jueves, 22 de enero de 2015

México: De la insensibilidad al pasmo

Gerardo Fernández Casanova (especial para ARGENPRESS.info)

Una de las características que hacen diferencia entre el tecnócrata y el político es la sensibilidad. En política la sensibilidad es la capacidad del que la ejerce para entender, sea por conocimiento o por intuición, lo que el público espera de él y, con base en ello, tomar las decisiones de gobierno. El tecnócrata, por el contrario, toma las decisiones con base en las recetas o los libros especializados, sin importar lo que diga la gente, y califica como “populismo” a la sensibilidad del político. En México llevamos más de treinta años de tecnocracia y de ayuno político, mismos que han consignado el tremendo fracaso de tal forma de gobernar. En el camino han provocado el desaliento popular y el desprestigio de quienes se auto designan como políticos pero que carecen de la mínima dosis de sensibilidad para ejercer.

Peña Nieto es alumno distinguido de la escuela tecnocrática, con doctorado en materia de insensibilidad. El país atraviesa por la más severa crisis de estado; coincidentes la de la política con la económica, nutrida por la violencia, la inseguridad y la pérdida de bienestar de la población. El descontento social raya en la insurrección y por todos lados surgen motivos de agravio y protesta. Sin embargo, no hay un ápice de corrección en el modelo seguido y hasta se hace gala de tozudez para sostenerlo. Ni siquiera a nivel cosmético se registran cambios, nadie renuncia y a nadie se responsabiliza de los errores. Torpemente el presidente se erige como el hacedor de todo.

Ayotzinapa fue la gota que derramó el vaso; junto a los padres de los normalistas desaparecidos marcharon muchos otros ofendidos por motivos diferentes, pero que identifican el mismo origen: el estado fallido. Ya pueden vociferar los secretarios de la Defensa y de la Marina por lo que llaman manipulación de la buena fe de los padres, que ni éstos ni los agregados arrían sus banderas de lucha reivindicadora. Igual pueden manifestarse los voceros del empresariado que reclaman por los efectos nocivos que, sobre sus utilidades, generan los actos de protesta. En la movilización se pide la renuncia de Peña Nieto y el cambio del modelo de desarrollo; se clama por justicia y contra los privilegios de los poderosos.

El régimen no responde; está como pasmado. Los libros de cabecera no incluyen lecciones de sensibilidad. Los precios del petróleo se derrumban y solamente se les ocurre aplicar recortes al gasto público, pero no en el que se hunde en los muy elevados sueldos de la elite gobernante ni en sus onerosos beneficios, sino en el que tiene que ver con el bienestar social. El fabuloso avión presidencial y su nuevo hangar son intocables ¡faltaba más! ¡la comodidad del Señor es primero¡ Tampoco se afectan los negocios que redundan en lujosas casas para quienes tienen el poder de la firma de contratos; simplemente se dan respuestas mendaces y se sigue como si nada pasara. La deuda crece y se hipoteca el futuro del país. La insensibilidad cunde y el pasmo rige.

Mientras esto sucede, la feria de los promocionales de los partidos y del INE ha comenzado a tambor batiente. Uno tras otro y repetidas veces los partidos hacen gala de su ingenio promocional; unos diciendo que el país se derrumba y otros asegurando lo contrario; hay uno de Nueva Alianza que postula que lo importante es ser “color esmeralda” ¡Coño, qué imaginativos! Habría que colocar una especie de contador al pie de las pantallas para mostrar el costo por segundo de las estupideces que nos dicen, para que la gente se acabe de percatar del destino de los recursos públicos.

Pero también la movilización popular corre el riesgo de pasmarse por falta de organización y de dirección. No basta con exigir el cambio; es preciso darle sentido de viabilidad. Muchos se satisfacen con el simple objetivo de poder mentarle la madre al presidente y mantenerlo “a raya”, acotarlo dirían los más picudos, pero nada más. Lamentablemente va a hacer falta que la crisis se recrudezca para que acabe de consolidarse la protesta, con cargo a un mayor sufrimiento de la gente; no deseo tal costo, pero creo que ya es hora de despertar. Lo peor que puede pasarnos es que las cosas sigan como están.

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