encara después de los 45 días desde la quemadura, pierde todo efecto: “si yo pretendo tratar una neumonía con un antibiótico y no lo doy en el momento oportuno, probablemente el paciente ya tenga otra complicación y ese medicamento no le sirva”, agregó como ejemplo.

Demasiadas veces esa prenda –cuando llega a destino- es entregada por el Estado cuatro o seis meses después y no sólo no puede cumplir su función sino que resulta un gasto inútil porque no se puede aplicar.

Tras una serie de planteos judiciales que Buduba logró hacer junto a la Defensoría de Niños y Adolescentes de la provincia, la Sala II de la Cámara Civil decidió hacer lugar al amparo: habilita a que el ya histórico reclamo de Buduba se pueda debatir en el terreno de la Justicia.

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El fuego –en una asociación perversa con el frío- suele tener predilección por la pobreza. La vulnerabilidad en las casillas precarias suele hermanarse con un par de chispas que irrumpen y devoran en minutos. Los archivos periodísticos neuquinos suelen repetir nombres y crónicas hasta el hartazgo. Como la de un grupo de hermanitos de Lamarque, en octubre de 2004: “La precaria casilla ardió en cuestión de segundos y los chicos pudieron salvar su vida por milagro, aunque están en grave estado”, escribía el diario Río Negro. No tuvieron, en 2007, la misma suerte tres chiquitos de 6 meses y 7 y 9 años que vivían en una casilla en el barrio El Tanque, del Oeste de la ciudad de Neuquén. Sólo se salvó un nene de 11 años “con el 50 por ciento del cuerpo quemado”.

Las historias se repiten una, dos, diez veces. En enero de 2010, un feroz incendio destruyó siete casitas en San Martín de los Andes que derivó en varias internaciones. Ocho meses más tarde un niño de apenas 6 años sufrió quemaduras en el 50 por ciento de su cuerpo mientras su hermanita de 12 murió. “El fuego había comenzado en el interior de la precaria vivienda”, dijeron los medios. Y apenas tres meses más tarde, en la vieja toma de tierras El Mirador del oeste neuquino el incendio de dos casillas dejó al desnudo la vulnerabilidad de más de 350 familias hundidas en una precariedad sin retorno. En casitas armadas en base a chapas, maderas húmedas o cantonera, el residuo abandonado de los aserraderos.


“Estadísticamente el mayor porcentaje de quemaduras (cerca del 60 por ciento) se da en menores de 3 años y la quemadura más frecuente es por líquidos calientes. Dentro de nuestra población hospitalaria hay que tener en cuenta las cuestiones que tienen que ver con lo social. Hay pacientes que viven hacinados, en el mismo lugar donde la familia cocina, los pacientes habitan, duermen, entonces están en condiciones sociales y económicas que no son apropiadas y que favorecen que el paciente tenga este tipo de accidentes”, analiza Buduba.

Mientras los chiquitos que cuentan con una obra social y sufren una quemadura suelen lograr acceder a “la provisión de las prendas de presoterapia, férulas, máscaras termo-maleables y a un adecuado tratamiento en kinesiología”, los que arriban con el desamparo de la vida sobre su historia y sus espaldas deberán crecer y sobrellevar las marcas del fuego en la piel. “Sin el tratamiento adecuado, las secuelas son irreversibles”, definió Buduba. “En 2013 pedí 33 prendas y me llegaron 7. En 2014 pedí 25 y me mandaron 3.Y cuando llegan es tarde, porque las mandan 4 a 6 meses después. Llega a destiempo y eso en el mejor de los casos”, reveló el cirujano a Infojusnoticias.

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El Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CEPRODH-Neuquén) denunció en 2014 la represión a las tomas de terrenos en el barrio Melipal de la capital provincial. “La policía se metió en los hogares de la gente, nos pegaron, no tiraron gases y hasta balas de plomo”, planteó el CEPRODH sobre esa toma a la que muchos vecinos llegaron porque “no podían pagar alquileres a precios petroleros”. Decía el documento que difundieron: “hace mucho tiempo que la gente en Neuquén no tiene dónde vivir y deben hacerlo en casillas en condiciones degradantes, arriesgando hasta su propia vida, pues varias casillas han sufrido incendios”.

No siempre los niños de los incendios llegan a las manos cirujanas de Buduba. En el invierno de 2014 tres niños murieron en un incendio en Cutral Co. Tenían entre 5 y 8 años. El fuego intervino antes definitivamente.

El Estado provincial, al no entregar los insumos imprescindibles para la rehabilitación de los niños victimizados por las llamas termina el trabajo que ya antes había iniciado desde las semillas mismas de la inequidad.

“Sólo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo”, decía Ramón Carrillo seis décadas atrás.

Así como los alegres gatillos tienen particular predilección por asesinar el futuro, los abandonos sistémicos del Estado con sus demoras de cuatro, seis u ocho meses en entregar los implementos básicos para curar dejan en ese mismo futuro las marcas eternas en los cuerpos de la inequidad. Serán para siempre, a los ojos del mundo, los niños de las llamas.

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