lunes, 5 de enero de 2015

México: Discurso presidencial sobre seguridad pública

Eduardo Ibarra Aguirre (FORUMENLINEA)

Durante la clausura de la 37ª Sesión Ordinaria del Consejo Nacional de Seguridad Pública, el titular del Ejecutivo federal mostró que casi 25 meses después de asumir el cargo, no aprende a improvisar discursos y, por ello, lo hizo en forma reiterativa, un tanto deshilvanada y hasta cantinflesca.

Naturalmente que no es fácil resumir una deliberación, pero en ésta nadie desentonó. Ni siquiera los aludidos por Enrique Peña Nieto como “representantes” y “voces de la sociedad civil” como María Elena Morera (la que nunca entregó cuentas claras a México Unido contra la Delincuencia) y Alejandro Martí (citado con reiteración) y menos el lisonjero gobernador de Morelos, Graco Ramírez, al que más mencionó.

Si Peña Nieto conoce sus limitaciones, característica propia de cualquier ser humano, por más que muchos lo adulen ilimitadamente, pues tanto asesor y redactor deben ser mejor utilizados para evitar el bochorno de concluir el discurso y reconocer: “Dije que había concluido pero me faltó clausurar, que fue el motivo de mi intervención”.

Más allá de la forma que en política es harto importante, vale la pena ocuparse del discurso pronunciado el 19 de diciembre, porque ratifica la estrategia anticrimen del gobierno de “Mover a México” que sustantivamente es la misma que la del soldadito de plomo Felipe Calderón, aunque con ajustes como mayor coordinación institucional, más trabajo de inteligencia, “ventanilla única” en la Secretaría de Gobernación para los numerosos agentes estadunidenses que todavía se mueven como “Pedro por su casa”, bajo perfil mediático de las campañas anticrimen, y ahora el reconocimiento de que no basta con “certificar” a los agentes policiacos como juraba Felipe del Sagrado Corazón de Jesús, sino es preciso profesionalizarlos.

No hay diferencia en los extraordinarios negocios que se hacen en el sector y que permiten que Genaro García Luna sea uno de los proveedores de servicios varios, pero también que los colaboradores presuntamente corruptos que despidió Manuel Mondragón como comisionado Nacional de Seguridad, ahora despachen en diversas áreas con Monte Alejandro Rubido. La impecable fuente de Utopía exigió omitir su nombre.

Tampoco existe novedad en la retórica que, correctamente, coloca en el centro “la importancia de garantizar el Estado de Derecho” (las mayúsculas son del autor) y “darle plena vigencia”, digo yo que desde arriba y hasta abajo para que sea de derecho y no de derecha. Y no puede haberlo porque la impunidad persiste como ama y señora de México (dos sentencias judiciales por cada 100 delitos denunciados ministerialmente y que respecto a los cometidos son la absoluta minoría), desde la punta de la pirámide institucional hasta los soldados, marinos y agentes policiacos federales y locales. Impunidad catapultada con la corrupción que para Peña “es un tema de orden cultural” que anuncia combatirá “sobre todo, en aquellos lugares cercanos a la población que más les lastima”. ¿Y la elite empresarial que se forjó al amparo del poder público? ¿Y la corrupción que es el aceite que hace funcionar el sistema de dominación?

Sin datos duros EPN registró avances en Chihuahua, Nuevo León, Durango-Coahuila (La Laguna) y que el semanario Proceso atribuye a pactos entre las bandas. Pero estadísticas recientes del INEGI los relativizan y la mayoría de la población no los percibe.

Con tales enfoques y los que insisten en “la debilidad en el orden municipal”, cuando Matamoros, Tamaulipas, la padece desde hace 60 años, no habrá “un antes y un después de Iguala” en la política de seguridad pública.

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