miércoles, 14 de enero de 2015

Por encima de todo, privilegiar la acción revolucionaria del pueblo

Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)

En ocasión de la construcción del gobierno comunista en lo que sería la Unión Soviética, Trotsky decía que: “Las tareas del nuevo régimen son tan complejas que no se podrían resolver más que por la competencia entre diferentes métodos de construcción económica y política, más que por largas ‘discusiones’, más que por la lucha sistemática, lucha no sólo del mundo socialista con el capitalista sino también lucha de diversas corrientes y tendencias al interior del socialismo”.

Esto podría generalizarse a todo gobierno y Estado que procure diferenciarse del orden capitalista establecido, apelando al socialismo revolucionario. De igual modo, valdría también para justificar las torpezas, las ineficiencias e, incluso, las desviaciones ideológicas del nuevo estamento gobernante. Sin embargo, lo más resaltante de la reflexión de Trotsky es el reconocimiento de la necesidad de aplicar fórmulas o alternativas simultáneas, dirigidas todas ellas a la construcción social, cultural, económica y política del socialismo.

Es decir, para Trotsky (al igual que para otros teóricos revolucionarios luego de Marx y Engels) es saludable que dicho proceso de construcción esté caracterizado por luchas de corrientes y tendencias ideológicas, impulsadas por un propósito común, pero sin ningún espíritu sectario, puesto que las mismas servirían para obtener un modelo más acabado de lo que sería, finalmente, este socialismo revolucionario.

Una posición más cercana a la realidad de las cosas, en contraste a lo que fuera -en la URSS y demás naciones bajo su órbita- la ortodoxia oficial, la misma que condenara al ostracismo y a la muerte a muchos que tuvieron la audacia de develar las inconsistencias, errores y desviaciones observadas, lo cual causó que éstas se prolongaran sin la más mínima revisión crítica, produciéndose -en su caso- un colapso total.

Como podrá deducirse, la vitalidad del ideario socialista no proviene -como muchos estiman equivocadamente- de la hegemonía alcanzada (copando todas las estructuras del poder constituido) sino de la diversidad que lo sustente. Pocos logran entender que la sociedad de nuevo tipo será producto de la transformación estructural de la actualmente existente, cosa que será difícil de alcanzar de recurrirse a las fórmulas gastadas de la socialdemocracia o, más concretamente, a las concepciones neoliberales capitalistas.  

En opinión de Rosa Luxemburgo, “históricamente los errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario son más fructíferos que la infalibilidad del mejor Comité Central”. Esto nos conduce a privilegiar la acción revolucionaria de los sectores populares aunque de manera general se invoque -desde las alturas del poder constituido- la conveniencia de la disciplina, puesto que son éstos quienes mejor conocen las vicisitudes que les ha tocado afrontar desde siempre bajo la expoliación capitalista y, por tanto, los mejor identificados con la exigencia de levantar en su lugar un régimen y un nuevo modelo civilizatorio más adecuados a sus intereses y a sus necesidades primordiales. Al hacerlo, los sectores populares conscientes y organizados no estarían más que ratificando su papel protagónico y participativo en el ejercicio constituyente de la democracia directa, derivada ella (como ha de ser) de la forja colectiva del socialismo revolucionario.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.